Talking Heads, la serie

He leído esta semana la noticia de que un comprador anónimo adquirió un pequeño cuenco en un mercadillo que ha resultado ser una pieza de la dinastía Ming.

Le costó 35 dólares. Se va a subastar en Sotheby’s de Nueva York y se ha estimado que puede alcanzar los 500.000 dólares.

¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza al leer esto? Yo solo pienso en el vendedor. En esa persona que colocó este bol en un tenderete frente a su casa (tras sacarlo de su aparador, o de su cocina, de la casa de su difunta abuela) y lo vendió por esos 35 dólares. No es una cantidad despreciable. Casi 30 € al cambio para un cuenco de segunda mano del tamaño de un bol de cereales. El tipo debió pensar que valía algo, o porque parecía antiguo y bonito, o quizás tenía valor sentimental porque lo heredó de su abuela. Porque no lo regaló. Tal vez pensó, después de coger el dinero y entregar el cuenco, que había hecho un buen negocio. Que cada vez se le daban mejor eso del mercadeo de trastos viejos.

Porque sabemos, además, que el comprador no se molestó en regatear. Pagó, se fue con su cuenco a casa, le hizo unas fotos y las envió directamente a Sotheby’s, ya que esa tinta azul y ese diseño floral le hicieron pensar que quizás había hecho la mejor compra de su vida.

El cuenco en cuestión. Tienen que ser de pulso firme, estos de Sotheby’s.

Tiempo después, cuando el vendedor ya ni debía recordar en qué había gastado esos 35 dólares, escuchó o vio la noticia por ahí. O peor, algún familiar o amigo la leyó en la pantalla de su móvil y le dijo «oye, ¿tú no tenías un cuenco como este?», señalando la foto del objeto en manos del empleado de Sotheby’s. Imagina el calor que debió sentir en la cara, la sensación de opresión en la boca del estómago. El cerebro intentando negar que fuera su cuenco—si será por cuencos en Estados Unidos—, las manos arrebatando el móvil a quien se lo enseñaba, los ojos buscando evidencias en el texto, saltando de párrafo en párrafo, hasta leer el lugar donde había sido comprado: New Haven, Connecticut. En un mercadillo de garaje: su garaje.

Lo que me hizo pensar en un capítulo de Talking Heads.

Talking Heads, escrita por Alan Bennett

Talking Heads es una serie de monólogos escritos para la TV por el dramaturgo y novelista inglés Alan Bennett (Leeds, 1934).

La serie se emitió originalmente en la BBC en 1988. Diez años más tarde, en el 98, se emitió la segunda temporada.

En 2020 se grabó y emitió la tercera temporada, diez remakes de los episodios originales y dos episodios adicionales que Bennett escribió en 2019. Parece que el confinamiento dio la idea a los productores, ya que cada episodio es un monólogo, con lo que resultaba viable rodarla cumpliendo con las restricciones impuestas por el gobierno debido a la crisis sanitaria. Cada actor o actriz rodó su episodio con un pequeño equipo de rodaje en los decorados temporalmente abandonados de la telenovela británica EastEnders.

En cada episodio, de entre 30 y 40 minutos, vemos cómo su protagonista se va dejando conocer poco a poco, a través de los detalles de su vida con los que va salpicando su narración de hechos cotidianos. En todas las historias hay toques de humor e ironía, aunque en algunas de ellas hay giros que hacen que la sonrisa se acabe retorciendo en un gesto de espanto.

El punto de partida de la serie es precisamente ese: los secretos oscuros que la gente común puede ocultar tras una fachada de lo más normalucha y respetable.

La serie ha contado con un reparto espléndido: Jodie Comer, Monica Dolan, Martin Freeman, Tasmin Greig, Sarah Lancashire, Leslie Manville, Lucian Msamati, Maxine Peake, Rochenda Sandall, Kristin Scott Thomas, Imelda Staunton y Harriet Walter.

Todos valen la pena, pero hablaré del que ya he destripado con la historia del cuenco. En «The Hand of God» («La mano de Dios», sin ninguna relación con el mundo del fútbol), Kristin Scott Thomas es Celia, una anticuaria muy pagada de sí misma que desvela sus estrategias para conseguir muebles y objetos a buen precio. Básicamente es un ave carroñera que revolotea alrededor de las casas de frágiles ancianos pudientes, haciéndose amiga de ellos con el único objetivo de estar cerca cuando mueran y ofrecer ayuda a sus herederos para vaciar su casa de muebles y enseres varios pagando por ellos un módico precio.

Sin embargo, no siempre le sale bien. La última difunta, poseedora de una colección de antigüedades que hacían babear a Celia, legó sus bienes a una pariente lejana que no quiso venderle los muebles. No obstante, en agradecimiento por el cariño que demostró por la finada, le regaló una caja con unas cuantas baratijas.

Lo que viene a continuación te lo puedes imaginar: pone las baratijas a la venta y resulta que una de ellas vale mucho. Muchísimo más de lo que la altiva, ufana y supuestamente experta anticuaria había pedido por ella.

La cara de Kristin Scott Thomas cuando se entera lo dice todo.

En resumen, la serie vale la pena. Aunque las historias originales son de los 80 y 90, creo que son temas que mantienen aún hoy el interés y, en algunos casos, la sorpresa cuando se revela el lado oculto del personaje. Volver a rescatar justo ahora—en estos tiempos de confinamiento—estas historias de personajes que hablan a la cámara desde la soledad, entre las cuatro paredes de sus casas, hace que el espectador sienta mucho más cerca las historias que nos cuentan. Todo un acierto de la BBC.

Talking Heads está disponible en España en Filmin.

PD: quizás has llegado a esta entrada creyendo que hablaría de Talking Heads, el grupo. No pensaba hacerlo, pero, para no decepcionar a nadie, dejo aquí un enlace a Reasons to be cheerful (Razones para estar contentos), la página web con buenas noticias que David Byrne (líder de Talking Heads) creo para contrarrestar el efecto negativo de las noticias a las que estamos expuestos todos los días. Y la idea se le ocurrió en septiembre de 2019, en la era precoronavirus. Un visionario. Al contrario que el tipo que vendió el cuenco chino.

Más información:

  • Imágenes detalladas del cuenco de la dinastía Ming en la web de Sotheby’s, por si quieres comprobar si tienes uno igual.
  • Imagen destacada de Talking Heads de Amazon.

How To with John Wilson

How to with John Wilson (2020, HBO) es lo más creativo que he visto en mucho tiempo. Es una serie difícil de definir, eso lo verás en todas las reseñas. Y lo es a propósito, ya que el propio Wilson afirma que la quiso hacer así, misteriosa y difícil de describir en unas pocas palabras, para que la gente tuviera más ganas de verla —eso dice él, pero ya veremos más adelante que no podía ser de otra manera—.

Intentaré describirla de todas formas, que para eso estamos aquí. Pensemos en el simbolismo del tren y el túnel en el cine. Esa metáfora visual —tan manida y parodiada hoy, aunque alguna vez fue innovadora—que nos sugiere que la pareja que hemos visto en la pantalla unos instantes antes acaba de… conocerse en profundidad. Veamos un ejemplo en el final de Con la muerte en los talones (North by Northwest) de Hitchcock:

Pues How to with John Wilson toma esa idea y la convierte en protagonista de su serie documental de seis episodios de poco menos de media hora cada uno.

O eso me parece a mí. En realidad, cada episodio se plantea como un tutorial sobre el tema señalado en el título («Cómo colocar andamios», «Cómo mejorar tu memoria», «Cómo cocinar risotto», etc). A medida que avanza el episodio, ya ves que esa pregunta inicial es solo el pretexto para empezar. Wilson, cámara en ristre, sale a las calles de Nueva York buscando la respuesta al problema que se ha planteado, pero se va dejando llevar por lo que surja en el camino. Y, aunque acaba en sitios inesperados, vuelve a conectar con la pregunta inicial en la parte final del episodio.

La voz nasal y nerviosa de Wilson nos guía en un tour por la ciudad mostrando la flora, la fauna (humanos y ratas sobre todo) y el paisaje urbano de una Nueva York en bruto, sin adornos. Las imágenes que acompañan a sus palabras crean metáforas muy divertidas. Pero no es solo comedia. Poco después de empezar a verlo ya te viene otra palabra a la mente: poesía. Consigue ese efecto poético, emotivo y divertido a través de la relación entre lo que nos está narrando y las imágenes que nos enseña. Y te hace reflexionar. Aquí puedes ver el trailer:

Hey, New York

Es un poco parecida a la serie Planeta Tierra, pero si fuera solo en Nueva York y obligaran a David Attenborough a rodarlo todo él.

John Wilson

Otra marca de la casa son los desvíos que toma en cuanto surge un personaje con una historia que contar. En el primer episodio («How to make small talk»), cuando Wilson intenta practicar un poco de small talk o charla trivial entablando una conversación con un asistente a un evento de lucha libre y le pregunta a qué se dedica, este le responde que caza depredadores sexuales en Internet en su tiempo libre. Wilson decide acompañarle a su casa porque está seguro de que puede aprender mucho de él: tiene que ser capaz de mantener el interés de sus víctimas en largas conversaciones. Orgulloso de su rol, este vigilante le cuenta con pelos y señales sus métodos para hacer creer a los pederastas que están chateando con un menor. En el resto de episodios vemos el mismo patrón: en su búsqueda de soluciones para el problema de partida, se va tropezando con personas que responden a sus preguntas, muchas veces incómodas pero siempre hechas con respecto y empatía. Wilson no se ríe de sus entrevistados, pero tú sí que lo harás. Especialmente en el episodio de las fundas para los muebles.

Ah, y otro impagable regalo de esta serie es que ahora sabemos lo perseverante e imperturbable que es Kyle MacLachlan:

Un poco de John Wilson

Lo que más llama la atención en la serie es la cantidad de imágenes cotidianas que ha tenido que rodar Wilson para llegar a conseguir el perfecto engranaje entre lo que nos cuenta y lo que vemos. La sensación es que adapta el texto a la imagen y no al revés, pero aún así te imaginas la cantidad de metraje que ha tenido que pasar por sus ojos y manos hasta llegar a montar estos seis episodios.

Y resulta que Wilson tuvo un interesante aprendizaje: su primer trabajo fue como ayudante de un detective privado. Tenía que analizar horas y horas de imágenes de vídeo para encontrar un instante incriminatorio. ¿Te imaginas? Asegura que esto le preparó para fijarse en los detalles de la vida diaria y rutinaria que pasan desapercibidos para el resto.

John Wilson, que físicamente me recuerda a un híbrido entre Woody Allen y Ryan Gosling, nació en Queens en 1986. Su pasión por el cine le viene desde adolescente, cuando su padre le regaló una cámara de vídeo. Siempre estuvo interesado en los documentales y ya en la universidad rodó un —seguro que interesante—documental adentrándose en el desconocido mundo de los fetichistas de globos.

En How to with John Wilson, es el hombre invisible detrás de la cámara a quien vamos conociendo como se conoce a un nuevo amigo, a base de pedazos que va dejando caer sobre su vida, sus experiencias, sus reflexiones, inseguridades, éxitos y fracasos, etc. Por eso, la serie tiene también algo de diario personal.

Para acabar, vuelvo a lo que decía al principio: que no me encaja eso de que la serie sea difícil de describir como estrategia de marketing. Parece ser más bien otra cosa que dice Wilson en una entrevista: «a grab bag of all my favourite things», esa bolsa en la que mete todas las cosas que le gustan. Una obra muy personal que es la evolución natural de lo que lleva ya años haciendo en su canal de Vimeo. El empujón para pasar de Vimeo a HBO se lo dio el productor y humorista Nathan Fielder, que en este vídeo nos cuenta cómo empezó todo. Al menos, hasta que llega ese giro inesperado:

Más info:

The Haunting of Hill House – Shirley Jackson

Me ha pasado muy pocas veces eso de encontrarme con una película o serie de terror que no puedo seguir viendo, que tengo que parar. Supongo que es una combinación de lo que aparece en la pantalla (de casa, de momento no he parado ninguna proyección en el cine) y mi contexto. Digamos que es de noche. Que ya se han ido todos a dormir. Que el viento silba a través de alguna ventana que pide a gritos un burlete. Que se oye avanzar una tormenta, cada vez más juntos el trueno y el rayo.

Dicen que nos gusta el horror (a quienes nos gusta) porque es gratificante esa sensación de poder controlar todas esas cosas horribles que vemos en la pantalla. No son reales. Pero ver la historia de una casa encantada cuando estás en una casa a oscuras puede reducir la sensación de control. El escenario se parece demasiado. Cuando es un barco del siglo XIX o una nave espacial, queda más lejos. Está más controlado.

No sé si es esto lo que me pasó con The Haunting of Hill House, de Netflix. O si me condicionó haber leído que a Stephen King le pareció buenísima, con lo tiquismiquis que debe ser él para las cosas de terror:

O si el problema es que había leído la novela de Shirley Jackson y sabía lo que iba a venir.

El hecho es que tuve que pararla en el primer episodio, titulado «Steven ve un fantasma». Al principio, además: es de noche, estamos en la casa. La pequeña Nell llora y su hermano Steven va a ver si está bien. Cuando le pregunta qué pasa, ella dice que tiene miedo, que ha visto a la señora del cuello torcido otra vez. Aparece también su padre, que la intenta convencer de que ha sido solo una pesadilla. Poco después, vemos a Nell tumbándose para dormir de nuevo, agarrada a su peluche, mientras comienza a sonar una música aciaga que no indica nada bueno. Y ahí la paré, justo antes de los créditos —sí, muy valiente—.

Otro día de contexto más amable, sin tormenta y con humanos despiertos en los alrededores, la seguí viendo ya casi toda de un tirón. Qué buena es.

Como dice Stephen King, esta serie es una versión revisada y remodelada de La maldición de Hill House, de la extraordinaria Shirley Jackson. Es como si la novela se hubiese despedazado y luego se hubieran cogido algunas piezas para montarlas de nuevo con otra forma, como un tangram: los nombres de los personajes, la casa, las situaciones.

Otros detalles han cambiado mucho, como las relaciones entre los personajes. Pero el resultado, tan diferente de la novela, coincide en esa constante sensación de falsa calma, de que va a pasar algo terrible.

La autora: Shirley Jackson

Shirley Jackson (1916-1965), admirada por escritores de la talla de Neil Gaiman, Stephen King, Joyce Carol Oates o Richard Matheson, tuvo una vida corta e infeliz. Corta por infeliz, o eso es lo que se cuenta de ella.

Para empezar, su relación con su madre fue siempre difícil. La mujer quería una reina de la belleza y tuvo en su lugar a Shirley, una niña con sobrepeso y soñadora, interesada en los libros y la brujería. Cuando, tras la publicación de una de sus novelas recibió críticas positivas, su señora madre solo se fijó en la foto que acompañaba una de las reseñas: «si no te preocupa tu aspecto o te da igual tu apariencia, ¿por qué no haces un esfuerzo por tu marido, o por tus hijos? He pasado toda la mañana triste porque te has dejado ver con ese aspecto…».

En su propia casa tampoco vivió un ambiente sosegado. Casada con Stanley Edgar Hyman, un crítico literario y profesor universitario con tendencia a flirtear con sus alumnas, Jackson aguantó sus infidelidades durante toda su vida. Aunque la autora mantenía una actitud altiva, la procesión iba por dentro.

La pareja tuvo cuatro hijos, de los que Jackson se encargaba en exclusiva. En vida fue reconocida entre el público sobre todo por sus artículos e historias acerca de los quehaceres domésticos o la maternidad. Y mientras cuidaba de niños, casa y mascotas, encontró tiempo para escribir sus cuentos y novelas. Porque una, aclaró Jackson, no escribe solo cuando se sienta a escribir:

Paso mucho tiempo haciendo cosas que no requieren grandes capacidades imaginativas y la única forma de hacer que esas tareas mecánicas sean más apetecibles es pensar en otras cosas mientras las hago. Me cuento cuentos todo el día. . . . Y muchas veces se convierten en cuentos de verdad.

Siempre bebió, fumó y comió en exceso. Intentando controlar la ansiedad y perder peso, se enganchó a varios fármacos que le produjeron cambios de humor drásticos, hasta llegar a sufrir una crisis nerviosa que la mantuvo postrada en su habitación, sin poder ni siquiera escribir. Consiguió recuperarse gracias a un tratamiento psiquiátrico y volvió a escribir. sin embargo, esta etapa fue breve. Una noche de verano de un par de años más tarde, cuando se estaba planteando abandonar a su marido y comenzar una nueva vida, se fue a dormir y su corazón dijo basta. Solo tenía 48 años.

La maldición de Hill House

En 1948, Shirley Jackson publicó «La lotería», la siniestra historia de un sorteo con un giro inesperado entre los vecinos de un pueblo americano. Este cuento consiguió dos cosas:

  • Que la crítica colocara a Jackson entre los maestros del terror.
  • Que el cartero de Jackson estuviera muy atareado entregándole cientos de cartas de lectores indignados por el oscuro retrato de la condición humana que encontraron en el cuento.

Por suerte, la reacción de sus lectores puritanos no desanimó a la escritora, que siguió adelante con su carrera literaria. La maldición de Hill House (1959) es su quinta novela y empieza así:

Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo en condiciones de realidad absoluta durante mucho tiempo; incluso las alondras y las chicharras sueñan, según creen algunos. Hill House, nada cuerda, se alzaba sola frente a sus colinas, reteniendo oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría seguir otros ochenta. Dentro, las paredes seguían derechas, los ladrillos se unían con esmero, los suelos eran firmes y las puertas estaban sensatamente cerradas; el silencio yacía incesantemente sobre la maderas y piedras de Hill House, y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo.

De acuerdo con The Wall Street Journal, La maldición de Hill House está reconocida como la mejor entre todas las historias de casas encantadas. Y eso que no hay fantasmas. No los típicos, al menos. Es una novela gótica, de terror más que de horror: la diferencia es que el segundo suele ser más explícito y acompañado de elementos sobrenaturales, mientras que el primero genera miedo a través de elementos reales que se comportan de manera inesperada.

¿De qué trata la novela? De un grupo de personas que participan en un experimento paranormal en una mansión supuestamente encantada:

  • El Dr. Montague, un antropólogo interesado en investigar las manifestaciones de lo sobrenatural.
  • Eleanor, una treintañera con problemas psicológicos y personales.
  • Theodora, una bohemia impulsiva y dotada de una cierta clarividencia.
  • Luke, el esquivo heredero de la mansión.

El experimento consiste en pasar unos días en la casa para observar de manera «científica» los extraños fenómenos que distintos testigos han reportado durante sus ochenta años de existencia.

Es muy probable que hayas visto la serie. Si es así, no pienses que ya no vale la pena leer el libro. Como suele ocurrir, el libro te va a aportar una experiencia diferente. Primero, por el estilo narrativo de Jackson, con lenguaje sencillo y directo y con toques de humor que refuerzan el retrato de los personajes. Y segundo, porque es una experiencia más personal, sin duda. Porque lo que habita Hill House, lo que camina a solas en la casa abandonada, lo esboza Shirley Jackson pero dejando que complete el retrato la imaginación de su lector. Y eso da mucho más miedo.

Plano de Hill House dibujado por Jackson (Library of Congress)
  • Una estancia en la que muchos críticos reconocen como la mejor entre las casas encantadas de la literatura.
  • Una historia cargada de suspense que avanza a paso lento pero firme.
  • Una vía de entrada a la obra de Jackson, que incluye la mucho menos conocida e intimista Siempre hemos vivido en el castillo, una obra maestra del terror psicológico.

Más info:

  • La maldición de Hill House (1959), Shirley Jackson.
  • Género: novela de terror, novela gótica.
  • Páginas: 246.
  • Imágenes: firma (fuente: Wikipedia) y foto de Shirley Jackson (Wikipedia). Portada de la primera edición de la novela (fuente: Wikipedia).
  • Existen dos adaptaciones cinematográficas de la novela: The Haunting (1963), con buenas críticas y The Haunting (1999), con muy malas críticas.
  • Reseña (en inglés) en The Guardian de A Rather Haunted Life, la biografía de Shirley Jackson de Ruth Franklin, otro libro en mi larga lista de lecturas pendientes.
  • En 2020 se estrenó la película Shirley, basada en la novela del mismo título de Susan Scarf Merrell, que es una obra de ficción con tintes biográficos.

Psychoville

Mr. Jelly (que no Mr. Jolly): un payaso con garfio y con un maquillaje entre Pennywise y el Joker que llega a las fiestas infantiles en un coche fúnebre con el lema “mantengo callados a los niños”. Hay que decir que es una propuesta de valor muy tentadora.

Maureen y Edward Sowerbutts: componen el mejor retrato de una relación maternofilial desde Psicosis. Fanáticos de los asesinos en serie, ponen en práctica muchos de sus aprendizajes. Y se quieren mucho. Demasiado.

Son mis personajes favoritos de Psychoville, la serie de dos temporadas de Reece Shearsmith y Steve Pemberton que se emitió entre 2009 y 2011. Conocí el trabajo de estos dos actores y guionistas británicos gracias a Inside No. 9, serie a la que dediqué una entrada en este blog. Como fue de esas series que dejan un vacío del tamaño del Gran Cañón, seguí buscando qué más habían hecho Shearsmith y Pemberton y llegué a esa maravilla del humor negrísimo que es Psychoville. Después he seguido con The League of Gentlemen, serie anterior a Psychoville, con lo que voy viendo como los actores son cada vez más jóvenes, cual pareja de Benjamin Buttons.

Huelga decir que no es para todos los públicos. Porque no hay nada que nos guste a todos, claro que no. Pero hay productos muy populares con los que te arriesgas menos si los recomiendas y otros que atesoras para disfrute propio, sin recomendar para no arriesgarte a que la palabra «series» sea tabú cada vez que te juntas con tus amigos.

Pero ya ves que no me puedo resistir a recomendarla. Psychoville es una comedia muy negra y muy británica. Aquí va el trailer:

¿Te parece un poco cutre? Lo entiendo. Pero si te va el humor negro y estrafalario, con unos toques de terror gótico y de suspense, no dejes que esa estética que parece sacada de una sitcom del siglo pasado te eche para atrás.

Porque, además del humor, Psychoville ofrece una colección de personajes memorables, que lo son no solo porque nos hacen reír, sino porque en sus 14 episodios de media hora los vamos conociendo a fondo y los vemos evolucionar. En mi caso, hasta le cogí cariño a algunos que me daban grima al principio.

Al contrario que en Inside No. 9, donde nos encontramos con capítulos que son historias independientes, aquí existe una trama tipo thriller que avanza episodio tras episodio, con grandes dosis de suspense. No se trata de una colección de sketches o chistes a lo Monty Python’s Flying Circus. La narración arranca con un misterio: los cinco personajes protagonistas reciben una carta anónima con el texto «sé lo que hiciste…». Sus vidas se entrelazan a partir de ese momento, con sorpresas que se van develando en cada episodio.

No desvelo nada más de la trama. Bueno, solo una cosa más: hace poco vi la serie de Apple TV Servant (2019), que trata sobre una pareja que ha perdido a su bebé. Una terapeuta decide darles un muñeco muy realista (sí, existen) para reemplazar al bebé muerto y así ayudar a la perturbada madre a sobrellevar la tragedia. El problema es que la pobre mujer empieza a creer que el muñeco está vivo, que es su hijo. Pues bien, la misma historia apareció en Psychoville 10 años antes con el personaje de Joy (brutal Dawn French), la comadrona. Con desenlaces y muñecos muy distintos, eso sí.

Joy tiene la suerte de poder llevar a su hijo al trabajo.

Al inicio mencionaba la película Psicosis. La relación de los Sowerbutts no es la única referencia a Hitchcock. La pareja madre-hijo protagoniza un episodio que es un homenaje a La Soga (Rope, 1948), esa película experimental del británico rodada en largos planos secuencia en un único escenario, una habitación. El mismo método se utiliza en el episodio 4 de la primera temporada, en el que Maureen (Shearsmith) y David (Pemberton) arrancan estrangulando a un hombre al son de los violines gritones de la escena de la ducha de Psicosis.

Y no es la única referencia: Psychoville es muy intertextual y revela la pasión por el cine de sus creadores. Disfrutarás si te gusta jugar a cazar las referencias, no solo cinéfilas sino también literarias y culturales, tanto en las situaciones como en los decorados y en los objetos que utilizan los protagonistas. No voy a poner más ejemplos para evitar más spoilers, pero es una serie cuya imagen algo destartalada oculta una minuciosa atención al detalle.

Solo un detalle más: me vuelve loca el peinado de Mr. Jelly (Shearsmith, divertidísimo cuando se pone en la piel de personajes coléricos), el payaso. Lleva un triste mechón peinado sobre la coronilla de su peluca, como intentando disimular la falsa calva de ese disfraz que no se quita ni para dormir. Un detalle vanidoso que aporta textura a un personaje por lo demás… desastroso.

Video promocional de Mr. Jelly, payaso para fiestas infantiles (de su web http://www.jellyparties.co.uk/)

Otra baza de Psychoville es su reparto. Junto a Shearsmith y Pemberton encontramos a Mark Gatiss (Sherlock, Doctor Who) que, junto con el guionista Jeremy Dyson, formaron el cuarteto cómico The League of Gentlemen a mediados de los 90 (el mismo nombre que utilizaron para su primera y surrealista serie). Además de la ya mencionada Dawn French, aparecen Daniel Kaluuya (Get Out), Daisy Haggard (Back to Life), Imelda Staunton (Harry Potter, Pride), Mark Bonnar (Line of Duty), Katherine Parkinson (The IT Crowd), Amanda Abbington (Sherlock), entre otras caras que te resultarán conocidas si te interesa el panorama seriéfilo británico.

En resumen: te recomiendo Psychoville si te va el humor británico (negro, incorrecto, brillante, despiadado, inteligente y muchas veces absurdo) y si has disfrutado con series como The IT Crowd, Garth Marenghi’s Darkplace, Utopia o la norteamericana (con sangre neozelandesa) Lo que hacemos en las sombras.

Más información:

  • Psychoville (el título, por cierto, surge del nombre que le dieron en Japón y Corea a The League of Gentlemen).
  • Temporada 1 (2009): 7 episodios de 30 minutos.
  • Episodio especial de Halloween (2010): 1 episodio de 45 minutos.
  • Temporada 2 (2011): 6 episodios de 30 minutos.
  • En España está disponible en Filmin en VOS.

Mr. Turner

Mr. Turner (2014) es una película de Mike Leigh protagonizada por Timothy Spall y centrada en la etapa de madurez del pintor inglés Joseph Mallord William Turner (1775-1851). Seguro que conoces sus cuadros: manchas de color con las que evocaba la luz de paisajes en los que, a menudo, aparecían naufragios o nuevas máquinas de la época. Piensa en locomotoras y barcos de vapor.

Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del oeste. 1844

Mr. Turner es una película que ha gustado a los críticos pero no a la audiencia, como ilustra Rotten Tomatoes:

Sobresaliente alto para la crítica y aprobado rascado para el público. ¿Qué pasa?

La vi hace unos días. Le di al play una noche ya tarde, pensando que quizás tendría que verla en dos partes: en modo serie. Me enganchó. Acabe viéndola entera y acostándome muy tarde y muy contenta. Así que estoy del lado de la crítica aquí. Aunque entiendo la baja puntuación de la audiencia, porque Mr. Turner no es:

  • Un biopic al uso. Vemos aquí la madurez de Turner, pero no nos cuentan su infancia ni inicio de su carrera. No aparece el típico gran momento de la verdad en el que el artista descubre su vocación.
  • Corta. Todo lo contrario, son 150 minutos caminando, pintando, comiendo, fornicando, cantando y viajando junto a Turner.
  • Sentido y Sensibilidad con óleos y acuarelas. El siglo XIX que vemos aquí no está idealizado. A ratos huele mal.

Entiendo que llegar a Mr. Turner esperando una película biográfica estándar decepcione. Porque esta película es otra cosa. Esto es lo que (en mi humilde opinión) sí que es Mr. Turner:

  • Una colección de impresiones de la vida de Turner. Casi como una exposición de momentos, fotografiados con una luz que parece pintada por el propio artista, con predominio de tonos amarillos.
  • Un Timothy Spall brutal (se llevó la Palma de Oro de Cannes) que da vida a un Turner que camina y gruñe como un jabalí. Es hosco, arrogante y misántropo. Vive con su padre y con una sirvienta (Dorothy Atkinson) con la que tiene sexo cuando y donde le apetece, algo que al parecer era —lamentablemente— común en la época. Pero el conjunto es muy humano. Y la imagen huraña de Turner-Spall (esa gárgola, como él mismo se define) contrasta con su expresión cuando encuentra la belleza a su alrededor, esa luz que captará en sus cuadros.
  • Una visión realista del siglo XIX, con sus problemas de higiene, sus enfermedades —esa especie de psoriasis que va avanzando en la piel de la pobre sirvienta—, sus contrastes sociales y su misoginia. La película me dejó la sensación de haberme asomado a una ventana a esa época. Hay muchos detalles del día a día, como cuando el padre (Paul Jesson) va a comprar pigmentos y luego trabaja en el estudio preparando y mezclando las pinturas. Lo tocas, lo vives.
  • Un paseo por los entresijos del mercado del arte, incluyendo visitas a la Royal Academy a la que los pintores acuden para ver dónde han colocado sus obras, lo que les informa de cómo va a ir su carrera artística.
  • Un retrato del amor maduro sin azúcar ni edulcorantes que resulta creíble y conmovedor.

Hay algo más, un detalle que puede hacer bajar la puntuación del público. Mr. Turner fue la película con más denuncias a la BBFC (British Board of Film Classification) de 2014 debido a una escena de sexo en la que Spall aprieta su trasero contra el de su sirvienta, mientras gruñe. El encuentro es breve y el culo de Spall está cubierto con sus pantalones. Pero la película estaba clasificada para mayores de 12 años y una parte de la audiencia consideró la escena inadecuada. La BBFC mantuvo la clasificación.

Turner experimentó también la controversia. Contó con el favor del público y de la crítica durante gran parte de su vida: a los cuarenta era un pintor rico y orgulloso que había revolucionado el panorama artístico. No obstante, hacia el final de su carrera se generalizó la idea de que el pintor estaba loco o senil. Su carácter introvertido se acentuó y no decía una palabra más de la necesaria. Sus cuadros se volvieron más abstractos. Sus detractores decían que parecían pintados por alguien sin manos, o con una fregona como en este grabado del ilustrador Richard Doyle.

J.M.W. Turner, grabado de Richard Doyle (1846) NPG D6996

Es lo que tiene ser innovador en el mundo de arte: no todo el mundo está preparado para aceptar lo nuevo. Sin embargo, el tiempo puso en su sitio a Turner y a sus críticos. Aunque pertenece al Romanticismo, su estilo le colocó en la vanguardia de su época y fue muy influyente en los impresionistas. También se le considera un precursor del arte abstracto.

Destaco una escena de la película en la Royal Academy. La sala es impresionante, con cuadros colgados en cada centímetro de pared llegando hasta el techo acristalado. Los pintores —baile de chaqués negros y sombreros de copa— están atareados haciendo retoques en sus cuadros y ojeando los de sus compañeros y competidores. Es el día previo a la apertura de la exposición, conocido aún hoy como Varnishing Day, o «día del barnizado». Parece ser que Turner hacía algo más que retocar: acababa algunos de sus cuadros en la misma sala, ante los ojos incrédulos y burlones de sus colegas.

Aquí puedes ver cómo se hizo esta escena, con tanta atención al detalle que consigue transportarte a la época.

La película está disponible en España en Filmin. Te la recomiendo si te gusta el arte, el cine británico de época —cómo bordan la ambientación, nadie lo hace como ellos— y las historias de ritmo pausado pero minuciosas en el retrato de los personajes y en los detalles. Si no, descártala.

Más información:

  • Imagen destacada: J.M.W. Turner por Charles West Cope, NPG 2943
  • Entrevista a Timothy Spall, en la que describe cómo se preparó para interpretar a Turner: con 2 años de clases de pintura, entre otras cosas.
  • Sí, Timothy Spall sale aquí más guapo que en Harry Potter.

Inside No. 9

Esta semana se me han acabado los episodios de Inside No. 9. Me he quedado un par de días con esa sensación de vacío que queda al terminar una serie que te ha atrapado. Es como un pequeño duelo. Primero viene la negación (no puede ser, voy a ver si hay otra temporada), luego te enfadas (¿por qué esta solo tiene 5 temporadas y otras mediocres tienen 200?), después negocias (quizás podría volver a ver los capítulos que más me han gustado), luego viene la tristeza (el vacío en sí: oh, nada volverá a ser lo mismo) y, por último, la aceptación: vale, se terminó y no habrá otra igual, pero hay tantas series en las plataformas como peces en el mar.

La verdad es que ya he pescado otra: el remake de Talking Heads, con guión de Alan Bennett. Primer episodio visto y duelo casi superado. Promete.

Pero volvamos a Inside No. 9, antes de que la memoria de pez (hoy toca tema marino) que nos produce el exceso de oferta en series acabe borrando los recuerdos de esta perla (ejem) que me ha encantado, por si quedaban dudas.

Por si no la conoces: Inside No. 9 es una comedia negra británica emitida por la BBC entre 2015 y marzo de este año, 2020. En España está disponible en Filmin.

La serie está escrita y protagonizada por Steve Pemberton y Reece Shearsmith, con un formato de antología, que supone que cada episodio es una historia independiente, con un nexo en común: lo inesperado dentro de lo cotidiano. El 9 del título hace referencia al espacio en el que tiene lugar el episodio, que suele ser un espacio cerrado: la casa número 9 de la calle, el camerino número 9, el vagón de un tren número… ya lo has pillado. Esos escenarios limitados dan un toque teatral a los episodios.

Como curiosidad, la cabecera de esta serie recuerda a la de la mítica Historias para no dormir, emitida en las décadas de los 60, 70 y 80. Eso sí: el jingle de Inside No. 9 es mucho más sutil que el audio que da entrada a la serie española. Juzga tú.

Pero el referente que te viene a la cabeza cuando empiezas a ver Inside No. 9 es otra serie antológica británica: Black Mirror. Ambas coinciden en esa crítica social despiadada que ofrecen. También son similares en el tono irónico, muchas veces sarcástico, todo salpicado de toques de humor negro muy British. Sin embargo, mientras que en Black Mirror la tecnología es el desencadenante de las situaciones que se plantean, en Inside No. 9 es la propia naturaleza humana. No necesitamos máquinas para encontrar el horror en lo cotidiano.

Otros referentes son Roald Dahl y sus Relatos de lo inesperado, o la serie antológica norteamericana Alfred Hitchcock Presenta.

Ver cualquier número 9 ya me produce ansia

Inside No. 9 abarca muchos géneros, muchas veces entremezclados en un mismo episodio. Prefiero no dar ejemplos aquí porque la sorpresa final puede venir precisamente de ese salto de un género a otro, pero imagina una comedia romántica que acaba siendo una historia de horror. O al revés.

Pese a la variedad de los géneros, existe un tema recurrente en los 31 episodios: en la mayoría te van a hacer creer que estás viendo una cosa, pero prepárate para el zasca final. Porque caso seguro que es algo completamente diferente de lo que esperabas.

Y manejan bien ese factor sorpresa. Porque todo está ahí desde el principio. Te lo van contando todo. Hay maniobras de distracción y pistas falsas también, pero bien puestas. Con las palabras justas. Todo encaja tan bien, que no te sientes engañada. No. Lo que quieres es ser capaz de escribir un guión como Pemberton y Shearsmith.

Pero Inside No. 9 no solo se disfruta por el guión y sus puzles, también el trabajo de los actores es una parte destacable de esta serie. Pemberton y Shearsmith me parecieron muy creíbles en sus cambios de registro a través de los distintos géneros que se muestran en esta antología, pasando de la comedia al drama con nota, especialmente el primero. Y, además, se hacen acompañar por muchas caras conocidas del cine y las series británicas, como Fiona Shawn, Rory Kinnear, Keeley Hawes, Timothy West o Nicola Walker (coprotagonista de otra serie cuyo final me llevó de cabeza a otro duelo, River).

Aunque cada episodio te aporta algo —esa reflexión sobre lo que acabas de ver, la sorpresa, el horror, la risa sardónica—, te dejo aquí algunos de mis favoritos, aunque no contaré mucho de ellos porque es fácil destripar el final casi sin querer.

  • The 12 Days of Christine, temporada 2 episodio 2. Christine conoce a Adam en una fiesta de Nochevieja. Se enamoran, se van a vivir juntos, se casan. Una historia corriente que quizás no lo es tanto.
  • Zanzibar, temporada 4 episodio 1. Un drama shakesperiano escrito y recitado en pentámetro yámbico (o verso blanco inglés) y que, por tanto, se debe disfrutar sí o sí en versión original.
  • Once Removed, temporada 4, episodio 3. Un trabajador de una empresa de mudanzas llega a una casa y se encuentra algo más que muebles para transportar.
  • To Have and To Hold, temporada 4 episodio 4. Una pareja con problemas conyugales está planificando la renovación de sus votos matrimoniales.
  • Dead Line, episodio especial de Halloween. El episodio comienza grabándose en directo desde un estudio de grabación de la BBC.
  • Love’s Great Adventure, temporada 5 episodio 3. Una madre trata de que su familia celebre la Navidad como siempre pese a los problemas económicos que sufren.
  • Misdirection, temporada 5 episodio 4. Un popular mago es entrevistado por un joven periodista aficionado a la magia.
  • The Stakeout, temporada 5 episodio 6. Un veterano policía y su nuevo colega pasan la noche vigilando a un sospechoso.

Por si aún no te he convencido, aquí tienes un vídeo de Filmin con 5 razones para ver Inside No. 9:

Ah, y lo más importante: la BBC confirmó en marzo que tendremos dos temporadas más de Inside No. 9 🙂

Información adicional:

Podcasts en inglés sobre cine y libros

Tener un perro ayuda a aprender inglés. Lo sacas a pasear, te pones los cascos, le das play al podcast y… voilà! Tú aprendes, te distraes y haces ejercicio y tu perro es feliz. Te diría que incluso podría funcionar sin perro, pero nunca lo he probado. No te lo puedo asegurar.

Si te gustan los libros y el cine y quieres aprender inglés, estás de suerte. Hay muchos podcasts que te permitirán practicar un poco de listening comprehension a la vez que disfrutas escuchando críticas, entrevistas, consejos sobre técnicas de escritura, etc.

Aquí te cuento acerca de algunos de los que más suelo escuchar, pero hay por ahí muchos y muy buenos, sobre los temas que te interesen. ¿La gran ventaja de los podcasts frente al vídeo? Para mí, el factor tiempo: necesitas encontrar tiempo para ver un vídeo pero no para escuchar un podcast. Puedes hacerlo mientras conduces o en el transporte público, paseando, haciendo las tareas de casa, etc.

Podcast para nivel de inglés intermedio (B1)

Luke’s English Podcast

Luke es una muy buena mezcla de profesor de inglés y cómico de monólogos. Se nota que le gusta el cine y dedica varios episodios de su podcast a hablar sobre películas que le han gustado. Muchas veces dedica algún podcast a conversaciones con amigos y familiares. Con su madre, por ejemplo, suele hablar de libros.

Es fácil entender a Luke. Su acento es el que se conoce como RP (Received Pronunciation), que es el inglés conocido como el inglés de la BBC o el inglés de la Reina. No es un acento regional: es una mezcla de acentos del centro y del sur de Inglaterra, que denota una cierta clase social (de ahí lo de la Reina). Luke no habla muy despacio, pero sí se nota que se esfuerza por pronunciar bien cada palabra. Es perfecto para un B1, pero también para niveles más avanzados que quieren mejorar su vocabulario y pronunciación.

Algunos episodios para empezar (todos incluyen una transcripción en el enlace):

Podcasts para un nivel de inglés avanzado (B2-C1 o superior)

Disclaimer: hay que tener en cuenta que estos podcasts NO han sido creados para estudiantes de inglés, por tanto vamos a escuchar a hablantes nativos que conversan a un ritmo normal y que pueden resultar difíciles de entender si no tienes el oído entrenado. Aconsejo empezar por Luke antes de pasar a cualquiera de estos.

Para un nivel B2, una buena forma de empezar es el primer podcast de la lista, The Worried Writer. El resto son para niveles más avanzados u oídos más acostumbrados al inglés de hablantes de distintos países anglosajones.

The Worried Writer

La escritora Sarah Painter se identifica como worried writer: escritora temerosa, o preocupada. El subtítulo del podcast, dirigido principalmente a escritores en potencia, es for those suffering from self-doubt, fear and procrastination: para aquellos que sufren de inseguridad, miedo y procrastinación. A mí la descripción me encaja como anillo al dedo, así que le estuve siguiendo hasta que dejó de grabar nuevos episodios este verano, aunque ha comentado que es una pausa temporal y no un punto final. Ojalá.

Creative writing for the timid: la adoro

Sarah tiene un agradable acento escocés y habla despacio, con un tono de voz muy dulce y relajante. En su podcast cuenta en primera persona su experiencia como escritora novel, dando muchas ideas para personas que, como le ocurrió a ella, necesitan dejar de preocuparse y empezar a escribir ya. El podcast se puede seguir como una guía para las personas que se quieren empezar a escribir, ya que los consejos de Sarah abarcan desde técnicas de escritura hasta herramientas de marketing para vender tus libros, pasando por estrategias de publicación. También incluye entrevistas con otros autores, en su mayoría indies, que cuentan sus propias preocupaciones y soluciones.

  • The Worried Writer Episode#59: 2020 Writing Goals. Un episodio prepandemia en el que Sarah definía sus objetivos para este año que nos ha salido rana. Es un episodio sin entrevista, de los que ella define como «just me episodes». Desde el punto de vista del idioma, puede resultar más fácil de seguir que las entrevistas, que dependen de la velocidad y el acento de la persona invitada.
  • The Worried Writer Ep#64: Hayley Chewins ‘I work very intuitively’. Entrevista a Hayley Chewins, autora sudafricana de novela juvenil. Aunque no conozcas a los entrevistados (muchos de ellos no han sido traducidos al español), cada entrevista resulta muy interesante por la manera intimista en que se aborda el proceso creativo de cada uno de ellos, así como sus inicios en el mundo de la escritura. En el enlace al podcast encontrarás una transcripción del episodio, que te puede servir de ayuda si se te escapa parte del vocabulario.

The Creative Penn Podcast For Writers

Joanna Penn es una escritora y emprendedora británica que no para: ha escrito más de 30 libros, publica un podcast semanal y tiene su propia editorial. Reconozco que no he leído nada suyo, ya que el tipo de novela que escribe (por ejemplo, thrillers tipo El código Da Vinci), no es my cup of tea, no es lo mío. Pero su entusiasmo y energía son contagiosos. Te convence de que tú también puedes hacerlo.

Si vas a escuchar a Joanna, más vale que conozcas cuanto antes estas dos palabras, que identifican a los tipos de escritores según su forma de enfrentarse a la tarea de escribir:

  • Plotter: un plotter es un escritor que planea antes de empezar, que hace esquemas, anotaciones, o mapas mentales. Puede dedicar mucho tiempo a esta etapa y, cuando se pone a escribir, ya tiene claro cómo va a acabar la historia.
  • Pantser: un pantser, por el contrario, un escritor que va improvisando, dejando que la historia vaya evolucionando de forma libre, con solo algunas ideas de lo que puede ocurrir. La palabra viene de la expresión fly by the seat of your pants, que en español sería algo parecido a improvisar sobre la marcha.

Algunos episodios para empezar (incluyen transcripción):

David Tennant Does a Podcast With…

El actor escocés David Tennant (Dr. Who, Broadchurch, Jessica Jones, Good Omens, etc) tiene un podcast en el que entrevista a actores, guionistas, directores e incluso a un ex primer ministro. Tennant habla con un marcado acento escocés que te puede resultar difícil si no tienes el oído acostumbrado. Yo le podría escuchar durante horas y horas, me encanta.

Si no sabes por dónde empezar:

  • Gandalf himself, Ian McKellen: no te pierdas el momento en que McKellen reconoce que le confunden a menudo con Dumbledore (minuto 32:25), algo que él mismo ha comentado con el actor que interpreta al mago de Hogwarts, Michael Gambon.
  • Olivia Colman: una de mis actrices favoritas y protagonista junto a Tennant de la serie Broadchurch.
  • Neil Gaiman: el escritor es el autor del texto original de la serie Good Omens, protagonizada por Tennant.
El pelazo (de ambos) que te pierdes al escuchar el podcast

Writer’s Routine

Presentado por el enérgico Dan Simpson, este podcast se centra en las rutinas de los escritores: ¿dónde escriben?, ¿qué tienen sobre la mesa y en las paredes?, ¿qué horario eligen para trabajar? El podcast alimenta nuestro lado cotilla (estamos entrando en las casas de los escritores) y también resulta inspirador, porque los autores se desvelan como humanos normales y corrientes, con sus manías y sus defectos.

  • Matt Haig: el autor de Los humanos nos cuenta dónde escribe, como planifica su día e incluso qué tipo de fuente prefiere para escribir.

OnWriting: a podcast of the Writers Guild of America, East

El último podcast de la lista está centrado en la escritura de guiones.

  • Charlie Kaufman: el director y guionista habla de su último trabajo para Netflix, I’m Thinking of Ending Things.
  • Greta Gerwig: entrevista a la autora de la última adaptación de Little Women. Si tú también quisiste ser Jo March de niña —como Gerwig, como yo—, disfrutarás con esta adaptación.
  • Michael Arndt: el guionista de Pequeña Miss Sunshine comenta su vídeo Happy Endings, del que ya hablé aquí. Es una clase magistral que desvela el truco para escribir finales de los que dejan al público boquiabierto.

Podría seguir y seguir, porque llevo muchas horas de paseo perruno a mis espaldas y acabo escuchando muchos. Muchos. Pero creo que ya es bastante por hoy. Si tienes alguna recomendación para completar esta lista, por favor deja tu comentario 🙂

Estoy pensando en dejarlo – Charlie Kaufman / Iain Reid

La película de Netflix Estoy pensando en dejarlo (I’m Thinking of Ending Things, 2020) cuenta con devotos y detractores a partes iguales. Ha sido definida como rompecabezas, pedante, fascinante, desconcertante, enigmática, depresiva, hipnótica, delirante, pérdida de tiempo, críptica, impresionista, dura, triste, bella, surrealista, extraordinaria. Un crítico equipara la experiencia de verla a la de enfrentarse al montaje de un mueble —tipo IKEA— sin el manual de instrucciones.

Si la has visto y la has odiado, te informo antes de que sigas adelante: a mí me gustó. Mucho. Si no la has visto y decides seguir, más abajo hay spoilers: te avisaré antes.

Ya me gustó desde la primera imagen del póster de Netflix, con ese papel de pared que me recordó el relato The Yellow Wallpaper (El papel amarillo), de Charlotte Perkins Gilman, obra que comparte con la cinta de Kaufman tanto el retrato en primera persona de la depresión como la contraposición de elementos reales e imaginarios.

Vamos al argumento: la película está narrada desde el punto de vista de Lucy (Jessie Buckley), una joven que viaja en coche con su nuevo novio, Jake (Jesse Plemons), en una noche de invierno, camino de la granja de sus padres, a quienes aún no conoce. Desde el principio, ella nos dice que está pensando en dejarlo, en acabar con la relación con Jake, de manera que los espectadores nos preparamos para ver la historia de una relación que se rompe. Casi parece una peli navideña, con nieve y gorritos. Pero entonces recordamos que el director y guionista es Charlie Kaufman, el mismo que firmó los guiones de Cómo ser John Malkovich y ¡Olvídate de mí! (o mejor Eternal Sunshine of the Spotless Mind, que no suena a comedia de los Farrely como el título que le plantaron en España… quizás porque quien se lo puso solo sabía que salía Jim Carrey), así que nos preparamos para que sea imprevisible.

Charlie Kaufman luciendo una corbata hecha con retales de la camisa del padre de Jake

Y, pronto, se alcanzan nuestras expectativas. Ya en el coche, Lucy recibe llamadas de su propio número, llamadas que no atiende y que trata de ocultar a Jake. Pero es en la granja de los padres (Tony Collette y David Thewlis) cuando las cosas empiezan a ponerse raras de verdad. La madre no está bien, eso queda claro. Su sonrisa es como una mueca que oculta… no sabemos qué, pero nada bueno. El padre es más transparente pero peculiar también. Hay tensión, servida como el plato principal en la mesa de la cena, pero todavía no sabemos qué pasa. De repente se suceden unos inexplicables cambios escena tras escena: los personajes aparecen con una ropa distinta; los muebles cambian; los padres envejecen y rejuvenecen. Pero nadie, salvo Lucy, parece notarlo.

En este punto, la película crea una sensación de desasosiego, de terror incluso. De amenaza inminente, sin saber qué o cómo va a suceder. Fuera de la casa, el tiempo acompaña: la tormenta de nieve empeora. Al mismo tiempo, se van intercalando imágenes de una historia paralela, la del anciano y solitario conserje de un instituto que lleva a cabo sus tareas de limpieza. Todavía no sabemos qué relación tiene con la pareja protagonista.

Antes de pasar a los spoilers te diré que la película me atrapó. No estoy de acuerdo con el crítico que la compara con el montaje de un mueble sin instrucciones. En todo caso, puntualizaría que Kaufman nos da las instrucciones, todas, aunque no están ordenadas del primero al último paso. Y sigue sin ser una buena metáfora, porque desordenar las instrucciones de un mueble no nos aportaría mucho. Como mucho, la satisfacción de conseguir montarlo pese a los obstáculos. Sin embargo, un poco de desorden sí suele dar buenos resultados en el cine. Imagina El sexto sentido ordenada cronológicamente, con el personaje de Bruce Willis muriendo al principio. O una historia como Rebecca, si Maxim de Winter no hubiera ocultado información sobre su primera mujer.

Es cierto que Estoy pensando en dejarlo es mucho más oscura que las que he puesto como ejemplo. Estaría más en la línea de Lynch en Mulholland Drive. Como se define en esta estupenda crítica, es una película impresionista, que retrata la psicología de los protagonistas, con una mezcla de experiencias reales, recuerdos e imaginación. Y esta forma de relatar tiene un sentido: al retorcer la historia, Kaufman nos lleva de viaje por la mente humana, por el mundo de las emociones, algo que no es tampoco lineal en la vida real. Lo que importa es lo que sentimos y no lo que sucede de verdad, como dice el propio Kaufman:

“I’m not really big on explaining what things are. I let people have their experiences, so I don’t really have expectations about what people are going to think. I really do support anybody’s interpretation.”

Charlie Kaufman para Indiewire (ojo: hay spoilers a mansalva en el link)

(«No me gusta mucho explicar lo que es cada cosa. Dejo que la gente tenga sus propias experiencias, así que, en realidad, no tengo unas expectativas sobre lo que la gente va a pensar. Apoyo cualquier interpretación».)

Yo: ¡Lo tengo! Creo que el padre de Jake es Remus Lupin y que él mató a los corderos una noche que se transformó en lobo.
Charlie Kaufman: Claro, ¿por qué no?

Estoy pensando en dejarlo: SPOILERS

Estoy pensando en dejarlo está basada en la novela homónima del autor canadiense Iain Reid. La leí después de ver la película —sí, me quedé con ganas de más—. Es una novela corta (210 páginas) en cuya contraportada te preparan para lo que viene: «tendrás miedo y no sabrás por qué».

Como decía antes, Charlie Kaufman nos va dejando pistas de lo que pasa, solo hay que leerlas. Sin embargo, también nos coloca una trampa desde el primer minuto: la narración en primera persona de Lucy, interpretada por Jessie Buckley. Esto es igual en el libro.

[Aquí viene el SPOILER] –> En realidad, es Jake quien está viviendo la experiencia que tanto el libro como la película nos cuentan. Es un Jake anciano, el conserje del instituto, quien está recordando su juventud desde la soledad de su presente. El personaje de Lucy es solo lo que pudo ser y no fue: una novia perfecta basada en una conversación ocasional una noche en un bar con una desconocida. De ahí sus cambios de nombre y de profesión, e incluso de aspecto (en una escena es interpretada por otra actriz) a lo largo de la película. Vemos a los padres (los estupendos Collette y Thewlis) jóvenes y viejos, según el momento que esté recordando Jake. En una escena se ve junto al lecho de muerte de su madre. A base de estos recuerdos, vas reconstruyendo su vida. Es una historia triste pero también hermosa que no acabaré de destripar por si no la has visto.

No es una película para analizar hasta que todo encaje, sino para experimentar, para sentir. Para meterte en la mente de Kaufman como él nos metió en la de su Malcovich particular hace ya más de 20 años.

Aunque el estilo narrativo no tiene nada nada que ver, la sensación que me dejó la historia de Jake me recordó a Lo que queda del día (The Remains of the Day), de Kazuo Ishiguro, llevada al cine por James Ivory. Stevens, el protagonista, es el mayordomo perfecto y fiel a su señor que, al final de su vida, se da cuenta de que dejó pasar el amor y trata de recuperarlo cuando es demasiado tarde. En su vida ha triunfado el deber sobre el deseo, la dignidad sobre la honestidad respecto a sus sentimientos. Y surge el tema principal de la novela: el arrepentimiento al pensar en la vida que podría haber vivido y que perdió por dedicarse en cuerpo y alma a su profesión. En la historia de Jake veo algo parecido, un hombre que se arrepiente de las decisiones que tomó en su vida y que imagina lo que podría haber sido.

¿Mejor el libro o la película?

La respuesta corta: la película.

La respuesta larga, aquí —basada en mi opinión personal, nada neutral porque siempre me ha gustado Charlie Kaufman—. La novela de Reid está muy bien: es perfecta para una noche de invierno, mejor si es delante de una chimenea y tienes la suerte de que se pone a nevar. Y no le quitemos el mérito, que la idea fue suya. A mí me ha recordado a El resplandor de Stephen King, especialmente en las escenas finales en el instituto desierto y asilado en medio de una tormenta de nieve. Cambia el Overlook por el instituto, a Wendy por Lucy y a Jack Torrance por el conserje. La sensación de miedo es más intensa en estas páginas del libro —e imagino que debe serlo aún más si no sabes lo que va a pasar después—.

Que me aspen si esto no es un homenaje a El Resplandor

Pero la película va más lejos. Kaufman enriquece aún más los personajes, como ocurre con Jake. En el libro, sabemos que es un hombre muy leído y con formación científica. En la película, Kaufman llena sus diálogos de citas literarias y de cine que no aparecen en el texto de Reid. Esto, que ha molestado a críticos porque lo han visto pedante, creo que va como anillo al dedo en el contexto de la relación imaginaria de Jake: ya que Lucy es fruto de su imaginación, ¿por qué no hacerla perfecta y que pueda estar a su altura culturalmente? A mí me encantan. Creo que cuando conoces la referencia, la experiencia se enriquece. Y, cuando no, tienes material para llenar tu lista de «quiero leer» en Goodreads.

Otro punto a favor es el reparto. Jessie Buckley lo borda. Jesse Plemons, exhibiendo su exótica mezcla entre Matt Damon y Philip Seymour Hoffman, encaja como un guante en el rol pese a que no se parece en nada al Jake alto y desgarbado que describe Reid. Y Toni Collette y David Thewlis están perfectos en las desquiciantes escenas de la granja.

Info adicional:

Foto de Charlie Kaufman: Wikipedia. Anna Hanks de Austin, Texas, USA – Anomalisa Q&A with Charlie Kaufman Fantastic Fest 2015-0257.jpg, CC BY 2.0

Foto de figuras de Lego: Pxfuel

Ilustración de portada hecha con Canva.

El recuerdo de Marnie: ¿nos mudamos?

Estoy pensando en mudarme a un fondo del Studio Ghibli. No para vivir en primer plano, eso lo dejo para los que gustan de chupar cámara. Yo me veo más paseando por esos segundos planos tan detallados, cargados de objetos que complementan la historia que nos están contando.

Los segundos planos de Ghibli se van a veces por las ramas y nos narran su propia historia. Como en El recuerdo de Marnie (2014), cuando la protagonista llega a la casa unos parientes de su madre adoptiva, Setsu y Kiyomasa Oiwa Va a pasar un tiempo allí y se aloja en la habitación de su hija, de la que solo nos cuentan que vive en Tokio, donde trabaja como profesora de yoga.

Imagen: Studio Ghibli

Anna entra en la habitación. Mientras ella comenta que la casa huele diferente, a la casa de otros, la habitación empieza a describirnos en silencio a esa “otra” ausente. Mi dueña —nos dice—ama la naturaleza y elige tonos tierra y verdes, buscando replicar el paisaje aquí dentro. Habrás notado el tronco que hace de estructura de cama y de perchero a la vez. Y las fibras naturales de la lámpara de mimbre. Le gusta lo exótico: el kilim, un toque de la India en el puf. Le gusta la música, ¿ves su equipo en la estantería? No le gusta mucho leer. Tiene una pila de libros, pero no te confundas, son apuntes y libros de texto. Le gustan las velas y decorar con objetos de cristal de colores, sobre todo rosas y azules, a juego con la lámpara de vitral del escritorio.

La dueña de la habitación ha salido a sus padres, los Oiwa. Dos espíritus libres que viven en una casa en las afueras de la ciudad, rodeados de naturaleza. En cuanto recogen a Anna en la estación y la llevan a su coche, sabemos que no son personas preocupadas por las apariencias ni por las necesidades mundanas de gran parte de la sociedad moderna.

Las cuatro plazas, bien aprovechadas. Imagen: Studio Ghibli

En el coche —una de esas mini furgonetas japonesas, estrechas y altas— no cabe nada más. Anna está asustada, esto no tiene nada que ver con su vida ordenada en la gran ciudad. Pero mira la cara de los Oiwa: dos personas felices.

Imagen: Studio Ghibli

Aquí vemos a Setsu cocinando con Anna. Me encanta esa cocina, toda hecha de madera. En la imagen no se ve, pero enfrente de los fogones hay un ventanal que va de un lado a otro de la habitación. Bajo la ventana, un estante lleno de plantas y botes de cristal con especias y conservas preparadas por Setsu. Por todos los rincones hay cacharros de cocina: platos, sartenes, coladores, cubiertos, etc.

Yo también quiero pasar una temporada con los Oiwa. Imagen: Studio Ghibli

La casa refleja la personalidad de sus dueños, dos personas de vida relajada, centrados en el cuidado de su huerto y de su casa. Es una casa singular, posiblemente construida por los Oiwa, que lleva el sello de ambos en cada detalle. Sobre todo vemos la firma de Kiyomasa, una mezcla de carpintero y artista que hace de todo: desde barandillas hechas con troncos hasta el móvil de viento que nos enseña, orgulloso, en la siguiente imagen.

Si es que no se puede ser más feliz. Imagen: Studio Ghibli

Y aunque te estoy hablando sobre todo de la casa de los Oiwa (porque es a donde quiero mudarme), en El recuerdo de Marnie hay mucho más arte en segundo plano del que disfrutar.

Imagen: Studio Ghibli

Está, por supuesto, el pantano y la mansión, con el ventanal en el que Anna ve a Marnie por primera vez.

Imagen: Studio Ghibli

Más adelante en la película veremos el interior de la mansión, con un dibujo muy detallado que desvela que estamos ante unos propietarios muy diferentes de los Oiwa: aquí hay dinero y mundanidad a espuertas.

Imagen: Studio Ghibli

Marnie, no obstante, se nos muestra pronto como alguien con intereses distintos al del resto de su familia, ya que en cuanto puede se quita los lazos y los zapatos y corre con Anna por los alrededores del pantano.

Una playa desierta. No necesito nada más, me quiero mudar. Imagen: Studio Ghibli

El recuerdo de Marnie vale la pena por muchas razones. La historia de Anna, el viaje de autodescubrimiento que aquí no te estoy contando es, por supuesto, el plato fuerte de esta película del Studio Ghibli —que, cuando escribo esto, está disponible en Netflix, al menos en España—.

Pero, como ocurre con tantas otras películas de este estudio, también vale la pena solo para disfrutar del arte de esos segundos planos, tan llenos de detalle que a mí, muchas veces, me obligan a parar la película y volver atrás para apreciar mejor el mensaje complementario que trasmiten esos escenarios, tan particulares de Miyazaki y su equipo. Hay cientos de detalles que descubrir. Tantos, que cada vez que vuelves a ver una de sus películas, encontrarás alguno nuevo. Aunque la historia sea más o menos sencilla, la cantidad de información que recibes del diseño de los escenarios es densa. Y está abierta a interpretación: lo que te he contado arriba acerca de la hija ausente de los Oiwa posiblemente será diferente de lo que tú veas al recorrer la misma habitación con Anna por primera vez. Porque cada objeto, cada detalle, aporta a la historia una carga metafórica y simbólica que el espectador interpreta de acuerdo con lo que transmite el guión de la cinta pero también con su bagaje personal, de forma subjetiva.

Espero que te animes a ver El recuerdo de Marnie, si no la has visto ya. Por mi parte, como la mudanza parece difícil (salvo que consiga imitar a Morten Harket en el vídeo de Take on me), me he descargado un fondo de escritorio de las imágenes que el Studio Ghibli compartió hace unas semanas y que pueden ser descargadas y utilizadas gratis (con sentido común, nos dicen, no para fines comerciales). También descargué algunos fondos para videollamadas que el estudio compartió ya durante el confinamiento, al extenderse el uso de Zoom.

Y nada más por hoy. ¿Nos vemos un día de estos en la casa de los Oiwa?

Finales felices

El cine comercial se basa en los finales felices. El público adora historias tipo Pretty Woman, en la que los protagonistas acaban felices y comiendo perdices en su limusina. Da igual si el guión tiene la credibilidad de un tuit de Trump. Salimos del cine sonriendo, eso es lo que importa, y así se refleja en la puntuación de la audiencia en Metacritic: a dos décimas del sobresaliente.

Pero, ¿qué pasa con la crítica? ¿Acaso no tienen corazón? ¡Un aprobado rascado! Parece que le ven lagunas a esta revisión de Cenicienta en la que el príncipe es un millonario que decide casarse con una prostituta veinte años más joven que él. Panda de esnobs.

Resulta que el guión original no tenía este final. Era algo más realista: el millonario acababa dejando a la prostituta donde la encontró, en la calle. Pero Disney, que compró los derechos de la historia, cambió el final para convertirlo en el cuento de hadas de los 90.

Tengo que reconocer que estoy más bien del lado de la crítica aquí. No consigo disfrutar este tipo de finales felices, porque no me los creo. Y no lo digo por el género, da igual si es romance, ciencia ficción o un thriller.

Y dirás: ¿qué hay de malo en que el cine nos dé un poco de alegría, aunque sea mentira? Porque, al fin y al cabo, toda ficción es una invención, una versión de la realidad que no tiene por qué parecerse a ella. No tiene nada de malo, es solo que no entro en la historia, no me la creo, y por tanto no veré otra película si me parece que va a seguir un patrón parecido.

Eso me ha hecho elegir películas con otro tipo de finales. No tristes necesariamente. No soy Scrooge. No es que quiera ver La tumba de las luciérnagas una y otra vez. No tengo tendencias autodestructivas. Entre mis favoritas, películas como Lo que queda del día, Olvídate de mí, El turista accidental, Little Women (la de Greta Gerwig), Whiplash, The Big Sick, Parásitos, Un lugar tranquilo, Alien, Misterioso Asesinato en Manhattan, Atrapado en el tiempo, El viaje de Chihiro, Fantastic Mr. Fox, Her… Solo por nombrar unas pocas, la lista es muy larga. Son historias de géneros muy diferentes y con finales de todo tipo: ambiguos, abiertos —sí, me gusta que me dejen libertad para interpretar el final—, tristes. Pero también felices.

¿Qué diferencia los finales felices que me gustan de los que no? Hasta hace poco, pensaba que la credibilidad. Insisto en que esto no tiene nada que ver con la credibilidad de todo lo que pasa en la película. Tomemos como ejemplo Atrapado en el tiempo (1993), conocida también como El día de la marmota. No es que sea muy verosímil que un tipo se despierte cada mañana en el mismo día y que solo él recuerde haber vivido ya ese día muchas veces. Pero el romance que vemos en esta película sí que me parece creíble, porque el protagonista se curra muchísimo lo de ir mejorando cada día, repitiendo una y otra vez sus avances para conquistar a la chica hasta que lo consigue (Harold Ramis, el director, afirmaba que eran 10 años, aunque por distintas fuentes de Internet se han calculado más de 30 años).

Me he puesto a pensar y a escribir sobre finales porque esta semana he visto un vídeo de Michael Arndt, titulado Endings: The Good, the Bad and the Insanely Great. Está disponible en Vimeo, en inglés. Arndt es el autor del guión de Pequeña Miss Sunshine (2006), por el que se llevó el Óscar al mejor guión original. También escribió el guión de Toy Story 3, que estuvo nominado al Óscar.

Los finales felices, según Michael Arndt

Endings es un regalo para cualquier aspirante a guionista o escritor. En el vídeo, Arndt destapa los secretos que se esconden tras la escritura de tres grandes películas: Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza, El graduado, y Pequeña Miss Sunshine.

Endings habla de mucho más que finales, aunque Arndt destaca la importancia de un buen cierre para conseguir que los espectadores salgan satisfechos de la sala. Pero lo que cuenta es una guía con los ingredientes que tienen las películas que enganchan y que llegan a cierre satisfactorio para el espectador. Eso sí: insiste desde el principio en que no se trata de una fórmula, que no es la única forma de contar una historia. Que lo que hace es analizar cómo funcionan las tres películas y compartir sus reflexiones: describe, no prescribe.

Esto es lo que Michael Arndt cree que le pasará si su vídeo se interpreta como una fórmula. (Fuente: Vimeo)

El vídeo está disponible online. Solo lo he encontrado en inglés y sin subtítulos (si lo encuentras subtitulado, por favor añade el link en comentarios), pero tiene la estructura de una clase magistral en la que Arndt cuenta primero su teoría y luego la demuestra con una parte práctica, con muchos fragmentos de las tres películas y con texto sobreimpreso para apoyar lo que va narrando. Creo que se puede seguir la idea principal que quiere transmitir aunque tu nivel de inglés no sea avanzado, gracias al apoyo visual.

El vídeo se titula Endings porque Arndt estuvo trabajando como lector de guiones antes de ser guionista y notó que la mayoría de historias tenían muy buenos primer y segundo acto, pero que fracasaban en el tercero. Se encontraba con finales predecibles, mecánicos y otros del tipo “bueno, ¿y qué?”, los que nos dejan indiferentes.

A partir de ahí, su obsesión fue conocer mejor qué tienen los finales que funcionan, y llegó a la conclusión de que el cierre de la película tiene lugar en 2 minutos de clímax en los que se revela el significado de la historia y los valores que la sustentan, entendidos como las cosas por las que merece la pena vivir o tomar las decisiones que tomamos. Un gran final debe ser positivo pero sorprendente (imprevisible) y, a la vez, con un significado que transcienda, que nos llevemos puesto al salir del cine. Esta idea se basa en Robert McKee (autor de El Guión), que afirma que, si pudiera enviar un telegrama a los productores de cine del mundo, serían solo estas tres palabras: MEANING PRODUCES EMOTION (el significado provoca la emoción).

Los efectos de un gran final: euforia, liberación, claridad, ver el mundo con nuevos ojos, y la sensación de que la vida es maravillosa. (Fuente: Vimeo)

Para Arndt, las historias que llegan a la audiencia incluyen tres grupos de intereses en juego (intereses entendidos como lo que se puede ganar o perder en el desarrollo de la historia):

  • Intereses externos: como la supervivencia (Star Wars), ganar una competición (Carros de fuego) o conseguir un determinado estatus (Pequeña Miss Sunshine).
  • Intereses internos: muchas veces es el amor romántico (Amelie), el amor paternofilial (Buscando a Nemo), la amistad (Bridesmaids) o la autoestima (Rocky).
  • Intereses filosóficos: la comunidad frente al individualismo (Star Wars, Casablanca), la búsqueda de un ideal frente al “sé tú mismo” (Pequeña Miss Sunshine).

Estos intereses son los que se entremezclan en las tres películas que analiza.

El vídeo dura una hora y media. Yo lo vi en tres partes, una por película. Vale mucho la pena, tanto para aficionados al cine como para personas que escriben guiones o quieren hacerlo.

Y si te gusta, también puedes ver otros dos vídeos de Arndt:

  • Beginnings: solo 8 minutos esta vez, en los que el guionista cuenta cómo poner en marcha una historia.
  • Toy Story 3: Mistakes Made, Lessons Learned (Toy Story 3: errores cometidos y lecciones aprendidas): publicado este verano (junio de 2020), Arndt cuenta aquí cómo ha tenido que adaptarse a la situación de empezar con unos caracteres ya predefinidos, con un pasado que no se puede cambiar.

Personalmente, los vídeos de Arndt me han ayudado a entender mejor por qué unos finales me gustan más que otros. No acabo de comprar la necesidad de que el final sea positivo e imprevisible. Sí compro la idea del significado que, para mí, es ese algo que te llevas de la película, lo que permanece incluso cuando ya te has olvidado del argumento. Lo de imprevisible, también lo veo, porque lo opuesto es un final previsible que te da la sensación de guión poco trabajado. Pero no creo que siempre tenga que ser positivo, a menos que lo entendamos como algo general: el cambio que experimenta el protagonista, que le hace ver la vida de otra manera. Como último ejemplo, el final de Lo que queda del día (basada en la novela de Kazuo Ishiguro). Para no hacer mucho spoiler, solo diré que la lectura positiva es que al mayordomo (el protagonista) se le cae la venda que ha llevado en los ojos toda la vida, y que por fin ve la realidad tal y como es. Si eso lo podemos interpretar como positivo, pese a lo que le sucede (o no le sucede) justo antes, entonces estoy de acuerdo con Arndt.

Y para terminar, el final de Pequeña Miss Sunshine: así me doy el lujo de concluir el post con un insanely great ending.