Klara y el sol — Kazuo Ishiguro

Hace un par de meses escribí aquí sobre la primera novela de Kazuo Ishiguro. Hoy toca hablar de la última, Klara y el sol (Klara and the Sun, 2021), publicada hace poco más de un mes.

Como comentaba en la entrada anterior, Ishiguro es un autor que ha dejado claro que se niega a dejarse limitar por el etiquetado que el mercado requiere para hacer llegar una novela a su público objetivo: para colocarlos en los estantes donde los encontrarán. En una entrevista en el podcast de Adam Buxton, hablaba así sobre el género de ciencia ficción en el que se encuadra Klara y el sol:

Buxton: Imagino que la gente podría asumir que te gusta mucho la tecnología, especialmente ahora que has escrito un libro que, técnicamente, es de ciencia ficción, ¿verdad? Klara y el sol.

Ishiguro: Supongo, sí, supongo que se puede llamar ciencia ficción. Nadie viaja al espacio ni nada de eso, pero… Puedes llamarlo así. Pero creo que estas categorías se han vuelto muy difusas hoy en día. La ciencia ficción se ha convertido en algo muy mainstream y probablemente hay elementos de la cultura mainstream que influyen en la ciencia ficción.

Tom Gauld dando en el clavo, como siempre.

En cualquier caso, si tenemos que ponerle una etiqueta sería la de ciencia ficción blanda (soft science fiction), porque la tecnología es importante para la trama pero Ishiguro no da detalles de cómo se ha llegado a esa tecnología ni de como funciona, cosa que sí que nos contarían si estuviéramos hablando de ciencia ficción dura (hard science fiction) género en el que destacó, por poner un ejemplo, Stanislaw Lem.

Klara y el sol nos regala otro de esos narradores poco fiables que Ishiguro construye como nadie. Esta vez es Klara quien nos narra la historia en primera persona, desde su especial punto de vista. Porque Klara es una AA, una Amiga Artificial que ha sido diseñada para cuidar y acompañar a niños. Cuando conocemos a Klara, está aún en la tienda, contemplando el trozo de mundo que puede ver desde el escaparate mientras espera a ser elegida por los niños que, acompañados de sus padres, pasan por allí.

Cuando Rosa y yo éramos nuevas, nos colocaron en la parte central de la tienda, junto a la mesa de las revistas, y eso nos permitía tener vistas a través de más de la mitad del escaparate. De modo que veíamos el exterior: los empleados de las oficinas siempre con prisas, los taxis, los corredores, los turistas, Mendigo y su perro, la parte inferior del edificio RPO.

Por lo que vamos sabiendo de ella, Klara tiene el aspecto exterior de una niña humana. Por dentro es una máquina, un robot dotado de una tecnología que le permite aprender de lo que percibe y vive cada día.

Klara podría ser algo así, pero sin los engranajes a la vista (Fuente).

Esta característica de aprendizaje continuo, hace que Klara y el sol se pueda leer como una bildungsroman o novela de formación como Jane Eyre, por poner un ejemplo. La versión de Klara que vemos al inicio de la novela es muy infantil: muy observadora, disfrutando de cada nuevo descubrimiento como lo hacen los niños pequeños. Pero en cuanto empieza a convivir con una familia su aprendizaje de lo que significa ser humano acelera su paso a una adolescencia que vendrá seguida de una etapa de madurez, en la que seguro que superaría el test de Turing.

Este aprendizaje puede chocarnos cuando vemos que Klara es una enciclopedia andante, ya que puede ayudar a los niños con los que convive con sus deberes, incluyendo los problemas más complejos de física. Pero donde tiene carencias en su estado inicial —de fábrica— es en la parte emocional, en la lectura que hace de los seres humanos.

Un detalle importante es que la narración de Klara está formada por sus recuerdos de los eventos que describe. La memoria, ese tema al que Ishiguro vuelve una y otra vez, es aquí el elemento que determina cómo se narra esta historia, cómo se van desvelando los detalles que los lectores vamos ensamblando para montar el puzle final.

Klara y el sol me ha recordado mucho a Nunca me abandones (2005) debido a que ambas comparten un transcendental tema de fondo: qué es, qué significa ser humano. Además, las dos están situadas en un punto de futuro no especificado, pero que no parece demasiado lejano, lo que hace que ambas historias nos toquen, porque lo que sucede nos parece creíble, realista. Porque en casi todas las casas tenemos ya muy cerca al embrión de Klara, ya sea Alexa, Siri, Cortana o Google.

Sin embargo, Klara y el sol tiene un tono muy distinto al de Nunca me abandones. Aunque partan de la misma cuestión, el camino que toman es muy diferente. Para empezar, por la visión sesgada de la protagonista, que mira con curiosidad a los humanos y trata de interpretar lo que ve desde ese cerebro artificial que va descifrando y comprendiendo cada vez más. Y, a la vez que aprende, nos va desvelando detalles de la trama, poco a poco, de manera que el lector hace también ese viaje con Klara.

Esta visión sesgada es otra característica de los narradores de Ishiguro, outsiders que aportan ese peculiar punto de vista, como el mayordomo con rasgos autistas en el mundo de los aristócratas nazis de Lo que queda del día, o el anciano pintor japonés de Un artista del mundo flotante, que se especializó en arte de propaganda para el Imperio y que se encuentra perdido en un Japón que se está reconstruyendo tras la guerra.

Como en el resto de su obra, en Klara y el sol podemos disfrutar de la prosa precisa y aparentemente simple de Ishiguro. La sencillez del lenguaje viene aquí casi impuesta por la trama, puesto que Klara es un robot pero es también una niña (en lo que respecta a su conocimiento de la humanidad) y su vocabulario lo demuestra. Es una novela no muy larga, de poco más de 300 páginas, que engancha desde la primera página. Como he comentado antes, no es ciencia ficción dura, al contrario. Es tan sutil que se puede leer como una alegoría o un cuento. Bebe sin duda de Pinocho y recuerda a historias más cercanas en el tiempo, como Toy Story o Wall-e. Ishiguro, en una entrevista en The Guardian, afirmó que empezó a escribirla como un cuento infantil:

Pensé que encajaría con uno de esos preciosos libros ilustrados. Se lo describí a Naomi [su hija] y me miró impertérrita y dijo: «No puedes dar a niños pequeños una historia como esa. Los traumatizarías».

Así que, por suerte para los adultos y para los niños, acabó escribiendo la historia para lectores talluditos.

Una parte de la novela, cuando las cosas se tuercen, me hizo pensar en este cuadro: El mundo de Christina (1948) de Andrew Wyeth.

Porque sí, debajo de esa aparente sencillez se encuentran temas mucho oscuros que se van revelando poco a poco. Esa oscuridad (de la que no daré detalles, hay que llegar a la novela sabiendo tan poco como Klara al inicio), esa sensación de catástrofe inminente, se hace más evidente por el contraste con la voz inocente y dulce de la narradora.

El libro, por si no ha quedado claro, me ha encantado. Todo, desde la portada —la edición en inglés de Faber, obra de Peter Adlington, es como para enmarcarla— hasta la última palabra (away, que la puedo decir sin spoilear nada). Si no has leído a Ishiguro, esta es una buena historia para empezar.

  • Leer una gran novela de esas que te hace reflexionar sobre la vida, lo que nos hace humanos, la mortalidad y la fuerza redentora del amor.

  • Conocer a Klara. Solo por eso ya vale la pena.

  • Ver el mundo a través de los ojos de un robot, que procesa lo que ve en una especie de «cajas» cuyo contenido va uniendo y descifrando.

Más información:

  • Breve entrevista (en inglés) a Kazuo Ishiguro sobre la publicación de Klara y el sol. El escritor habla aquí —con humor— del uso que hace de las categorías literarias, una estrategia le permite escribir y reescribir una y otra vez la misma novela mientras sus lectores piensan en lo valiente que es explorando nuevos géneros. Y se ve un pedazo de lo que debe ser su casa, que siempre es un plus.
  • En otra entrevista en el podcast How to Fail (inglés también), Ishiguro comenta la gran importancia de Lorna, su mujer, en su carrera literaria. Lorna es la primera lectora y editora de sus obras y, a menudo, incluso proporciona las ideas. Junto a ella, su hija Naomi (también escritora) componen el equipo que no tiene reparos en decirle al Nobel que algo no acaba de estar bien. Su crítica de la primera versión de Klara y el sol hizo que Ishiguro dedicara cuatro meses más al manuscrito antes de darlo por bueno.

El Invencible, de Stanislaw Lem

La mayoría de lectores conocemos al escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006) por Solaris (1961), una gran novela de ciencia ficción que cuenta con tres adaptaciones al cine: las de los soviéticos Nikolái Nirenburg (1968) y Andréi Tarkovski (1972) y la del estadounidense Steven Soderbergh (2002).

Acabo de leer una obra menos popular: El Invencible (1954), del subgénero conocido como hard science fiction o ciencia ficción dura, que se caracteriza por su rigor científico a la hora de describir los elementos científicos y tecnológicos que sostienen la trama. Además de Lem, otros autores de este subgénero son Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Michael Crichton o el marciano Andy Weir. Las novelas de ciencia ficción dura pueden resultar algo densas para lectores no aficionados al género, por la cantidad de detalles que el autor aporta para dar credibilidad a la ciencia que se describe. No me ha parecido que ese sea el caso de El Invencible, una obra que en poco más de 200 páginas va bastante al grano.

Lem, mostrando una réplica exacta del protagonista de El Invencible

La novela describe el viaje de la nave El Invencible al planeta Regis III con la misión de averiguar el paradero de la Cóndor, otra nave desaparecida un año atrás junto con toda su tripulación. Lem describe de manera muy vívida el paisaje inhóspito y desolado del planeta, de características similares a la Tierra —el aire se puede llegar a respirar, la gravedad es similar—, pero aparentemente desprovisto de vida. Pronto, los tripulantes de El Invencible descubren que sí que hay vida en el océano, en el que capturan peces muy parecidos a los de nuestro mares, por lo que les sorprende no encontrar organismos en la superficie terrestre.

El Invencible es ciencia ficción pero se puede leer también como una novela de misterio en la que se van desvelando las piezas de un rompecabezas que poco a poco va cobrando sentido. Para empezar, descubren lo que parecen ser restos de vida inteligente: una ciudad formada por unas misteriosas estructuras metálicas. Después, encuentran los restos de la Condor y los cadáveres de su tripulación. No se sabe qué les ocurrió, pero parece tener relación con una extraña forma de vida alienígena con la que se tropiezan los exploradores: unas diminutas pero temibles moscas mecánicas que componen un superorganismo capaz de anular a máquinas y humanos por igual.

La novela entretiene. Y mucho. Pero Lem no se queda en el entretenimiento. Nunca lo hace, en El Invencible tampoco. El relato te conduce además a una reflexión filosófica sobre la naturaleza de la evolución y sobre el antropocentrismo tan habitual en el género. De hecho, al inicio de esta novela nos encontramos con una situación muy común en este género, tanto en literatura como en el cine: la de los humanos arrogantes que llegan a un planeta dispuestos a arrasar con todo para rescatar —o vengar— a los suyos: si hay que aniquilar a los nativos, se aniquilan. Sin embargo, a medida que Rohan, el protagonista, se va adentrando en los dominios de esos nanobots, se le van deshaciendo las gafas de conquistador y llega a una conclusión que no cree que sus compañeros compartan:

No nos está destinado todo el universo, no todo cuanto existe nos pertenece.

Una obviedad, ¿verdad? No tanto si estudiamos la historia de la humanidad y los escenarios futuros que se plantean en gran parte de la ciencia ficción.

Al parecer, 2021 será el año de Stanislaw Lem. Para conmemorar su 100 aniversario, la editorial del MIT publicará varias de sus obras, algunas inéditas en inglés. Veo también que se va a lanzar un videojuego basado en El Invencible. Si te quieres adelantar a la celebración, te animo a empezar por El Invencible, una muy buena novela de esas que se leen casi como se ve una —muy buena— película.

  • Un viaje a un planeta muy lejano, cuya geografía similar a la de la Tierra hace que sean aún más inquietantes los hallazgos de la tripulación de El Invencible.

  • Una reflexión sobre el nombre elegido para la nave y la novela: ¿qué o quién es invencible aquí?

  • La satisfacción de ver cómo evoluciona una novela que te engaña con un principio a lo película de Bruce Willis. Pero nada que ver.