Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio — Alice Munro

El título de este libro podría ser la descripción de las etapas de la relación tempestuosa de una pareja en una novela romántica: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. No lo es. Esta enumeración agrupa varios relatos de la canadiense Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) uno de los cuales se titula precisamente así.

Esta cadena de texto es, en realidad, un juego infantil. Una niña escribe su nombre y el del chico que le gusta en un papel. Después, tacha las letras que coinciden en ambos y suma las restantes. Cuenta después ese número con los dedos mientras va recitando la lista: odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Y la palabra que pronuncie al terminar de contar determinará el futuro de su relación con ese chico. Una variación con más nivel de detalle del clásico «me quiere, no me quiere» mientras se van arrancando los pétalos de una margarita. El azar, eligiendo nuestro futuro.

Y algo así encontramos en lo que le sucede a Johanna, la más bien feúcha protagonista del relato, a la que Munro describe con frases tan visuales como esta:

Sus dientes se amontonaban en la parte delantera de su boca como si estuvieran listos para pelear.

Estos brochazos sueltos —como pinceladas de un cuadro impresionista— se van repitiendo a lo largo del relato, hasta conseguir que se unan en el cerebro del lector parar formar una imagen muy precisa de Johanna, por dentro y por fuera. Es una descripción que puede sonar neutral o distante frase a frase, pero que acaba componiendo un retrato profundamente humano del personaje. Y hay humor, un humor negro pero sutil, que puede pasar desapercibido. No son grandes chistes, son toques de humor —muchas veces irónico— como la descripción de la dentadura de Johanna o lo que ella misma piensa cuando se mira en el espejo del probador de una tienda de ropa:

Al principio miró solo el traje. Estaba bien. Era su talla: la falda era más corta que las que solía ponerse, pero lo cierto es que lo que solía ponerse no se llevaba. No había ningún problema con el traje. El problema era lo que salía de él. Su cuello y su cara y el pelo y las manos grandes y las piernas gruesas.

Alice Munro: no es un sueño (fuente)

No había leído a Munro hasta ahora. Muy mal, lo sé. Pero, ah, ahora tengo casi toda su obra por leer y disfrutar. Es como cuando sueñas que encuentras una habitación secreta en tu casa, un espacio nuevo y amplio en el que —por lo que sea— no habías reparado hasta ahora y que te abre un mundo de posibilidades. Pero mucho mejor, porque Munro no es un sueño. Ahí siguen sus libros cuando te despiertas.

Tampoco he visto las películas basadas en relatos de Munro, ni la de Sarah Polley ni la de Almodóvar. Ni siquiera Hateship Loveship (2013), la protagonizada por una Kristen Wiig demasiado delgada, demasiado guapa y con una dentadura demasiado ordenada como para interpretar a la Johanna de Munro. Aunque seguro que lo hace muy bien, calculo que se necesitarían al menos dos Wiigs para llenar el traje de Johanna. ¿Por qué no respetar la descripción de la escritora, cuando es importante para la trama? Vendería menos entradas, supongo.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonioHateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage») incluye los siguientes nueve relatos:

  • «Odio, amistad, noviazgo, amor matrimonio»
  • «Puente flotante»
  • «Los muebles de la familia»
  • «Consuelo»
  • «Ortigas»
  • «Poste y viga»
  • «Lo que se recuerda»
  • «Queenie»
  • «Ver las orejas al lobo»

En estos relatos Munro trata temas recurrentes: el amor —no un amor idealizado y romántico sino algo más terrenal, más crudo y realista—, las mentiras, el azar y las oportunidades perdidas. En general, los temas se presentan en un contexto doméstico que engaña, con turbulencias bajo la una primera imagen serena, inofensiva. Y con su estilo único: no sé qué tiene pero consigue que el lector sienta las emociones que sienten sus personajes. Da la sensación de ser una persona muy sagaz y observadora, atenta a los detalles, que en su obra se van desvelando poco a poco hasta componer la foto completa, la historia que nos quiere contar.

En «Odio, amistad, noviazgo, amor matrimonio», por ejemplo, encontramos a la ya mencionada Johanna encargando el transporte de unos muebles y luego probándose trajes en la boutique de su pueblo. Quiere comprar un traje para casarse. Sabemos poco más de ella, pero poco a poco iremos recibiendo toda la información necesaria, hasta completar el puzle y llegar al sorprendente final.

Los personajes de esta colección de historias son muy humanos, con defectos, que se perciben cercanos y entrañables por el realismo de sus acciones. Defectuoso y humano es Grant, el protagonista de «Ver las orejas al lobo»The Bear Came Over the Mountain»), que se ve obligado a acompañar a Fiona, su mujer, a una clínica debido al avance implacable del Alzheimer. Ella misma es quien ha decidido su ingreso. Las normas del establecimiento exigen que los pacientes no reciban visitas durante los primeros treinta días. A su pesar, Grant respeta las reglas y vuelve solo a casa. En su tiempo a solas vamos conociendo su pasado, sus infidelidades. Cuando regresa a la clínica, se encuentra con que Fiona ha conocido a alguien.

En «Poste y viga» («Post and Beam«) conocemos a Lorna, una joven mujer casada y con hijos pequeños que, en un momento de preocupación, hace un trato o promesa mental a cambio de que no le ocurra nada a una prima, Lorna, ya que sospecha que puede haber intentado suicidarse. Cuando comprueba que Lorna está bien, se pregunta qué es lo que ha cedido, que va a tener que entregar como parte de su trato. No es salud, no es su belleza, ni sus hijos. Pero es algo terrible (que no desvelaré).

Los relatos que componen este libro son largos, de entre treinta y cincuenta páginas. Los dos comentados están narrados en primera persona, pero también utiliza la primera persona en otros. He disfrutado leyendo cada uno. Más que relatos, parecen pequeñas novelas, por lo que puede llegar a abarcar cada uno y por los sentimientos que provocan. En el caso de Grant y Fiona, por ejemplo, sientes que los has conocido toda la vida, desde el noviazgo hasta la revelación final en la clínica.

Esta cuentista canadiense ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013, el mismo año en que se retiró de la escritura. Decidió dejar de escribir porque pensó que la soledad que necesita un escritor para crear ya no le parecía tan buena idea a su edad, 81 años.

Leo que, en persona, Munro es como su prosa: «contenida, observadora, nada pretenciosa, que valora lo directo, la honestidad». Y que su risa es frecuente, alegre y subversiva. Que nació en una zona de Ontario de paisajes llanos y agrestes, de personas conservadoras y muy religiosas, como sacadas del siglo XIX. Que su padre era un granjero de zorros plateados fracasado y solitario; que su madre era más refinada pero demasiado dependiente de las normas de aquella sociedad tan estricta. Y que Alice se refugió en los libros, que le parecían mágicos. Que leyó y releyó sus favoritos, como Cumbres borrascosas. Y poco después, empezó a imaginar, a componer en su cabeza sus propias historias, similares a las que admiraba, pero cambiando el escenario por Canadá.

Después escapó a la universidad, donde estudió periodismo, se casó y cuidó a sus tres hijas, a su marido y de su casa como se esperaba de un ama de casa de la época. Y empezó a escribir:

Temía la atmósfera sofocante de la maternidad y se agarró a lo que llamaba su «doble vida»: garabatear cuando las niñas hacían la siesta; mantener las piezas cortas porque era demasiado difícil concentrarse para escribirlas largas; con sentimiento de culpa porque la escritura robaba tiempo de su familia; y odiando los suburbios de Vancouver, donde se sentía aislada de cualquier tipo de cultura de la escritura.

Ya con cuarenta años cumplidos, se divorció de su primer marido y volvió a su Ontario natal. A partir de entonces, pudo dedicarse de lleno a escribir.

Y le dio tiempo a conseguir una buena colección de premios y reconocimientos, entre ellos el Man Booker International y el Premio Nobel de Literatura (2013). Imagínate a dónde habría podido llegar con una habitación propia desde el principio.

Más información:

  • Esta página agrupa varios enlaces a relatos de Munro, en inglés.

Lord Byron y los vampiros

La semana pasada fue una de esas bien cargadas de efemérides literarias. El 23 de abril de 1616 murió Shakesperare, aunque fue un 23 de abril del calendario juliano. Con el gregoriano —el nuestro, el de ahora—, habría disfrutado de unos días más, hasta el 3 de mayo. Luego está Cervantes, que se nos fue el 22 de abril del mismo año que Shakespeare, pero fue enterrado el día 23 y nos quedamos con esa fecha para marcar el Día Internacional del Libro.

Otros dos escritores nos dejaron en una semana como esta: el poeta romántico Lord Byron, el 19 de abril de 1824. Y Bram Stoker, el 20 de abril de 1912. Hay más escritores fallecidos en estas fechas, claro. Pero hoy toca hablar de estos.

Hace 197 años que murió Lord Byron. Lo hizo, lo de morir, en Mesolongi (Grecia), a los 36 años, demasiado pronto incluso para los estándares de la época. La causa de su muerte no está clara. Sabemos que padeció unas violentas fiebres, quizás malaria, pero la sospecha es que el tratamiento elegido por sus médicos fue lo que precipitó las cosas. Porque lo que estaba de moda entonces eran las sangrías, prescritas para purgar la sangre y curar casi cualquier enfermedad, desde un simple acné hasta el cáncer. Byron se negó a que le sacaran sangre, pero al final cedió viendo que su salud no mejoraba. Y le extrajeron sangre, primero con bisturí y luego con las socorridas sanguijuelas: doce de esos bichos le acompañaron en su última noche.

La muerte de Byron dejó a sus compatriotas británicos en estado de shock. De repente, la mala fama y el odio que le habían hecho abandonar Inglaterra (debido a relaciones extramatrimoniales varias, incluyendo la sospecha de una medio incestuosa con su medio hermana Augusta) se disiparon y el cadáver de Byron fue recibido de vuelta a casa con un baño de multitudes a la altura del de Lady Di. El hecho de haber muerto luchando por la libertad de Grecia lo elevó a la categoría de héroe popular. Su féretro fue expuesto en una casa en el centro de Londres durante dos días en los que no dejaron de circular fans (conocidos —conocidas— como Byromaniacs) para darle su último adiós.

El irlandés Bram Stoker tuvo una muerte mucho más discreta. Para empezar, por la mala elección de la fecha. Porque solo cinco días antes, el 15 de abril de 1912, se había hundido el Titanic. Y la triste noticia de la muerte de Stoker (no se sabe si fue sífilis o una embolia) pasó desapercibida, en línea con el escaso reconocimiento que recibió su obra en vida.

Pero, ¿por qué estamos hablando de Byron y Stoker? Lo vemos.

Lord Byron y el Byronic hero

I awoke one morning and found myself famous.

Sí. George Gordon, Lord Byron (1788-1824) se hizo famoso de la noche a la mañana tras la publicación de Las peregrinaciones de Childe Harold, un largo poema narrativo y autobiográfico que detallaba sus experiencias durante su Grand Tour, el viaje por Europa que los jóvenes pijos aristócratas británicos realizaban como parte de su educación. Su fama fue tan grande que se dice de Byron que fue el primer rock star o celebridad de la historia. Childe Harold se publicó en cuatro partes entre 1812 y 1818. Cada vez que salía la siguiente entrega era una sensación, comparable a lo que hoy en día supone el lanzamiento de una nueva temporada de una serie muy popular, tipo Juego de Tronos.

Sin embargo, la aportación más conocida de Byron a la literatura es un tipo especial de personaje, una mezcla o aleación—porque no se distinguen las partes— compuesta de realidad y ficción, de biografía y obra. Es el Byronic hero o héroe byroniano.

Este personaje se convirtió en un éxito instantáneo. Apareció en muchas de sus obras con distintos nombres pero con rasgos recurrentes: un hombre de origen aristocrático con un pasado oscuro, distante, misterioso, inteligente, sensible, con tendencia a la melancolía y de naturaleza rebelde. Inmediatamente sus lectores asociaron estos rasgos con el autor, que se convirtió en el arquetipo de poeta romántico inglés, personificando el temperamento individualista y la subjetividad de este movimiento tanto en su poesía como en su vida.

El primer byronic hero lo encontramos en el mencionado Childe Harold (1812), pero es en Manfred (1817) cuando se muestra en todo su esplendor, con sus remordimientos, su rebeldía y su ceño muy muy fruncido.

Este personaje no surge de la nada. Sus lectores acertaban al pensar que tenía mucho del propio Byron. Se empezó a forjar en su niñez, que no fue fácil. Un defecto congénito en el tobillo derecho le produjo una cojera que le obligó a soportar muchas burlas, incluyendo las de su propia madre, que se refería a él como «lame brat» (mocoso cojo). Su padre, el capitán John Byron —conocido como “Jack el loco”— murió cuando Byron tenía solo tres años. Antes de palmarla, tuvo tiempo de influir en el desarrollo psicológico de su retoño gracias a las peleas que mantenía con su segunda esposa, Catherine Gordon. Jack se había casado por dinero, porque ella era una rica heredera escocesa, pero pronto dilapidó su fortuna en fiestas, amantes y salidas nocturnas, que es lo que le iba. Catherine no era manca. Era famosa por su temperamento, así que no se quedó callada cuando vio lo que Jack había hecho con su fortuna. Viendo el panorama, este optó por huir a Francia a seguir viviendo la vida y—aunque no debía ser su plan— también a recibir a la muerte, que se lo llevó con treinta y pocos años.

A los nueve años, Byron sufrió maltrato y abuso sexual por parte de su niñera, May Grey. Poco después, al cumplir 10 años, entra en escena el título nobiliario, ya que se convierte en el 6º Baron Byron al morir sin descendencia su tío abuelo, el quinto Barón Byron de Rochdale, conocido como «el Malvado Lord».

Todo esto fue conformando el carácter del «malo, loco y peligroso» Byron, descrito por Lady Caroline Lamb, una de sus amantes.

Sin embargo, parece que Byron creó su criatura, el byronic hero, a partir de rasgos propios, pero que también él fue adoptando rasgos de su personaje. Así lo creía Walter Scott, que en una carta decía que Byron se había «convertido en Childe Harold (Childe Harolded himself), demasiado parecido a las imágenes de su imaginación».

Hayas leído o no a Byron, seguro que conoces bien al héroe byroniano. El personaje sobrevivió a su creador y, debido a su buen recibimiento entre los lectores, fue adoptado por numerosos escritores. Aquí, algunos ejemplos:

  • Heathcliff, de Cumbres Borrascosas (Emily Brontë, 1847).
  • Edward Rochester, de Jane Eyre (Charlotte Brontë, 1847).
  • Capitan Ahab, de Moby Dick (Herman Melville, 1851).
  • Jay Gatsby, de El gran Gatsby (F. Scott Fitzgerald, 1925).

Este linaje ha continuado hasta la actualidad y lo encontramos en personajes de novelas recientes, como Severus Snape, de Harry Potter (J.K. Rowling). Siempre de negro, con un pasado oscuro que se va revelando poco a poco y sensible como él solo tras esa mirada torva.

Y, por supuesto, lo podemos ver también en la pantalla —grande o pequeña—, en versión masculina o femenina: Han Solo en Star Wars, Ellen Ripley en Alien, Deckard en Blade Runner , Batman (el de Christian Bale en El caballero oscuro el que más), Jesssica Jones o el doctor Gregory House. Este último está basado en Sherlock Holmes, dirás. Sí, pero es que Holmes encaja también en el molde de héroe byroniano. Y esa cojera…

¿Qué tendrá el héroe byroniano para que nos siga atrayendo igual que hace 200 años? Que es un ser humano imperfecto, con defectos como tú y como yo. Eso hace que lo sintamos cercano, reconocible, que entendamos sus reacciones, sus inseguridades, su miedo, sus elecciones —a veces erróneas— entre el bien y el mal.

El «Byronic look»

Lord Byron no fue siempre el tipo atractivo que hoy podemos contemplar en sus retratos. Parece que fue un poco patito feo, con tendencia a la corpulencia en su adolescencia, de acuerdo con su biógrafo Leslie Marchand. Una amiga anotó esta descripción tras verlo por primera vez en una fiesta: Byron era un «fat bashful boy, with his hair combed straight over his forehead“» Gordo, tímido y repeinado.

Byron adolescente, con cara de adolescente (fuente)

A los 18 pesaba unos 91 kilos, lo que para su estatura (1,73 m) colocaría a su señoría en una obesidad de tipo I según la OMS. Un médico le aconsejó perder peso a base de caminar a diario y de comer y beber con moderación, pero él lo llevó al extremo para acelerar el proceso. Así lo describió en una carta:

I wear seven waiscoats and a great coat, run and play cricket in this dress, till quite exhausted by excessive perspiration, use the hot bath daily […].

Siete chalecos y un abrigo. Confiemos en que de verdad se diera baños diarios como afirma, porque —leo en Google— el desodorante no se inventó hasta 1888. Su dieta consistía básicamente en patatas, vinagre y agua. Toda su vida mantuvo una relación complicada con la comida, lo que hoy llamaríamos un trastorno de la alimentación. Byron continuaba la carta orgulloso de su transformación: sus costillas eran visibles bajo la piel y le habían tenido que estrechar la ropa más de cuarenta centímetros.

Así consiguió el aspecto con el que ha pasado a la historia: delgado, con el cabello castaño rizado y la piel muy pálida, labios gruesos y bien perfilados y ojos grises. Walter Scott (sí, otra vez él) afirmó que «la belleza de Byron es tal que te hace soñar».

Byron en el retrato de Westall, el que más le hace justicia según su última amante, Teresa Guiccioli (fuente)

Los vampiros

Los vampiros: esos chupasangres poderosos e inmortales que, sin embargo, no te atacarán si estás en casa. A menos que les invites a entrar. No lo hagas y se limitarán a clavarte la mirada mientras flotan al otro lado de tu ventana, tan hambrientos como respetuosos con la propiedad privada.

Los primeros vampiros en la literatura, en el siglo XVIII, no se parecían a los actuales. Estaban basados en extraños relatos supuestamente reales, historias de campesinos oriundos de Europa Oriental que volvían de la muerte para beber la sangre de su parentela y que debían ser rematados con estacas o fuego para acabar con su maldición. Para ponerles cara, serían más parecidos a un zombi o a Nosferatu que a Lestat.

Ya en el siglo XIX, el propio Byron tocó el tema del vampirismo en su poema épico The Giaour (1813). Pero su gran contribuación al tema vino unos años más tarde, en 1816, conocido como el «año sin verano». El planeta sufrió una bajada drástica de temperaturas debido a la erupción del volcán Tambora (en Indonesia) un año antes. Las cenizas volcánicas en la estratosfera formaron una especie de velo que impedía el paso de la luz solar, enfriando y oscureciendo el hemisferio norte.

Ese verano frío y oscuro, Byron estaba en Ginebra, en una casa a orillas del lago Lemán: la Villa Diodati. El poeta había dejado Inglaterra en abril, tras el escándalo de su separación y huyendo de los rumores de su relación con su medio hermana. En junio tuvo visita, la del poeta Percy Bysshe Shelley y su novia y futura esposa, Mary Godwin, además de la hermanastra de Mary, Claire Clairmont. Byron, hipocondriaco y con tendencia a la depresión, viajaba siempre con médico personal: en esta ocasión era el Dr. John William Polidori. Los cinco estuvieron confinados en la villa durante tres días y noches de junio en los que no paró de llover. Para entretenerse, primero leyeron historias de terror y luego se les ocurrió escribirlas, en una especie de competición para ver quién escribía la historia más terrorífica. Y todo regado con generosas raciones de láudano. La obra más conocida que le debemos al Tambora es, por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Pero aquí hemos venido a hablar de vampiros: Byron empezó a escribir un cuento, el conocido como Fragment of a novel, que se publicó en 1819.

En esta historia no llegamos a ver a vampiros, pero parece ser que los habría habido en caso de que Byron hubiera acabado su obra. El protagonista, Augustus Darvell, noble y rico, muere en extrañas circunstancias en un cementerio turco y le pide a un amigo que le entierre y que siga después un misterioso ritual. Y hasta ahí puedo leer, porque no hay más.

La Villa Diodati (fuente)

Byron se negó a seguir la historia, alegando que no le interesaban los vampiros:

I have a personal dislike to “vampires”, and the little acquaintance I have with them would by no means induce me to reveal their secrets.

Pero Polidori, que además de médico era aficionado a las letras, agarró el testigo y escribió algún tiempo después El Vampiro inspirándose en la historia de Byron y, sobre todo, en el propio Byron.

La narración de Polidori se publicó en 1819, cuando el médico estaba ya de vuelta en Londres tras haber sido despedido por Byron. Su relación había sido complicada, ya que Byron —al parecer— se burlaba de las pretensiones literarias de Polidori, cosa que al médico —enamorado del poeta— le hirió en lo más profundo. Se cree que, por eso, este modeló al protagonista de su historia en Lord Byron, y no con cariño: es Lord Ruthven, un noble inglés que empieza a llamar la atención entre la alta sociedad londinense, «más notable por sus peculiaridades que por su rango». Es descrito como altivo, pálido, de ojos grises, atractivo y depravado. Es, además, un vampiro.

El nombre elegido, Ruthven, es el mismo que tiempo atrás había utilizado la ya mencionada Lady Caroline Lamb en otra venganza literaria: su novela gótica Glenarvon, protagonizada por Clarence de Ruthven, Lord Glenarvon, en quien todos sus lectores vieron un retrato de Byron.

El Vampiro se publicó en una revista, atribuido por error a Lord Byron. Tanto el poeta como Polidori se apresuraron en corregir este error, pero la historia ya estaba circulando y fue todo un éxito, impulsada por la fama de Byron y por el interés del público de la época en la novela gótica.

Y este Lord Ruthven, copia —con escaso valor literario— de aquel Augustus Darvell al que Byron no llegó a sacar de la tumba, es considerado el padre de los vampiros aristocráticos y seductores que han poblado la literatura y el cine desde entonces, incluyendo el Drácula de Stoker.

Quien sabe cómo serían los vampiros de hoy si Lord Byron no se hubiera maltratado con su dieta de patatas y vinagre, ni se hubiera empeñado en modelarse a imagen y semejanza del héroe byroniano que salió de su pluma, o si el Tambora hubiese seguido dormido aquel mes de abril de 1815.

O si no hubiera existido Hamlet, personaje que influyó mucho en la obra de Byron, incluyendo su Byronic hero. Y así volvemos al inicio, al 23 de abril de 1616.

Más información:

  • Retrato de Lord Byron con traje albanés (Thomas Philips), de la National Portrait Gallery NPG142.
  • Parece ser que se está rodando —o se va a rodar— una película basada en The Vampyre, de Polidori, prevista para 2022.
  • Aquel año sin verano, Byron escribió también Darkness, uno de sus poemas más conocidos. Aquí está traducido al español.
  • En Project Gutemberg se descargar My Recollections of Lord Byron, obra de la última mujer en la vida de Byron, la condesa Teresa Guiccioli.
  • Para quien prefiera la prosa, las cartas y diarios de Byron son una lectura muy recomendada. Muestran al Byron más de carne y hueso, al que se ocultaba tras la máscara del Byronic hero. Y es muy divertido.

Klara y el sol — Kazuo Ishiguro

Hace un par de meses escribí aquí sobre la primera novela de Kazuo Ishiguro. Hoy toca hablar de la última, Klara y el sol (Klara and the Sun, 2021), publicada hace poco más de un mes.

Como comentaba en la entrada anterior, Ishiguro es un autor que ha dejado claro que se niega a dejarse limitar por el etiquetado que el mercado requiere para hacer llegar una novela a su público objetivo: para colocarlos en los estantes donde los encontrarán. En una entrevista en el podcast de Adam Buxton, hablaba así sobre el género de ciencia ficción en el que se encuadra Klara y el sol:

Buxton: Imagino que la gente podría asumir que te gusta mucho la tecnología, especialmente ahora que has escrito un libro que, técnicamente, es de ciencia ficción, ¿verdad? Klara y el sol.

Ishiguro: Supongo, sí, supongo que se puede llamar ciencia ficción. Nadie viaja al espacio ni nada de eso, pero… Puedes llamarlo así. Pero creo que estas categorías se han vuelto muy difusas hoy en día. La ciencia ficción se ha convertido en algo muy mainstream y probablemente hay elementos de la cultura mainstream que influyen en la ciencia ficción.

Tom Gauld dando en el clavo, como siempre.

En cualquier caso, si tenemos que ponerle una etiqueta sería la de ciencia ficción blanda (soft science fiction), porque la tecnología es importante para la trama pero Ishiguro no da detalles de cómo se ha llegado a esa tecnología ni de como funciona, cosa que sí que nos contarían si estuviéramos hablando de ciencia ficción dura (hard science fiction) género en el que destacó, por poner un ejemplo, Stanislaw Lem.

Klara y el sol nos regala otro de esos narradores poco fiables que Ishiguro construye como nadie. Esta vez es Klara quien nos narra la historia en primera persona, desde su especial punto de vista. Porque Klara es una AA, una Amiga Artificial que ha sido diseñada para cuidar y acompañar a niños. Cuando conocemos a Klara, está aún en la tienda, contemplando el trozo de mundo que puede ver desde el escaparate mientras espera a ser elegida por los niños que, acompañados de sus padres, pasan por allí.

Cuando Rosa y yo éramos nuevas, nos colocaron en la parte central de la tienda, junto a la mesa de las revistas, y eso nos permitía tener vistas a través de más de la mitad del escaparate. De modo que veíamos el exterior: los empleados de las oficinas siempre con prisas, los taxis, los corredores, los turistas, Mendigo y su perro, la parte inferior del edificio RPO.

Por lo que vamos sabiendo de ella, Klara tiene el aspecto exterior de una niña humana. Por dentro es una máquina, un robot dotado de una tecnología que le permite aprender de lo que percibe y vive cada día.

Klara podría ser algo así, pero sin los engranajes a la vista (Fuente).

Esta característica de aprendizaje continuo, hace que Klara y el sol se pueda leer como una bildungsroman o novela de formación como Jane Eyre, por poner un ejemplo. La versión de Klara que vemos al inicio de la novela es muy infantil: muy observadora, disfrutando de cada nuevo descubrimiento como lo hacen los niños pequeños. Pero en cuanto empieza a convivir con una familia su aprendizaje de lo que significa ser humano acelera su paso a una adolescencia que vendrá seguida de una etapa de madurez, en la que seguro que superaría el test de Turing.

Este aprendizaje puede chocarnos cuando vemos que Klara es una enciclopedia andante, ya que puede ayudar a los niños con los que convive con sus deberes, incluyendo los problemas más complejos de física. Pero donde tiene carencias en su estado inicial —de fábrica— es en la parte emocional, en la lectura que hace de los seres humanos.

Un detalle importante es que la narración de Klara está formada por sus recuerdos de los eventos que describe. La memoria, ese tema al que Ishiguro vuelve una y otra vez, es aquí el elemento que determina cómo se narra esta historia, cómo se van desvelando los detalles que los lectores vamos ensamblando para montar el puzle final.

Klara y el sol me ha recordado mucho a Nunca me abandones (2005) debido a que ambas comparten un transcendental tema de fondo: qué es, qué significa ser humano. Además, las dos están situadas en un punto de futuro no especificado, pero que no parece demasiado lejano, lo que hace que ambas historias nos toquen, porque lo que sucede nos parece creíble, realista. Porque en casi todas las casas tenemos ya muy cerca al embrión de Klara, ya sea Alexa, Siri, Cortana o Google.

Sin embargo, Klara y el sol tiene un tono muy distinto al de Nunca me abandones. Aunque partan de la misma cuestión, el camino que toman es muy diferente. Para empezar, por la visión sesgada de la protagonista, que mira con curiosidad a los humanos y trata de interpretar lo que ve desde ese cerebro artificial que va descifrando y comprendiendo cada vez más. Y, a la vez que aprende, nos va desvelando detalles de la trama, poco a poco, de manera que el lector hace también ese viaje con Klara.

Esta visión sesgada es otra característica de los narradores de Ishiguro, outsiders que aportan ese peculiar punto de vista, como el mayordomo con rasgos autistas en el mundo de los aristócratas nazis de Lo que queda del día, o el anciano pintor japonés de Un artista del mundo flotante, que se especializó en arte de propaganda para el Imperio y que se encuentra perdido en un Japón que se está reconstruyendo tras la guerra.

Como en el resto de su obra, en Klara y el sol podemos disfrutar de la prosa precisa y aparentemente simple de Ishiguro. La sencillez del lenguaje viene aquí casi impuesta por la trama, puesto que Klara es un robot pero es también una niña (en lo que respecta a su conocimiento de la humanidad) y su vocabulario lo demuestra. Es una novela no muy larga, de poco más de 300 páginas, que engancha desde la primera página. Como he comentado antes, no es ciencia ficción dura, al contrario. Es tan sutil que se puede leer como una alegoría o un cuento. Bebe sin duda de Pinocho y recuerda a historias más cercanas en el tiempo, como Toy Story o Wall-e. Ishiguro, en una entrevista en The Guardian, afirmó que empezó a escribirla como un cuento infantil:

Pensé que encajaría con uno de esos preciosos libros ilustrados. Se lo describí a Naomi [su hija] y me miró impertérrita y dijo: «No puedes dar a niños pequeños una historia como esa. Los traumatizarías».

Así que, por suerte para los adultos y para los niños, acabó escribiendo la historia para lectores talluditos.

Una parte de la novela, cuando las cosas se tuercen, me hizo pensar en este cuadro: El mundo de Christina (1948) de Andrew Wyeth.

Porque sí, debajo de esa aparente sencillez se encuentran temas mucho oscuros que se van revelando poco a poco. Esa oscuridad (de la que no daré detalles, hay que llegar a la novela sabiendo tan poco como Klara al inicio), esa sensación de catástrofe inminente, se hace más evidente por el contraste con la voz inocente y dulce de la narradora.

El libro, por si no ha quedado claro, me ha encantado. Todo, desde la portada —la edición en inglés de Faber, obra de Peter Adlington, es como para enmarcarla— hasta la última palabra (away, que la puedo decir sin spoilear nada). Si no has leído a Ishiguro, esta es una buena historia para empezar.

  • Leer una gran novela de esas que te hace reflexionar sobre la vida, lo que nos hace humanos, la mortalidad y la fuerza redentora del amor.

  • Conocer a Klara. Solo por eso ya vale la pena.

  • Ver el mundo a través de los ojos de un robot, que procesa lo que ve en una especie de «cajas» cuyo contenido va uniendo y descifrando.

Más información:

  • Breve entrevista (en inglés) a Kazuo Ishiguro sobre la publicación de Klara y el sol. El escritor habla aquí —con humor— del uso que hace de las categorías literarias, una estrategia le permite escribir y reescribir una y otra vez la misma novela mientras sus lectores piensan en lo valiente que es explorando nuevos géneros. Y se ve un pedazo de lo que debe ser su casa, que siempre es un plus.
  • En otra entrevista en el podcast How to Fail (inglés también), Ishiguro comenta la gran importancia de Lorna, su mujer, en su carrera literaria. Lorna es la primera lectora y editora de sus obras y, a menudo, incluso proporciona las ideas. Junto a ella, su hija Naomi (también escritora) componen el equipo que no tiene reparos en decirle al Nobel que algo no acaba de estar bien. Su crítica de la primera versión de Klara y el sol hizo que Ishiguro dedicara cuatro meses más al manuscrito antes de darlo por bueno.

Un amor — Sara Mesa

No he leído la novela Un amor (2020) de Sara Mesa. La he escuchado, con una prueba gratuita de Audible.

Tengo sentimientos encontrados con esto de los audiolibros. Escuchar un libro, ¿equivale a leerlo? ¿Sentiré que me estoy engañando si lo marco como leído en Goodreads? Si nos ponemos literales, como mucho debería poder marcarlo como escuchado en una página que se llamara Goodlistenings. Pero si pensamos en el fin y no en los medios, lo que me quedará al final, pasado un tiempo —una vez olvidados los detalles—, son las sensaciones que me ha producido este libro, que tal vez no serían muy diferentes si lo hubiera leído.

Lo narra Marta Martín con una voz muy agradable que dramatiza un poco los diálogos, cambiando a un tono grave y —a menudo— chulesco cuando lee lo que dicen los hombres.

Tengo bastante claro que no seguiré con Audible. Al menos, no por ahora —nunca digas nunca—. Creo que es una excelente opción para personas que no pueden —o tienen dificultades para— leer (por el motivo que sea) o para poder seguir leyendo mientras conduces, viajas en transporte público, haces ejercicio, etc. Lo que pasa es que esos huecos yo ya los tengo llenos de podcasts. Y cuando leo, me gusta solo leer, sea un libro de papel o electrónico (cada vez más de estos últimos).

Para mí, una desventaja de los audiolibros es que la lectura es demasiado homogénea, lineal, lenta. Este libro han sido cinco horas y pico para mí y serán cinco horas y pico para ti —salvo que utilices la opción de acelerar o ralentizar la narración, que se puede, pero con un efecto bastante cómico que igual te distrae de lo que te están contando—. Sin embargo, cuando leo el texto, voy decidiendo en qué párrafos o diálogos pararme y en cuáles quiero ir más deprisa, o cuando quiero volver atrás para releer algo.

La otra gran desventaja —para mí— es que me despisto mucho más cuando escucho. Como decía, soy muy fan del mundo del podcast, pero escuchar un episodio de cualquier programa requiere mucha menos concentración. Normalmente no pasa nada si te ausentas unos minutos, te reenganchas fácil. Con el libro, te puedes estar perdiendo una revelación crucial. Y, aunque he celebrado mucho que exista el botón de retroceder 30 segundos, me resulta más fácil releer párrafos que reescucharlos. Aunque, como tantas cosas en la vida, supongo que también será cuestión de práctica.

Un amor (2020)

Pero estamos aquí para hablar de Un amor, de Sara Mesa. Esta novela me pareció buena candidata para la prueba de Audible por su tamaño compacto (5 horas y 33 minutos a velocidad normal), por su buenas críticas en el mundo bloguero, y porque a principios de mes había leído la noticia de que era la ganadora del Premio Las Librerías Recomiendan 2021 (premio este que, a su vez, se merece el premio al premio con nombre más autoexplicativo). Vamos, que le tenía ganas al libro.

¿De qué va? Nos cuenta la historia de Natalia, Nat, una treintañera urbana que decide irse a vivir a La Escapa, una pedanía rural. Ha alquilado una casa en la que estará sola y se podrá dedicar a su nuevo trabajo de traductora literaria. Nat está escapando de algo (el nombre del pueblo ficticio no está elegido al azar, no), de un pequeño robo que cometió en la empresa en la que trabajaba. No conoceremos los detalles, solo el resultado de esa acción, ese autoexilio campestre que, ya desde la primera frase del libro, no parece tan bucólico como se imaginaba:

Al hacerse de noche es cuando cae el peso sobre ella, tan grande que tiene que sentarse para coger aliento.

Nat elige La Escapa, el campo, por un tema económico. Ha descartado irse a una población costera porque los alquileres son más elevados y no se lo puede permitir.

La novela está narrada en tercera persona, pero con un estilo indirecto libre que es casi un monólogo interior en muchos pasajes de la novela. Desde ese lugar privilegiado, la mirada de Nat, la novela nos sumerge en la atmósfera opresiva de ese entorno rural que, a través de sus habitantes, deja bien claro que ella es una intrusa. Se palpa esa sensación de los westerns, del momento en que el forastero entra en el saloon e inmediatamente la pianola se detiene, todos callan, todos los ojos se clavan en el Clint Eastwood de turno.

Solo que Nat no es Clint Eastwood. Ella no está ahí para imponerse, quiere entender y ser entendida. Encajar, dejar de ser una forastera.

El rasgo que más me ha llamado la atención de esta novela es su juego con el lenguaje, con el significado de las cosas. Con la interpretación de lo que sucede por parte de Nat, que es siempre consciente de que hay otras posibles interpretaciones y que quizás no está entendiendo bien lo que captan sus sentidos. Nat está constantemente interpretando, traduciendo, modulando su discurso, reajustando sus palabras… Esto refuerza la sensación de alienación y nos traslada su ansiedad por ese sentimiento de no ser bien acogida. Le ocurre incluso cuando nadie la está escuchando:

Carraspea y llama con timidez. De pronto se da cuenta de que no conoce el verdadero nombre del alemán. Asoma la cabeza, dice hay alguien ahí, pero suena más bien como si lo afirmara, no como una pregunta. Su voz, de hecho, no parece su voz, suena postiza, como si estuviese leyendo el papel de una obra.

Nat es una mujer joven de ciudad que no se acaba de entender con esos habitantes de campo —y mayoritariamente masculinos y machistas, condescendientes— que parecen hablar otra lengua. Y no, tampoco es casual que su trabajo sea el de traductora.

La ambigüedad de sus relaciones y de las situaciones que vive, como resultado de esos problemas de comunicación, contribuye a crear esa atmósfera turbia, malsana que te envuelve como si estuvieras ahí, junto a Nat (o dentro de ella, aunque no con el significado que encontramos en la novela).

Esta ambigüedad se pone de relieve hasta en las relaciones más cercanas, como la que tiene con Píter (sí, con i), el hippie, la persona con la que conecta al poco tiempo de llegar a La Escapa y que se convierte en un amigo extraño, en quien Nat no sabe si puede confiar.

Le ocurre incluso con Sieso, el perro que su casero le regala, un animal desconfiado como la propia Nat: ambos comparten un pasado que les hace ser como son. Pensé en la película Lost in Translation (2003): si Sieso y Nat no acabarían siendo como Bill Murray y Scarlett Johansson, dos personajes aislados encontrando una conexión. Pero Sieso —bautizado así por Nat— poco puede ayudar, viene con sus propios problemas de comunicación.

Sara Mesa (fuente)

Pronto te das cuenta de que la cerrada comunidad local de La Escapa no tiene la culpa de todo lo que le ocurre a Nat. La mayor parte de sus problemas los crea ella misma, debido a la interpretación que hace de lo que sucede a su alrededor:

Entre todas las interpretaciones posibles, Nat siempre escoge la peor. Ni siquiera cuando se convence de que sus ideas carecen de sentido está a salvo. Cualquier variación, cualquier matiz que no hubiese previsto —por mínimo o lejano que sea—, consigue que se tambalee.

De esta manera, la huida de Nat se complica. El viaje, la mudanza de la ciudad al campo, se convierte en un viaje interior mucho más trascendente.

Y quizás te preguntes donde está el amor del título. No te lo voy a decir. Solo debes saber lo que ya habrás intuido: que no es una novela romántica. Creo que el título nos permite llegar a jugar con el significado como lo haría la propia Nat: nos hablan de «un amor», uno, no «el amor». Un tipo de amor, que puede encajar con una de las acepciones de la RAE: «sentimiento intenso del ser humano que, partiendo de su propia insuficiencia, necesita y busca el encuentro y unión con otro ser». O que puede ser otra cosa.

Este es el primer libro que he leído de Sara Mesa (Madrid, 1976) y lo he disfrutado. Es una novela introspectiva de ritmo ágil y muy bien escrita, con un lenguaje sencillo que oculta una precisión matemática que nos lleva a sentir una cierta claustrofobia y las ganas, frecuentemente, de coger a Nat por los hombros y pedirle que se imponga, o que se vaya, o que se deje de darle tantas vueltas a las cosas, o que haga algo, lo que sea, para salir de esa situación. Vamos, que lo vives.

  • Una reflexión sobre el lenguaje y la comunicación: lo que decimos, lo que no decimos y las múltiples interpretaciones que se pueden dar, incluso desde un único punto de vista.
  • Un buen ejemplo de cómo crear atmósfera y un suspense de ese que te hace girar páginas a toda velocidad (o acelerar la narración del audiolibro) mediante elementos cotidianos que podrían pasar casi desapercibidos para una mirada menos curiosa, incisiva y analítica que la de Sara Mesa.

Más información:

Emily Dickinson — Big my Secret

Emily Dickinson (1830-1886) nació, vivió y murió en Amherst, Massachusetts. Si en su época hubiera existido la cronología de Google, esa inquietante herramienta que nos señala dónde hemos estado —y no estado— cada mes, la de Dickinson habría mostrado una imagen muy parecida a la de casi cualquier persona durante nuestro reciente confinamiento pandémico: una procesión de plantas rodadoras del desierto.

Hija de un abogado y político con pedigrí, tuvo una infancia privilegiada. Asistió a la Amherst Academy, un colegio del que su padre era uno de los fundadores. Al acabar, prosiguió sus estudios en el prestigioso seminario femenino de Mount Holyoke, a diez millas de su casa. Sin embargo, abandonó los estudios antes de acabar el año escolar. Se cree que lo hizo debido a una mezcla de morriña y del malestar que le daba el exceso de piedad cristiana del establecimiento calvinista.

La estancia en Mount Holyoke fue, junto con un par de viajes a Boston y a Washington, la excepción a esa escasa cronología que primero se limitó a Amherts y poco a poco se fue reduciendo hasta que acabó prácticamente recluida en su habitación, por decisión propia.

La imagen tradicional de Emily Dickinson es la de una especie de beata vestida de blanco, una mujer frágil, menuda, sombría y un poco lunática que escribía sus poemas recluida en su casa en un pueblo de Massachusetts. Sin embargo, en cuanto lees sus poemas comienzas a cuestionarte esa imagen. Porque esa mujer sabía de sentimientos, de lo que significa ser humana —como solo una persona que ha vivido, amado y sufrido puede saber—.

Imagen de la visita virtual de la habitación de Dickinson, con su vestido blanco posando en el centro (Fuente)

He dicho antes que tuvo una infancia privilegiada, y la tuvo, pero no tanto como si hubiera nacido hombre. Si la comparamos con un colega escritor coetáneo, salen a la luz las diferencias. Pensemos, por ejemplo, en Henry David Thoreau (1817-1862), oriundo de Concord, un pueblo de Massachusetts situado a poco más de 100 km de Amherst.

Thoreau eligió también el camino de la soledad, aunque fue una soledad más selectiva. Y mucho más guay. Más cool. A los 35 años, su amigo (y también escritor) Ralph Waldo Emerson le regaló un terreno junto al estanque de Walden en el que Thoreau construyó una cabaña de unos quince metros cuadrados. Allí pasó dos años, dos meses y dos días. Pero no estaba aislado: su cabaña estaba cerca de la ciudad, con un par de sillas siempre listas para los amiguetes que se presentaban a visitarle a menudo. Él se desplazaba a la ciudad con frecuencia, para acudir a comidas o cenas, e incluso organizaba alguna que otra fiesta en su cabaña.

No existe ninguna duda de que Thoreau se fue voluntariamente a su cabaña. Ni de que la abandonó cuando se le antojó. Los motivos tras el encierro de Emily Dickinson son más oscuros: ¿cuánto hubo de voluntario, de rebeldía y de decisión personal acerca de cómo vivir su vida y cuánto de forzoso, de verse obligada a cumplir con sus deberes domésticos por su condición de hija soltera? Se ha especulado con la posibilidad de que sufriera alguna enfermedad (epilepsia, agorafobia, depresión) que justificara su aislamiento.

No podemos saber la respuesta con certeza, pero está claro que Thoreau no tenía las mismas limitaciones, simplemente por haber nacido hombre. A Emily Dickinson le tocó cuidar de su madre—junto con su hermana Lavinia, Vinnie— durante décadas, además de llevar a cabo labores domésticas.

Un punto y aparte merece esto de las labores domésticas de las mujeres a mediados del siglo XIX. Hay que ponerse en contexto: cocina, lavado de ropa, costura, limpieza, cuidado de animales y huertos, cocina, niños… Piensa solo en la ropa, en lo que hoy hacemos pulsando un botón de la lavadora. La ropa sucia se dejaba horas en remojo con agua y jabón. Después, se usaba agua hirviendo y el ama de casa removía la ropa con un palo de madera durante un buen rato. Luego tocaba escurrir y colgar la ropa. Por último, se quitaban las arrugas con pesadas planchas calientes. Esta tarea podía consumir un día entero de intenso trabajo. Aífe Murray, una de las académicas que ha investigado los enigmas de Emily Dickinson, sugiere que existe correlación entre los años más prolíficos de la poeta y la presencia de la sirvienta Margaret O’Brien, que trabajaba junto a las mujeres de la casa en el hogar de los Dickinson. Dejó el hogar para casarse, en 1865, lo que tuvo impacto negativo en la producción poética de Emily, que siguió escribiendo pero de manera más esporádica y utilizando cualquier pedazo de papel (sobres, envolturas de chocolate) en lugar de los cuidados cuadernitos que había preparado hasta entonces.

Es posible que huyera de la sociedad para dedicar el tiempo que le quedaba entre tarea y tarea a su pasión de escribir. Quizás había encontrado lo que Virginia Woolf llamó tiempo después Una habitación propia, ese —tan necesario— espacio físico y mental para poder desarrollar su talento literario.

Pero es solo una hipótesis, lo cierto es que no sabemos por qué eligió el aislamiento en sus madurez. Su juventud fue muy normal, rodeada de familia y amigos, asistiendo a fiestas, paseando horas y horas por Amherst junto a su perro Carlo, hasta que este murió a los 17 años, en 1866. En 1867 empezó a negarse a ver a las visitas, hablando tras una puerta cerrada. Salía ya poco de casa y las escasas veces que alguien la veía era ya con ese vestido blanco que se hizo famoso entre los vecinos, que se referían a ella como «el Mito».

Lo que sí sabemos es que su poesía, escrita en pequeños trozos de papel en la diminuta mesa que usaba como escritorio, es asombrosa, única. Emily Dickinson es considerada una de las grandes poetas en lengua inglesa, junto con Walt Whitman.

Fue también muy prolífica. Aunque no publicó más que once en vida, escribió la friolera de 1775 poemas. Su hermana Vinnie encontró la mayor parte tras su muerte, cuidadosamente copiados en páginas cosidas a mano para formar pequeños cuadernos. Es a Vinnie a quien debemos el placer de poder leer hoy los poemas de su hermana: los encontró cuando se disponía a buscar los papeles personales de Emily, ya que esta le había pedido que los quemara a su muerte. Vinnie tuvo la sensatez de quemar sus cartas y conservar los poemas.

Emily Dickinson en la pantalla

La obra de Dickinson, adelantada a su tiempo por su forma y su contenido, ha ido ganando adeptos con el tiempo. Para empezar, porque no se publicó una colección completa y precisa de sus poemas hasta 1955, debido a desavenencias entre Vinnie y las dos personas que eligió para que le ayudaran a editarlos: Susan Dickinson y Mabel Todd, esposa y la amante de su hermano Austin.

Recientemente hemos podido disfrutar de tres producciones que están contribuyendo a desterrar esa falsa imagen de Eleanor Rigby (la que guarda su cara en una jarra junto a la puerta). En las tres se pone de relieve su inteligencia, fuerte carácter, su sentido del humor, su imaginación desbordante y su perseverancia para elegir su camino, dentro de los límites que la tradición y la sociedad le marcaba. Se revisa también su relación con la persona que se especula que fue el amor de su vida, su amiga y luego cuñada Susan Huntington Gilbert.

  • A Quiet Passion (Historia de una pasión, 2016). Dirigida y escrita por Terence Davies, con Cynthia Nixon en el papel de Dickinson, esta cinta es la que trata de acercarse más a la biografía real de la poeta. Empezando por el color de pelo: Emily Dickinson era pelirroja. Nixon la interpreta como una persona muy ingeniosa, irónica y a veces sarcástica.
  • Dickinson (2019). La serie de Apple TV nos presenta a Hailee Steinfeld (la niña de las trenzas en True Grit) en el papel de una Emily Dickinson inteligente, excéntrica y divertida que busca acercarnos al mundo imaginativo de la poeta. Su expresión facial—esos ojos tan abiertos , la barbilla levantada en actitud de desafío o determinación—me recuerda mucho a Megan Follows, la actriz que fue Anne Shirley en la serie Anne de las tejas verdes (1985). A mí la serie no me vuelve loca, es un producto sin duda dirigido a una audiencia más joven. No soy su target. Pero sale Jane Krakowski, que siempre me divierte muchísimo.
  • Wild Nights with Emily (2018). Aún no he tenido oportunidad de ver esta película de Madeleine Olnek con Molly Shannon en el papel protagonista. Pero tiene buena pinta, es una comedia que se centra en la relación de Emily y Susan.

La poesía de Emily Dickinson

La muerte, la inmortalidad y el amor son sus temas principales, que en su poesía explora utilizando metáforas muy visuales e impactantes, con elementos de la naturaleza, muchas veces en fuerte contraste con la gravedad del tema tratado, como en el que transcribo aquí (I heard a Fly buzz—when I died), uno de los más populares.

He mantenido los guiones y las mayúsculas en la traducción, para intentar conservar el énfasis y lo que quiera que representen esas rayas (pausas, respiraciones, efectos visuales; como Dickinson no nos lo explicó, eso queda entre el poema y su lector/a). Eliminar los guiones supone descartar uno de los rasgos más característicos de su poesía.

I heard a Fly buzz– when I died–
The Stillness in the Room
Was like the Stillness in the Air –
Between the Heaves of Storm–

The Eyes around– had wrung them dry–
And Breaths were gathering firm
For that last Onset– when the King
Be witnessed– in the Room–

I willed my Keepsakes– Signed away
What portions of me be
Assignable– and then it was
There interposed a Fly–

With Blue– uncertain– stumbling Buzz–
Between the light– and me –
And then the Windows failed – and then
I could not see to see–

Oí zumbar una Mosca —al morir—
La Calma de la Habitación
Era como la Calma en el Aire —
Entre las Embestidas de una Tormenta —

Alrededor los Ojos –habían apurado el llanto—
Y los Alientos iban recobrando firmeza
para ese último Inicio –cuando el Rey
Sería visto –en la Habitación–

Había legado mis Recuerdos –entregado
Cada porción de mí que fuera
Transferible –y fue entonces cuando
Se interpuso allí una Mosca –

Con un zumbido Azul –incierto– vacilante
Entre la luz –y yo–
Y luego las Ventanas fallaron —y luego
No pude ver para ver–

Manuscrito de Emily Dickinson con la primera estrofa del poema (Fuente)

La escritura de Dickinson destaca por su precisión, por elegir las palabras justas, cargadas de un poder verbal impactante. Vemos aquí el contraste entre el drama de una defunción—narrada en primera persona por la persona que acaba de morir—y la imagen mundana de esa mosca, que nos hace pensar también en un cuerpo en descomposición. El insecto cuestiona, además, esa aparición anunciada dos estrofas antes del Rey (¿Qué rey? ¿Dios?¿La muerte?), porque lo último que ve la narradora es la mosca zumbando entre ella y la luz, justo antes de enfrentarse a una oscuridad absoluta (I could not see to see—).

Ese contrate entre lo trivial y lo trascendental está contenido ya en el primer verso: I heard a Fly buzz– when I died–, empieza con ese molesto y familiar zumbido e inmediatamente nos golpea (en la boca del estómago, donde habitan las emociones) con la noticia de que la narradora está muerta.

¿Qué nos quiere decir? Yo veo ironía aquí, en esa yuxtaposición entre la mosca y ese Rey de ultratumba, porque el humor es una constante en la poesía y en las cartas de Emily Dickinson. Pero tú puedes ver otra cosa. Los acertijos y enigmas son característicos de su obra, como ella misma lo dijo en otro poema (Rearrange a ‘Wife’s’ affection!):

Big my Secret but it’s bandaged

It will never get away

Es grande mi secreto, pero está amordazado y nunca se escapará. Y así es.

Más información:

  • Biografía de Emily Dickinson en la web del museo de su casa de Amherst (en inglés).
  • Artículo en The Guardian sobre la biógrafa Lyndall Gordon, que asegura haber encontrado pistas en la obra y vida de Dickinson que apuntan a la epilepsia como motivo de su aislamiento (en inglés).
  • Características de la obra de Emily Dickinson y análisis y traducción al español de siete poemas.
  • Poemas de Emily Dickinson (en inglés).
  • Big my Secret, pieza compuesta por Michael Nyman para la banda sonora de El Piano (Jane Campion, 1993). Nyman tituló varias de sus composiciones para esta película con versos de Dickinson.

Talking Heads, la serie

He leído esta semana la noticia de que un comprador anónimo adquirió un pequeño cuenco en un mercadillo que ha resultado ser una pieza de la dinastía Ming.

Le costó 35 dólares. Se va a subastar en Sotheby’s de Nueva York y se ha estimado que puede alcanzar los 500.000 dólares.

¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza al leer esto? Yo solo pienso en el vendedor. En esa persona que colocó este bol en un tenderete frente a su casa (tras sacarlo de su aparador, o de su cocina, de la casa de su difunta abuela) y lo vendió por esos 35 dólares. No es una cantidad despreciable. Casi 30 € al cambio para un cuenco de segunda mano del tamaño de un bol de cereales. El tipo debió pensar que valía algo, o porque parecía antiguo y bonito, o quizás tenía valor sentimental porque lo heredó de su abuela. Porque no lo regaló. Tal vez pensó, después de coger el dinero y entregar el cuenco, que había hecho un buen negocio. Que cada vez se le daban mejor eso del mercadeo de trastos viejos.

Porque sabemos, además, que el comprador no se molestó en regatear. Pagó, se fue con su cuenco a casa, le hizo unas fotos y las envió directamente a Sotheby’s, ya que esa tinta azul y ese diseño floral le hicieron pensar que quizás había hecho la mejor compra de su vida.

El cuenco en cuestión. Tienen que ser de pulso firme, estos de Sotheby’s.

Tiempo después, cuando el vendedor ya ni debía recordar en qué había gastado esos 35 dólares, escuchó o vio la noticia por ahí. O peor, algún familiar o amigo la leyó en la pantalla de su móvil y le dijo «oye, ¿tú no tenías un cuenco como este?», señalando la foto del objeto en manos del empleado de Sotheby’s. Imagina el calor que debió sentir en la cara, la sensación de opresión en la boca del estómago. El cerebro intentando negar que fuera su cuenco—si será por cuencos en Estados Unidos—, las manos arrebatando el móvil a quien se lo enseñaba, los ojos buscando evidencias en el texto, saltando de párrafo en párrafo, hasta leer el lugar donde había sido comprado: New Haven, Connecticut. En un mercadillo de garaje: su garaje.

Lo que me hizo pensar en un capítulo de Talking Heads.

Talking Heads, escrita por Alan Bennett

Talking Heads es una serie de monólogos escritos para la TV por el dramaturgo y novelista inglés Alan Bennett (Leeds, 1934).

La serie se emitió originalmente en la BBC en 1988. Diez años más tarde, en el 98, se emitió la segunda temporada.

En 2020 se grabó y emitió la tercera temporada, diez remakes de los episodios originales y dos episodios adicionales que Bennett escribió en 2019. Parece que el confinamiento dio la idea a los productores, ya que cada episodio es un monólogo, con lo que resultaba viable rodarla cumpliendo con las restricciones impuestas por el gobierno debido a la crisis sanitaria. Cada actor o actriz rodó su episodio con un pequeño equipo de rodaje en los decorados temporalmente abandonados de la telenovela británica EastEnders.

En cada episodio, de entre 30 y 40 minutos, vemos cómo su protagonista se va dejando conocer poco a poco, a través de los detalles de su vida con los que va salpicando su narración de hechos cotidianos. En todas las historias hay toques de humor e ironía, aunque en algunas de ellas hay giros que hacen que la sonrisa se acabe retorciendo en un gesto de espanto.

El punto de partida de la serie es precisamente ese: los secretos oscuros que la gente común puede ocultar tras una fachada de lo más normalucha y respetable.

La serie ha contado con un reparto espléndido: Jodie Comer, Monica Dolan, Martin Freeman, Tasmin Greig, Sarah Lancashire, Leslie Manville, Lucian Msamati, Maxine Peake, Rochenda Sandall, Kristin Scott Thomas, Imelda Staunton y Harriet Walter.

Todos valen la pena, pero hablaré del que ya he destripado con la historia del cuenco. En «The Hand of God» («La mano de Dios», sin ninguna relación con el mundo del fútbol), Kristin Scott Thomas es Celia, una anticuaria muy pagada de sí misma que desvela sus estrategias para conseguir muebles y objetos a buen precio. Básicamente es un ave carroñera que revolotea alrededor de las casas de frágiles ancianos pudientes, haciéndose amiga de ellos con el único objetivo de estar cerca cuando mueran y ofrecer ayuda a sus herederos para vaciar su casa de muebles y enseres varios pagando por ellos un módico precio.

Sin embargo, no siempre le sale bien. La última difunta, poseedora de una colección de antigüedades que hacían babear a Celia, legó sus bienes a una pariente lejana que no quiso venderle los muebles. No obstante, en agradecimiento por el cariño que demostró por la finada, le regaló una caja con unas cuantas baratijas.

Lo que viene a continuación te lo puedes imaginar: pone las baratijas a la venta y resulta que una de ellas vale mucho. Muchísimo más de lo que la altiva, ufana y supuestamente experta anticuaria había pedido por ella.

La cara de Kristin Scott Thomas cuando se entera lo dice todo.

En resumen, la serie vale la pena. Aunque las historias originales son de los 80 y 90, creo que son temas que mantienen aún hoy el interés y, en algunos casos, la sorpresa cuando se revela el lado oculto del personaje. Volver a rescatar justo ahora—en estos tiempos de confinamiento—estas historias de personajes que hablan a la cámara desde la soledad, entre las cuatro paredes de sus casas, hace que el espectador sienta mucho más cerca las historias que nos cuentan. Todo un acierto de la BBC.

Talking Heads está disponible en España en Filmin.

PD: quizás has llegado a esta entrada creyendo que hablaría de Talking Heads, el grupo. No pensaba hacerlo, pero, para no decepcionar a nadie, dejo aquí un enlace a Reasons to be cheerful (Razones para estar contentos), la página web con buenas noticias que David Byrne (líder de Talking Heads) creo para contrarrestar el efecto negativo de las noticias a las que estamos expuestos todos los días. Y la idea se le ocurrió en septiembre de 2019, en la era precoronavirus. Un visionario. Al contrario que el tipo que vendió el cuenco chino.

Más información:

  • Imágenes detalladas del cuenco de la dinastía Ming en la web de Sotheby’s, por si quieres comprobar si tienes uno igual.
  • Imagen destacada de Talking Heads de Amazon.

Pálida luz en las colinas – Kazuo Ishiguro

Pálida luz en las colinas (A Pale View of Hills, 1982) es la ópera prima de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) ese británico de origen japonés a quien Internet dio estopa tras la publicación de su última (hasta ahora) novela El gigante enterrado en 2015.

Con ese libro tuvo un problema con el género literario. En una entrevista, se le ocurrió decir en voz alta algo quizás demasiado abierto a interpretaciones. Eso generó una respuesta de la gran escritora de literatura fantástica Ursula K. Le Guin en su blog, a la que Ishiguro replicó en otra entrevista, a la que Le Guin replicó, etc. Lo reproduzco en forma de diálogo (con una traducción bastante libre):

ISHIGURO (acariciándose la barbilla, pensativo) ¿Me seguirán los lectores con esta obra? ¿Entenderán lo que estoy intentando hacer, o tendrán prejuicios por los elementos superficiales? ¿Van a decir que esto es fantasía?

LE GUIN (ofendida) Pues sí, probablemente lo dirán. ¿Por qué no? Suena como si le pareciera a usted un insulto la palabra fantasía.

ISHIGURO (estupefacto) Tiene usted derecho a que le guste o no mi libro, pero por lo que a mí respecta la ha tomado con la persona equivocada. Yo estoy en el bando de los ogros y las hadas.

LE GUIN (condescendiente) Lo siento si he dicho algo hiriente al responder precipitadamente a su pregunta «¿Pensarán que esto es fantasía?». Aún no consigo entender el porqué de esa pregunta.

Del lado de Le Guin, que afirmó también que leer el libro le había parecido «doloroso», se posicionaron los más fieles seguidores del género de la fantasía, que criticaron lo que veían como un desplante por parte de Ishiguro. La crítica favoreció al británico, que dos años más tarde se llevó el Premio Nobel de literatura.

La lámpara de la Academia Sueca posa junto a Kazuo Ishiguro (Fuente)

Como lectora empedernida de «cosas que me apetece leer«, desde la etiqueta de un champú en el baño hasta Anna Karenina, sin haber descartado nunca una obra por su género, estoy más bien del lado de Ishiguro, que respondía así a Neil Gaiman en una conversación con esta polémica de fondo:

No tengo ningún problema con las categorías [de los libros], pero no creo que sean útiles para nadie excepto para los editores y las librerías.

Creo que da en el clavo con el problema aquí. Si a un lector empedernido de literatura fantástica se le vende El gigante enterrado como una novela de género fantástico, se sulfurará y la tomará con el escritor, cuando—quizás— debería tomarla con la persona que decidió ponerle una etiqueta a la novela.

Ni siquiera pensaba en El gigante enterrado como una novela de fantasía. ¡Lo único que quería era que tuviera ogros!

Algo parecido podría haber pasado años antes con una de sus obras maestras, Nunca me abandones (2005), vendida como una novela distópica, de ciencia ficción. Pero parece que los lectores de ciencia ficción están (estamo) más acostumbrados a la mezcla de géneros. O que el escritor no se cuestionó en público si sus lectores le seguirían al contener su novela elementos superficiales de ciencia ficción.

Creo que las reglas de género deberían ser porosas, o no existir. Todo el debate que surgió alrededor de Nunca me abandones fue: «¿es ciencia ficción o no?»”

El caso es que en unos días se publica Klara y el sol (Klara and the Sun, 2021), un nuevo acercamiento de Ishiguro a la ciencia ficción y estoy deseando leerla. Porque otra obra de Ishiguro, The Remains of the Day (Los restos del día) está en esa nube que conforman mis novelas favoritas. Porque elegir solo una, decir que es LA favorita es difícil, pero esta novela está muy muy arriba en mi lista. Tiene el plus de contar con una versión cinematográfica que está más que a la altura, dirigida por James Ivory e interpretada por Anthony Hopkins y Emma Thompson. No sé cuántas veces he vuelto a esa historia, entre lecturas, relecturas y visionados y revisionados. Adoro a Ishiguro. Por mí, como si la siguiente es una del oeste, o una erótica, o una mezcla de géneros: un western erótico ambientando en un futuro distópico. La leeré.

Pálida luz en las colinas

Para ir calentando motores, acabo de leer Pálida luz en las colinas, su debut como novelista. Está narrada en primera persona por Etsuko, una japonesa que, como Ishiguro, nació en Nagasaki y vive en Inglaterra. Etsuko acaba de vivir el drama personal de la muerte de su hija mayor, Keiko. Recibe la visita de su hija menor, Niki, nacida en Inglaterra de su segundo matrimonio.

Cuando parece que la trama va a seguir la trágica historia de Keiko, Etsuko empieza a recordar su años en Nagasaki, cuando estaba embarazada y vivía con su primer marido, el padre de Keiko. La narración se centra en su relación con una vecina llamada Sachiko y su hija, la pequeña Mariko.

Aunque Sachiko y, sobre todo, la inquietante Mariko, son personajes dignos de recordar, no dejas de preguntarte por qué no estamos hablando de la malograda Keiko.

Uno de los temas de la novela es la falibilidad de la memoria. Ya lo dice la propia Etsuko en un pasaje del libro:

He comprendido que la memoria puede ser poco confiable; muy a menudo está intensamente coloreada por las circunstancias en las que una recuerda y sin duda esto aplica a algunos de los recuerdos que he recopilado aquí.

Otra idea que surge al leer este libro es la del viejo truco tan humano de recurrir al «a un amigo mío le pasó», cuando quieres contar algo personal que te da reparo revelar. No todo es aquí mala memoria, también puede existir un motivo para que de manera consciente o inconsciente se oculten una parte de los recuerdos.

El final de la novela nos deja con un puzle que Ishiguro ha reconocido que no es un buen desenlace:

Le tengo mucho cariño [a esta novela], pero creo que es demasiado desconcertante. El final es casi como un rompecabezas. No veo que aporte nada desde un punto de vista artístico el hecho de confundir a las personas hasta ese punto. Tan solo fue inexperiencia—no ser capaz de juzgar correctamente lo que es demasiado obvio y lo que es sutil—. Incluso en esa época el final me pareció insatisfactorio. 

A mí me gustó el final tal y como está. Es de esos en los que sigues pensando tiempo después de haber acabado el libro, intentando ensamblar las piezas. Es cierto que no encaja todo, pero hablamos de recuerdos, de culpa, del deseo de cambiar cosas que ya no se pueden cambiar. De memoria, que no es de fiar, que guarda los recuerdos pasándolos a través de filtros emocionales que distorsionan la realidad.

La memoria es, precisamente, uno de los temas a los que Ishiguro vuelve en todos sus libros. Aquí está presente también en el escenario y contexto, en la Nagasaki de los años 50 que se estaba aún reconstruyendo tras la bomba atómica —no se menciona de manera directa, pero su impacto se deja notar en la vida de los personajes.

“Me interesa la memoria porque es el filtro a través del cual vemos nuestras vidas y, como es vago e incierto, favorece el que nos engañemos a nosotros mismos. Al final, como escritor, estoy más interesado en lo que las personas se dicen a sí mismas que pasó que en lo que sucedió realmente.

Otros temas muy de Ishiguro son el arrepentimiento y la culpa, también presentes en esta primera obra en la figura de Etsuko y sus estrategias para enfrentarse al pasado.

He disfrutado leyendo Pálida luz en las colinas y te la recomiendo siempre que te gusten las novelas de temática introspectiva, centrada en esas historias que las personas nos contamos a nosotras mismas. La literatura de Ishiguro me recuerda a los paisajes o escenas que pintaba Edward Hopper, con esa calma tensa tan característica.

Detalle de Cape Cod Morning, de Edward Hopper (Fuente)

Pero en los detalles que tanto el pintor como el escritor colocan de manera discreta en sus obras, se va dejando ver una historia muy diferente. Los personajes de Ishiguro no te cuentan directamente qué les pasa, o cómo se sienten. La trama se va revelando poco a poco, en algún diálogo o recuerdo, o entre líneas, de manera que te sientes un poco detective recogiendo esas pistas para, al final, tener la satisfacción de atar los cabos.

  • Un paseo por la ciudad de Nagasaki en los años 50, en plena reconstrucción tras el bombardeo atómico.
  • Una reflexión sobre la nebulosidad y los límites de la memoria.
  • Conocer a Etsuko, la primera narradora poco fiable de Ishiguro. Son marca de la casa: al principio parecen muy competentes, luego empiezas a ver fisuras en su relato y finalmente se desvela su verdadera historia.

Más información:

Caín — José Saramago

Hacía tiempo que no leía a José Saramago (1922-2010). Aunque es uno de mis autores favoritos y he leído muchas de sus novelas, aún me queda por ahí alguna por descubrir. Otras las he leído dos veces, como Todos los nombres, que seguramente no es su obra maestra pero que a mí, por lo que sea —quizás por cómo te hace vivir la obsesión que transforma a ese funcionario anodino, o por ese toque de intriga, o porque es una historia de amor diferente— me fascina.

Esta semana he disfrutado mucho leyendo Caín (Caim, 2009), la última novela del portugués. Un buen punto final a una carrera literaria espectacular pese a su discreto arranque en 1947, cuando el joven Saramago publicó su primera novela sin éxito. Su siguiente manuscrito no recibió ni respuesta de la editorial. El muchacho debió pensar que eso no era lo suyo y durante los siguientes veinte años trabajó como funcionario, trabajador de una compañía de seguros y periodista. Así cuenta Saramago este parón literario nada más empezar:

Escrevi ainda outro romance, Clarabóia, que permanece inédito até hoje, e principiei um outro, que não passou das primeiras páginas (…). A questão ficou resolvida quando abandonei o projecto: começava a tornar-se claro para mim que não tinha para dizer algo que valesse a pena.

Afortunadamente, tras ese paréntesis de veinte años empezó a tener cosas que contar que valían mucho la pena y volvió al mundo de la literatura. Primero, trabajando como editor, traductor (de autores como Maupassant, Colette, Tolstoi, Baudelaire, etc.) y crítico literario. Y por fin, como escritor, publicando el libro de Os poemas possíveis (1966), un libro de poesía.

En 1977, con 55 años, publicó Manual de pintura y caligrafía. Y en 1980 publicó la que se considera su primera gran obra, Alzado del suelo. Y de ahí, al Nobel.

Creo que vale la pena mencionar cómo se formó Saramago, cuál fue el camino que le condujo hasta ese premio Nobel. Hijo de una familia muy humilde, iba para herrero mecánico. Sus padres no podían permitirse pagarle una carrera universitaria. Sin embargo, aquella formación profesional fue sorprendentemente amplia en el área de humanidades, incluyendo una asignatura de francés y otra de literatura. El chico se aficionó a la lectura y, más adelante, en los dos años en que trabajo en una herrería mecánica, empezó a ir por las noches a la biblioteca pública de Lisboa. Y leyó mucho. Muchísimo.

Biblioteca Palácio Galveias, la universidad de Saramago

Esas horas y horas de lectura fueron claves en su formación:

E foi aí, sem ajudas nem conselhos, apenas guiado pela curiosidade e pela vontade de aprender, que o meu gosto pela leitura se desenvolveu e apurou.

Así que si alguna vez pasas por la Biblioteca Palácio Galveias en Lisboa, recuerda darle las gracias porque puede que, si no hubiera estado ahí, con su horario nocturno, no podríamos leer hoy Caín, ni el Ensayo sobre la ceguera, ni Todos los nombres, ni El hombre duplicado, ni Las intermitencias de la muerte, etc. Obrigada!

Caín

Caín se puede leer como una segunda parte de lo que Saramago empezó con El Evangelio según Jesucristo (1991), casi 20 años antes. Mientras El Evangelio era una reinterpretación de la vida de Jesús como ser humano partiendo de los evangelios canónicos, Caín reescribe la historia del primogénito de Adan y Eva. O mejor dicho, la escribe, porque al parecer en la Biblia no se cuenta demasiado: sabemos que Caín mató a su hermano Abel. La lectura más extendida es que fue por celos, porque Dios demostró preferencia por este último. Como castigo, Dios marcó a Caín (no se define cómo, solo que le colocó una marca bien visible) para que fuera reconocible y nadie lo matara y lo condenó a llevar una vida errante.

En Caín nos encontramos con el peculiar estilo narrativo de Saramago: nombres en minúsculas, diálogos intercalados en la narración sin signos de puntuación que ayuden al lector a identificarlos y esos párrafos largos, larguísimos que, como diría Whitman (o Dylan) contienen multitudes. De vez en cuando oigo por ahí que alguna persona no quiere leer a este escritor por considerarlo denso o difícil, debido a su peculiar puntuación. Tiene mucho que perder quien descarta a Saramago por un quítame allá esos guiones. Su lenguaje choca en las primeras dos páginas como mucho, a partir de ahí ya lo asimilas y disfrutas de todo lo que tiene que contar.

El motivo de estas curiosas decisiones ortográficas era la pregunta que todos los periodistas llevaban en su lista cuando tenían la oportunidad de acercarse a Saramago. En esta entrevista lo argumentó así:

En el fondo, la puntuación es lo mismo que las señales blancas pintadas en las carreteras, que intentan impedir que el conductor tenga problemas pero, tal vez, si no existiera ningún tipo de señales, todo el mundo conduciría con mucho más cuidado. Eso es lo que quiero, que me lean con cuidado.

Por otro lado, hay muchas reflexiones intercaladas en la historia, pero siempre con un lenguaje sencillo, más bien coloquial. Veamos un ejemplo, para volver ya a Caín. Esto ocurre muy al principio del libro (y de los tiempos), cuando Dios se da cuenta de que ha olvidado ponerles lengua a Adan y a Eva y corrige su error:

[…] El señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vámonos a la cama.

Caín, como todas las obras de Saramago, es ácida, divertida, con una profunda crítica social y, en este caso, a las convenciones del cristianismo. Nos presenta a un Dios caricaturizado como un ser contradictorio, vengativo, cruel y vanidoso. Como una mezcla entre Anton Chigurh y el Dr. Maligno, porque tiene una vis cómica, una tendencia a la pataleta cuando las cosas no salen como él quiere. Saramago (ateo militante) afirma que lo que hace no es una interpretación de los textos bíblicos, que es lo que hacen las religiones, sino que hace una lectura literal. Dios es cruel despreciando las ofrendas de Caín y eso causa el fratricidio. Dios manda fuego y azufre para destruir Sodoma y Gomorra, matando a los pecadores pero también a los niños inocentes. Dios le pide a Abraham, para probarlo, que sacrifique a su hijo Isaac. Como dice el portugués, no es de fiar.

Saramago era comunista, de manera que podemos hacer otra lectura del Dios que nos pinta en este libro, que se puede ver como una representación de los tiranos que han gobernado o gobiernan a los hombres. De las injusticias de la vida.

Todas las escenas bíblicas las vemos en el viaje errático al que ha sido condenado Caín. Saramago adereza la historia convirtiendo al primogénito de Adán y Eva en un viajero del tiempo, de manera que puede ir saltando de episodio bíblico en episodio bíblico sin seguir un orden cronológico: tiene sexo con Lilith (una secundaria de lujo en esta novela, mujer fatal y poderosa), evita que Abraham sacrifique a Isaac, viaja en el arca de Noé, etc.

Si ya has leído El Evangelio según Jesucristo (tan polémica cuando se publicó en Portugal que movió a un enfadado Saramago a tomar la decisión de mudarse a Lanzarote), es posible que Caín te parezca poca cosa, ni tan perturbadora ni extraordinaria como la primera. A mí me ha gustado. Salvando las distancias temáticas, me ha recordado un poco a Zelig, el falso documental de Woody Allen en el que su camaleónico personaje va chupando cámara junto a personajes históricos de todo pelaje, como Charles Lindbergh, Chaplin, Hitler, el Papa, etc.

Vamos, que la recomiendo.

  • Una profunda reflexión acerca de la condición humana, escondida bajo la superficie de una lectura amena, fácil y divertida.

Más info:

  • Textos de la autobiografía de Saramago: Fundação José Saramago
  • Foto de Saramago: Wikipedia
  • Caín (2009), José Saramago. Traducción de Pilar del Río. He leído la versión Kindle, de Alfaguara (en Amazon España cuesta solo 2,37 €). 116 páginas.

How To with John Wilson

How to with John Wilson (2020, HBO) es lo más creativo que he visto en mucho tiempo. Es una serie difícil de definir, eso lo verás en todas las reseñas. Y lo es a propósito, ya que el propio Wilson afirma que la quiso hacer así, misteriosa y difícil de describir en unas pocas palabras, para que la gente tuviera más ganas de verla —eso dice él, pero ya veremos más adelante que no podía ser de otra manera—.

Intentaré describirla de todas formas, que para eso estamos aquí. Pensemos en el simbolismo del tren y el túnel en el cine. Esa metáfora visual —tan manida y parodiada hoy, aunque alguna vez fue innovadora—que nos sugiere que la pareja que hemos visto en la pantalla unos instantes antes acaba de… conocerse en profundidad. Veamos un ejemplo en el final de Con la muerte en los talones (North by Northwest) de Hitchcock:

Pues How to with John Wilson toma esa idea y la convierte en protagonista de su serie documental de seis episodios de poco menos de media hora cada uno.

O eso me parece a mí. En realidad, cada episodio se plantea como un tutorial sobre el tema señalado en el título («Cómo colocar andamios», «Cómo mejorar tu memoria», «Cómo cocinar risotto», etc). A medida que avanza el episodio, ya ves que esa pregunta inicial es solo el pretexto para empezar. Wilson, cámara en ristre, sale a las calles de Nueva York buscando la respuesta al problema que se ha planteado, pero se va dejando llevar por lo que surja en el camino. Y, aunque acaba en sitios inesperados, vuelve a conectar con la pregunta inicial en la parte final del episodio.

La voz nasal y nerviosa de Wilson nos guía en un tour por la ciudad mostrando la flora, la fauna (humanos y ratas sobre todo) y el paisaje urbano de una Nueva York en bruto, sin adornos. Las imágenes que acompañan a sus palabras crean metáforas muy divertidas. Pero no es solo comedia. Poco después de empezar a verlo ya te viene otra palabra a la mente: poesía. Consigue ese efecto poético, emotivo y divertido a través de la relación entre lo que nos está narrando y las imágenes que nos enseña. Y te hace reflexionar. Aquí puedes ver el trailer:

Hey, New York

Es un poco parecida a la serie Planeta Tierra, pero si fuera solo en Nueva York y obligaran a David Attenborough a rodarlo todo él.

John Wilson

Otra marca de la casa son los desvíos que toma en cuanto surge un personaje con una historia que contar. En el primer episodio («How to make small talk»), cuando Wilson intenta practicar un poco de small talk o charla trivial entablando una conversación con un asistente a un evento de lucha libre y le pregunta a qué se dedica, este le responde que caza depredadores sexuales en Internet en su tiempo libre. Wilson decide acompañarle a su casa porque está seguro de que puede aprender mucho de él: tiene que ser capaz de mantener el interés de sus víctimas en largas conversaciones. Orgulloso de su rol, este vigilante le cuenta con pelos y señales sus métodos para hacer creer a los pederastas que están chateando con un menor. En el resto de episodios vemos el mismo patrón: en su búsqueda de soluciones para el problema de partida, se va tropezando con personas que responden a sus preguntas, muchas veces incómodas pero siempre hechas con respecto y empatía. Wilson no se ríe de sus entrevistados, pero tú sí que lo harás. Especialmente en el episodio de las fundas para los muebles.

Ah, y otro impagable regalo de esta serie es que ahora sabemos lo perseverante e imperturbable que es Kyle MacLachlan:

Un poco de John Wilson

Lo que más llama la atención en la serie es la cantidad de imágenes cotidianas que ha tenido que rodar Wilson para llegar a conseguir el perfecto engranaje entre lo que nos cuenta y lo que vemos. La sensación es que adapta el texto a la imagen y no al revés, pero aún así te imaginas la cantidad de metraje que ha tenido que pasar por sus ojos y manos hasta llegar a montar estos seis episodios.

Y resulta que Wilson tuvo un interesante aprendizaje: su primer trabajo fue como ayudante de un detective privado. Tenía que analizar horas y horas de imágenes de vídeo para encontrar un instante incriminatorio. ¿Te imaginas? Asegura que esto le preparó para fijarse en los detalles de la vida diaria y rutinaria que pasan desapercibidos para el resto.

John Wilson, que físicamente me recuerda a un híbrido entre Woody Allen y Ryan Gosling, nació en Queens en 1986. Su pasión por el cine le viene desde adolescente, cuando su padre le regaló una cámara de vídeo. Siempre estuvo interesado en los documentales y ya en la universidad rodó un —seguro que interesante—documental adentrándose en el desconocido mundo de los fetichistas de globos.

En How to with John Wilson, es el hombre invisible detrás de la cámara a quien vamos conociendo como se conoce a un nuevo amigo, a base de pedazos que va dejando caer sobre su vida, sus experiencias, sus reflexiones, inseguridades, éxitos y fracasos, etc. Por eso, la serie tiene también algo de diario personal.

Para acabar, vuelvo a lo que decía al principio: que no me encaja eso de que la serie sea difícil de describir como estrategia de marketing. Parece ser más bien otra cosa que dice Wilson en una entrevista: «a grab bag of all my favourite things», esa bolsa en la que mete todas las cosas que le gustan. Una obra muy personal que es la evolución natural de lo que lleva ya años haciendo en su canal de Vimeo. El empujón para pasar de Vimeo a HBO se lo dio el productor y humorista Nathan Fielder, que en este vídeo nos cuenta cómo empezó todo. Al menos, hasta que llega ese giro inesperado:

Más info:

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero – Oliver Sacks

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985) es una colección de casos clínicos narrados por el neurólogo y escritor británico Oliver Sacks (1933-2015).

Sacks se convirtió en un nombre muy conocido con su best-seller autobiográfico Despertares (Awakenings, 1973), adaptado al cine en los 90 con Robert de Niro y Robin Williams como protagonistas. En este libro describía cómo había dado con un tratamiento para despertar a varios pacientes aquejados de encefalitis letárgica, una terrible enfermedad que provocó una epidemia en los (otros) años veinte que mató a millones de personas y dejó en un estado casi catatónico a los que sobrevivieron.

Hace poco vi Oliver Sacks: una vida (2019), un estupendo documental biográfico que aprovecho para recomendar (en España está disponible en Filmin). En ella se repasa el caso de estos pacientes y su triste historia real de terror. Una de las enfermas, Rose R., llevaba 43 años en ese estado cercano al sueño. Se había contagiado de la encefalitis letárgica con solo 21 años.

Sacks pasó mucho tiempo con estos pacientes, conociendo en detalle cada caso y a cada persona. Probó con ellos un nuevo tratamiento: les administró L-dopa, un medicamento utilizado para el Parkinson. Tuvo un efecto asombroso, sacando de ese letargo a pacientes que empezaron a caminar, a recordar y a hablar por primera vez en décadas. Entre ellos, Rose D. Ya sexagenaria y pese a ser consciente de todo el tiempo que había pasado encerrada en su cuerpo enfermo, Rose comenzó a hablar y a comportarse como una veinteañera. Físicamente parecía incluso mucho más joven, como si realmente se hubiera quedado congelada en su época de flapper.

Es imposible imaginar la tortura que debió ser para Rose —y el resto— darse de cuenta de cómo se les habían escapado los mejores años de su vida.

Tristemente, la alegría de los resultados iniciales se enturbió por la aparición de efectos secundarios graves, que obligaron a suspender la medicación condenando a los pacientes a volver a su cárcel en vida. Para Sacks, no fue solo la medicación lo que falló: también tuvo un gran peso el sufrimiento psicológico de estos pacientes al tratar de adaptarse a un mundo que había seguido girando y girando en las décadas que ellos pasaron en blanco. Fue imposible para la mayoría.

Rose D., de nuevo convertida en estatua, aún vivió 10 años más.

Oliver Sacks

No voy a contar aquí su vida: siempre podemos googlear para saber más. Solo voy a compartir algunas impresiones tras ver Oliver Sacks: una vida. Me quedé con la imagen de tres Oliver Sacks diferentes:

  1. Oliver Sacks, el estudiante de medicina motero y levantador de pesas. Londinense de nacimiento, se fue a los Estados Unidos para completar su formación. De Inglaterra se llevó un equipaje emocional significativo: la reacción de su madre al saber que su hijo era homosexual. «Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido nunca». El joven Sacks, con una timidez acentuada por una prosopagnosia que le impedía reconocer rostros familiares, estaba aún intentando decidir qué hacer con su vida. Las salidas nocturnas en moto, kilos y kilos de halterofilia y la experimentación con drogas psicodélicas marcan esta etapa en la que Sacks aún no sabía quién quería ser.
  2. Oliver Sacks, el neurólogo barbudo, risueño y corpulento. Físicamente parecido a un Robin Williams caracterizado de un Papá Noel de paisano, es el Sacks de Despertares y de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; el neurólogo clínico y romántico que descubrió su vocación tratando a sus pacientes como personas y que escribía sus casos con un enfoque más literario que científico. Este Sacks, que eligió el celibato a los 40 años tras varias experiencias breves y negativas, había dejado ya las drogas con la ayuda de un psicoanalista. Su terapeuta fue, de acuerdo con Sacks, la persona que le enseñó a prestar atención a las personas, a escuchar más allá de lo que nos dicen las palabras.
  3. Oliver Sacks, el venerable y famoso escritor. Con aspecto de un Sigmund Freud risueño y deportista, nadaba y se desplazaba en bici siempre que podía. Es el Sacks adorado por el público y criticado por una parte de la comunidad científica. Es el Sacks que se enamoró a los 75 años, conociendo la vida en pareja por primera vez. Siguió escribiendo y publicó una autobiografía en la que hizo pública su homosexualidad en mayo de 2015, tres meses antes de su muerte por cáncer.
Sacks, Sacks y Sacks

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

¿Qué puedes deducir de un título como este? Seguro que algún lector despistado ha llegado a él esperando encontrar un libro de humor.

Sin embargo, este título describe literalmente un síntoma de uno de los pacientes de Sacks: tiene agnosia visual, un trastorno del cerebro que hace que no reconozca lo que se está viendo (los ojos funcionan, pero le cerebro no entiende). De ahí que, al acabar la consulta e ir a coger su sombrero del perchero, se confunda e intente coger la cara de su esposa.

Otro paciente no puede recordar nada de lo sucedido después de 1945, en la Segunda Guerra Mundial. Treinta años más tarde, su memoria no consigue retener eventos recientes, hasta el punto de que cuando el Dr. Sacks abandona la consulta y regresa unos minutos más tarde, su paciente ya ha olvidado quién es.

El libro me ha parecido muy ameno en la manera de narrar los casos, aunque hay que puntualizar que el lenguaje está algo desfasado. Lo he leído en inglés y aparecen términos como «retarded» o «idiot», que imagino que estarán también en la traducción. Para el lector de hoy, saltan de la página como puñetazos. Es como si Sacks, con toda su humanidad, de repente empezara a insultar a sus pacientes. Por supuesto, hay que entender que las lenguas evolucionan y, en estos ejemplos, son palabras que el lenguaje popular ha convertido en insultos y ya no son aceptables para referirse a casos médicos como los que aquí se describen. En otras palabras: —siempre— hay que leer situando la obra en su contexto.

Antes he mencionado que el trabajo de Sacks ha sido controvertido. Un ejemplo es el del sociólogo Tom Shakesperare (discapacitado y activista por los derechos de los discapacitados), que llamó a Sacks «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria». En esta línea, nos encontramos con una —muy divertida— parodia de Sacks en la película The Royal Tenenbaums (Wes Anderson), interpretado por Bill Murray.

Me chifla su risa al ver los resultados del test de su paciente: otro caso raro para su colección

Pese a estas críticas, parece haber consenso en la importancia del legado de Oliver Sacks. Porque al margen de su legado científico —que no tengo la capacidad de valorar—, su obra destaca la importancia del afecto y del interés humano por el paciente más allá de los síntomas de la enfermedad.

Creo que es uno de esos casos en que el autor, tan humano e imperfecto como muchos de nosotros (con su prosopagnosia, su timidez, sus conflictos sobre su identidad sexual, la incomprensión de su familia, etc.) consigue conectar con su lector de tú a tú. Por eso, tanto si Tom Shakespeare y Wes Anderson tienen razón como si no, parece que la obra de Sacks sirve como un puente entre la ciencia y el público, entre los discapacitados y los no discapacitados. Y da visibilidad a la diversidad neurológica, abriendo la mente de sus lectores a otras posibilidades.

Todo esto (y mucho más que me dejo) coloca a Oliver Sacks entre esas personas que inspiran y seguro que sus textos están ya alimentando vocaciones de futuros neurólogos, psiquiatras, psicólogos… Y escritores.

  • Como decía el surrealista Paul Éluard: la prueba de que hay otros mundos, pero están en este.