Pálida luz en las colinas – Kazuo Ishiguro

Pálida luz en las colinas (A Pale View of Hills, 1982) es la ópera prima de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) ese británico de origen japonés a quien Internet dio estopa tras la publicación de su última (hasta ahora) novela El gigante enterrado en 2015.

Con ese libro tuvo un problema con el género literario. En una entrevista, se le ocurrió decir en voz alta algo quizás demasiado abierto a interpretaciones. Eso generó una respuesta de la gran escritora de literatura fantástica Ursula K. Le Guin en su blog, a la que Ishiguro replicó en otra entrevista, a la que Le Guin replicó, etc. Lo reproduzco en forma de diálogo (con una traducción bastante libre):

ISHIGURO (acariciándose la barbilla, pensativo) ¿Me seguirán los lectores con esta obra? ¿Entenderán lo que estoy intentando hacer, o tendrán prejuicios por los elementos superficiales? ¿Van a decir que esto es fantasía?

LE GUIN (ofendida) Pues sí, probablemente lo dirán. ¿Por qué no? Suena como si le pareciera a usted un insulto la palabra fantasía.

ISHIGURO (estupefacto) Tiene usted derecho a que le guste o no mi libro, pero por lo que a mí respecta la ha tomado con la persona equivocada. Yo estoy en el bando de los ogros y las hadas.

LE GUIN (condescendiente) Lo siento si he dicho algo hiriente al responder precipitadamente a su pregunta «¿Pensarán que esto es fantasía?». Aún no consigo entender el porqué de esa pregunta.

Del lado de Le Guin, que afirmó también que leer el libro le había parecido «doloroso», se posicionaron los más fieles seguidores del género de la fantasía, que criticaron lo que veían como un desplante por parte de Ishiguro. La crítica favoreció al británico, que dos años más tarde se llevó el Premio Nobel de literatura.

La lámpara de la Academia Sueca posa junto a Kazuo Ishiguro (Fuente)

Como lectora empedernida de «cosas que me apetece leer«, desde la etiqueta de un champú en el baño hasta Anna Karenina, sin haber descartado nunca una obra por su género, estoy más bien del lado de Ishiguro, que respondía así a Neil Gaiman en una conversación con esta polémica de fondo:

No tengo ningún problema con las categorías [de los libros], pero no creo que sean útiles para nadie excepto para los editores y las librerías.

Creo que da en el clavo con el problema aquí. Si a un lector empedernido de literatura fantástica se le vende El gigante enterrado como una novela de género fantástico, se sulfurará y la tomará con el escritor, cuando—quizás— debería tomarla con la persona que decidió ponerle una etiqueta a la novela.

Ni siquiera pensaba en El gigante enterrado como una novela de fantasía. ¡Lo único que quería era que tuviera ogros!

Algo parecido podría haber pasado años antes con una de sus obras maestras, Nunca me abandones (2005), vendida como una novela distópica, de ciencia ficción. Pero parece que los lectores de ciencia ficción están (estamo) más acostumbrados a la mezcla de géneros. O que el escritor no se cuestionó en público si sus lectores le seguirían al contener su novela elementos superficiales de ciencia ficción.

Creo que las reglas de género deberían ser porosas, o no existir. Todo el debate que surgió alrededor de Nunca me abandones fue: «¿es ciencia ficción o no?»”

El caso es que en unos días se publica Klara y el sol (Klara and the Sun, 2021), un nuevo acercamiento de Ishiguro a la ciencia ficción y estoy deseando leerla. Porque otra obra de Ishiguro, The Remains of the Day (Los restos del día) está en esa nube que conforman mis novelas favoritas. Porque elegir solo una, decir que es LA favorita es difícil, pero esta novela está muy muy arriba en mi lista. Tiene el plus de contar con una versión cinematográfica que está más que a la altura, dirigida por James Ivory e interpretada por Anthony Hopkins y Emma Thompson. No sé cuántas veces he vuelto a esa historia, entre lecturas, relecturas y visionados y revisionados. Adoro a Ishiguro. Por mí, como si la siguiente es una del oeste, o una erótica, o una mezcla de géneros: un western erótico ambientando en un futuro distópico. La leeré.

Pálida luz en las colinas

Para ir calentando motores, acabo de leer Pálida luz en las colinas, su debut como novelista. Está narrada en primera persona por Etsuko, una japonesa que, como Ishiguro, nació en Nagasaki y vive en Inglaterra. Etsuko acaba de vivir el drama personal de la muerte de su hija mayor, Keiko. Recibe la visita de su hija menor, Niki, nacida en Inglaterra de su segundo matrimonio.

Cuando parece que la trama va a seguir la trágica historia de Keiko, Etsuko empieza a recordar su años en Nagasaki, cuando estaba embarazada y vivía con su primer marido, el padre de Keiko. La narración se centra en su relación con una vecina llamada Sachiko y su hija, la pequeña Mariko.

Aunque Sachiko y, sobre todo, la inquietante Mariko, son personajes dignos de recordar, no dejas de preguntarte por qué no estamos hablando de la malograda Keiko.

Uno de los temas de la novela es la falibilidad de la memoria. Ya lo dice la propia Etsuko en un pasaje del libro:

He comprendido que la memoria puede ser poco confiable; muy a menudo está intensamente coloreada por las circunstancias en las que una recuerda y sin duda esto aplica a algunos de los recuerdos que he recopilado aquí.

Otra idea que surge al leer este libro es la del viejo truco tan humano de recurrir al «a un amigo mío le pasó», cuando quieres contar algo personal que te da reparo revelar. No todo es aquí mala memoria, también puede existir un motivo para que de manera consciente o inconsciente se oculten una parte de los recuerdos.

El final de la novela nos deja con un puzle que Ishiguro ha reconocido que no es un buen desenlace:

Le tengo mucho cariño [a esta novela], pero creo que es demasiado desconcertante. El final es casi como un rompecabezas. No veo que aporte nada desde un punto de vista artístico el hecho de confundir a las personas hasta ese punto. Tan solo fue inexperiencia—no ser capaz de juzgar correctamente lo que es demasiado obvio y lo que es sutil—. Incluso en esa época el final me pareció insatisfactorio. 

A mí me gustó el final tal y como está. Es de esos en los que sigues pensando tiempo después de haber acabado el libro, intentando ensamblar las piezas. Es cierto que no encaja todo, pero hablamos de recuerdos, de culpa, del deseo de cambiar cosas que ya no se pueden cambiar. De memoria, que no es de fiar, que guarda los recuerdos pasándolos a través de filtros emocionales que distorsionan la realidad.

La memoria es, precisamente, uno de los temas a los que Ishiguro vuelve en todos sus libros. Aquí está presente también en el escenario y contexto, en la Nagasaki de los años 50 que se estaba aún reconstruyendo tras la bomba atómica —no se menciona de manera directa, pero su impacto se deja notar en la vida de los personajes.

“Me interesa la memoria porque es el filtro a través del cual vemos nuestras vidas y, como es vago e incierto, favorece el que nos engañemos a nosotros mismos. Al final, como escritor, estoy más interesado en lo que las personas se dicen a sí mismas que pasó que en lo que sucedió realmente.

Otros temas muy de Ishiguro son el arrepentimiento y la culpa, también presentes en esta primera obra en la figura de Etsuko y sus estrategias para enfrentarse al pasado.

He disfrutado leyendo Pálida luz en las colinas y te la recomiendo siempre que te gusten las novelas de temática introspectiva, centrada en esas historias que las personas nos contamos a nosotras mismas. La literatura de Ishiguro me recuerda a los paisajes o escenas que pintaba Edward Hopper, con esa calma tensa tan característica.

Detalle de Cape Cod Morning, de Edward Hopper (Fuente)

Pero en los detalles que tanto el pintor como el escritor colocan de manera discreta en sus obras, se va dejando ver una historia muy diferente. Los personajes de Ishiguro no te cuentan directamente qué les pasa, o cómo se sienten. La trama se va revelando poco a poco, en algún diálogo o recuerdo, o entre líneas, de manera que te sientes un poco detective recogiendo esas pistas para, al final, tener la satisfacción de atar los cabos.

  • Un paseo por la ciudad de Nagasaki en los años 50, en plena reconstrucción tras el bombardeo atómico.
  • Una reflexión sobre la nebulosidad y los límites de la memoria.
  • Conocer a Etsuko, la primera narradora poco fiable de Ishiguro. Son marca de la casa: al principio parecen muy competentes, luego empiezas a ver fisuras en su relato y finalmente se desvela su verdadera historia.

Más información:

Caín — José Saramago

Hacía tiempo que no leía a José Saramago (1922-2010). Aunque es uno de mis autores favoritos y he leído muchas de sus novelas, aún me queda por ahí alguna por descubrir. Otras las he leído dos veces, como Todos los nombres, que seguramente no es su obra maestra pero que a mí, por lo que sea —quizás por cómo te hace vivir la obsesión que transforma a ese funcionario anodino, o por ese toque de intriga, o porque es una historia de amor diferente— me fascina.

Esta semana he disfrutado mucho leyendo Caín (Caim, 2009), la última novela del portugués. Un buen punto final a una carrera literaria espectacular pese a su discreto arranque en 1947, cuando el joven Saramago publicó su primera novela sin éxito. Su siguiente manuscrito no recibió ni respuesta de la editorial. El muchacho debió pensar que eso no era lo suyo y durante los siguientes veinte años trabajó como funcionario, trabajador de una compañía de seguros y periodista. Así cuenta Saramago este parón literario nada más empezar:

Escrevi ainda outro romance, Clarabóia, que permanece inédito até hoje, e principiei um outro, que não passou das primeiras páginas (…). A questão ficou resolvida quando abandonei o projecto: começava a tornar-se claro para mim que não tinha para dizer algo que valesse a pena.

Afortunadamente, tras ese paréntesis de veinte años empezó a tener cosas que contar que valían mucho la pena y volvió al mundo de la literatura. Primero, trabajando como editor, traductor (de autores como Maupassant, Colette, Tolstoi, Baudelaire, etc.) y crítico literario. Y por fin, como escritor, publicando el libro de Os poemas possíveis (1966), un libro de poesía.

En 1977, con 55 años, publicó Manual de pintura y caligrafía. Y en 1980 publicó la que se considera su primera gran obra, Alzado del suelo. Y de ahí, al Nobel.

Creo que vale la pena mencionar cómo se formó Saramago, cuál fue el camino que le condujo hasta ese premio Nobel. Hijo de una familia muy humilde, iba para herrero mecánico. Sus padres no podían permitirse pagarle una carrera universitaria. Sin embargo, aquella formación profesional fue sorprendentemente amplia en el área de humanidades, incluyendo una asignatura de francés y otra de literatura. El chico se aficionó a la lectura y, más adelante, en los dos años en que trabajo en una herrería mecánica, empezó a ir por las noches a la biblioteca pública de Lisboa. Y leyó mucho. Muchísimo.

Biblioteca Palácio Galveias, la universidad de Saramago

Esas horas y horas de lectura fueron claves en su formación:

E foi aí, sem ajudas nem conselhos, apenas guiado pela curiosidade e pela vontade de aprender, que o meu gosto pela leitura se desenvolveu e apurou.

Así que si alguna vez pasas por la Biblioteca Palácio Galveias en Lisboa, recuerda darle las gracias porque puede que, si no hubiera estado ahí, con su horario nocturno, no podríamos leer hoy Caín, ni el Ensayo sobre la ceguera, ni Todos los nombres, ni El hombre duplicado, ni Las intermitencias de la muerte, etc. Obrigada!

Caín

Caín se puede leer como una segunda parte de lo que Saramago empezó con El Evangelio según Jesucristo (1991), casi 20 años antes. Mientras El Evangelio era una reinterpretación de la vida de Jesús como ser humano partiendo de los evangelios canónicos, Caín reescribe la historia del primogénito de Adan y Eva. O mejor dicho, la escribe, porque al parecer en la Biblia no se cuenta demasiado: sabemos que Caín mató a su hermano Abel. La lectura más extendida es que fue por celos, porque Dios demostró preferencia por este último. Como castigo, Dios marcó a Caín (no se define cómo, solo que le colocó una marca bien visible) para que fuera reconocible y nadie lo matara y lo condenó a llevar una vida errante.

En Caín nos encontramos con el peculiar estilo narrativo de Saramago: nombres en minúsculas, diálogos intercalados en la narración sin signos de puntuación que ayuden al lector a identificarlos y esos párrafos largos, larguísimos que, como diría Whitman (o Dylan) contienen multitudes. De vez en cuando oigo por ahí que alguna persona no quiere leer a este escritor por considerarlo denso o difícil, debido a su peculiar puntuación. Tiene mucho que perder quien descarta a Saramago por un quítame allá esos guiones. Su lenguaje choca en las primeras dos páginas como mucho, a partir de ahí ya lo asimilas y disfrutas de todo lo que tiene que contar.

El motivo de estas curiosas decisiones ortográficas era la pregunta que todos los periodistas llevaban en su lista cuando tenían la oportunidad de acercarse a Saramago. En esta entrevista lo argumentó así:

En el fondo, la puntuación es lo mismo que las señales blancas pintadas en las carreteras, que intentan impedir que el conductor tenga problemas pero, tal vez, si no existiera ningún tipo de señales, todo el mundo conduciría con mucho más cuidado. Eso es lo que quiero, que me lean con cuidado.

Por otro lado, hay muchas reflexiones intercaladas en la historia, pero siempre con un lenguaje sencillo, más bien coloquial. Veamos un ejemplo, para volver ya a Caín. Esto ocurre muy al principio del libro (y de los tiempos), cuando Dios se da cuenta de que ha olvidado ponerles lengua a Adan y a Eva y corrige su error:

[…] El señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vámonos a la cama.

Caín, como todas las obras de Saramago, es ácida, divertida, con una profunda crítica social y, en este caso, a las convenciones del cristianismo. Nos presenta a un Dios caricaturizado como un ser contradictorio, vengativo, cruel y vanidoso. Como una mezcla entre Anton Chigurh y el Dr. Maligno, porque tiene una vis cómica, una tendencia a la pataleta cuando las cosas no salen como él quiere. Saramago (ateo militante) afirma que lo que hace no es una interpretación de los textos bíblicos, que es lo que hacen las religiones, sino que hace una lectura literal. Dios es cruel despreciando las ofrendas de Caín y eso causa el fratricidio. Dios manda fuego y azufre para destruir Sodoma y Gomorra, matando a los pecadores pero también a los niños inocentes. Dios le pide a Abraham, para probarlo, que sacrifique a su hijo Isaac. Como dice el portugués, no es de fiar.

Saramago era comunista, de manera que podemos hacer otra lectura del Dios que nos pinta en este libro, que se puede ver como una representación de los tiranos que han gobernado o gobiernan a los hombres. De las injusticias de la vida.

Todas las escenas bíblicas las vemos en el viaje errático al que ha sido condenado Caín. Saramago adereza la historia convirtiendo al primogénito de Adán y Eva en un viajero del tiempo, de manera que puede ir saltando de episodio bíblico en episodio bíblico sin seguir un orden cronológico: tiene sexo con Lilith (una secundaria de lujo en esta novela, mujer fatal y poderosa), evita que Abraham sacrifique a Isaac, viaja en el arca de Noé, etc.

Si ya has leído El Evangelio según Jesucristo (tan polémica cuando se publicó en Portugal que movió a un enfadado Saramago a tomar la decisión de mudarse a Lanzarote), es posible que Caín te parezca poca cosa, ni tan perturbadora ni extraordinaria como la primera. A mí me ha gustado. Salvando las distancias temáticas, me ha recordado un poco a Zelig, el falso documental de Woody Allen en el que su camaleónico personaje va chupando cámara junto a personajes históricos de todo pelaje, como Charles Lindbergh, Chaplin, Hitler, el Papa, etc.

Vamos, que la recomiendo.

  • Una profunda reflexión acerca de la condición humana, escondida bajo la superficie de una lectura amena, fácil y divertida.

Más info:

  • Textos de la autobiografía de Saramago: Fundação José Saramago
  • Foto de Saramago: Wikipedia
  • Caín (2009), José Saramago. Traducción de Pilar del Río. He leído la versión Kindle, de Alfaguara (en Amazon España cuesta solo 2,37 €). 116 páginas.

How To with John Wilson

How to with John Wilson (2020, HBO) es lo más creativo que he visto en mucho tiempo. Es una serie difícil de definir, eso lo verás en todas las reseñas. Y lo es a propósito, ya que el propio Wilson afirma que la quiso hacer así, misteriosa y difícil de describir en unas pocas palabras, para que la gente tuviera más ganas de verla —eso dice él, pero ya veremos más adelante que no podía ser de otra manera—.

Intentaré describirla de todas formas, que para eso estamos aquí. Pensemos en el simbolismo del tren y el túnel en el cine. Esa metáfora visual —tan manida y parodiada hoy, aunque alguna vez fue innovadora—que nos sugiere que la pareja que hemos visto en la pantalla unos instantes antes acaba de… conocerse en profundidad. Veamos un ejemplo en el final de Con la muerte en los talones (North by Northwest) de Hitchcock:

Pues How to with John Wilson toma esa idea y la convierte en protagonista de su serie documental de seis episodios de poco menos de media hora cada uno.

O eso me parece a mí. En realidad, cada episodio se plantea como un tutorial sobre el tema señalado en el título («Cómo colocar andamios», «Cómo mejorar tu memoria», «Cómo cocinar risotto», etc). A medida que avanza el episodio, ya ves que esa pregunta inicial es solo el pretexto para empezar. Wilson, cámara en ristre, sale a las calles de Nueva York buscando la respuesta al problema que se ha planteado, pero se va dejando llevar por lo que surja en el camino. Y, aunque acaba en sitios inesperados, vuelve a conectar con la pregunta inicial en la parte final del episodio.

La voz nasal y nerviosa de Wilson nos guía en un tour por la ciudad mostrando la flora, la fauna (humanos y ratas sobre todo) y el paisaje urbano de una Nueva York en bruto, sin adornos. Las imágenes que acompañan a sus palabras crean metáforas muy divertidas. Pero no es solo comedia. Poco después de empezar a verlo ya te viene otra palabra a la mente: poesía. Consigue ese efecto poético, emotivo y divertido a través de la relación entre lo que nos está narrando y las imágenes que nos enseña. Y te hace reflexionar. Aquí puedes ver el trailer:

Hey, New York

Es un poco parecida a la serie Planeta Tierra, pero si fuera solo en Nueva York y obligaran a David Attenborough a rodarlo todo él.

John Wilson

Otra marca de la casa son los desvíos que toma en cuanto surge un personaje con una historia que contar. En el primer episodio («How to make small talk»), cuando Wilson intenta practicar un poco de small talk o charla trivial entablando una conversación con un asistente a un evento de lucha libre y le pregunta a qué se dedica, este le responde que caza depredadores sexuales en Internet en su tiempo libre. Wilson decide acompañarle a su casa porque está seguro de que puede aprender mucho de él: tiene que ser capaz de mantener el interés de sus víctimas en largas conversaciones. Orgulloso de su rol, este vigilante le cuenta con pelos y señales sus métodos para hacer creer a los pederastas que están chateando con un menor. En el resto de episodios vemos el mismo patrón: en su búsqueda de soluciones para el problema de partida, se va tropezando con personas que responden a sus preguntas, muchas veces incómodas pero siempre hechas con respecto y empatía. Wilson no se ríe de sus entrevistados, pero tú sí que lo harás. Especialmente en el episodio de las fundas para los muebles.

Ah, y otro impagable regalo de esta serie es que ahora sabemos lo perseverante e imperturbable que es Kyle MacLachlan:

Un poco de John Wilson

Lo que más llama la atención en la serie es la cantidad de imágenes cotidianas que ha tenido que rodar Wilson para llegar a conseguir el perfecto engranaje entre lo que nos cuenta y lo que vemos. La sensación es que adapta el texto a la imagen y no al revés, pero aún así te imaginas la cantidad de metraje que ha tenido que pasar por sus ojos y manos hasta llegar a montar estos seis episodios.

Y resulta que Wilson tuvo un interesante aprendizaje: su primer trabajo fue como ayudante de un detective privado. Tenía que analizar horas y horas de imágenes de vídeo para encontrar un instante incriminatorio. ¿Te imaginas? Asegura que esto le preparó para fijarse en los detalles de la vida diaria y rutinaria que pasan desapercibidos para el resto.

John Wilson, que físicamente me recuerda a un híbrido entre Woody Allen y Ryan Gosling, nació en Queens en 1986. Su pasión por el cine le viene desde adolescente, cuando su padre le regaló una cámara de vídeo. Siempre estuvo interesado en los documentales y ya en la universidad rodó un —seguro que interesante—documental adentrándose en el desconocido mundo de los fetichistas de globos.

En How to with John Wilson, es el hombre invisible detrás de la cámara a quien vamos conociendo como se conoce a un nuevo amigo, a base de pedazos que va dejando caer sobre su vida, sus experiencias, sus reflexiones, inseguridades, éxitos y fracasos, etc. Por eso, la serie tiene también algo de diario personal.

Para acabar, vuelvo a lo que decía al principio: que no me encaja eso de que la serie sea difícil de describir como estrategia de marketing. Parece ser más bien otra cosa que dice Wilson en una entrevista: «a grab bag of all my favourite things», esa bolsa en la que mete todas las cosas que le gustan. Una obra muy personal que es la evolución natural de lo que lleva ya años haciendo en su canal de Vimeo. El empujón para pasar de Vimeo a HBO se lo dio el productor y humorista Nathan Fielder, que en este vídeo nos cuenta cómo empezó todo. Al menos, hasta que llega ese giro inesperado:

Más info:

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero – Oliver Sacks

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985) es una colección de casos clínicos narrados por el neurólogo y escritor británico Oliver Sacks (1933-2015).

Sacks se convirtió en un nombre muy conocido con su best-seller autobiográfico Despertares (Awakenings, 1973), adaptado al cine en los 90 con Robert de Niro y Robin Williams como protagonistas. En este libro describía cómo había dado con un tratamiento para despertar a varios pacientes aquejados de encefalitis letárgica, una terrible enfermedad que provocó una epidemia en los (otros) años veinte que mató a millones de personas y dejó en un estado casi catatónico a los que sobrevivieron.

Hace poco vi Oliver Sacks: una vida (2019), un estupendo documental biográfico que aprovecho para recomendar (en España está disponible en Filmin). En ella se repasa el caso de estos pacientes y su triste historia real de terror. Una de las enfermas, Rose R., llevaba 43 años en ese estado cercano al sueño. Se había contagiado de la encefalitis letárgica con solo 21 años.

Sacks pasó mucho tiempo con estos pacientes, conociendo en detalle cada caso y a cada persona. Probó con ellos un nuevo tratamiento: les administró L-dopa, un medicamento utilizado para el Parkinson. Tuvo un efecto asombroso, sacando de ese letargo a pacientes que empezaron a caminar, a recordar y a hablar por primera vez en décadas. Entre ellos, Rose D. Ya sexagenaria y pese a ser consciente de todo el tiempo que había pasado encerrada en su cuerpo enfermo, Rose comenzó a hablar y a comportarse como una veinteañera. Físicamente parecía incluso mucho más joven, como si realmente se hubiera quedado congelada en su época de flapper.

Es imposible imaginar la tortura que debió ser para Rose —y el resto— darse de cuenta de cómo se les habían escapado los mejores años de su vida.

Tristemente, la alegría de los resultados iniciales se enturbió por la aparición de efectos secundarios graves, que obligaron a suspender la medicación condenando a los pacientes a volver a su cárcel en vida. Para Sacks, no fue solo la medicación lo que falló: también tuvo un gran peso el sufrimiento psicológico de estos pacientes al tratar de adaptarse a un mundo que había seguido girando y girando en las décadas que ellos pasaron en blanco. Fue imposible para la mayoría.

Rose D., de nuevo convertida en estatua, aún vivió 10 años más.

Oliver Sacks

No voy a contar aquí su vida: siempre podemos googlear para saber más. Solo voy a compartir algunas impresiones tras ver Oliver Sacks: una vida. Me quedé con la imagen de tres Oliver Sacks diferentes:

  1. Oliver Sacks, el estudiante de medicina motero y levantador de pesas. Londinense de nacimiento, se fue a los Estados Unidos para completar su formación. De Inglaterra se llevó un equipaje emocional significativo: la reacción de su madre al saber que su hijo era homosexual. «Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido nunca». El joven Sacks, con una timidez acentuada por una prosopagnosia que le impedía reconocer rostros familiares, estaba aún intentando decidir qué hacer con su vida. Las salidas nocturnas en moto, kilos y kilos de halterofilia y la experimentación con drogas psicodélicas marcan esta etapa en la que Sacks aún no sabía quién quería ser.
  2. Oliver Sacks, el neurólogo barbudo, risueño y corpulento. Físicamente parecido a un Robin Williams caracterizado de un Papá Noel de paisano, es el Sacks de Despertares y de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; el neurólogo clínico y romántico que descubrió su vocación tratando a sus pacientes como personas y que escribía sus casos con un enfoque más literario que científico. Este Sacks, que eligió el celibato a los 40 años tras varias experiencias breves y negativas, había dejado ya las drogas con la ayuda de un psicoanalista. Su terapeuta fue, de acuerdo con Sacks, la persona que le enseñó a prestar atención a las personas, a escuchar más allá de lo que nos dicen las palabras.
  3. Oliver Sacks, el venerable y famoso escritor. Con aspecto de un Sigmund Freud risueño y deportista, nadaba y se desplazaba en bici siempre que podía. Es el Sacks adorado por el público y criticado por una parte de la comunidad científica. Es el Sacks que se enamoró a los 75 años, conociendo la vida en pareja por primera vez. Siguió escribiendo y publicó una autobiografía en la que hizo pública su homosexualidad en mayo de 2015, tres meses antes de su muerte por cáncer.
Sacks, Sacks y Sacks

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

¿Qué puedes deducir de un título como este? Seguro que algún lector despistado ha llegado a él esperando encontrar un libro de humor.

Sin embargo, este título describe literalmente un síntoma de uno de los pacientes de Sacks: tiene agnosia visual, un trastorno del cerebro que hace que no reconozca lo que se está viendo (los ojos funcionan, pero le cerebro no entiende). De ahí que, al acabar la consulta e ir a coger su sombrero del perchero, se confunda e intente coger la cara de su esposa.

Otro paciente no puede recordar nada de lo sucedido después de 1945, en la Segunda Guerra Mundial. Treinta años más tarde, su memoria no consigue retener eventos recientes, hasta el punto de que cuando el Dr. Sacks abandona la consulta y regresa unos minutos más tarde, su paciente ya ha olvidado quién es.

El libro me ha parecido muy ameno en la manera de narrar los casos, aunque hay que puntualizar que el lenguaje está algo desfasado. Lo he leído en inglés y aparecen términos como «retarded» o «idiot», que imagino que estarán también en la traducción. Para el lector de hoy, saltan de la página como puñetazos. Es como si Sacks, con toda su humanidad, de repente empezara a insultar a sus pacientes. Por supuesto, hay que entender que las lenguas evolucionan y, en estos ejemplos, son palabras que el lenguaje popular ha convertido en insultos y ya no son aceptables para referirse a casos médicos como los que aquí se describen. En otras palabras: —siempre— hay que leer situando la obra en su contexto.

Antes he mencionado que el trabajo de Sacks ha sido controvertido. Un ejemplo es el del sociólogo Tom Shakesperare (discapacitado y activista por los derechos de los discapacitados), que llamó a Sacks «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria». En esta línea, nos encontramos con una —muy divertida— parodia de Sacks en la película The Royal Tenenbaums (Wes Anderson), interpretado por Bill Murray.

Me chifla su risa al ver los resultados del test de su paciente: otro caso raro para su colección

Pese a estas críticas, parece haber consenso en la importancia del legado de Oliver Sacks. Porque al margen de su legado científico —que no tengo la capacidad de valorar—, su obra destaca la importancia del afecto y del interés humano por el paciente más allá de los síntomas de la enfermedad.

Creo que es uno de esos casos en que el autor, tan humano e imperfecto como muchos de nosotros (con su prosopagnosia, su timidez, sus conflictos sobre su identidad sexual, la incomprensión de su familia, etc.) consigue conectar con su lector de tú a tú. Por eso, tanto si Tom Shakespeare y Wes Anderson tienen razón como si no, parece que la obra de Sacks sirve como un puente entre la ciencia y el público, entre los discapacitados y los no discapacitados. Y da visibilidad a la diversidad neurológica, abriendo la mente de sus lectores a otras posibilidades.

Todo esto (y mucho más que me dejo) coloca a Oliver Sacks entre esas personas que inspiran y seguro que sus textos están ya alimentando vocaciones de futuros neurólogos, psiquiatras, psicólogos… Y escritores.

  • Como decía el surrealista Paul Éluard: la prueba de que hay otros mundos, pero están en este.

The Haunting of Hill House – Shirley Jackson

Me ha pasado muy pocas veces eso de encontrarme con una película o serie de terror que no puedo seguir viendo, que tengo que parar. Supongo que es una combinación de lo que aparece en la pantalla (de casa, de momento no he parado ninguna proyección en el cine) y mi contexto. Digamos que es de noche. Que ya se han ido todos a dormir. Que el viento silba a través de alguna ventana que pide a gritos un burlete. Que se oye avanzar una tormenta, cada vez más juntos el trueno y el rayo.

Dicen que nos gusta el horror (a quienes nos gusta) porque es gratificante esa sensación de poder controlar todas esas cosas horribles que vemos en la pantalla. No son reales. Pero ver la historia de una casa encantada cuando estás en una casa a oscuras puede reducir la sensación de control. El escenario se parece demasiado. Cuando es un barco del siglo XIX o una nave espacial, queda más lejos. Está más controlado.

No sé si es esto lo que me pasó con The Haunting of Hill House, de Netflix. O si me condicionó haber leído que a Stephen King le pareció buenísima, con lo tiquismiquis que debe ser él para las cosas de terror:

O si el problema es que había leído la novela de Shirley Jackson y sabía lo que iba a venir.

El hecho es que tuve que pararla en el primer episodio, titulado «Steven ve un fantasma». Al principio, además: es de noche, estamos en la casa. La pequeña Nell llora y su hermano Steven va a ver si está bien. Cuando le pregunta qué pasa, ella dice que tiene miedo, que ha visto a la señora del cuello torcido otra vez. Aparece también su padre, que la intenta convencer de que ha sido solo una pesadilla. Poco después, vemos a Nell tumbándose para dormir de nuevo, agarrada a su peluche, mientras comienza a sonar una música aciaga que no indica nada bueno. Y ahí la paré, justo antes de los créditos —sí, muy valiente—.

Otro día de contexto más amable, sin tormenta y con humanos despiertos en los alrededores, la seguí viendo ya casi toda de un tirón. Qué buena es.

Como dice Stephen King, esta serie es una versión revisada y remodelada de La maldición de Hill House, de la extraordinaria Shirley Jackson. Es como si la novela se hubiese despedazado y luego se hubieran cogido algunas piezas para montarlas de nuevo con otra forma, como un tangram: los nombres de los personajes, la casa, las situaciones.

Otros detalles han cambiado mucho, como las relaciones entre los personajes. Pero el resultado, tan diferente de la novela, coincide en esa constante sensación de falsa calma, de que va a pasar algo terrible.

La autora: Shirley Jackson

Shirley Jackson (1916-1965), admirada por escritores de la talla de Neil Gaiman, Stephen King, Joyce Carol Oates o Richard Matheson, tuvo una vida corta e infeliz. Corta por infeliz, o eso es lo que se cuenta de ella.

Para empezar, su relación con su madre fue siempre difícil. La mujer quería una reina de la belleza y tuvo en su lugar a Shirley, una niña con sobrepeso y soñadora, interesada en los libros y la brujería. Cuando, tras la publicación de una de sus novelas recibió críticas positivas, su señora madre solo se fijó en la foto que acompañaba una de las reseñas: «si no te preocupa tu aspecto o te da igual tu apariencia, ¿por qué no haces un esfuerzo por tu marido, o por tus hijos? He pasado toda la mañana triste porque te has dejado ver con ese aspecto…».

En su propia casa tampoco vivió un ambiente sosegado. Casada con Stanley Edgar Hyman, un crítico literario y profesor universitario con tendencia a flirtear con sus alumnas, Jackson aguantó sus infidelidades durante toda su vida. Aunque la autora mantenía una actitud altiva, la procesión iba por dentro.

La pareja tuvo cuatro hijos, de los que Jackson se encargaba en exclusiva. En vida fue reconocida entre el público sobre todo por sus artículos e historias acerca de los quehaceres domésticos o la maternidad. Y mientras cuidaba de niños, casa y mascotas, encontró tiempo para escribir sus cuentos y novelas. Porque una, aclaró Jackson, no escribe solo cuando se sienta a escribir:

Paso mucho tiempo haciendo cosas que no requieren grandes capacidades imaginativas y la única forma de hacer que esas tareas mecánicas sean más apetecibles es pensar en otras cosas mientras las hago. Me cuento cuentos todo el día. . . . Y muchas veces se convierten en cuentos de verdad.

Siempre bebió, fumó y comió en exceso. Intentando controlar la ansiedad y perder peso, se enganchó a varios fármacos que le produjeron cambios de humor drásticos, hasta llegar a sufrir una crisis nerviosa que la mantuvo postrada en su habitación, sin poder ni siquiera escribir. Consiguió recuperarse gracias a un tratamiento psiquiátrico y volvió a escribir. sin embargo, esta etapa fue breve. Una noche de verano de un par de años más tarde, cuando se estaba planteando abandonar a su marido y comenzar una nueva vida, se fue a dormir y su corazón dijo basta. Solo tenía 48 años.

La maldición de Hill House

En 1948, Shirley Jackson publicó «La lotería», la siniestra historia de un sorteo con un giro inesperado entre los vecinos de un pueblo americano. Este cuento consiguió dos cosas:

  • Que la crítica colocara a Jackson entre los maestros del terror.
  • Que el cartero de Jackson estuviera muy atareado entregándole cientos de cartas de lectores indignados por el oscuro retrato de la condición humana que encontraron en el cuento.

Por suerte, la reacción de sus lectores puritanos no desanimó a la escritora, que siguió adelante con su carrera literaria. La maldición de Hill House (1959) es su quinta novela y empieza así:

Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo en condiciones de realidad absoluta durante mucho tiempo; incluso las alondras y las chicharras sueñan, según creen algunos. Hill House, nada cuerda, se alzaba sola frente a sus colinas, reteniendo oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría seguir otros ochenta. Dentro, las paredes seguían derechas, los ladrillos se unían con esmero, los suelos eran firmes y las puertas estaban sensatamente cerradas; el silencio yacía incesantemente sobre la maderas y piedras de Hill House, y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo.

De acuerdo con The Wall Street Journal, La maldición de Hill House está reconocida como la mejor entre todas las historias de casas encantadas. Y eso que no hay fantasmas. No los típicos, al menos. Es una novela gótica, de terror más que de horror: la diferencia es que el segundo suele ser más explícito y acompañado de elementos sobrenaturales, mientras que el primero genera miedo a través de elementos reales que se comportan de manera inesperada.

¿De qué trata la novela? De un grupo de personas que participan en un experimento paranormal en una mansión supuestamente encantada:

  • El Dr. Montague, un antropólogo interesado en investigar las manifestaciones de lo sobrenatural.
  • Eleanor, una treintañera con problemas psicológicos y personales.
  • Theodora, una bohemia impulsiva y dotada de una cierta clarividencia.
  • Luke, el esquivo heredero de la mansión.

El experimento consiste en pasar unos días en la casa para observar de manera «científica» los extraños fenómenos que distintos testigos han reportado durante sus ochenta años de existencia.

Es muy probable que hayas visto la serie. Si es así, no pienses que ya no vale la pena leer el libro. Como suele ocurrir, el libro te va a aportar una experiencia diferente. Primero, por el estilo narrativo de Jackson, con lenguaje sencillo y directo y con toques de humor que refuerzan el retrato de los personajes. Y segundo, porque es una experiencia más personal, sin duda. Porque lo que habita Hill House, lo que camina a solas en la casa abandonada, lo esboza Shirley Jackson pero dejando que complete el retrato la imaginación de su lector. Y eso da mucho más miedo.

Plano de Hill House dibujado por Jackson (Library of Congress)
  • Una estancia en la que muchos críticos reconocen como la mejor entre las casas encantadas de la literatura.
  • Una historia cargada de suspense que avanza a paso lento pero firme.
  • Una vía de entrada a la obra de Jackson, que incluye la mucho menos conocida e intimista Siempre hemos vivido en el castillo, una obra maestra del terror psicológico.

Más info:

  • La maldición de Hill House (1959), Shirley Jackson.
  • Género: novela de terror, novela gótica.
  • Páginas: 246.
  • Imágenes: firma (fuente: Wikipedia) y foto de Shirley Jackson (Wikipedia). Portada de la primera edición de la novela (fuente: Wikipedia).
  • Existen dos adaptaciones cinematográficas de la novela: The Haunting (1963), con buenas críticas y The Haunting (1999), con muy malas críticas.
  • Reseña (en inglés) en The Guardian de A Rather Haunted Life, la biografía de Shirley Jackson de Ruth Franklin, otro libro en mi larga lista de lecturas pendientes.
  • En 2020 se estrenó la película Shirley, basada en la novela del mismo título de Susan Scarf Merrell, que es una obra de ficción con tintes biográficos.

Psychoville

Mr. Jelly (que no Mr. Jolly): un payaso con garfio y con un maquillaje entre Pennywise y el Joker que llega a las fiestas infantiles en un coche fúnebre con el lema “mantengo callados a los niños”. Hay que decir que es una propuesta de valor muy tentadora.

Maureen y Edward Sowerbutts: componen el mejor retrato de una relación maternofilial desde Psicosis. Fanáticos de los asesinos en serie, ponen en práctica muchos de sus aprendizajes. Y se quieren mucho. Demasiado.

Son mis personajes favoritos de Psychoville, la serie de dos temporadas de Reece Shearsmith y Steve Pemberton que se emitió entre 2009 y 2011. Conocí el trabajo de estos dos actores y guionistas británicos gracias a Inside No. 9, serie a la que dediqué una entrada en este blog. Como fue de esas series que dejan un vacío del tamaño del Gran Cañón, seguí buscando qué más habían hecho Shearsmith y Pemberton y llegué a esa maravilla del humor negrísimo que es Psychoville. Después he seguido con The League of Gentlemen, serie anterior a Psychoville, con lo que voy viendo como los actores son cada vez más jóvenes, cual pareja de Benjamin Buttons.

Huelga decir que no es para todos los públicos. Porque no hay nada que nos guste a todos, claro que no. Pero hay productos muy populares con los que te arriesgas menos si los recomiendas y otros que atesoras para disfrute propio, sin recomendar para no arriesgarte a que la palabra «series» sea tabú cada vez que te juntas con tus amigos.

Pero ya ves que no me puedo resistir a recomendarla. Psychoville es una comedia muy negra y muy británica. Aquí va el trailer:

¿Te parece un poco cutre? Lo entiendo. Pero si te va el humor negro y estrafalario, con unos toques de terror gótico y de suspense, no dejes que esa estética que parece sacada de una sitcom del siglo pasado te eche para atrás.

Porque, además del humor, Psychoville ofrece una colección de personajes memorables, que lo son no solo porque nos hacen reír, sino porque en sus 14 episodios de media hora los vamos conociendo a fondo y los vemos evolucionar. En mi caso, hasta le cogí cariño a algunos que me daban grima al principio.

Al contrario que en Inside No. 9, donde nos encontramos con capítulos que son historias independientes, aquí existe una trama tipo thriller que avanza episodio tras episodio, con grandes dosis de suspense. No se trata de una colección de sketches o chistes a lo Monty Python’s Flying Circus. La narración arranca con un misterio: los cinco personajes protagonistas reciben una carta anónima con el texto «sé lo que hiciste…». Sus vidas se entrelazan a partir de ese momento, con sorpresas que se van develando en cada episodio.

No desvelo nada más de la trama. Bueno, solo una cosa más: hace poco vi la serie de Apple TV Servant (2019), que trata sobre una pareja que ha perdido a su bebé. Una terapeuta decide darles un muñeco muy realista (sí, existen) para reemplazar al bebé muerto y así ayudar a la perturbada madre a sobrellevar la tragedia. El problema es que la pobre mujer empieza a creer que el muñeco está vivo, que es su hijo. Pues bien, la misma historia apareció en Psychoville 10 años antes con el personaje de Joy (brutal Dawn French), la comadrona. Con desenlaces y muñecos muy distintos, eso sí.

Joy tiene la suerte de poder llevar a su hijo al trabajo.

Al inicio mencionaba la película Psicosis. La relación de los Sowerbutts no es la única referencia a Hitchcock. La pareja madre-hijo protagoniza un episodio que es un homenaje a La Soga (Rope, 1948), esa película experimental del británico rodada en largos planos secuencia en un único escenario, una habitación. El mismo método se utiliza en el episodio 4 de la primera temporada, en el que Maureen (Shearsmith) y David (Pemberton) arrancan estrangulando a un hombre al son de los violines gritones de la escena de la ducha de Psicosis.

Y no es la única referencia: Psychoville es muy intertextual y revela la pasión por el cine de sus creadores. Disfrutarás si te gusta jugar a cazar las referencias, no solo cinéfilas sino también literarias y culturales, tanto en las situaciones como en los decorados y en los objetos que utilizan los protagonistas. No voy a poner más ejemplos para evitar más spoilers, pero es una serie cuya imagen algo destartalada oculta una minuciosa atención al detalle.

Solo un detalle más: me vuelve loca el peinado de Mr. Jelly (Shearsmith, divertidísimo cuando se pone en la piel de personajes coléricos), el payaso. Lleva un triste mechón peinado sobre la coronilla de su peluca, como intentando disimular la falsa calva de ese disfraz que no se quita ni para dormir. Un detalle vanidoso que aporta textura a un personaje por lo demás… desastroso.

Video promocional de Mr. Jelly, payaso para fiestas infantiles (de su web http://www.jellyparties.co.uk/)

Otra baza de Psychoville es su reparto. Junto a Shearsmith y Pemberton encontramos a Mark Gatiss (Sherlock, Doctor Who) que, junto con el guionista Jeremy Dyson, formaron el cuarteto cómico The League of Gentlemen a mediados de los 90 (el mismo nombre que utilizaron para su primera y surrealista serie). Además de la ya mencionada Dawn French, aparecen Daniel Kaluuya (Get Out), Daisy Haggard (Back to Life), Imelda Staunton (Harry Potter, Pride), Mark Bonnar (Line of Duty), Katherine Parkinson (The IT Crowd), Amanda Abbington (Sherlock), entre otras caras que te resultarán conocidas si te interesa el panorama seriéfilo británico.

En resumen: te recomiendo Psychoville si te va el humor británico (negro, incorrecto, brillante, despiadado, inteligente y muchas veces absurdo) y si has disfrutado con series como The IT Crowd, Garth Marenghi’s Darkplace, Utopia o la norteamericana (con sangre neozelandesa) Lo que hacemos en las sombras.

Más información:

  • Psychoville (el título, por cierto, surge del nombre que le dieron en Japón y Corea a The League of Gentlemen).
  • Temporada 1 (2009): 7 episodios de 30 minutos.
  • Episodio especial de Halloween (2010): 1 episodio de 45 minutos.
  • Temporada 2 (2011): 6 episodios de 30 minutos.
  • En España está disponible en Filmin en VOS.

Mr. Turner

Mr. Turner (2014) es una película de Mike Leigh protagonizada por Timothy Spall y centrada en la etapa de madurez del pintor inglés Joseph Mallord William Turner (1775-1851). Seguro que conoces sus cuadros: manchas de color con las que evocaba la luz de paisajes en los que, a menudo, aparecían naufragios o nuevas máquinas de la época. Piensa en locomotoras y barcos de vapor.

Lluvia, vapor y velocidad. El gran ferrocarril del oeste. 1844

Mr. Turner es una película que ha gustado a los críticos pero no a la audiencia, como ilustra Rotten Tomatoes:

Sobresaliente alto para la crítica y aprobado rascado para el público. ¿Qué pasa?

La vi hace unos días. Le di al play una noche ya tarde, pensando que quizás tendría que verla en dos partes: en modo serie. Me enganchó. Acabe viéndola entera y acostándome muy tarde y muy contenta. Así que estoy del lado de la crítica aquí. Aunque entiendo la baja puntuación de la audiencia, porque Mr. Turner no es:

  • Un biopic al uso. Vemos aquí la madurez de Turner, pero no nos cuentan su infancia ni inicio de su carrera. No aparece el típico gran momento de la verdad en el que el artista descubre su vocación.
  • Corta. Todo lo contrario, son 150 minutos caminando, pintando, comiendo, fornicando, cantando y viajando junto a Turner.
  • Sentido y Sensibilidad con óleos y acuarelas. El siglo XIX que vemos aquí no está idealizado. A ratos huele mal.

Entiendo que llegar a Mr. Turner esperando una película biográfica estándar decepcione. Porque esta película es otra cosa. Esto es lo que (en mi humilde opinión) sí que es Mr. Turner:

  • Una colección de impresiones de la vida de Turner. Casi como una exposición de momentos, fotografiados con una luz que parece pintada por el propio artista, con predominio de tonos amarillos.
  • Un Timothy Spall brutal (se llevó la Palma de Oro de Cannes) que da vida a un Turner que camina y gruñe como un jabalí. Es hosco, arrogante y misántropo. Vive con su padre y con una sirvienta (Dorothy Atkinson) con la que tiene sexo cuando y donde le apetece, algo que al parecer era —lamentablemente— común en la época. Pero el conjunto es muy humano. Y la imagen huraña de Turner-Spall (esa gárgola, como él mismo se define) contrasta con su expresión cuando encuentra la belleza a su alrededor, esa luz que captará en sus cuadros.
  • Una visión realista del siglo XIX, con sus problemas de higiene, sus enfermedades —esa especie de psoriasis que va avanzando en la piel de la pobre sirvienta—, sus contrastes sociales y su misoginia. La película me dejó la sensación de haberme asomado a una ventana a esa época. Hay muchos detalles del día a día, como cuando el padre (Paul Jesson) va a comprar pigmentos y luego trabaja en el estudio preparando y mezclando las pinturas. Lo tocas, lo vives.
  • Un paseo por los entresijos del mercado del arte, incluyendo visitas a la Royal Academy a la que los pintores acuden para ver dónde han colocado sus obras, lo que les informa de cómo va a ir su carrera artística.
  • Un retrato del amor maduro sin azúcar ni edulcorantes que resulta creíble y conmovedor.

Hay algo más, un detalle que puede hacer bajar la puntuación del público. Mr. Turner fue la película con más denuncias a la BBFC (British Board of Film Classification) de 2014 debido a una escena de sexo en la que Spall aprieta su trasero contra el de su sirvienta, mientras gruñe. El encuentro es breve y el culo de Spall está cubierto con sus pantalones. Pero la película estaba clasificada para mayores de 12 años y una parte de la audiencia consideró la escena inadecuada. La BBFC mantuvo la clasificación.

Turner experimentó también la controversia. Contó con el favor del público y de la crítica durante gran parte de su vida: a los cuarenta era un pintor rico y orgulloso que había revolucionado el panorama artístico. No obstante, hacia el final de su carrera se generalizó la idea de que el pintor estaba loco o senil. Su carácter introvertido se acentuó y no decía una palabra más de la necesaria. Sus cuadros se volvieron más abstractos. Sus detractores decían que parecían pintados por alguien sin manos, o con una fregona como en este grabado del ilustrador Richard Doyle.

J.M.W. Turner, grabado de Richard Doyle (1846) NPG D6996

Es lo que tiene ser innovador en el mundo de arte: no todo el mundo está preparado para aceptar lo nuevo. Sin embargo, el tiempo puso en su sitio a Turner y a sus críticos. Aunque pertenece al Romanticismo, su estilo le colocó en la vanguardia de su época y fue muy influyente en los impresionistas. También se le considera un precursor del arte abstracto.

Destaco una escena de la película en la Royal Academy. La sala es impresionante, con cuadros colgados en cada centímetro de pared llegando hasta el techo acristalado. Los pintores —baile de chaqués negros y sombreros de copa— están atareados haciendo retoques en sus cuadros y ojeando los de sus compañeros y competidores. Es el día previo a la apertura de la exposición, conocido aún hoy como Varnishing Day, o «día del barnizado». Parece ser que Turner hacía algo más que retocar: acababa algunos de sus cuadros en la misma sala, ante los ojos incrédulos y burlones de sus colegas.

Aquí puedes ver cómo se hizo esta escena, con tanta atención al detalle que consigue transportarte a la época.

La película está disponible en España en Filmin. Te la recomiendo si te gusta el arte, el cine británico de época —cómo bordan la ambientación, nadie lo hace como ellos— y las historias de ritmo pausado pero minuciosas en el retrato de los personajes y en los detalles. Si no, descártala.

Más información:

  • Imagen destacada: J.M.W. Turner por Charles West Cope, NPG 2943
  • Entrevista a Timothy Spall, en la que describe cómo se preparó para interpretar a Turner: con 2 años de clases de pintura, entre otras cosas.
  • Sí, Timothy Spall sale aquí más guapo que en Harry Potter.

Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego (Pale Fire, 1962) es una novela de Vladimir Nabokov. Un novela atípica, con una estructura muy peculiar y con un perfecto espécimen de narrador poco fiable. A la altura, en cuanto a credibilidad, del mismísimo Humbert Humbert de Lolita.

No quiero desvelar mucho aquí, por si no la has leído. Más adelante habrá spoilers, te avisaré antes. Porque lo mejor es llegar a Pálido fuego sin mucha información previa e ir descubriendo las sorpresas que Nabokov fue dejando en el texto para que nosotros, los lectores, trabajemos nuestra propia interpretación.

Pálido fuego se presenta como la edición póstuma del poema homónimo escrito por el poeta norteamericano John Shade. En la superficie, el texto tiene la forma típica de este tipo de libros: un prólogo del autor, llamado Charles Kinbote, seguido del poema en cuatro Cantos de Shade; a continuación encontramos las notas de Kinbote sobre los versos y, por último, un índice.

Kinbote nos informa de que conocía personalmente al difunto Shade. Ambos eran colegas en la universidad de New Wye, Appalachia. Además, eran vecinos: Kinbote había alquilado una casa al otro de la calle de Shade, desde donde podía ver la casa de su admirado poeta.

Hasta aquí la capa superficial, las apariencias. No parece muy interesante, ni mucho menos una novela. A menos que te gusten los estudios académicos sobre poesía norteamericana de mediados del siglo XX, es posible que descartes este libro en este punto.

No lo descartes.

Pálido fuego se puede leer como un estudio académico del ficticio profesor Kimbote acerca del ficticio poeta Shade, pero eso sería como leer Lolita como si fuera la desgarradora historia de amor del incomprendido profesor Humbert.

Recurriendo a la manida imagen de las muñecas rusas —topicazo, hablando de un escritor ruso—, el análisis del poema es solo la primera muñeca, la más grande, la que con su sonrisita tímida oculta en su interior una serie de matrioshkas que —quizás— no tienen una cara tan amable.

Si no abres la primera matrioshka, no sabrás si las de dentro están igual de contentas.

Pálido fuego es un ejemplo de metaficción, ya que es ficción sobre otra ficción (el poema). Es también una novela hipertextual, con enlaces entre las distintas partes del texto (las abundantes notas del poema) que ofrecen distintas interpretaciones a un mismo lector si elige cambiar el orden de lectura. Pensarás en el clásico ejemplo de Rayuela, de Cortazar, publicada un año después. O en aquellos libros infantiles en los que eliges tu propia aventura. Todos son ejemplos de hipertexto, un término que puede sonar muy moderno para principios de los 60, pero que fue acuñado solo un año después. El creador del neologismo utilizó la novela de Nabokov para hacer una demostración del funcionamiento de los hipervínculos en 1969.

Pálido fuego: aquí vienen muchos spoilers

Último aviso: no sigas si aún no has leído este libro y quieres leerlo.

Una vez abierta la primera muñeca rusa, Pálido fuego se desvela como algo mucho más interesante. El narrador es Charles Kinbote, quien se define como un profesor nativo de Zembla, una nación con cierto aire soviético del norte de Europa. Inmediatamente, ya en el prólogo, vemos que él ha venido aquí a hablar de su libro. Utiliza el poema de Shade como pretexto para hablar de sí mismo, de Zembla y para contarnos la historia de su rey, Charles II el Bienamado, quien protagonizó una huida trepidante de su reino a consecuencia de una revolución.

La historia puede resultar difícil de leer al principio, puesto que hay mucha digresión sobre asuntos zémblicos y, además, está el poema íntegro de Shade. Pero vale la pena el esfuerzo porque Nabokov va recompensando con creces al lector. Su Kinbote se autorretrata a través de sus historias grandilocuentes y también mediante su descripción de las conversaciones con Shade y, sobre todo, con Sybil, la esposa del poeta. Ella tiene calado desde el principio a este personaje rimbombante y misógino, hilarante en su interpretación de una realidad de la que se siente protagonista.

Bajo la primera capa ya comentada (Pálido fuego es la edición comentada de un poema) aparece rápidamente la segunda. En esta versión, Kinbote va dejando entrever que él es el monarca expatriado de Zembla, viviendo de incógnito en Estados Unidos. Además, está convencido de que el tema principal del poema de Shade es Zembla, puesto que en sus conversaciones con el poeta él se encargó de narrarle con todo detalle las aventuras del rey fugitivo y de su perseguidor Gradus, dignas del mejor James Bond. Kinbote trata de que Shade le deje ver el poema mientras lo está componiendo, pero no lo consigue. Cuando por fin lo acaba, Kinbote le invita a tomar una copa en su casa, pero en ese momento aparece Gradus, que ha descubierto que Kinbote es en realidad Charles. Les dispara cuando se dirigen a su casa, pero falla el tiro y mata a Shade en lugar de a Kinbote.

Viendo a Shade muerto, Kinbote le arrebata el poema de las manos y lo guarda. Al leerlo, se da cuenta de que el poema no trata sobre Zembla, sino sobre Hazel, la hija de los Shade, que se suicidó un tiempo atrás. No obstante, Kinbote no cede en su empeño. En la parte de los comentarios o notas del poema, consigue leer entre líneas e interpretar todas las referencias que el poeta escondió en sus versos acerca de la nación europea y de su heroico rey exiliado.

O quizás no. Y por eso vale tanto la pena este libro. Porque convierte al lector en una especie de detective que va recogiendo las pistas y llegando a conclusiones. Nabokov cuenta con nosotros para que la historia real salga a la superficie.

Nabokov, retador.

En esta tercera capa o lectura, Kinbote está loco y Zembla y su rey existen solo en su imaginación. Gradus, su némesis, tampoco existe. El asesino de Shade era un expresidiario que confundió al poeta con el casero de Kinbote, el juez que le envió a la cárcel.

A partir de esta lectura, diversos académicos han llegado a distintas conclusiones. La que ha tenido más aceptación es que en realidad Kinbote es un pedante profesor ruso llamado Botkin, alguien a quien nadie soporta como deja claro una mujer que le espeta en una tienda:

«Es usted una persona extraordinariamente desagradable. No entiendo cómo John y Sybil pueden soportarlo— y exasperada por mi sonrisa cortés, añadió—: Y además está usted loco».

Pero ha habido otras interpretaciones. Que Shade es el narrador y que se inventó al personaje de Kinbote para comentar su obra. O que el poema está escrito por la hija muerta de Shade, Hazel.

El propio Nabokov resolvió el puzle en una entrevista en el New York Herald Tribune:

“It is jollier than the others,” he said, “and it is full of plums that I keep hoping somebody will find. For instance, the nasty commentator is not an ex-King of Zembla nor is he Professor Kinbote. He is Professor Botkin, or Botkine, a Russian and a madman. His commentary has a number of notes dealing with entomology, ornithology, and botany. The reviewers have said that I worked my favorite subjects into this novel. What they have not discovered is that Botkin knows nothing about them, and all his notes are frightfully erroneous. . .”

Aquí lo deja claro: es el loco de Botkin. Y afirma también que sus comentarios acerca de entomología, ornitología y botánica son erróneos, lo que añade textura a este personaje tan megalómano y narcisista. Yo tengo que decir que no me di cuenta de estos errores, los busqué después, al leer la entrevista, en la que se revelan más detalles de un libro muy divertido y lleno de sorpresas que no te puedes perder si disfrutas leyendo entre líneas.

  • Un estudio de una obsesión narrada en primera persona por un personaje inolvidable.
  • La experiencia de jugar a resolver un rompecabezas creado por Nabokov, nada menos.

Más información:

La brújula de Noé, de Anne Tyler

La brújula de Noé (Noah’s Compass, 2010) es una novela de Anne Tyler, la escritora ganadora de un Pulitzer que sitúa casi todas sus obras en Baltimore.

Me ha sorprendido leer que Tyler no es de Baltimore. Nació a unos 1800 kilómetros de distancia, en Mineápolis, aunque creció en una comunidad cuáquera de Raleigh, en Carolina del Norte. Abandonó la religión de sus padres ya muy pronto: a los siete años se dio cuenta de que no podía creer en Dios y ha sido atea desde entonces, definiéndose como una persona no espiritual que no tiene interés en conocer el sentido de la vida.

Tras acabar sus estudios de Filología Rusa, Tyler se casó con un psiquiatra iraní y es entonces cuando aparece en escena Baltimore, ya que su marido obtuvo una plaza en un hospital de esta ciudad. Al principio la odiaba. Poco después, ya no se veía viviendo en otro sitio y ha convertido la ciudad en el escenario de casi todas las novelas.

Baltimore (foto de Abdullah Almutairi en Pexels.com)

Descubrí a Anne Tyler hace muchos años, cuando vi El Turista Accidental (1988) de Lawrence Kasdan en una cinta VHS de videoclub. La película me encantó, pese a que estaba cargada de adultos hechos y derechos cuyas preocupaciones me quedaban aún muy lejos (luego descubrí que no tanto, no tan lejos). Qué jóvenes me parecen ahora aquellos William Hurt, Kathleen Turner, Geena Davis y Bill Pullman. Y el corgi.

Después de ver la película leí el libro y seguí leyendo libros de esta autora, incluyendo Ejercicios respiratorios, la novela con la que ganó el Pulitzer. Por el motivo que sea —¿muchos libros en la lista y poco tiempo?— llevaba ya tiempo sin adentrarme en una historia de Tyler y leer ahora La brújula de Noé me ha dado la sensación de encontrarme con un grupo de viejos amigos. De volver a esa zona de confort de la tanto se empeñan en hacernos salir los gurús expertos en desarrollo personal.

La brújula de Noé es la decimoctava novela de Anne Tyler. Su protagonista, Liam Pennywell, es un profesor de primaria que se ha quedado sin trabajo a los 61 años. Para reducir costes, decide dejar su piso y mudarse a un modesto bloque de apartamentos en las afueras de Baltimore. En el primer capítulo nos lo encontramos en plena mudanza, acompañado por un amigo y por el novio adolescente de la menor de sus hijas. Al acabar, Liam se acuesta agotado en su nueva habitación. Cuando despierta, se encuentra en otro sitio: en la habitación de un hospital, con la cabeza vendada. Y no recuerda cómo ha llegado allí.

En el hospital vamos conociendo a la familia de Liam: sus tres hijas y su exmujer, Barbara. Nos vamos enterando de que Liam es, además, viudo: la madre de su hija mayor murió cuando la niña era aún muy pequeña. También nos cuentan qué le pasó a Liam. Alguien se coló en su apartamento con la intención de robar. Liam debió despertarse e intentó impedirlo enfrentándose al ladrón y acabó con una herida en la mano y un golpe en la cabeza que le dejó inconsciente. Un vecino oyó el ruido y llamó a emergencias.

La obsesión de Liam por recuperar esos recuerdos perdidos es lo que pone en marcha la trama de esta novela. Y no porque tenga un afán de venganza por el ladrón —en paradero desconocido— ni miedo de que vuelva a suceder. Lo que le angustia es la pérdida de control que siente al no ser capaz de recordar nada de lo que pasó. En la sala de espera de un neurólogo, a quien acude para saber si hay forma de recuperar la memoria, se fija en un paciente anciano que llega acompañado por una mujer joven. Oye como la joven pronuncia un nombre femenino justo antes de que el hombre salude a la recepcionista en voz alta, utilizando el nombre que le acaban de apuntar. Liam se queda fascinado por el rol de esa mujer, a la que considera una especie de disco duro externo de memoria, una experta en el funcionamiento de los recuerdos. Y a partir de ese momento hará todo lo posible por conocerla.

He leído toda la novela poniéndole la cara de Peter Mullan a Liam Pennywell.

La brújula de Noé es una novela simple en apariencia. De esas en las que muchos dirían que no pasa nada. Con protagonistas típicos de Tyler: un hombre de mediana edad al borde de una crisis, rodeado de una familia atípica. Retrata como nadie a personas que han llevado una vida cómoda y predecible y que, por algún acontecimiento inesperado, ven su rutina alterada. Su vida patas arriba.

No la leas si El turista accidental te pareció un peñazo. Porque va en esa línea. Tyler no es una escritora de tramas a lo Grisham, Christie o Child. Sus personajes son imperfectos, a veces antipáticos o poco agradables. Pueden ser torpes, con habilidades sociales limitadas, excéntricos, irritables. Y viven situaciones cotidianas. Precisamente por todo esto, son muy creíbles. De carne y hueso: personajes con los que los lectores nos podemos identificar.

Destaca también por el humor —a veces sutil, a veces negro— con el que retrata a los personajes o las situaciones, incluso cuando son dramáticas, como el robo en casa de Liam. Y por la precisión de su lenguaje al describir las sensaciones, con las palabras justas y creando imágenes que nos permiten ponernos en la piel de los personajes, como en esta frase que describe cómo Liam intenta recordar lo sucedido, aún en el hospital y con la cabeza vendada:

His lost memory was like a physical object just beyond his grasp. He could feel the strain in his head. It made the throbbing even worse.

Me parece muy gráfica esta imagen del esfuerzo mental intentando llegar a tocar ese objeto, la memoria perdida, justo fuera de su alcance. Tyler usa un vocabulario tan sencillo que puede parecer fácil pero que no lo es. En absoluto. El proceso de escritura de la autora es laborioso: escribe varios borradores a mano, pasando a ordenador solo las partes con las que está satisfecha; después imprime el borrador y lo reescribe de nuevo a mano. Por último, lee el texto completo en voz alta y lo graba con un dictáfono, para transcribir la versión final.

Un camino en Roland Park (Baltimore), el barrio en el que vive Anne Tyler. El Turista Accidental se rodó en casas de este mismo barrio. (foto de Eli Pousson)

La brújula de Noé te gustará si disfrutas leyendo historias creíbles de personajes de carne y hueso, con esos toques de humor tan típicos de esta escritora. Anne Tyler ha sido una escritora bastante esquiva, reacia a dar entrevistas y a aparecer en eventos públicos, pero en los últimos años dice haberse relajado un poco y ha desvelado algunos de sus secretos para crear estos personajes tan particulares: las conversaciones de gente real en la calle —o en la caja del supermercado—, el trabajo del sociólogo Erving Goffman con el estudio de la interacción social, y los vídeos de Youtube cuando necesita añadir detalles acerca de la profesión de sus personajes.

  • Un retrato de Baltimore, de sus calles y de su gente.
  • La respuesta a la pregunta ¿qué tiene que ver la brújula de Noé con todo esto?
  • Un ejemplo de cómo las grandes revelaciones de la vida nos pueden pasar desapercibidas si no estamos atentos.

Más información:

  • Imagen de Peter Mullan de Andymiah en Wikipedia.

Ancho mar de los Sargazos – Jean Rhys

Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea) es una novela de la escritora Jean Rhys (1890-1979) publicada en 1966. Antes de hablar de este libro, una breve introducción.

Me gusta mucho la novela del siglo XIX: Mary Shelley, Jane Austen, las Brontë, Louisa May Alcott, Oscar Wilde, Henry James, etc. Pero no me gustaría haber sido una mujer en el siglo XIX.

Ni siquiera me pondría en la piel de una de las heroínas más celebradas de la época, Jane Eyre. Es un personaje admirable, no digo que no. Jane supera a golpe de tesón una niñez dickensiana —peor, porque los protagonistas de Dickens tenían mejor pronóstico solo por haber nacido hombres— y acaba convertida en la señora de Rochester. Del atormentado y byroniano Edward Rochester. Que bajo el mismo techo en el que cortejaba a Jane —casi 20 años más joven que él— mantenía a la hija de una de sus amantes y a su legítima esposa, Bertha Mason, encerrada en una habitación de la buhardilla, con la excusa de que estaba loca.

Hay que decir que Jane rechaza a Rochester cuando se destapa el pastel de su mujer y que, cuando por fin acepta casarse con él, es porque se lo encuentra ciego y desfigurado tras haber intentado de forma heroica—sin éxito, ejem— salvar a su mujer de un incendio que ella misma había provocado. Castigado por sus pecados. Hecho un cromo. Seguro que en sus años con Jane a partir de ese momento —el final de la novela— fue mucho más manso. Además, ella había conseguido la independencia económica gracias a una herencia inesperada. Así que no es una damisela en apuros, ni mucho menos.

Jane Eyre es una gran novela, un clásico que hay que leer. Jane es un personaje muy vivo, que habla contigo, lector, como lo hacemos tantos bloggers hoy en día (su famoso «Reader, I married him»). Por supuesto, hay que situarse en en el marco histórico-social victoriano en el que Charlotte Brontë escribió esta novela. No podemos juzgar las decisiones de su protagonista como si fuera una chica de 18 años de hoy. No. La novela es revolucionaria para su época (hablamos de 1847) en su exploración de la búsqueda de la libertad de una mujer, una libertad que le permitirá expresarse tal y como es y controlar sus relaciones con los otros. Es protofeminista.

Sí, pero no olvidemos el pequeño detalle de que Rochester tenía a su primera mujer encerrada en la buhardilla.

Jean Rhys (izquierda) en los 70.

Jean Rhys no lo olvidó. Porque ella, nacida en las Antillas de padre galés y madre criolla, podía ponerse en la piel de la Bertha Mason de Brontë, nativa de Jamaica. Aunque les separaba más de un siglo, Rhys vivió en sus carnes lo que era ser una criolla en Inglaterra, a donde llegó con 16 años. Se burlaron de su acento, de la condición de otredad a la que estaba sujeta por su origen, hasta el punto de que no consiguió estudiar arte dramático como se había propuesto. A partir de ahí llevó una vida digamos que intensa, para no entrar aquí en detalles.

Rhys empezó a escribir a los veintitantos, pero Ancho mar de los Sargazos la escribió después de un parón literario de casi tres décadas, cuando tenía 76 años. Esta novela es uno de los primeros libros en los que un personaje de un libro muy conocido toma el papel de protagonista y cuenta su historia. En este caso es la loca del ático, la mismísima Bertha Mason, quien nos narra su historia desde su niñez en Jamaica, entonces una colonia británica.

Bertha no es su nombre real. Se llama Antoinette, primero Cosway y luego Mason, tras el segundo matrimonio de su madre. Rochester entra en su vida a través de un matrimonio de conveniencia: por dinero, para lograr la independencia económica de su padre. Tras un breve cortejo, se casan y se trasladan a una finca de los Mason, donde ambos comenzarán a cuestionarse la relación. Un supuesto pariente de Antoinette le hace saber a Rochester que la locura corre por las venas de su nueva esposa, heredada de su madre. A partir de ahí, cada salida de tono de Antoinette hace que se confirme la sospecha de Rochester. A su vez, ella descubre que su marido no la ama, lo que no le sienta nada bien. Él va dejando clara su indiferencia hacia ella, su desprecio incluso, hasta el punto de cambiarle el nombre.

“Don’t laugh like that, Bertha.”
“My name is not Bertha. Why do you call me Bertha?”
“Because it is a name I’m particularly fond of. I think of you as Bertha.”

Ancho mar de los Sargazos no es solo una precuela de Jane Eyre. Es una novela poscolonial, en la que Rochester representa el papel de colonizador que llega a la isla tratando de arramblar con todo lo que pueda. No solo quiere el dinero y las tierras de Antoinette. Le cambia el nombre como los colonos europeos cambiaban el nombre de los territorios que ocupaban. La posee para hacer con ella lo que quiera. Anula su identidad, preparando el camino para que acabe convertida en la figura fantasmal que Brontë necesitaba para darle ese toque gótico a su historia.

Es también una novela feminista, que denuncia la opresión patriarcal sufrida por Antoinette / Bertha. Esta doble opresión, la colonial y la patriarcal, conducirá al final horrible de Bertha en Thornfield Hall que ya conocemos.

Esta breve novela (152 páginas) es muy recomendable si te gusta Jane Eyre. Algunas personas opinan que destroza la novela de Brontë, pero yo no lo veo así. Lo que hace es dar voz a un personaje que se merecía una biografía y que, con su narrativa, pone de relieve todas esas tensiones que estaban latentes en el texto original: la dominación patriarcal y colonial y las identidades mestizas. Puedes volver a leer y a disfrutar Jane Eyre después de Ancho mar de los Sargazos, encontrando nuevos significados en escenas que podían haberte pasado desapercibidas.

Por supuesto, la obra de Rhys es solo una interpretación de lo que pudo ser la vida del personaje creado por Brontë. Es una ficción sobre otra ficción. Así que, si prefieres creer la versión de Rochester, en la que él es solo la pobre víctima de una lunática, puedes hacerlo. Es la maravillosa subjetividad de la literatura: las particularidades que tenemos como lectores —como humanos— nos permiten crear y recrear el texto de manera única en cada lectura.

  • Un viaje al exuberante Caribe de 1830: el libro está lleno de descripciones muy vívidas de la naturaleza, que sirven para subrayar el contraste con la fría y gris Inglaterra representada por Thornfield Hall.
  • Un ejemplo temprano de lo que hoy conocemos como fanfiction: nuevos textos creados por y para fans a partir de un texto original.
  • Una lección sobre el punto de vista: ¿crees que conoces bien una historia? Intenta verla desde otro ángulo.

Más información:

  • Foto de Jean Rhys de Wikimedia Commons.
  • Sandra Gilbert y Susan Gubar escribieron en los 70 un ensayo clave de la crítica literaria feminista (Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination) que analiza el significado e importancia de Bertha y de otros personajes similares como catarsis para sus autoras.