Estoy pensando en dejarlo – Charlie Kaufman / Iain Reid

La película de Netflix Estoy pensando en dejarlo (I’m Thinking of Ending Things, 2020) cuenta con devotos y detractores a partes iguales. Ha sido definida como rompecabezas, pedante, fascinante, desconcertante, enigmática, depresiva, hipnótica, delirante, pérdida de tiempo, críptica, impresionista, dura, triste, bella, surrealista, extraordinaria. Un crítico equipara la experiencia de verla a la de enfrentarse al montaje de un mueble —tipo IKEA— sin el manual de instrucciones.

Si la has visto y la has odiado, te informo antes de que sigas adelante: a mí me gustó. Mucho. Si no la has visto y decides seguir, más abajo hay spoilers: te avisaré antes.

Ya me gustó desde la primera imagen del póster de Netflix, con ese papel de pared que me recordó el relato The Yellow Wallpaper (El papel amarillo), de Charlotte Perkins Gilman, obra que comparte con la cinta de Kaufman tanto el retrato en primera persona de la depresión como la contraposición de elementos reales e imaginarios.

Vamos al argumento: la película está narrada desde el punto de vista de Lucy (Jessie Buckley), una joven que viaja en coche con su nuevo novio, Jake (Jesse Plemons), en una noche de invierno, camino de la granja de sus padres, a quienes aún no conoce. Desde el principio, ella nos dice que está pensando en dejarlo, en acabar con la relación con Jake, de manera que los espectadores nos preparamos para ver la historia de una relación que se rompe. Casi parece una peli navideña, con nieve y gorritos. Pero entonces recordamos que el director y guionista es Charlie Kaufman, el mismo que firmó los guiones de Cómo ser John Malkovich y ¡Olvídate de mí! (o mejor Eternal Sunshine of the Spotless Mind, que no suena a comedia de los Farrely como el título que le plantaron en España… quizás porque quien se lo puso solo sabía que salía Jim Carrey), así que nos preparamos para que sea imprevisible.

Charlie Kaufman luciendo una corbata hecha con retales de la camisa del padre de Jake

Y, pronto, se alcanzan nuestras expectativas. Ya en el coche, Lucy recibe llamadas de su propio número, llamadas que no atiende y que trata de ocultar a Jake. Pero es en la granja de los padres (Tony Collette y David Thewlis) cuando las cosas empiezan a ponerse raras de verdad. La madre no está bien, eso queda claro. Su sonrisa es como una mueca que oculta… no sabemos qué, pero nada bueno. El padre es más transparente pero peculiar también. Hay tensión, servida como el plato principal en la mesa de la cena, pero todavía no sabemos qué pasa. De repente se suceden unos inexplicables cambios escena tras escena: los personajes aparecen con una ropa distinta; los muebles cambian; los padres envejecen y rejuvenecen. Pero nadie, salvo Lucy, parece notarlo.

En este punto, la película crea una sensación de desasosiego, de terror incluso. De amenaza inminente, sin saber qué o cómo va a suceder. Fuera de la casa, el tiempo acompaña: la tormenta de nieve empeora. Al mismo tiempo, se van intercalando imágenes de una historia paralela, la del anciano y solitario conserje de un instituto que lleva a cabo sus tareas de limpieza. Todavía no sabemos qué relación tiene con la pareja protagonista.

Antes de pasar a los spoilers te diré que la película me atrapó. No estoy de acuerdo con el crítico que la compara con el montaje de un mueble sin instrucciones. En todo caso, puntualizaría que Kaufman nos da las instrucciones, todas, aunque no están ordenadas del primero al último paso. Y sigue sin ser una buena metáfora, porque desordenar las instrucciones de un mueble no nos aportaría mucho. Como mucho, la satisfacción de conseguir montarlo pese a los obstáculos. Sin embargo, un poco de desorden sí suele dar buenos resultados en el cine. Imagina El sexto sentido ordenada cronológicamente, con el personaje de Bruce Willis muriendo al principio. O una historia como Rebecca, si Maxim de Winter no hubiera ocultado información sobre su primera mujer.

Es cierto que Estoy pensando en dejarlo es mucho más oscura que las que he puesto como ejemplo. Estaría más en la línea de Lynch en Mulholland Drive. Como se define en esta estupenda crítica, es una película impresionista, que retrata la psicología de los protagonistas, con una mezcla de experiencias reales, recuerdos e imaginación. Y esta forma de relatar tiene un sentido: al retorcer la historia, Kaufman nos lleva de viaje por la mente humana, por el mundo de las emociones, algo que no es tampoco lineal en la vida real. Lo que importa es lo que sentimos y no lo que sucede de verdad, como dice el propio Kaufman:

“I’m not really big on explaining what things are. I let people have their experiences, so I don’t really have expectations about what people are going to think. I really do support anybody’s interpretation.”

Charlie Kaufman para Indiewire (ojo: hay spoilers a mansalva en el link)

(«No me gusta mucho explicar lo que es cada cosa. Dejo que la gente tenga sus propias experiencias, así que, en realidad, no tengo unas expectativas sobre lo que la gente va a pensar. Apoyo cualquier interpretación».)

Yo: ¡Lo tengo! Creo que el padre de Jake es Remus Lupin y que él mató a los corderos una noche que se transformó en lobo.
Charlie Kaufman: Claro, ¿por qué no?

Estoy pensando en dejarlo: SPOILERS

Estoy pensando en dejarlo está basada en la novela homónima del autor canadiense Iain Reid. La leí después de ver la película —sí, me quedé con ganas de más—. Es una novela corta (210 páginas) en cuya contraportada te preparan para lo que viene: «tendrás miedo y no sabrás por qué».

Como decía antes, Charlie Kaufman nos va dejando pistas de lo que pasa, solo hay que leerlas. Sin embargo, también nos coloca una trampa desde el primer minuto: la narración en primera persona de Lucy, interpretada por Jessie Buckley. Esto es igual en el libro.

[Aquí viene el SPOILER] –> En realidad, es Jake quien está viviendo la experiencia que tanto el libro como la película nos cuentan. Es un Jake anciano, el conserje del instituto, quien está recordando su juventud desde la soledad de su presente. El personaje de Lucy es solo lo que pudo ser y no fue: una novia perfecta basada en una conversación ocasional una noche en un bar con una desconocida. De ahí sus cambios de nombre y de profesión, e incluso de aspecto (en una escena es interpretada por otra actriz) a lo largo de la película. Vemos a los padres (los estupendos Collette y Thewlis) jóvenes y viejos, según el momento que esté recordando Jake. En una escena se ve junto al lecho de muerte de su madre. A base de estos recuerdos, vas reconstruyendo su vida. Es una historia triste pero también hermosa que no acabaré de destripar por si no la has visto.

No es una película para analizar hasta que todo encaje, sino para experimentar, para sentir. Para meterte en la mente de Kaufman como él nos metió en la de su Malcovich particular hace ya más de 20 años.

Aunque el estilo narrativo no tiene nada nada que ver, la sensación que me dejó la historia de Jake me recordó a Lo que queda del día (The Remains of the Day), de Kazuo Ishiguro, llevada al cine por James Ivory. Stevens, el protagonista, es el mayordomo perfecto y fiel a su señor que, al final de su vida, se da cuenta de que dejó pasar el amor y trata de recuperarlo cuando es demasiado tarde. En su vida ha triunfado el deber sobre el deseo, la dignidad sobre la honestidad respecto a sus sentimientos. Y surge el tema principal de la novela: el arrepentimiento al pensar en la vida que podría haber vivido y que perdió por dedicarse en cuerpo y alma a su profesión. En la historia de Jake veo algo parecido, un hombre que se arrepiente de las decisiones que tomó en su vida y que imagina lo que podría haber sido.

¿Mejor el libro o la película?

La respuesta corta: la película.

La respuesta larga, aquí —basada en mi opinión personal, nada neutral porque siempre me ha gustado Charlie Kaufman—. La novela de Reid está muy bien: es perfecta para una noche de invierno, mejor si es delante de una chimenea y tienes la suerte de que se pone a nevar. Y no le quitemos el mérito, que la idea fue suya. A mí me ha recordado a El resplandor de Stephen King, especialmente en las escenas finales en el instituto desierto y asilado en medio de una tormenta de nieve. Cambia el Overlook por el instituto, a Wendy por Lucy y a Jack Torrance por el conserje. La sensación de miedo es más intensa en estas páginas del libro —e imagino que debe serlo aún más si no sabes lo que va a pasar después—.

Que me aspen si esto no es un homenaje a El Resplandor

Pero la película va más lejos. Kaufman enriquece aún más los personajes, como ocurre con Jake. En el libro, sabemos que es un hombre muy leído y con formación científica. En la película, Kaufman llena sus diálogos de citas literarias y de cine que no aparecen en el texto de Reid. Esto, que ha molestado a críticos porque lo han visto pedante, creo que va como anillo al dedo en el contexto de la relación imaginaria de Jake: ya que Lucy es fruto de su imaginación, ¿por qué no hacerla perfecta y que pueda estar a su altura culturalmente? A mí me encantan. Creo que cuando conoces la referencia, la experiencia se enriquece. Y, cuando no, tienes material para llenar tu lista de «quiero leer» en Goodreads.

Otro punto a favor es el reparto. Jessie Buckley lo borda. Jesse Plemons, exhibiendo su exótica mezcla entre Matt Damon y Philip Seymour Hoffman, encaja como un guante en el rol pese a que no se parece en nada al Jake alto y desgarbado que describe Reid. Y Toni Collette y David Thewlis están perfectos en las desquiciantes escenas de la granja.

Info adicional:

Foto de Charlie Kaufman: Wikipedia. Anna Hanks de Austin, Texas, USA – Anomalisa Q&A with Charlie Kaufman Fantastic Fest 2015-0257.jpg, CC BY 2.0

Foto de figuras de Lego: Pxfuel

Ilustración de portada hecha con Canva.

El coleccionista – John Fowles

El coleccionista (The Collector) es la primera novela del escritor británico John Fowles, publicada en 1963. Frederick Clegg, Fred, es el protagonista, un joven solitario de origen humilde que trabaja como administrativo y que caza y colecciona mariposas en su tiempo libre.

A Fred le toca una fortuna en las quinielas y decide llevar a cabo un sueño: deja su trabajo y se compra una casa en medio del campo. Hasta ahí, lo mismo que haríamos muchos si nos cayera un premio gordo. Pero Fred es diferente. Nota que le falta algo para completar la vida perfecta con la que sueña. Y decide secuestrar a Miranda Grey, una estudiante de arte a la que llevaba un tiempo acechando, convencido de que lo que siente por ella es amor y de que será capaz de conseguir que ella lo entienda y le ame también.

El coleccionista es un thriller psicológico con tres partes bien diferenciadas: la primera parte está narrada por Fred en primera persona. Fowles nos mete en la mente enferma —que no sabe que está enferma— de este joven hermético, contenido, que oculta un interior turbio tras una imagen siempre impoluta aunque ordinaria pese a los trajes y corbatas. Nos cuenta cómo secuestra a Miranda y la lleva al sótano de su casa con el mismo tono que utiliza para contar cómo atrapa y mata a una mariposa para su colección. Nos deja ver un paralelismo entre el secuestro de Miranda y la necesidad de matar a las mariposas para exponerlas después: no le convence el método, pero no hay alternativa.

En la segunda parte es Miranda quien nos cuenta la historia a través de su diario. En la narración de Fred ya hemos conocido a la estudiante de arte mediante los diálogos que él traslada con estilo directo, reproduciendo sus palabras. Ella es superior a Clegg en todo: es mucho más inteligente y astuta, tiene ganas de vivir, de aprender y es una persona enérgica, con empuje. Madura para sus 20 años. Tras la conmoción inicial de verse secuestrada, busca la manera de convencer a Fred de que la libere. Intentará varias estrategias, como fingir que está enferma, empatizar con Fred conociendo más de su vida, tratar de convencerle de que ella también le aprecia, de que seguirían siendo amigos si la liberara. Llega incluso a probar con el sexo, para descubrir que no es eso lo que él está buscando.

En la tercera parte volvemos a la narración de Fred, ya con el desenlace que no desvelaré por si no has leído el libro.

John Fowles (Fuente: Wikipedia)

El coleccionista es el primer libro que he leído de John Fowles, de quien solo conocía la adaptación al cine de La mujer del teniente francés. Me ha gustado mucho el retrato de ambos personajes a través de sus diálogos. No hay grandes descripciones ni divagaciones, es una historia contada con un estilo conciso, que engancha. Frederick Clegg es el mal camuflado bajo una apariencia anodina, de maneras amables. Da miedo el tono insensible de sus diálogos, que dejan ver la maquinaria de su razonamiento, que, a su vez, tiene lógica dentro de la simplificada visión de la vida que él tiene: coge a una mujer, enciérrala en un sótano con todos los caprichos que pueda desear (porque recordemos que tiene dinero: le compra ropa, chocolate, arte, champagne, etc.), dile que la amas y ya solo queda esperar que ella sienta lo mismo por ti. ¿Que no sucede? Entonces es que algo está mal en la chica, que no es lo que parecía, que ha resultado ser caprichosa, testaruda y poco fiable.

Fred Clegg quiere imitar la vida que ha visto a su alrededor, pero no consigue ver que no es más que eso, una imitación. Por eso no es capaz de entender a Miranda, ni de apreciar el arte que no es una copia idéntica a la realidad. Su mirada es superficial. La vida idílica que imagina con Miranda consiste en instantáneas en las que ambos están tumbados en la cama, uno junto al otro pero sin tocarse; o él contemplando su colección de mariposas mientras ella le observa sentada, tomando una taza de té. Son escenas de casa de muñecas. Creo que Clegg sería más feliz en los escenarios falsos de El show de Truman que en la vida real, donde todo está controlado y no hay sitio para los imprevistos tan típicos de la condición humana. Desde fuera, él también es engañoso: parece humano, pero no lo es. Es lo que da miedo de él, porque te pones en la piel de Miranda y ves que lo que está intentando hacer es empatizar con un monstruo.

Otro aspecto de la novela que me ha gustado mucho es su intertextualidad. Miranda es un joven culta y, tanto en sus diálogos de la primera parte como en el diario de la segunda, se refiere a textos literarios para interpretar la realidad que vive. Se compara, por ejemplo, con Emma cuando reflexiona acerca de su pasado y se sorprende a sí misma con maquinaciones casamenteras dignas del personaje creado por Austen. Pero la obra que más aparece es La Tempestad, de Shakespeare. Miranda bautiza a su captor como Calibán, en honor al salvaje criado y esclavizado por el duque Próspero, el protagonista. Hijo de una bruja y de un demonio, Calibán intenta violar a la hija de Próspero, llamada Miranda. Fred, por su parte, quiere ocultar su verdadero nombre y se presenta como Ferdinand solo porque le suena distinguido, sin saber que el Ferdinand que aparece en La Tempestad es quien acaba enamorado de aquella otra Miranda. El contraste de clase social entre Calibán y Miranda se ve reflejado en El Coleccionista en la relación entre Fred y Miranda, subrayando así uno de los temas de la novela, el de las diferencias entre clases. Fred, de origen humilde, cree que nunca podría haberse acercado a Miranda, de clase media-alta, y ve el secuestro como la solución lógica para tenerla cerca.

Calibán, Próspero y Miranda (Fuente: John Hamilton Mortimer, CC0, via Wikimedia Commons)

La música se utiliza un elemento más que subraya estas diferencias. Fred compra discos a Miranda —los que ella le encarga— y ambos se sientan a escucharlos en el sótano. Él no entiende de arte, dice de Mozart que le suena «igual que el resto». Miranda, sin embargo, utiliza la música como una vía de escape de la situación que está viviendo. Una de sus piezas elegidas, las Variaciones Goldberg de Bach, la trasladan al apartamento de G.P., un pintor veinte años mayor que ella que le propuso matrimonio y con el que desea volver en cuanto consiga la libertad. No solo es uno de su clase: es una persona a la que admira, al contrario de lo que le ocurre con Fred, a quien corrige incluso su manera de hablar.

Si te gusta Fowles, aquí puedes leer una entrevista que le hicieron en 1977 en la BBC. Al parecer, compartía con Clegg su carácter solitario y su amor por la naturaleza.

 I was a lonely child, but my friend was always nature, rather than being the company of other boys.

«Fui un niño solitario, pero mi amiga siempre fue la naturaleza, la prefería antes que estar con otros chicos». En la entrevista dice que ese carácter solitario es un rasgo típico de futuro escritor. Afirma que, en una clase con muchos niños, podría identificar a los futuros novelistas entre los alumnos menos elocuentes, entre aquellos que, en un debate, dan su brazo a torcer y que luego se van inventando un nuevo escenario para la situación que acaban de vivir. Interesante punto de vista. No conozco a escritores/as para debatirlo, así que si escribes y estás de acuerdo o en desacuerdo con Fowles, comenta 🙂

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

lucia berlin

Manual para mujeres de la limpieza es una colección de relatos de la escritora estadounidense Lucia Berlin. Pertenecen al género que se conoce como autoficción, que —como has adivinado— combina la narrativa de ficción con elementos autobiográficos.

Empecé a leer el libro sabiendo poco de Berlin: que había tenido una vida difícil y que fue alcohólica. Lo que no sabía es la densidad que tuvo su vida. Murió con solo 68 años, pero los años de Lucia Berlin son como los años de perro, equivalentes a siete años de un ser humano medio.

Tuve que leer su biografía, que Roland Barthes me perdone.

Hija de un ingeniero de minas, nació en un campamento minero de Alaska y creció en los distintos lugares a los que su padre iba siendo destinado: Idaho, Kentucky, Montana, Texas, Arizona, Chile. De adulta, continuó con su vida nómada: México, Arizona, Nuevo México, Nueva York y Los Ángeles. La Lucia de Texas fue una niña maltratada que sufrió abuso sexual. La de Arizona, una niña con un corsé ortopédico para tratar su doble escoliosis. La de Santiago de Chile, una adolescente de familia rica a quién le encendió su primer cigarrillo el príncipe Alí Khan. La de Nuevo México, una estudiante universitaria que tuvo como profesor a Ramón J. Sender.

Se casó tres veces —con un escultor, un pianista y un saxofonista heroinómano— y a los treinta años ya tenía cuatro hijos. Vivió en un loft frecuentado por artistas en Nueva York, en una casa victoriana de madera, en una antigua hacienda en Albuquerque, en una palapa con suelo de arena en Puerto Vallarta, en un parque de caravanas en Boulder y en el garaje reconvertido en vivienda de uno de sus hijos en Los Angeles.

Y su vida laboral fue también variada, ya que a Berlin no se le caían los anillos: trabajó en lo que pudo para mantener a flote a sus cuatro hijos. Fue telefonista, recepcionista, mujer de la limpieza, profesora de instituto, enfermera de urgencias y profesora de universidad.

En sus fotos vemos a una mujer de rasgos hollywoodenses, afortunada poseedora de ese conjunto de ojos claros y cejas tupidas y arqueadas que también tenía Elizabeth Taylor. Al contrario que la Taylor, Berlin era alta, tanto que temía que la operaran de la escoliosis, por si al enderezar su columna alcanzaba los 8 pies (unos 2,40 metros). Sí, era exagerada además de alta y guapa.

Manual para mujeres de la limpieza

Empiezas a leer Manual para mujeres de la limpieza y pronto notas la repetición de una serie de temas y de situaciones que se van haciendo familiares. Cada relato los presenta desde distintos ángulos, casi siempre desde el punto de vista de la narradora. Por nombrar algunos:

  • El alcoholismo y otras adicciones.
  • El abuso.
  • La familia.
  • La soledad.
  • La enfermedad y la muerte.

Con estos ingredientes, Berlin construye unas historias a menudo desoladoras, con un lenguaje crudo y directo, siempre dando con la palabra precisa para lo que nos quiere contar. La dureza de estos temas contrasta con las reflexiones de la narradora, cargadas de esperanza, ganas de vivir, empuje, amor, pasión, ternura y mucha mucha empatía. Porque Berlin tiene el don de meterse en la piel de otros gracias a una capacidad de observación única, que plasma en los personajes que pueblan los relatos.

Y ese humor. Es un humor ácido, irónico, aunque a veces se suaviza con algunos personajes y situaciones. Aunque con la lista de temas mencionados parece difícil, acabas sonriendo en muchos de los relatos.

Como comentaba al principio, aquí tenemos autoficción. Este término es posterior a Berlin, por lo que se puede decir que ella fue pionera en este género. ¿Cuánto tiene de auto y cuánto de ficción? Uno de los hijos de Berlin nos ayuda con esta duda:

Ma wrote true stories, not necessarily autobiographical, but close enough for horseshoes. Our family stories and memories have been slowly reshaped, embellished and edited to the extent that I’m not sure what really happened all the time. Lucia said this didn’t matter: the story is the thing.

Mark Berlin

(Mi traducción: “Mamá escribió historias reales, no necesariamente autobiográficas, pero muy aproximadas. Nuestras historias familiares y recuerdos han sido moldeados, embellecidos y editados hasta el punto de que ya no estoy seguro de lo que sucedió en realidad. Lucia decía que esto no importaba: la historia es lo que importa”).

Uno de los personajes más recurrentes en los relatos es la madre. En el relato “Mamá”, la narradora ha viajado a México para acompañar a su hermana Sally, enferma terminal de cáncer. En una especie de exorcismo de sus demonios familiares, hablan de su difunta madre. Era una bruja, dicen, porque lo sabía todo. Perspicaz como ella sola, se preguntaba cómo serían las sillas si nuestras rodillas se doblaran al revés y qué llevaríamos colgado del cuello si Jesucristo hubiera sido ejecutado en una silla eléctrica.

La historia continúa con muchas anécdotas que retratan a su madre como una persona temible, una alcohólica llena de odio y amargura, pero también inteligente y muy ingeniosa. Eso sí: incluso su humor era aterrador. Cuando se suicidó, escribió una nota a la narradora (alter ego de Lucia) diciéndole que nunca le perdonaría por cómo había arruinado su vida.

“She never wrote me a suicide note.”
(A mí nunca me escribió una nota de suicidio.)

“I don’t believe it. Sally, you’re actually jealous because I got all the suicide notes?”
(No me lo creo. Sally, ¿de verdad estás celosa porque todas las notas de suicidio fueron para mí?)

“Well, yes. I am.”
(Pues sí. Lo estoy.)

Viendo que la rabia consume a Sally en sus últimos días de vida, la narradora comienza a humanizar a la madre contando historias de cómo era antes de beber. Una infancia en la pobreza, durante la Gran Depresión. Un padre también alcohólico y déspota. La esperanza de una vida mejor al casarse con Ed, el ingeniero de minas. Su vida en Alaska. El nacimiento de la narradora. La ausencia de Ed por trabajo, ella sola con su bebé recién nacido durante unos meses. Al volver, Ed se la encontró borracha y dando tumbos con el bebé en brazos. A partir de ese día, no le permitió acercarse a la niña.

Llegó la guerra, Ed se fue al frente y la familia se mudó a Texas. Ya había nacido Sally, la pequeña, que fue criada por su abuela mientras su madre salía a beber, cada vez más. Las niñas sufrieron los abusos de dos alcohólicos, su madre y su abuelo. Al volver su padre, se mudaron a Arizona y tuvieron un paréntesis de felicidad. Sin embargo, su madre ya se había distanciado y no sabía cómo estar con las niñas. Pensaba que la odiaban y se defendía burlándose de ellas, hiriendo antes de que le hicieran daño a ella.

Luego, el viaje a Chile. Ahí vivieron en una mansión con sirvientes, pero ella les temía. Le aterrorizaba no estar a la altura. Se empezó a encerrar, en su casa, en su habitación. Ed contribuyó al encierro y a la caída definitiva, restringiendo la bebida pero sin buscarle ayuda.

¿Lo ves? —le dice la narradora a Sally—, ¿ves lo duro que fue para ella? Consigue su objetivo y Sally acaba llorando, deseando haber podido hablar con ella y decirle cuánto la quería. Pero entonces, la narradora se gira hacia el lector y confiesa:

Me… I have no mercy.

No, no se apiada de su madre. Era todo una historia más para liberar a su hermana de esa rabia.

Y no, no cuento más historias porque es absurdo intentar resumirlas aquí. Hay que leerlas. No es solo lo que cuenta Lucia Berlin, sino cómo lo cuenta. Una alumna suya de sus años como profesora universitaria recuerda su consejo: «escribe lo que ves, no lo que quieres ver. Observa. Observa de verdad”. Y esa agudeza, esa capacidad de ver y de convertir en palabras lo que captaban sus ojos, es lo que te encontrarás cuando leas este libro. Algo tan simple y tan difícil.

Leo que Almodóvar va a adaptar cinco de los cuentos que componen Manual para mujeres de la limpieza, que posiblemente empezará a rodar el próximo año. No sé cómo resultará, parece difícil trasladar a la pantalla la mirada de Berlin. En cualquier caso, tenemos tiempo de leer y releer el libro hasta que la película vea la luz.

Solo una cosa más: si tienes un nivel alto, vale la pena leerlo en inglés. Muchas de las historias tienen lugar en Chile y México y utiliza vocabulario en español mezclado con el inglés (“Sally. Dear Sal y Pimienta, Salsa, don’t be sad”; “All of a sudden, de repente“; “I teach in a pretty, fresa, mountain town now”), que forman también parte de la voz de Berlin. Eso sí, el rico vocabulario y la puntuación peculiar de la escritora hacen que sea un texto difícil, a partir de un C1, para poder disfrutarlo como merece. Si puedes, el esfuerzo valdrá la pena.

Libros que hay que leer en un otoño de pandemia

¿Qué te apetece leer, con la que está cayendo? Aquí te recomiendo unos cuantos libros para este otoño pandémico que nos ha tocado vivir, pero antes te cuento los motivos para elegir una lista como esta.

Se podría pensar que los humanos estamos escogiendo estos días novelas agradables que nos recuerden tiempos más felices. Historias de esperanza que nos recarguen la reserva de buen rollo que se va reduciendo cada vez que escuchamos las noticias.

Pues no.

Lo que se ha vendido mucho desde marzo son novelas negras, thrillers o historias de terror. También ha pasado con el cine: Contagio, una película de 2011 sobre una pandemia mortal con parecidos razonables con la covid-19, fue una de las más vistas durante el confinamiento.

¿Por qué queremos torturarnos de esta forma? Resulta que hay varias hipótesis que explican estas preferencias:

  • Las historias de terror ayudan a reducir la ansiedad. Parece que cuando nos preocupamos mucho por la protagonista en apuros de nuestro libro o película, estamos consiguiendo ignorar otros miedos mucho más profundos. Sentimos miedo al leer a Stephen King, sí, pero es un miedo controlable (al contrario que los miedos que vivimos en la realidad), lo cual resulta gratificante.
  • Las historias de catástrofes nos sirven de entrenamiento para lo que pueda venir. Los lectores y espectadores de este género fueron más resilientes durante el confinamiento. Y más prevenidos: ¿por qué se agotó el papel higiénico? Porque los lectores y espectadores de terror sabían todo lo que te tienes que llevar al refugio antinuclear para sobrevivir al Apocalipsis.
  • Los thrillers, las novelas de terror o de crímenes son más absorbentes. Nos enganchan y es más fácil que olvidemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Además, el desenlace suele ser reconfortante, con el bien venciendo al mal casi siempre.
  • Por último, mi (no contrastada) hipótesis: cuando terminas una historia de este tipo tienes una sensación parecida a la de despertar de una pesadilla. Qué tranquilizador es saber que los monstruos que acabas de dejar atrás no existen. Todo parece más llevadero, por duro que pueda ser.

Libros que hay que leer: 10 sugerencias

He leído algunos de estos libros este año, durante el confinamiento o después. Otros son clásicos de esos que te acompañan siempre. Espero que encuentres alguno que te ayude a sobrellevar mejor estos tiempos, en especial con la entrada del otoño, estación que a mí me encanta pero que a algunas personas les puede generar un bajón anímico.

Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago. Imagina otro tipo de virus, uno que produce una ceguera instantánea. Ese es el punto de partida de esta novela asfixiante y terrorífica, donde los monstruos son los hombres y mujeres transformados por las nuevas necesidades que surgen de una enfermedad incapacitante. El miedo al contagio primero y la lucha por la supervivencia después hacen que se pongan en evidencia las fortalezas y, sobre todo, las debilidades del ser humano. El título puede confundir, ya que se trata de una novela de ficción. Pero se puede leer también como un ensayo, una reflexión ética acerca de lo que ocurre al poner a la humanidad en una situación extrema. Vamos, que Saramago ya predijo el egoísmo de los acaparadores de papel higiénico.

El resplandor (1977), de Stephen King. No parece una buena idea aceptar un trabajo como cuidador de un hotel de montaña que se quedará completamente aislado en invierno, tras las primeras nevadas. Si eres un aspirante a escritor, no niego que puede resultar atractivo. Te imaginas a tus anchas, escribiendo tus dos mil palabras diarias en tu habitación o sala favorita, sin que nadie te moleste. Pero están contigo tu mujer y tu hijo pequeño. ¿Qué pasa si alguien se pone enfermo, si necesitas un médico? ¿Qué pasa si algo desconocido decide intentar matarte? No pintaba bien, Jack Torrance.

El diario de Anne Frank (2017), novela gráfica de Ari Folman y David Polonsky. Ya conoces la historia. Esta versión ilustra con tanto detalle cómo vivían los Frank su día a día —y cómo se fueron reduciendo sus libertades poco a poco, antes de llegar a encerrarse en su escondite de la parte trasera de su empresa— que minimizará la ansiedad que puedas sentir si confinan tu ciudad o barrio. También tiene el poder de reducir la sensación de agobio por llevar la mascarilla.

El diario de Anne Frank

La carretera (2006), de Cormac McCarthy. Un padre y su hijo avanzan por una carretera rodeada de tierras yermas. El paisaje es grisáceo, lleno de cenizas que apenas dejan pasar algo de luz solar. Estamos en un escenario post-apocalíptico, viviendo muy de cerca la historia de supervivencia de lo que queda de una familia. Lo que ha pasado, el desastre que les ha llevado a esta situación, no es importante. Ya pasó. Lo importante ahora es seguir adelante por esa carretera hacia el sur, buscando los alimentos que les permitirán sobrevivir un día más.

Siempre hemos vivido en el castillo (1962), de Shirley Jackson. Otra novela de la autora de La maldición de Hill House con una casa misteriosa, en esta ocasión el castillo del título, habitado por los supervivientes de la familia Blackwood. El aislamiento, las cosas que se saben y no se cuentan, la sensación de que algo grave está a punto de pasar, son solo algunos de los elementos que alimentan una atmósfera oprimente, asfixiante. Copio el primer párrafo de esta novela narrada en primera persona, porque me parece una genialidad el retrato de la protagonista y ese cliffhanger que espero que te anime a seguir leyendo:

Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.

Nunca me abandones (2005), de Kazuo Ishiguro. No comentaré mucho este libro: no quiero hacer ningún spoiler por si no la has leído —o no has visto la película—. Lo que empieza como una historia de un típico internado inglés va poco a poco virando hacia una distopía gótica que te atrapará y te horrorizará por su realismo.

La habitación (2010), de Emma Donoghue. La historia, narrada desde el punto de vista de un niño que solo conoce la habitación en la que nació hace cinco años. Allí convive con su madre, que se esfuerza para que cada día sea especial para el pequeño, a pesar de lo hostil del entorno y la situación.

El hombre sonriente (1994), de Henning Mankell. No puede faltar una novela negra en esta lista. Y ya que solo hay una, qué mejor representante que Mankell, padre del noir nórdico, que aquí nos lleva al mes de octubre de 1993. Un hombre huye de algo o de alguien en su coche, aterrorizado y convencido de que le persiguen. Conduce de noche, por una carretera cubierta de niebla y mantiene un intenso monólogo interno que nos va dando pistas de cómo ha llegado a esta situación. De repente, vislumbra algo a la luz de los faros que le hace detenerse en seco. No te cuento más.

Bloodchild (1984), de Octavia S. Butler. Reconozco que no conocía a Butler hasta que leí este relato breve. Lo encontré gratis en Amazon (sigue estando disponible), pero solo está editado en inglés. No obstante, veo que existe una traducción en este blog, por si no te animas con el inglés. Este cuento narra la especial relación entre un grupo de humanos que colonizó un planeta y los seres nativos que lo pueblan. La historia te atrapa. Tengo varios libros más de esta autora en mi lista de deseos.

Haz clic en la imagen si quieres descargar el relato en inglés (asegúrate de que sigue siendo gratis cuando entres).

La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. No, esto no es una historia de terror. Es un libro inclasificable, una mezcla de la biografía de Marie Curie con apuntes autobiográficos de Montero. Sí que se trata el tema del miedo desde un punto de vista mucho más cotidiano, con otro sentido: el del vacío que produce la pérdida de un ser querido. El libro entrecruza y relaciona partes de un diario que escribió Marie tras la muerte de Pierre Curie con la historia personal de Montero, que también perdió a su marido. Aunque me sobraron los hashtags, creo que Montero hace un gran trabajo con sus reflexiones acerca de cómo superar el duelo, algo que te puede ayudar si has perdido a algún ser querido recientemente.

Uf. Espero que sumergirte en estas historias te ayude a evadirte un poco de la situación. A mí me funciona. Pero si eres de las personas que prefieren algo más ligero y divertido, dímelo y prepararé una lista muy diferente a esta. Prometido.

Descarga libros gratis en inglés

En este otro post te conté algunas ideas para enfrentarte con éxito a la lectura de tus primeros libros en inglés. Hoy compartiré contigo algunas páginas donde puedes descargar libros gratis —¡y legales!— para que vayas practicando, tanto si acabas de empezar como si llevas ya tiempo leyendo en inglés. Hay muchas más, pero aquí verás las que me han parecido más útiles y fáciles de usar. Al final del post te comparto algunas ideas de libros para descargar, aptos para nivel B2 en adelante.

  1. Project Gutemberg. Los textos que encontrarás aquí son de dominio público: puede ser porque hayan expirado ya los derechos —unos 70 años después de la muerte del autor en Europa, de ahí que encuentres tantos clásicos—, o porque los titulares de los derechos de autor hayan autorizado su publicación en esta web. Esta enorme biblioteca digital fue fundada en 1971 (sí) por Michael Hart, un visionario que quiso poner el conocimiento al alcance de todos. Podrás descargar los libros que quieras sin registrarte, eligiendo el formato que se adapte mejor a tu lector de e-books.

  2. Open Library. Pertenece a Archive.org. Puedes descargar libros en pdf o epub, aunque algunos solo están disponibles en préstamo. Eso implica que, a veces, tengas que estar en una lista de espera para los más demandados. Es necesario el registro.

  3. eBiblio, la app de tu biblioteca pública para Android e iOS (solo para España). Requiere tener un usuario y contraseña que te darán en la biblioteca. En mi caso el usuario es mi número de carnet de usuario, pero no sé si es igual en todas. También tendrás que instalar Adobe Digital Editions para poder leer los libros que cojas en préstamo. Aquí puedes ver las comunidades que la tienen disponible. Una desventaja es que no podrás leer los libros en tu lector de e-books, pero sí en tu móvil o tablet. Puedes filtrar por idioma para ver los títulos disponibles en inglés.

    No hay muchos libros, pero se van añadiendo más poco a poco, así que no pierdes nada por ir visitando la página cada cierto tiempo. Si tu nivel es aún muy inicial y te interesan los libros adaptados, aquí encontrarás algunos identificados como level 1 y 2 (A1 y A2).

  4. Amazon. Aunque no tengas suscripción a Amazon Prime podrás descargar libros gratuitos. Prueba con búsquedas como «free Kindle books in English», «libros gratis en inglés» o algo similar. Eso sí, fíjate bien en los resultados porque hay varias opciones:

Libros gratis para Kindle: son gratuitos para cualquier usuario con una cuenta de Amazon (con o sin Prime).

Libros gratis Kindle Unlimited: esto es para clientes con Amazon Prime que además paguen una suscripción a Kindle Unlimited, que es una especie de tarifa plana tipo Netflix para descargar libros sin límite dentro del catálogo que ofrecen —escaso, en mi opinión—.

Libros gratis de Prime Reading: esto solo lo verás si tienes una suscripción a Amazon Prime pero no tienes la de Kindle Unlimited. Es similar a este último servicio, pero con un catálogo muy pequeño.

Si no tienes un Kindle, puedes leer los libros que descargues de Amazon en su Kindle Cloud Reader, disponible en versión móvil y de escritorio.

Vale la pena ir mirando las ofertas de Amazon. Puedes encontrar libros muy interesantes con hasta un 80% de descuento. No son gratis, pero puedes tener la suerte de encontrar buenos libros por menos de 2 €.

Pues sí, no he resistido la tentación y me acabo de comprar este.

Si te interesan los clásicos, creo que la opción más sencilla es Project Gutemberg. Verás que tiene un diseño un poco siglo XX, pero que no te engañen las apariencias. Las descargas son muy fáciles, con formatos adaptados a la mayoría de lectores de e-book.

Aquí te paso algunas sugerencias, aptas de B2 en adelante. Seguro que has leído muchos de ellos, pero releer libros que ya conoces es una buena estrategia para coger soltura con la lectura en inglés.

  • Jane Eyre, de Charlotte Bronte. Es la historia de una huérfana maltratada por sus tíos (comparte una niñez dura con Harry Potter) que, tras su paso por un internado para niñas donde tampoco recibe un trato mucho mejor, acaba como institutriz en Thornfield, la mansión del huraño Mr. Rochester.

  • Pride and Prejudice, de Jane Austen. Elizabeth Bennet y Mr. Darcy, ¿hace falta que te diga algo más? Tiene una de las primeras frases más reconocibles de la literatura: «It is a truth universally acknowledged, that a single man in possession of a good fortune, must be in want of a wife».

  • The Yellow Wallpaper, de Charlotte Perkins Gilman. Algo menos conocida que las dos anteriores, es el relato de un viaje a la locura con un profundo mensaje feminista para la época en que fue escrito (1892). No es una novela, sino un relato breve.

  • The Importance of Being Earnest, de Oscar Wilde. Esta obra de teatro es una potente crítica a la sociedad victoriana. El título juega con el significado de dos palabras homófonas en inglés «Ernest» (Ernesto) y «earnest» (honesto), algo que se pierde en la traducción al español.

  • 2BR02B, de Kurt Vonnegut. Si te apetece algo más reciente y corto, lo tienes en este relato (muy) breve de ciencia ficción, con otro juego de palabras en el título (pronunciando cero como naught, que suena parecido a not) que seguro que ya has reconocido.

¿Cómo enviar los libros descargados a tu Kindle? Te puedo hablar de Kindle porque es el lector que yo tengo. Puedes enviar contenido conectando el Kindle a tu PC con cable, o con software tipo Calibre. Pero una forma muy fácil es enviar el archivo descargado (formato mobi) por e-mail a la dirección que Amazon ha asignado a tu dispositivo. La encontrarás en tu Kindle haciendo clic en Configuración / Todos los ajustes / Mi cuenta. Aparece abajo, en E-mail de enviar a Kindle.

Esto es todo por hoy. Si tienes otra fuente de descarga de libros en inglés que quieras compartir, no dudes en comentar. Que sea legal, please 😉

El humor de Iris Murdoch

La semana pasada retomé mi idilio con Iris Murdoch después de un tiempo de distanciamiento. Su novela El mar, el mar (1978), que leí hace ya tiempo, estaría en mi top 10 si tuviera un top 10 (qué difícil es elegir libros favoritos). Me gustó tanto que me di un atracón de varias de sus novelas de golpe. Luego paré porque, aunque disfruté cada una, algunas son bastante parecidas en cuanto a trama y personajes. Creo que la experiencia con Murdoch es más satisfactoria espaciando la lectura entre una y otra. Tengo —tenemos— la suerte de que fue una escritora prolífica y aún me quedan varias novelas por disfrutar.

La que acabo de leer es La campana (1958). Poco después de empezarla, vi la película Iris (2001) que, cuando escribo esto, está disponible en Amazon Prime Video en VOSE. Basada en el libro autobiográfico de John Bayley, el viudo de Murdoch, se centra sobre todo en los últimos años de vida de la escritora, cuando el Alzheimer destrozó uno de los cerebros más brillantes del siglo XX. A ratos, la película da la sensación de estar viendo un telefilme de esos de domingo tarde —basados en hechos reales—, pero vale la pena por el trabajo de sus actores, especialmente Jim Broadbent como el Bayley cuidador que no acepta el diagnóstico y Judi Dench como Murdoch.

Si no has leído nada suyo, Murdoch puede darte una imagen equivocada al acercarte a ella por primera vez. Su corte de pelo tazón y su aspecto casi siempre serio y cerebral en las fotos, se corresponden más con la Murdoch que enseñó filosofía en Oxford. Pero no te dejes llevar por las apariencias: sus novelas son adictivas y muy muy divertidas. En ellas encontramos personajes de clase media-alta que típicamente engañan a otros y a sí mismos. Generan situaciones que rozan el vodevil, con dilemas morales y amoríos imposibles.

La campana es su cuarta novela. Aunque —en mi opinión— no está al nivel de sus obras posteriores, encontramos en ella ya el patrón Murdoch: un reparto coral de intelectuales y gente bien británica, la búsqueda de la verdad, preocupaciones amorosas —o más bien sexuales— y espirituales, un perro, el arte, la religión, el peso del pasado, etc. Sus personajes son imperfectos —¿y quién no?— y Murdoch retrata muy bien sus maquinaciones en tiempo real. En una escena de La campana, el protagonista comete un acto del que se arrepiente y vemos cómo va cambiando de parecer respecto a cómo resolverlo, desde que se va a dormir hasta la tarde del día siguiente. A ratos se justifica, luego se flagela, después culpa a otros, luego vuelve a atormentarse. Muy humano. Sus personajes me recuerdan un poco a los del Woody Allen de la época de Hannah y sus hermanas, quizás porque tanto Allen como Murdoch beben de Shakespeare, el gran retratista de los dramas interiores de la humanidad.

En resumen: tras la apariencia de novelista sesuda, se ocultan una escritora con un gran sentido del humor, cuyos libros incluyen el valor añadido de ese punto filosófico que te dará material para seguir pensando en ellos mucho tiempo después de haberlos acabado.

Imagen: Katsushika Hokusai

10 trucos para empezar a leer libros en inglés

libro en inglés

Si estás pensando en empezar a leer libros en inglés, pero no sabes cómo hacerlo —qué tipo de libro, si debes ir a por versiones adaptadas, si e-book o papel, etc—, espero que esta guía te ayude.

Lo que cuento aquí no es ningún método académico, es solo lo que a mí me ha funcionado. Estudié filóloga inglesa, pero mi lengua materna no es el inglés. Al principio me costó, a veces volvía a comprar traducciones porque, bueno… siempre disfrutas más un libro cuando lo puedes leer del tirón, sin tener que parar porque no entiendes algo. Claro. Pero con un poco de constancia te aseguro que se va haciendo más fácil, más fluido. A cambio, te llevas la satisfacción de leer los libros de muchos de tus autores favoritos tal y como los escribieron. Y además, mejoras tu inglés.

  1. ¿Libro de papel o e-book? Sí, te gusta el olor y el tacto del papel, pero un lector de e-book táctil (Kindle o similar) con diccionario integrado es lo más práctico. Toca la palabra que no conoces para tener la traducción a español o el significado en inglés al instante. Puede suponer una inversión mayor al principio, pero se recupera rápido porque los e-books suelen ser más económicos que los libros de papel. Además, puedes encontrar muchos libros gratis en Internet —legales, especialmente clásicos—.

  2. No te compres libros adaptados. Es mejor buscar textos originales con vocabulario sencillo, ya que las adaptaciones suelen tener poca calidad literaria y conseguirán que te aburras y abandones el libro.

  3. Una buena opción para tu primera lectura en inglés es leer algún libro que hayas leído ya: es muy motivador leer el texto original de tu novela favorita, en el que seguro que descubrirás cosas nuevas, como juegos de palabras o un ritmo en el texto que se pueden haber perdido en la traducción.

  4. Lee un libro que ha sido adaptado al cine. Mira la peli en VOSE y luego lee el libro en inglés. Un ejemplo: lee Fantastic Mr Fox, de Roald Dahl, después de ver la película del mismo título de Wes Anderson, una animación en stop motion que vale mucho la pena.

  5. Otra alternativa es leer una historia que conoces, que te suena aunque no la hayas leído. Aunque no hayas has leído nada de Harry Potter, sabes quién es ¿verdad? Leer el primero de los libros de la serie te resultará fácil.

  6. Intenta entender, no traducir. No necesitas traducir mentalmente cada frase para entender su significado. Así irás más rápido y no te aburrirás, a la vez que vas asimilando la estructura del lenguaje.

  7. No intentes entender todas las palabras. No es necesario. No quiero decir que haya palabras superfluas en los libros —o no en todos—, todo suma para la idea o imagen final que el autor quiere transmitir al lector. Pero cada vez que buscas una palabra sales de la historia y luego tienes que volver a entrar. Eso cansa. Desconectas de la historia. Busca las que te impidan entender la frase, párrafo o escena, pero intenta entender el resto por el contexto.

  8. Lee novelas gráficas. Todo el soporte visual de las viñetas te ayudará a entender sin tener que buscar tanto.

  9. Prueba los audiolibros. Puedes leer mientras conduces, haces deporte o paseas al perro. En Audible o Audiobooks puedes activar un periodo de prueba de 30 días y ver si es lo tuyo.

  10. Complementa la literatura leyendo prensa, blogs, etc. Una buena opción es The Guardian, con una app gratuita que te da acceso a todos sus contenidos.

Para terminar, te recomiendo algunos libros que te pueden ir bien para empezar, aunque lo mejor es que seas tú quien escoja el género y autor que más te motive, ya que es lo que te empujará a seguir adelante y terminar el libro.

  •  The Curious Incident of the Dog in the Night-Time (2003), de Mark Haddon. Una historia de misterio con un narrador de 15 años muy especial. El vocabulario es sencillo, perfecto para un nivel B2 y asequible para un B1.
  • Eleanor Oliphant is Completely Fine (2017), de Gail Honeyman. Otra narradora diferente, con pocas habilidades sociales aunque muy observadora. Asequible para un nivel B1.
  • Fantastic Mr. Fox (1970), de Roald Dahl. Ya comentada arriba, puede ser buena opción para principiantes (A2).
  • Harry Potter and the Philosopher’s Stone (1997), de J.K. Rowling. Ya sabes de qué va. Lenguaje sencillo, dirigido a niños y adolescentes, adecuado para un B1. Si tienes una suscripción a Kindle Unlimited, puedes descargarlo sin coste adicional en Amazon.
  • Murder on the Orient Express (1934), de Agatha Christie. Un asesinato en un tren de lujo escrito por la reina del crimen, ¿qué más se puede pedir? El lenguaje es sencillo, con muchos diálogos fáciles de seguir. Desde B1.
  • Maus (1992), de Art Spiegelman. Novela gráfica ganadora del Pulitzer que relata el holocausto nazi reemplazando a los judíos por ratones y a los nazis por gatos. Basada en la vida de Spiegelman y en la experiencia de su padre en los campos de concentración, la novela es muy intimista y sobrecogedora. Desde B1 (aunque un A2, con la ayuda de las viñetas, puede seguir la historia sin problema).

Las 7 casas de Coraline

La casa de Coraline es un fantástico ejemplo de escenario de novela gótica, un personaje más con un papel central en la historia.

En este tipo de literatura la localización, el lugar donde habitan los personajes, es clave para el desarrollo de la trama. Si en los orígenes de la novela gótica los escenarios eran castillos, criptas o monasterios, poco a poco se fue viendo una evolución hacia marcos más familiares para el lector, como casas, calles, o apartamentos. 

Y quizás te preguntes qué diferencia hay entre la literatura de terror o de horror y la gótica. Sabrás que te responderé aunque no te lo hayas preguntado. La RAE nos dice que:

  • El terror es un «miedo muy intenso».
  • El horror es un «sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso».

En literatura, el género de terror genera miedo a través de cosas o seres reales que se comportan de manera extraña, como ocurre con Los pájaros de Daphne du Maurier. El horror incluye elementos sobrenaturales, como monstruos, vampiros, o alienígenas. Otra definición se basa en la sensación que genera en el lector, como esta definición tan gráfica que nos dejó el experto en literatura gótica Devendra Varma (The Gothic Flame):

«La diferencia entre terror y horror es la diferencia entre una aprensión terrible y la constatación repugnante: entre sentir el olor a muerte y darse de bruces con el cadáver». 

Ambos géneros se pueden entremezclar, pensemos por ejemplo en El Resplandor, de Stephen King donde se combina el terror (la locura del alcohólico y muy real Jack Torrance) con el horror (los fantasmas del Overlook). 

En la novela gótica podemos encontrar tanto terror como horror y, muchas veces, un cruce de ambos géneros. No todo el terror ni el horror es gótico. Para el gótico, es muy importante la casa: entiéndase aquí por casa un contexto sobrenatural y un escenario arquitectónico o natural, que puede ser un castillo, una abadía, una mansión, unas ruinas, un bosque oscuro, lugares que ya de por sí generan un cierto pasmo. 

La novela gótica surge en Inglaterra con El Castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, un autor con pedigrí: era primo del almirante Nelson (sí, el manco de Trafalgar) e hijo del primer primer ministro del Reino Unido (sí, el primer primer). Educado en Eton y en Cambridge, pronto se vio en la necesidad de tener una mansión en el campo, preferiblemente un castillo, propiedad imprescindible para no ser el hazmerreír de la aristocracia. Había comprado una casita en Twickenham, un lugar de moda entre la élite de la época por su cercanía a Londres, pero la propiedad no tenía la grandeza requerida. A Walpole le fascinaba la arquitectura medieval y reformó la propiedad hasta convertirla en Strawberry Hill, un castillo neogótico que puso de moda el estilo que se conoce como «Strawberry Hill Gothic». La villa se encuentra hoy en un barrio del sur de Londres, convertida en un museo que admite visitas presenciales o virtuales descargando su app

Walpole considerando si añadir gárgolas a su castillo. ¿No te recuerda a Fred Astaire?

Bien, ya conocemos el furor de los contemporáneos de Walpole por el gótico. En este marco, el hombre escribe la obra cuyo título original es The Castle of Otranto — A Gothic History. Y así queda inaugurado el género de la novela gótica, cuyos ingredientes incluyen una mezcla de realismo y ficción sobrenatural: ruinas, castillos tenebrosos, pasajes secretos, fantasmas, etc. Walpole tiene el mérito de haber creado una plantilla que sus descendientes literarios, los escritores del Romanticismo, llevaron a la cima del género: Matthew Lewis, Ann Radcliffe, Mary Shelley, Edgard Allan Poe, o Gustavo Adolfo Becquer. La tradición continúa después con autores como Henry James, Oscar Wilde, Bram Stoker, Hp.P. Lovecraft, Daphne du Maurier y llega hasta nuestro días con Anne Rice, Carlos Ruiz Zafón, Stephen King y Neil Gaiman, entre otros.

Y como ya hemos revisado el camino desde Otranto hasta la casa de Coraline, vamos a meternos en harina: a por Coraline (2002) de Neil Gaiman.

Coraline (2002)

Y dirás —con razón, siempre—: pero, ¿a cuento de qué viene todo este preámbulo si Coraline es literatura juvenil? 

Pues porque en Coraline confluyen dos géneros que, de entrada, parecen incompatibles. Tenemos elementos góticos (esa casa, lo sobrenatural, la soledad de la protagonista) y es literatura infantil o juvenil. Como dice el propio Gaiman, eso no es nada raro: ¿no te acuerdas de Hansel y Gretel? Sus padres los abandonan un día en medio del bosque, porque no tienen comida para los cuatro, así que mejor librarse de los niños, que tienen la mala costumbre de comer. Intentando volver a casa (sí, querían volver) encuentran una casita de lo más apetitosa, hecha de dulces, en la que vive una vieja bruja ¡que come niños! Aunque puede parecer todo muy orgánico —los niños sobran en casa porque falta alimento, pero ellos pueden servir de comida para otra persona hambrienta—, ¿le contarías esta historia a tus hijos antes de ir a dormir? Si lo haces, asegúrate de tener la nevera siempre llena.

Vamos a la casa: la novela empieza con Coraline Jones explorando su nueva vivienda, una casa grande y muy vieja que ha sido dividida en apartamentos. Tiene un desván bajo el tejado y un sótano; está rodeada de un jardín cubierto de maleza e incluye elementos que denotan una cierta grandeza en tiempos pasados, como una pista de tenis abandonada o una rosaleda con rosales raquíticos e infestados de moscas. El escenario es, sin duda, gótico.

Coraline y sus padres viven en uno de los cuatro apartamentos. Otros dos más están ocupados, mientras que el cuarto está vacío, aún en venta. Antes de la división, se accedía a ese piso desde la sala de estar de los Jones, en la que aún está la puerta que llevaba al otro lado de la casa, cerrada con llave pese a que está tapiada. 

Nadie parece hacer mucho caso a Coraline: ni sus padres, ambos teletrabajadores y siempre muy ocupados, ni los estrafalarios vecinos, que insisten en llamarla Caroline. En uno de sus recorridos por la casa buscando qué hacer para matar el tiempo, Coraline ve que la puerta tapiada está abierta y que los ladrillos han desaparecido. Al adentrarse en ese lado de la casa, descubre una vivienda amueblada y habitada por unos clones de sus padres, inquietantes ellos porque tienen botones en lugar de ojos. Pero hay que decir en su favor que parecen mucho más interesados en prestar atención a Coraline que sus verdaderos padres. Y aquí me paro por si no las has leído. ¡Léela! 

Como en cualquier narrativa gótica, la casa es mucho más que un telón de fondo de la historia. Su papel es central, tanto en la trama como en la creación de la atmósfera que necesitamos para sentir lo que siente Coraline, primero aburrida y luego fascinada por ese mundo aparentemente ideal que se encuentra al otro lado de la puerta—si te recuerda a la Alicia de Lewis Carroll, es porque tiene mucho en común: son dos niñas cansadas de la monotonía de sus vidas, curiosas y aventureras; las dos encuentran excitante el nuevo mundo que descubren, aunque pronto desearán volver a la normalidad, apreciando las cosas buenas de lo malo conocido—.

El libro está ambientado en Inglaterra, en un lugar no especificado, en el campo o en las afueras de algún pueblo. El entorno es clave para reforzar la idea de aislamiento social que percibe Coraline. Vemos contrastes también: ella es la única niña. Con 11 años, no puede conectar con los vecinos, todos tan desvencijados como la propia mansión. Las vecinas actrices, viejas glorias del teatro, viven rodeadas de perros también ancianos. Ellas, como la casa, han vivido mejores tiempos.

La inspiración para construir esta casa en la novela surge de distintas fuentes. Vamos a verlas una a una: nos sirven para ilustrar cómo funciona la mente de un escritor al construir sus escenarios.

1. Littlemead, en Sussex: la casa de la primera edición de la novela

En la introducción, Gaiman nos da detalles: ambientó el libro en el apartamento donde vivía entonces en Littlemead, una gran casa victoriana en Nutley, en el sur de Inglaterra. Empezó a escribir la historia para su hija mayor, entonces una niña, y eligió el escenario conocidos de la casa familiar. La casa estaba dividida en varios apartamentos, al igual que la de Coraline, y Gaiman y los suyos ocupaban uno de ellos.

2. La casa gótica en Mineápolis

El autor tardó varios años en escribir Coraline, porque lo hacía como un proyecto personal más que comercial. Lo empezó en Nutley para su hija mayor, y lo acabó en Estados Unidos para su hija menor, cuando toda la familia vivía en una antigua casa gótica con torre incluida, igualita —según el propio Gaiman— a la casa de la familia Adams.

3. La casa de la primera edición de la novela

Vemos una silueta muy parecida a Littlemead en la portada original del libro.

4. La casa de Coraline en la película

El Pink Palace, la casa de Coraline en la película de animación de 2009 (Los mundos de Coraline en España), es básicamente la casa real de Gaiman en Mineápolis, pero rosa.

5. La casa de la puerta tapiada

La idea de la puerta que se abre a un tabique de ladrillos procede de la casa en la que Neil Gaiman vivió de niño, que también era un apartamento en una casa grande y antigua dividida en dos viviendas.

6. La habitación de las visitas

Es esa habitación que antaño se reservaba solo para invitados, con los mejores muebles de la casa, tal y como lo había visto en casa de su abuela, y que en Coraline se convierte en el salón donde está la puerta tapiada. 

7. La casa de la novela gráfica

Esta casa se ha colado en la lista. Lo justo es ponerla aparte, porque la encontramos en la novela gráfica ilustrada por P. Craig Russell, que eligió como modelo de casa el Templo Masónico de Kent en Ohio. Aunque seguro que Gaiman le dio el visto bueno, no podemos atribuirle la idea. 

La verdadera casa de la Coraline de la novela gráfica (Imagen: Wikipedia / JonRidinger)

¿Se puede visitar? Littlemead y la casa de Gaiman en Mineápolis son privadas. En cuanto al templo masónico, parece que en el pasado se podía visitar, aunque lo que ves en la novela gráfica es el exterior y puedes echarle un vistazo con bastante detalle en Google Maps.

Más información:

  • Si tienes Amazon Prime, puedes leer gratis la novela gráfica de Coraline con Prime Reading. Es gratis cuando escribo esto: asegúrate de que lo sigue siendo antes de enviarla a tu Kindle, porque una novela gráfica en pantalla pequeña no es lo más cómodo de leer.
  • Banda sonora de la película en Spotify:

El castillo ambulante de Howl

Muchas casas tienen un papel tan relevante en la trama que no se concibe la novela sin ellas. Son un personaje más, en cuyo interior se mueven e interactúan los otros, los humanos, humanoides, o lo que sea que el autor haya elegido como personaje para su libro. A algunas de esas casas solo les falta tener piernas y echarse a andar para ser uno más en la lista de personajes. Espera un momento. Hay una que tiene esas patas que le permiten seguir a su dueño por los páramos: El castillo ambulanteHowl’s Moving Castle en inglés—, escrito por Diana Wynne Jones.

Hago un inciso para hablar de Diana Wynne Jones (1934-2011). Seré breve. La he descubierto este año, con treinta y muchos años más de los que deben tener sus lectores típicos. Y El castillo ambulante es uno de mis libros favoritos de 2020 (junto con La carretera, para que veas mi criterio en cuanto a género). Si te gusta Neil Gaiman, te gustará Jones. Y si eres fan de Harry Potter podrás ver asomar las puntas de sus raíces entre las páginas de Vida encantada (1977).

Doodle del 16 de agosto de 2014 para celebrar el 80 aniversario de Diana Wynne Jones.

Vuelvo a Howl y su castillo. La trama es simple: nuestra protagonista es Sophie, una joven sombrerera que cae víctima del hechizo de una bruja y se ve convertida en una anciana, con todo lo que eso conlleva: arrugas, achaques, dolor de huesos, fatiga, etc. Imagínate pasar de dieciocho a noventa en unos segundos. Pues hay admirar a Sophie por lo bien que se lo toma.

Sophie antes

Enseguida se envuelve en un chal y se hace con un bastón para ayudar a su maltrecha espalda y camina renquea hasta que llega al castillo ambulante del hechicero Howl, donde se autocontrata como mujer de la limpieza pese a las reticencias del dueño de la casa. Es perseverante nuestra Sophie: quiere quedarse y se queda.

Sophie después, ganándose alojamiento en el castillo a golpe de escoba

Además de Howl, conoceremos allí a su aprendiz de 15 años, Michael, y a Calcifer, un demonio de fuego que es el responsable de dar vida y movimiento al castillo, desde su centro de mandos en la chimenea. Sophie pronto descubre que Calcifer está atado a Howl por una especie de contrato y que eso le tiene anclado a la chimenea. Para meterse a Calcifer en el bolsillo, Sophie llega a un acuerdo con él: cada uno ayudará al otro a recuperar su forma normal. Y ya no te cuento más. Tienes que leerlo si no lo has hecho ya. 

Y dirás —o quizás, si eres la persona avispada que sé que eres, lo habrás dicho ya al ver el título— ¡pero si esto es una película del Studio Ghibli! 

Cierto.

Sin embargo, no asumas que no vale la pena leer el libro si has visto la película. La historia es similar: el castillo anda, Sophie se vuelve vieja, Howl es el mago que pasa más tiempo acicalándose en el baño de la historia de la literatura y Calcifer es un cascarrabias con buen fondo. Pero la película (siendo genial)  se centra en una parte de la historia, eliminando alguna trama secundaria e incluso personajes que en el libro tienen mucho peso en la historia, y añadiendo una guerra que no aparece en la novela. Y la evolución de Sophie de joven insegura a mujer fuerte, independiente y empoderada se desarrolla más en el libro.

Pero yo he venido aquí a hablar del castillo.

El castillo de Howl se describe en el libro como un edificio muy alto de ladrillo negro, inestable, con cuatro chimeneas humeantes y tres puertas.

Pero su formidable aspecto exterior es engañoso. Por dentro es modesto y pequeño, una vivienda con dos plantas y unas pocas habitaciones. La entrada conduce a una especie de sala de estar y cocina cochambrosa, con una chimenea en la que habita/arde Calcifer. Resulta acogedora pese a las montañas de platos sucios; al menos para Sophie, que llega con el frío del páramo en sus tuétanos nonagenarios. 

Howl alimentando a Calcifer

Si el contraste exterior-interior ya nos sorprende, de dentro hacia fuera encontramos también un elemento sorpresa. La entrada tiene un pomo que gira sobre un visor que va mostrando de manera alterna cuatro colores distintos. Cada color representa una localización distinta a la que se abre la puerta, sin que el castillo se mueva de su emplazamiento en una colina en las afueras de la ciudad. Cuando Sophie sale por primera vez, se encuentra en una calle de la ciudad y ve que tras ella no está el castillo, sino una casa corriente, como las del resto de la manzana. Cuando, más adelante, el castillo se desplaza —porque Howl necesita huir de la misma bruja que hechizó a Sophie— cambian también los lugares de salida de la puerta mágica. La chimenea de Calcifer es el centro de control del castillo, puesto que él es quién se encarga de generar la energía para moverlo y conducirlo a dónde quiere Howl. También sirve de fogón para cocinar los huevos con bacon del desayuno, muy a pesar de Calcifer.

Calcifer cocinando el desayuno: preferiría no hacerlo

Antes he dicho que vale la pena leer el libro si has visto la película. Pero si has leído el libro y no has visto la película, ¿a qué estás esperando? En mi opinión, si hay algo que gana mucho en la versión de Miyazaki es el castillo. El estudio Ghibli dota al castillo de su típica estética steampunk prescindiendo del ladrillo y de las líneas rectas. Ni siquiera parece un castillo, es más bien un gigantesco robot zoomorfo entre cómico y aterrador que camina sobre cuatro patas de gallina mecánicas muy Pythonescas. De la descripción original conserva poco más que las cuatro torres, aquí más bien chimeneas. Es también un poco Frankenstein, formado por un collage de aspecto improvisado —no te imaginas a un ingeniero diseñando los planos— que incluye partes de casas aquí y allá, madera en la zona frontal que forma una cara con una boca que se abre y muestra una lengua articulada, metal en diversas cúpulas y tuberías. Tiene también dos alas de dragón y una especie de mástil con una canastilla similar a la cofa de vigía de un velero antiguo. Estos componentes de tierra (patas), mar (mástiles) y aire (alas) forman un todoterreno de apariencia viva, pero que en realidad necesita el poder de Calcifer para moverse. 

Despampanante castillo ambulante

¿Existe o existió el castillo ambulante? No. Diana Wynne Jones se inspiró en la idea que le dio un niño llamado Stephen, alumno de un colegio en el que ella estaba de visita, que le pidió que escribiera un libro sobre “un castillo móvil”. ¡Gracias, Stephen!

¿Se puede visitar? En breve será posible visitar una réplica del castillo ambulante en el Ghibli Park que se abrirá en 2022 en la prefectura de Aichi, Japón. Aquí puedes ver las primeras imágenes:

Mientras, si te gusta el papercraft y tienes una semana libre, puedes fabricarte una maqueta a escala y ponerlo en un lugar de honor en tu casa. En cuanto a la película, cuando escribo esto está disponible en Netflix (en España).

Más información:

  • Crédito imágenes: Studio Ghibli
  • Entrevista a Diana Wynne Jones (VOSE) acerca del libro y la adaptación de Miyazaki.
  • Escucha la banda sonora de El Castillo Ambulante en Spotify:

Anoche soñé que volvía a Manderley—¿o lo vi en Netflix?—.

La casa en la que transcurre Rebecca (1938), de Daphne du Maurier, se menciona ya en la conocida primera frase de la novela: “Anoche soñé que volvía a Manderley”. En este sueño de la protagonista vamos avanzando junto a ella por un camino serpenteante que apenas sobrevive entre la maleza, rodeado por un bosque sombrío. Al final del paseo llegamos a Manderley, grande, con almenas y ventanales góticos, casi una fortaleza, en su localización idílica junto al mar, iluminada por la luna llena —como en sus mejores tiempos. Pero esto resulta ser un espejismo, porque cuando una nube tapa la luna, la casa se muestra como el cascarón vacío que es, en el que no quieren vivir ni los fantasmas. 

Entonces, la narradora despierta y nos desvela el spoiler:  “Manderley ya no existe”.

Antes de dar más detalles sobre Manderley, casa de libro por excelencia, toca hablar de la película de Hitchcock de 1940 del mismo título, basada en el libro de Du Maurier.

Póster de la película de Hitchcock, con Manderley en la esquina inferior izquierda

Rebecca. ¿Que a qué te suena ese nombre? A una rebeca. Esa chaquetita de punto abierta y con botones hoy más conocida como cárdigan: una prenda que se puso de moda en la época porque la protagonista la lucía en la película. Pero no te líes: nuestra heroína no se llama Rebecca. Rebecca era la primera señora de Winter. La protagonista, la que llevaba la rebeca en Manderley, era la segunda esposa de Maxim de Winter, el dueño de la casa y viudo de Rebeca. La segunda esposa y narradora del libro (no te digo su nombre porque no nos lo dice) es tan modesta y humilde como su rebeca, mientras que la difunta señora de Winter (#1), era tan hermosa y fascinante como Manderley. ¿Has oído hablar del Síndrome de Rebeca? Viene de esta historia (del libro, o de la película) y consiste en experimentar celos patológicos de la (o del) ex de tu actual pareja.

La segunda señora de Winter con su rebeca en Hogwarts Manderley

Volvamos a Manderley. La casa es… guau. Grande. Imponente. Con una escalinata de esas para bajar despacio luciendo vestidazo. Simboliza la opulencia y el poder de la difunta Rebecca, que continúa viva en la memoria de la señora Danvers —la ubicua ama de llaves, en cuya relación con la primera De Winter se aprecian tintes lésbicos— y en todos los rincones de la casa. Vemos su retrato, sus ropas, su tocador con su cepillo de pelo, todo tal y como ella lo dejó.

La segunda señora de Winter con cara de usurpadora en el escritorio de Rebecca

En contraste, la segunda señora De Winter, de origen humilde y carácter apocado, deambula encogida por la mansión, casi pidiendo disculpas a cada mueble por ocupar un sitio que no le pertenece, a la vez que se muestra fascinada por Rebecca y todo su legado en Manderley. 

La Danvers suspirando en los aposentos de Rebecca

¿Existe o existió Manderley? No. Los exteriores que vemos en la película eran maquetas y los interiores se rodaron en estudios.

Pero Du Maurier se inspiró en dos casas reales para su descripción de Manderley. Una es Milton Hall, una mansión privada cerca de Cambridge que solía visitar de niña. La otra, Menabilly House. La descripción del primer capítulo de esa casa vacía junto al mar y casi oculta tras la vegetación se corresponde con este edificio georgiano situado en Cornualles. Du Maurier estaba fascinada con la casa desde que recorrió el sendero serpenteante (¿te resulta familiar?) que daba a la fachada cubierta de hiedra y no paró hasta que consiguió alquilarla en 1943, después de muchos años soñando con su Manderley particular. Un plus de esta vivienda es que, en una reforma hecha en los años 20, se encontró un esqueleto sentado en un taburete tras una pared del sótano. Era lo que quedaba de un caballero de la Guerra Civil de Inglaterra del siglo XVII y Du Maurier lo fichó como personaje de otra novela, El General del Rey.

¿Se puede visitar? Las dos casas son privadas, pero en el parque que rodea Menabilly House se pueden alquilar dos cottages independientes (aquí y aquí). Así que, si quieres, podrás pasear por las playas y acantilados que inspiraron a Daphne du Maurier.

¿Vale la pena el libro? Es la historia de una cenicienta con un giro inesperado, que empieza cuando acaban los cuentos: justo después del «vivieron felices y comieron perdices». Te gustará si lo tuyo es la novela gótica muy British, las atmósferas opresivas y los retratos psicológicos de personajes atormentados, todo ello cargado de suspense hasta el desenlace, el momento en que averiguamos qué pasó en realidad con Rebeca.

¿Y qué hay del remake de Netflix? Se ha estrenado en octubre de 2020, dirigido por Ben Wheatley, el artífice de High Rise (2015), otra película con edificio protagonista. Esta nueva versión, protagonizada por Lily James y Armie Hammer como los De Winter, es más fiel al libro de Du Maurier que la de Hitchcock, ya que el director británico decidió eliminar un asesinato de la trama, por extraño que parezca hablando del maestro del suspense.

Una vez vista, lo tengo claro: que me quedo con la de Hitch. Para empezar, no me convencen los protagonistas. La apostura californiana de Armie Hammer no encaja en el rol del gótico e inquietante De Winter. Con Lily James me pasa algo similar: alta, atractiva y muy estilosa no me la creo como la mojigata dama de compañía del principio. Su fondo de armario, eso sí, es como para ver la película y salir de compras después.

Algo mejor es Kristin Scott Thomas interpretando a la Sra. Danvers, que deja mucho más clara su relación de amor con Rebecca. Pero tenía el listón muy alto, porque si algo le debemos a Hitchcock —y a la actriz Judith Anderson— es ese personaje que creó escuela en el mundo de las amas de llaves, institutrices y gobernantas villanas del cine y de la literatura. ¿Recuerdas a Frau Blücher, aquella cuyo nombre hacía encabritar a los caballos en la genial El Jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974)? Es una parodia de la Sra. Danvers de Anderson.

Por último, no hay nada gótico en la película. Creo que este es el mayor problema. El llamativo traje ocre que viste De Winter en Mónaco —¿a quién se le habrá ocurrido?—, los recurridos turísticos por la zona en su descapotable, el vestuario de la segunda señora De Winter, los días soleados en Manderley… Todo son colores vibrantes, con fotogramas que son como postales turísticas: un poco como los telefilmes alemanes comprados a kilos por Antenas 3 o TVE y que suelen emitir a la hora de la siesta. Mi madre dice que los mira por los paisajes y las casas que salen, todo taaaan bonito. Pues la misma impresión me deja esta Rebecca.

Más información:

  • Póster de Rebecca: © 1939 by United Artists Corporation. Imagen de dominio público, en Wikimedia Commons
  • Blog (en inglés) que hace un tour por Manderley con muchas fotos de la película de Hitchcock.
  • Película (la de Hitchcock) completa (VOSE).
  • Banda sonora de la película en Spotify: