Ancho mar de los Sargazos – Jean Rhys

Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea) es una novela de la escritora Jean Rhys (1890-1979) publicada en 1966. Antes de hablar de este libro, una breve introducción.

Me gusta mucho la novela del siglo XIX: Mary Shelley, Jane Austen, las Brontë, Louisa May Alcott, Oscar Wilde, Henry James, etc. Pero no me gustaría haber sido una mujer en el siglo XIX.

Ni siquiera me pondría en la piel de una de las heroínas más celebradas de la época, Jane Eyre. Es un personaje admirable, no digo que no. Jane supera a golpe de tesón una niñez dickensiana —peor, porque los protagonistas de Dickens tenían mejor pronóstico solo por haber nacido hombres— y acaba convertida en la señora de Rochester. Del atormentado y byroniano Edward Rochester. Que bajo el mismo techo en el que cortejaba a Jane —casi 20 años más joven que él— mantenía a la hija de una de sus amantes y a su legítima esposa, Bertha Mason, encerrada en una habitación de la buhardilla, con la excusa de que estaba loca.

Hay que decir que Jane rechaza a Rochester cuando se destapa el pastel de su mujer y que, cuando por fin acepta casarse con él, es porque se lo encuentra ciego y desfigurado tras haber intentado de forma heroica—sin éxito, ejem— salvar a su mujer de un incendio que ella misma había provocado. Castigado por sus pecados. Hecho un cromo. Seguro que en sus años con Jane a partir de ese momento —el final de la novela— fue mucho más manso. Además, ella había conseguido la independencia económica gracias a una herencia inesperada. Así que no es una damisela en apuros, ni mucho menos.

Jane Eyre es una gran novela, un clásico que hay que leer. Jane es un personaje muy vivo, que habla contigo, lector, como lo hacemos tantos bloggers hoy en día (su famoso «Reader, I married him»). Por supuesto, hay que situarse en en el marco histórico-social victoriano en el que Charlotte Brontë escribió esta novela. No podemos juzgar las decisiones de su protagonista como si fuera una chica de 18 años de hoy. No. La novela es revolucionaria para su época (hablamos de 1847) en su exploración de la búsqueda de la libertad de una mujer, una libertad que le permitirá expresarse tal y como es y controlar sus relaciones con los otros. Es protofeminista.

Sí, pero no olvidemos el pequeño detalle de que Rochester tenía a su primera mujer encerrada en la buhardilla.

Jean Rhys (izquierda) en los 70.

Jean Rhys no lo olvidó. Porque ella, nacida en las Antillas de padre galés y madre criolla, podía ponerse en la piel de la Bertha Mason de Brontë, nativa de Jamaica. Aunque les separaba más de un siglo, Rhys vivió en sus carnes lo que era ser una criolla en Inglaterra, a donde llegó con 16 años. Se burlaron de su acento, de la condición de otredad a la que estaba sujeta por su origen, hasta el punto de que no consiguió estudiar arte dramático como se había propuesto. A partir de ahí llevó una vida digamos que intensa, para no entrar aquí en detalles.

Rhys empezó a escribir a los veintitantos, pero Ancho mar de los Sargazos la escribió después de un parón literario de casi tres décadas, cuando tenía 76 años. Esta novela es uno de los primeros libros en los que un personaje de un libro muy conocido toma el papel de protagonista y cuenta su historia. En este caso es la loca del ático, la mismísima Bertha Mason, quien nos narra su historia desde su niñez en Jamaica, entonces una colonia británica.

Bertha no es su nombre real. Se llama Antoinette, primero Cosway y luego Mason, tras el segundo matrimonio de su madre. Rochester entra en su vida a través de un matrimonio de conveniencia: por dinero, para lograr la independencia económica de su padre. Tras un breve cortejo, se casan y se trasladan a una finca de los Mason, donde ambos comenzarán a cuestionarse la relación. Un supuesto pariente de Antoinette le hace saber a Rochester que la locura corre por las venas de su nueva esposa, heredada de su madre. A partir de ahí, cada salida de tono de Antoinette hace que se confirme la sospecha de Rochester. A su vez, ella descubre que su marido no la ama, lo que no le sienta nada bien. Él va dejando clara su indiferencia hacia ella, su desprecio incluso, hasta el punto de cambiarle el nombre.

“Don’t laugh like that, Bertha.”
“My name is not Bertha. Why do you call me Bertha?”
“Because it is a name I’m particularly fond of. I think of you as Bertha.”

Ancho mar de los Sargazos no es solo una precuela de Jane Eyre. Es una novela poscolonial, en la que Rochester representa el papel de colonizador que llega a la isla tratando de arramblar con todo lo que pueda. No solo quiere el dinero y las tierras de Antoinette. Le cambia el nombre como los colonos europeos cambiaban el nombre de los territorios que ocupaban. La posee para hacer con ella lo que quiera. Anula su identidad, preparando el camino para que acabe convertida en la figura fantasmal que Brontë necesitaba para darle ese toque gótico a su historia.

Es también una novela feminista, que denuncia la opresión patriarcal sufrida por Antoinette / Bertha. Esta doble opresión, la colonial y la patriarcal, conducirá al final horrible de Bertha en Thornfield Hall que ya conocemos.

Esta breve novela (152 páginas) es muy recomendable si te gusta Jane Eyre. Algunas personas opinan que destroza la novela de Brontë, pero yo no lo veo así. Lo que hace es dar voz a un personaje que se merecía una biografía y que, con su narrativa, pone de relieve todas esas tensiones que estaban latentes en el texto original: la dominación patriarcal y colonial y las identidades mestizas. Puedes volver a leer y a disfrutar Jane Eyre después de Ancho mar de los Sargazos, encontrando nuevos significados en escenas que podían haberte pasado desapercibidas.

Por supuesto, la obra de Rhys es solo una interpretación de lo que pudo ser la vida del personaje creado por Brontë. Es una ficción sobre otra ficción. Así que, si prefieres creer la versión de Rochester, en la que él es solo la pobre víctima de una lunática, puedes hacerlo. Es la maravillosa subjetividad de la literatura: las particularidades que tenemos como lectores —como humanos— nos permiten crear y recrear el texto de manera única en cada lectura.

  • Un viaje al exuberante Caribe de 1830: el libro está lleno de descripciones muy vívidas de la naturaleza, que sirven para subrayar el contraste con la fría y gris Inglaterra representada por Thornfield Hall.
  • Un ejemplo temprano de lo que hoy conocemos como fanfiction: nuevos textos creados por y para fans a partir de un texto original.
  • Una lección sobre el punto de vista: ¿crees que conoces bien una historia? Intenta verla desde otro ángulo.

Más información:

  • Foto de Jean Rhys de Wikimedia Commons.
  • Sandra Gilbert y Susan Gubar escribieron en los 70 un ensayo clave de la crítica literaria feminista (Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination) que analiza el significado e importancia de Bertha y de otros personajes similares como catarsis para sus autoras.

Las 7 casas de Coraline

La casa de Coraline es un fantástico ejemplo de escenario de novela gótica, un personaje más con un papel central en la historia.

En este tipo de literatura la localización, el lugar donde habitan los personajes, es clave para el desarrollo de la trama. Si en los orígenes de la novela gótica los escenarios eran castillos, criptas o monasterios, poco a poco se fue viendo una evolución hacia marcos más familiares para el lector, como casas, calles, o apartamentos. 

Y quizás te preguntes qué diferencia hay entre la literatura de terror o de horror y la gótica. Sabrás que te responderé aunque no te lo hayas preguntado. La RAE nos dice que:

  • El terror es un «miedo muy intenso».
  • El horror es un «sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso».

En literatura, el género de terror genera miedo a través de cosas o seres reales que se comportan de manera extraña, como ocurre con Los pájaros de Daphne du Maurier. El horror incluye elementos sobrenaturales, como monstruos, vampiros, o alienígenas. Otra definición se basa en la sensación que genera en el lector, como esta definición tan gráfica que nos dejó el experto en literatura gótica Devendra Varma (The Gothic Flame):

«La diferencia entre terror y horror es la diferencia entre una aprensión terrible y la constatación repugnante: entre sentir el olor a muerte y darse de bruces con el cadáver». 

Ambos géneros se pueden entremezclar, pensemos por ejemplo en El Resplandor, de Stephen King donde se combina el terror (la locura del alcohólico y muy real Jack Torrance) con el horror (los fantasmas del Overlook). 

En la novela gótica podemos encontrar tanto terror como horror y, muchas veces, un cruce de ambos géneros. No todo el terror ni el horror es gótico. Para el gótico, es muy importante la casa: entiéndase aquí por casa un contexto sobrenatural y un escenario arquitectónico o natural, que puede ser un castillo, una abadía, una mansión, unas ruinas, un bosque oscuro, lugares que ya de por sí generan un cierto pasmo. 

La novela gótica surge en Inglaterra con El Castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, un autor con pedigrí: era primo del almirante Nelson (sí, el manco de Trafalgar) e hijo del primer primer ministro del Reino Unido (sí, el primer primer). Educado en Eton y en Cambridge, pronto se vio en la necesidad de tener una mansión en el campo, preferiblemente un castillo, propiedad imprescindible para no ser el hazmerreír de la aristocracia. Había comprado una casita en Twickenham, un lugar de moda entre la élite de la época por su cercanía a Londres, pero la propiedad no tenía la grandeza requerida. A Walpole le fascinaba la arquitectura medieval y reformó la propiedad hasta convertirla en Strawberry Hill, un castillo neogótico que puso de moda el estilo que se conoce como «Strawberry Hill Gothic». La villa se encuentra hoy en un barrio del sur de Londres, convertida en un museo que admite visitas presenciales o virtuales descargando su app

Walpole considerando si añadir gárgolas a su castillo. ¿No te recuerda a Fred Astaire?

Bien, ya conocemos el furor de los contemporáneos de Walpole por el gótico. En este marco, el hombre escribe la obra cuyo título original es The Castle of Otranto — A Gothic History. Y así queda inaugurado el género de la novela gótica, cuyos ingredientes incluyen una mezcla de realismo y ficción sobrenatural: ruinas, castillos tenebrosos, pasajes secretos, fantasmas, etc. Walpole tiene el mérito de haber creado una plantilla que sus descendientes literarios, los escritores del Romanticismo, llevaron a la cima del género: Matthew Lewis, Ann Radcliffe, Mary Shelley, Edgard Allan Poe, o Gustavo Adolfo Becquer. La tradición continúa después con autores como Henry James, Oscar Wilde, Bram Stoker, Hp.P. Lovecraft, Daphne du Maurier y llega hasta nuestro días con Anne Rice, Carlos Ruiz Zafón, Stephen King y Neil Gaiman, entre otros.

Y como ya hemos revisado el camino desde Otranto hasta la casa de Coraline, vamos a meternos en harina: a por Coraline (2002) de Neil Gaiman.

Coraline (2002)

Y dirás —con razón, siempre—: pero, ¿a cuento de qué viene todo este preámbulo si Coraline es literatura juvenil? 

Pues porque en Coraline confluyen dos géneros que, de entrada, parecen incompatibles. Tenemos elementos góticos (esa casa, lo sobrenatural, la soledad de la protagonista) y es literatura infantil o juvenil. Como dice el propio Gaiman, eso no es nada raro: ¿no te acuerdas de Hansel y Gretel? Sus padres los abandonan un día en medio del bosque, porque no tienen comida para los cuatro, así que mejor librarse de los niños, que tienen la mala costumbre de comer. Intentando volver a casa (sí, querían volver) encuentran una casita de lo más apetitosa, hecha de dulces, en la que vive una vieja bruja ¡que come niños! Aunque puede parecer todo muy orgánico —los niños sobran en casa porque falta alimento, pero ellos pueden servir de comida para otra persona hambrienta—, ¿le contarías esta historia a tus hijos antes de ir a dormir? Si lo haces, asegúrate de tener la nevera siempre llena.

Vamos a la casa: la novela empieza con Coraline Jones explorando su nueva vivienda, una casa grande y muy vieja que ha sido dividida en apartamentos. Tiene un desván bajo el tejado y un sótano; está rodeada de un jardín cubierto de maleza e incluye elementos que denotan una cierta grandeza en tiempos pasados, como una pista de tenis abandonada o una rosaleda con rosales raquíticos e infestados de moscas. El escenario es, sin duda, gótico.

Coraline y sus padres viven en uno de los cuatro apartamentos. Otros dos más están ocupados, mientras que el cuarto está vacío, aún en venta. Antes de la división, se accedía a ese piso desde la sala de estar de los Jones, en la que aún está la puerta que llevaba al otro lado de la casa, cerrada con llave pese a que está tapiada. 

Nadie parece hacer mucho caso a Coraline: ni sus padres, ambos teletrabajadores y siempre muy ocupados, ni los estrafalarios vecinos, que insisten en llamarla Caroline. En uno de sus recorridos por la casa buscando qué hacer para matar el tiempo, Coraline ve que la puerta tapiada está abierta y que los ladrillos han desaparecido. Al adentrarse en ese lado de la casa, descubre una vivienda amueblada y habitada por unos clones de sus padres, inquietantes ellos porque tienen botones en lugar de ojos. Pero hay que decir en su favor que parecen mucho más interesados en prestar atención a Coraline que sus verdaderos padres. Y aquí me paro por si no las has leído. ¡Léela! 

Como en cualquier narrativa gótica, la casa es mucho más que un telón de fondo de la historia. Su papel es central, tanto en la trama como en la creación de la atmósfera que necesitamos para sentir lo que siente Coraline, primero aburrida y luego fascinada por ese mundo aparentemente ideal que se encuentra al otro lado de la puerta—si te recuerda a la Alicia de Lewis Carroll, es porque tiene mucho en común: son dos niñas cansadas de la monotonía de sus vidas, curiosas y aventureras; las dos encuentran excitante el nuevo mundo que descubren, aunque pronto desearán volver a la normalidad, apreciando las cosas buenas de lo malo conocido—.

El libro está ambientado en Inglaterra, en un lugar no especificado, en el campo o en las afueras de algún pueblo. El entorno es clave para reforzar la idea de aislamiento social que percibe Coraline. Vemos contrastes también: ella es la única niña. Con 11 años, no puede conectar con los vecinos, todos tan desvencijados como la propia mansión. Las vecinas actrices, viejas glorias del teatro, viven rodeadas de perros también ancianos. Ellas, como la casa, han vivido mejores tiempos.

La inspiración para construir esta casa de ficción en la novela surge de distintas fuentes. Vamos a verlas una a una: nos sirven para ilustrar cómo funciona la mente de un escritor al construir sus escenarios.

1. Littlemead, en Sussex: la casa de la primera edición de la novela

En la introducción, Gaiman nos da detalles: ambientó el libro en el apartamento donde vivía entonces en Littlemead, una gran casa victoriana en Nutley, en el sur de Inglaterra. Empezó a escribir la historia para su hija mayor, entonces una niña, y eligió el escenario conocidos de la casa familiar. La casa estaba dividida en varios apartamentos, al igual que la de Coraline, y Gaiman y los suyos ocupaban uno de ellos.

2. La casa gótica en Mineápolis

El autor tardó varios años en escribir Coraline, porque lo hacía como un proyecto personal más que comercial. Lo empezó en Nutley para su hija mayor, y lo acabó en Estados Unidos para su hija menor, cuando toda la familia vivía en una antigua casa gótica con torre incluida, igualita —según el propio Gaiman— a la casa de la familia Adams.

3. La casa de la primera edición de la novela

Vemos una silueta muy parecida a Littlemead en la portada original del libro.

4. La casa de Coraline en la película

El Pink Palace, la casa de Coraline en la película de animación de 2009 (Los mundos de Coraline en España), es básicamente la casa real de Gaiman en Mineápolis, pero rosa.

5. La casa de la puerta tapiada

La idea de la puerta que se abre a un tabique de ladrillos procede de la casa en la que Neil Gaiman vivió de niño, que también era un apartamento en una casa grande y antigua dividida en dos viviendas.

6. La habitación de las visitas

Es esa habitación que antaño se reservaba solo para invitados, con los mejores muebles de la casa, tal y como lo había visto en casa de su abuela, y que en Coraline se convierte en el salón donde está la puerta tapiada. 

7. La casa de la novela gráfica

Esta casa se ha colado en la lista. Lo justo es ponerla aparte, porque la encontramos en la novela gráfica ilustrada por P. Craig Russell, que eligió como modelo de casa el Templo Masónico de Kent en Ohio. Aunque seguro que Gaiman le dio el visto bueno, no podemos atribuirle la idea. 

La verdadera casa de la Coraline de la novela gráfica (Imagen: Wikipedia / JonRidinger)

¿Se puede visitar? La casa de Coraline no. No existe, por si no ha quedado claro. En cuanto a Littlemead y la casa de Gaiman en Mineápolis son privadas. Respecto al templo masónico, parece que en el pasado se podía visitar, aunque lo que ves en la novela gráfica es el exterior y puedes echarle un vistazo con bastante detalle en Google Maps.

Más información:

  • Si tienes Amazon Prime, puedes leer gratis la novela gráfica de Coraline con Prime Reading. Es gratis cuando escribo esto: asegúrate de que lo sigue siendo antes de enviarla a tu Kindle, porque una novela gráfica en pantalla pequeña no es lo más cómodo de leer.
  • Banda sonora de la película en Spotify: