Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio — Alice Munro

El título de este libro podría ser la descripción de las etapas de la relación tempestuosa de una pareja en una novela romántica: Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. No lo es. Esta enumeración agrupa varios relatos de la canadiense Alice Munro (Wingham, Ontario, 1931) uno de los cuales se titula precisamente así.

Esta cadena de texto es, en realidad, un juego infantil. Una niña escribe su nombre y el del chico que le gusta en un papel. Después, tacha las letras que coinciden en ambos y suma las restantes. Cuenta después ese número con los dedos mientras va recitando la lista: odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonio. Y la palabra que pronuncie al terminar de contar determinará el futuro de su relación con ese chico. Una variación con más nivel de detalle del clásico «me quiere, no me quiere» mientras se van arrancando los pétalos de una margarita. El azar, eligiendo nuestro futuro.

Y algo así encontramos en lo que le sucede a Johanna, la más bien feúcha protagonista del relato, a la que Munro describe con frases tan visuales como esta:

Sus dientes se amontonaban en la parte delantera de su boca como si estuvieran listos para pelear.

Estos brochazos sueltos —como pinceladas de un cuadro impresionista— se van repitiendo a lo largo del relato, hasta conseguir que se unan en el cerebro del lector parar formar una imagen muy precisa de Johanna, por dentro y por fuera. Es una descripción que puede sonar neutral o distante frase a frase, pero que acaba componiendo un retrato profundamente humano del personaje. Y hay humor, un humor negro pero sutil, que puede pasar desapercibido. No son grandes chistes, son toques de humor —muchas veces irónico— como la descripción de la dentadura de Johanna o lo que ella misma piensa cuando se mira en el espejo del probador de una tienda de ropa:

Al principio miró solo el traje. Estaba bien. Era su talla: la falda era más corta que las que solía ponerse, pero lo cierto es que lo que solía ponerse no se llevaba. No había ningún problema con el traje. El problema era lo que salía de él. Su cuello y su cara y el pelo y las manos grandes y las piernas gruesas.

Alice Munro: no es un sueño (fuente)

No había leído a Munro hasta ahora. Muy mal, lo sé. Pero, ah, ahora tengo casi toda su obra por leer y disfrutar. Es como cuando sueñas que encuentras una habitación secreta en tu casa, un espacio nuevo y amplio en el que —por lo que sea— no habías reparado hasta ahora y que te abre un mundo de posibilidades. Pero mucho mejor, porque Munro no es un sueño. Ahí siguen sus libros cuando te despiertas.

Tampoco he visto las películas basadas en relatos de Munro, ni la de Sarah Polley ni la de Almodóvar. Ni siquiera Hateship Loveship (2013), la protagonizada por una Kristen Wiig demasiado delgada, demasiado guapa y con una dentadura demasiado ordenada como para interpretar a la Johanna de Munro. Aunque seguro que lo hace muy bien, calculo que se necesitarían al menos dos Wiigs para llenar el traje de Johanna. ¿Por qué no respetar la descripción de la escritora, cuando es importante para la trama? Vendería menos entradas, supongo.

Odio, amistad, noviazgo, amor, matrimonioHateship, Friendship, Courtship, Loveship, Marriage») incluye los siguientes nueve relatos:

  • «Odio, amistad, noviazgo, amor matrimonio»
  • «Puente flotante»
  • «Los muebles de la familia»
  • «Consuelo»
  • «Ortigas»
  • «Poste y viga»
  • «Lo que se recuerda»
  • «Queenie»
  • «Ver las orejas al lobo»

En estos relatos Munro trata temas recurrentes: el amor —no un amor idealizado y romántico sino algo más terrenal, más crudo y realista—, las mentiras, el azar y las oportunidades perdidas. En general, los temas se presentan en un contexto doméstico que engaña, con turbulencias bajo la una primera imagen serena, inofensiva. Y con su estilo único: no sé qué tiene pero consigue que el lector sienta las emociones que sienten sus personajes. Da la sensación de ser una persona muy sagaz y observadora, atenta a los detalles, que en su obra se van desvelando poco a poco hasta componer la foto completa, la historia que nos quiere contar.

En «Odio, amistad, noviazgo, amor matrimonio», por ejemplo, encontramos a la ya mencionada Johanna encargando el transporte de unos muebles y luego probándose trajes en la boutique de su pueblo. Quiere comprar un traje para casarse. Sabemos poco más de ella, pero poco a poco iremos recibiendo toda la información necesaria, hasta completar el puzle y llegar al sorprendente final.

Los personajes de esta colección de historias son muy humanos, con defectos, que se perciben cercanos y entrañables por el realismo de sus acciones. Defectuoso y humano es Grant, el protagonista de «Ver las orejas al lobo»The Bear Came Over the Mountain»), que se ve obligado a acompañar a Fiona, su mujer, a una clínica debido al avance implacable del Alzheimer. Ella misma es quien ha decidido su ingreso. Las normas del establecimiento exigen que los pacientes no reciban visitas durante los primeros treinta días. A su pesar, Grant respeta las reglas y vuelve solo a casa. En su tiempo a solas vamos conociendo su pasado, sus infidelidades. Cuando regresa a la clínica, se encuentra con que Fiona ha conocido a alguien.

En «Poste y viga» («Post and Beam«) conocemos a Lorna, una joven mujer casada y con hijos pequeños que, en un momento de preocupación, hace un trato o promesa mental a cambio de que no le ocurra nada a una prima, Lorna, ya que sospecha que puede haber intentado suicidarse. Cuando comprueba que Lorna está bien, se pregunta qué es lo que ha cedido, que va a tener que entregar como parte de su trato. No es salud, no es su belleza, ni sus hijos. Pero es algo terrible (que no desvelaré).

Los relatos que componen este libro son largos, de entre treinta y cincuenta páginas. Los dos comentados están narrados en primera persona, pero también utiliza la primera persona en otros. He disfrutado leyendo cada uno. Más que relatos, parecen pequeñas novelas, por lo que puede llegar a abarcar cada uno y por los sentimientos que provocan. En el caso de Grant y Fiona, por ejemplo, sientes que los has conocido toda la vida, desde el noviazgo hasta la revelación final en la clínica.

Esta cuentista canadiense ganó el Premio Nobel de Literatura en 2013, el mismo año en que se retiró de la escritura. Decidió dejar de escribir porque pensó que la soledad que necesita un escritor para crear ya no le parecía tan buena idea a su edad, 81 años.

Leo que, en persona, Munro es como su prosa: «contenida, observadora, nada pretenciosa, que valora lo directo, la honestidad». Y que su risa es frecuente, alegre y subversiva. Que nació en una zona de Ontario de paisajes llanos y agrestes, de personas conservadoras y muy religiosas, como sacadas del siglo XIX. Que su padre era un granjero de zorros plateados fracasado y solitario; que su madre era más refinada pero demasiado dependiente de las normas de aquella sociedad tan estricta. Y que Alice se refugió en los libros, que le parecían mágicos. Que leyó y releyó sus favoritos, como Cumbres borrascosas. Y poco después, empezó a imaginar, a componer en su cabeza sus propias historias, similares a las que admiraba, pero cambiando el escenario por Canadá.

Después escapó a la universidad, donde estudió periodismo, se casó y cuidó a sus tres hijas, a su marido y de su casa como se esperaba de un ama de casa de la época. Y empezó a escribir:

Temía la atmósfera sofocante de la maternidad y se agarró a lo que llamaba su «doble vida»: garabatear cuando las niñas hacían la siesta; mantener las piezas cortas porque era demasiado difícil concentrarse para escribirlas largas; con sentimiento de culpa porque la escritura robaba tiempo de su familia; y odiando los suburbios de Vancouver, donde se sentía aislada de cualquier tipo de cultura de la escritura.

Ya con cuarenta años cumplidos, se divorció de su primer marido y volvió a su Ontario natal. A partir de entonces, pudo dedicarse de lleno a escribir.

Y le dio tiempo a conseguir una buena colección de premios y reconocimientos, entre ellos el Man Booker International y el Premio Nobel de Literatura (2013). Imagínate a dónde habría podido llegar con una habitación propia desde el principio.

Más información:

  • Esta página agrupa varios enlaces a relatos de Munro, en inglés.

Lord Byron y los vampiros

La semana pasada fue una de esas bien cargadas de efemérides literarias. El 23 de abril de 1616 murió Shakesperare, aunque fue un 23 de abril del calendario juliano. Con el gregoriano —el nuestro, el de ahora—, habría disfrutado de unos días más, hasta el 3 de mayo. Luego está Cervantes, que se nos fue el 22 de abril del mismo año que Shakespeare, pero fue enterrado el día 23 y nos quedamos con esa fecha para marcar el Día Internacional del Libro.

Otros dos escritores nos dejaron en una semana como esta: el poeta romántico Lord Byron, el 19 de abril de 1824. Y Bram Stoker, el 20 de abril de 1912. Hay más escritores fallecidos en estas fechas, claro. Pero hoy toca hablar de estos.

Hace 197 años que murió Lord Byron. Lo hizo, lo de morir, en Mesolongi (Grecia), a los 36 años, demasiado pronto incluso para los estándares de la época. La causa de su muerte no está clara. Sabemos que padeció unas violentas fiebres, quizás malaria, pero la sospecha es que el tratamiento elegido por sus médicos fue lo que precipitó las cosas. Porque lo que estaba de moda entonces eran las sangrías, prescritas para purgar la sangre y curar casi cualquier enfermedad, desde un simple acné hasta el cáncer. Byron se negó a que le sacaran sangre, pero al final cedió viendo que su salud no mejoraba. Y le extrajeron sangre, primero con bisturí y luego con las socorridas sanguijuelas: doce de esos bichos le acompañaron en su última noche.

La muerte de Byron dejó a sus compatriotas británicos en estado de shock. De repente, la mala fama y el odio que le habían hecho abandonar Inglaterra (debido a relaciones extramatrimoniales varias, incluyendo la sospecha de una medio incestuosa con su medio hermana Augusta) se disiparon y el cadáver de Byron fue recibido de vuelta a casa con un baño de multitudes a la altura del de Lady Di. El hecho de haber muerto luchando por la libertad de Grecia lo elevó a la categoría de héroe popular. Su féretro fue expuesto en una casa en el centro de Londres durante dos días en los que no dejaron de circular fans (conocidos —conocidas— como Byromaniacs) para darle su último adiós.

El irlandés Bram Stoker tuvo una muerte mucho más discreta. Para empezar, por la mala elección de la fecha. Porque solo cinco días antes, el 15 de abril de 1912, se había hundido el Titanic. Y la triste noticia de la muerte de Stoker (no se sabe si fue sífilis o una embolia) pasó desapercibida, en línea con el escaso reconocimiento que recibió su obra en vida.

Pero, ¿por qué estamos hablando de Byron y Stoker? Lo vemos.

Lord Byron y el Byronic hero

I awoke one morning and found myself famous.

Sí. George Gordon, Lord Byron (1788-1824) se hizo famoso de la noche a la mañana tras la publicación de Las peregrinaciones de Childe Harold, un largo poema narrativo y autobiográfico que detallaba sus experiencias durante su Grand Tour, el viaje por Europa que los jóvenes pijos aristócratas británicos realizaban como parte de su educación. Su fama fue tan grande que se dice de Byron que fue el primer rock star o celebridad de la historia. Childe Harold se publicó en cuatro partes entre 1812 y 1818. Cada vez que salía la siguiente entrega era una sensación, comparable a lo que hoy en día supone el lanzamiento de una nueva temporada de una serie muy popular, tipo Juego de Tronos.

Sin embargo, la aportación más conocida de Byron a la literatura es un tipo especial de personaje, una mezcla o aleación—porque no se distinguen las partes— compuesta de realidad y ficción, de biografía y obra. Es el Byronic hero o héroe byroniano.

Este personaje se convirtió en un éxito instantáneo. Apareció en muchas de sus obras con distintos nombres pero con rasgos recurrentes: un hombre de origen aristocrático con un pasado oscuro, distante, misterioso, inteligente, sensible, con tendencia a la melancolía y de naturaleza rebelde. Inmediatamente sus lectores asociaron estos rasgos con el autor, que se convirtió en el arquetipo de poeta romántico inglés, personificando el temperamento individualista y la subjetividad de este movimiento tanto en su poesía como en su vida.

El primer byronic hero lo encontramos en el mencionado Childe Harold (1812), pero es en Manfred (1817) cuando se muestra en todo su esplendor, con sus remordimientos, su rebeldía y su ceño muy muy fruncido.

Este personaje no surge de la nada. Sus lectores acertaban al pensar que tenía mucho del propio Byron. Se empezó a forjar en su niñez, que no fue fácil. Un defecto congénito en el tobillo derecho le produjo una cojera que le obligó a soportar muchas burlas, incluyendo las de su propia madre, que se refería a él como «lame brat» (mocoso cojo). Su padre, el capitán John Byron —conocido como “Jack el loco”— murió cuando Byron tenía solo tres años. Antes de palmarla, tuvo tiempo de influir en el desarrollo psicológico de su retoño gracias a las peleas que mantenía con su segunda esposa, Catherine Gordon. Jack se había casado por dinero, porque ella era una rica heredera escocesa, pero pronto dilapidó su fortuna en fiestas, amantes y salidas nocturnas, que es lo que le iba. Catherine no era manca. Era famosa por su temperamento, así que no se quedó callada cuando vio lo que Jack había hecho con su fortuna. Viendo el panorama, este optó por huir a Francia a seguir viviendo la vida y—aunque no debía ser su plan— también a recibir a la muerte, que se lo llevó con treinta y pocos años.

A los nueve años, Byron sufrió maltrato y abuso sexual por parte de su niñera, May Grey. Poco después, al cumplir 10 años, entra en escena el título nobiliario, ya que se convierte en el 6º Baron Byron al morir sin descendencia su tío abuelo, el quinto Barón Byron de Rochdale, conocido como «el Malvado Lord».

Todo esto fue conformando el carácter del «malo, loco y peligroso» Byron, descrito por Lady Caroline Lamb, una de sus amantes.

Sin embargo, parece que Byron creó su criatura, el byronic hero, a partir de rasgos propios, pero que también él fue adoptando rasgos de su personaje. Así lo creía Walter Scott, que en una carta decía que Byron se había «convertido en Childe Harold (Childe Harolded himself), demasiado parecido a las imágenes de su imaginación».

Hayas leído o no a Byron, seguro que conoces bien al héroe byroniano. El personaje sobrevivió a su creador y, debido a su buen recibimiento entre los lectores, fue adoptado por numerosos escritores. Aquí, algunos ejemplos:

  • Heathcliff, de Cumbres Borrascosas (Emily Brontë, 1847).
  • Edward Rochester, de Jane Eyre (Charlotte Brontë, 1847).
  • Capitan Ahab, de Moby Dick (Herman Melville, 1851).
  • Jay Gatsby, de El gran Gatsby (F. Scott Fitzgerald, 1925).

Este linaje ha continuado hasta la actualidad y lo encontramos en personajes de novelas recientes, como Severus Snape, de Harry Potter (J.K. Rowling). Siempre de negro, con un pasado oscuro que se va revelando poco a poco y sensible como él solo tras esa mirada torva.

Y, por supuesto, lo podemos ver también en la pantalla —grande o pequeña—, en versión masculina o femenina: Han Solo en Star Wars, Ellen Ripley en Alien, Deckard en Blade Runner , Batman (el de Christian Bale en El caballero oscuro el que más), Jesssica Jones o el doctor Gregory House. Este último está basado en Sherlock Holmes, dirás. Sí, pero es que Holmes encaja también en el molde de héroe byroniano. Y esa cojera…

¿Qué tendrá el héroe byroniano para que nos siga atrayendo igual que hace 200 años? Que es un ser humano imperfecto, con defectos como tú y como yo. Eso hace que lo sintamos cercano, reconocible, que entendamos sus reacciones, sus inseguridades, su miedo, sus elecciones —a veces erróneas— entre el bien y el mal.

El «Byronic look»

Lord Byron no fue siempre el tipo atractivo que hoy podemos contemplar en sus retratos. Parece que fue un poco patito feo, con tendencia a la corpulencia en su adolescencia, de acuerdo con su biógrafo Leslie Marchand. Una amiga anotó esta descripción tras verlo por primera vez en una fiesta: Byron era un «fat bashful boy, with his hair combed straight over his forehead“» Gordo, tímido y repeinado.

Byron adolescente, con cara de adolescente (fuente)

A los 18 pesaba unos 91 kilos, lo que para su estatura (1,73 m) colocaría a su señoría en una obesidad de tipo I según la OMS. Un médico le aconsejó perder peso a base de caminar a diario y de comer y beber con moderación, pero él lo llevó al extremo para acelerar el proceso. Así lo describió en una carta:

I wear seven waiscoats and a great coat, run and play cricket in this dress, till quite exhausted by excessive perspiration, use the hot bath daily […].

Siete chalecos y un abrigo. Confiemos en que de verdad se diera baños diarios como afirma, porque —leo en Google— el desodorante no se inventó hasta 1888. Su dieta consistía básicamente en patatas, vinagre y agua. Toda su vida mantuvo una relación complicada con la comida, lo que hoy llamaríamos un trastorno de la alimentación. Byron continuaba la carta orgulloso de su transformación: sus costillas eran visibles bajo la piel y le habían tenido que estrechar la ropa más de cuarenta centímetros.

Así consiguió el aspecto con el que ha pasado a la historia: delgado, con el cabello castaño rizado y la piel muy pálida, labios gruesos y bien perfilados y ojos grises. Walter Scott (sí, otra vez él) afirmó que «la belleza de Byron es tal que te hace soñar».

Byron en el retrato de Westall, el que más le hace justicia según su última amante, Teresa Guiccioli (fuente)

Los vampiros

Los vampiros: esos chupasangres poderosos e inmortales que, sin embargo, no te atacarán si estás en casa. A menos que les invites a entrar. No lo hagas y se limitarán a clavarte la mirada mientras flotan al otro lado de tu ventana, tan hambrientos como respetuosos con la propiedad privada.

Los primeros vampiros en la literatura, en el siglo XVIII, no se parecían a los actuales. Estaban basados en extraños relatos supuestamente reales, historias de campesinos oriundos de Europa Oriental que volvían de la muerte para beber la sangre de su parentela y que debían ser rematados con estacas o fuego para acabar con su maldición. Para ponerles cara, serían más parecidos a un zombi o a Nosferatu que a Lestat.

Ya en el siglo XIX, el propio Byron tocó el tema del vampirismo en su poema épico The Giaour (1813). Pero su gran contribuación al tema vino unos años más tarde, en 1816, conocido como el «año sin verano». El planeta sufrió una bajada drástica de temperaturas debido a la erupción del volcán Tambora (en Indonesia) un año antes. Las cenizas volcánicas en la estratosfera formaron una especie de velo que impedía el paso de la luz solar, enfriando y oscureciendo el hemisferio norte.

Ese verano frío y oscuro, Byron estaba en Ginebra, en una casa a orillas del lago Lemán: la Villa Diodati. El poeta había dejado Inglaterra en abril, tras el escándalo de su separación y huyendo de los rumores de su relación con su medio hermana. En junio tuvo visita, la del poeta Percy Bysshe Shelley y su novia y futura esposa, Mary Godwin, además de la hermanastra de Mary, Claire Clairmont. Byron, hipocondriaco y con tendencia a la depresión, viajaba siempre con médico personal: en esta ocasión era el Dr. John William Polidori. Los cinco estuvieron confinados en la villa durante tres días y noches de junio en los que no paró de llover. Para entretenerse, primero leyeron historias de terror y luego se les ocurrió escribirlas, en una especie de competición para ver quién escribía la historia más terrorífica. Y todo regado con generosas raciones de láudano. La obra más conocida que le debemos al Tambora es, por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Pero aquí hemos venido a hablar de vampiros: Byron empezó a escribir un cuento, el conocido como Fragment of a novel, que se publicó en 1819.

En esta historia no llegamos a ver a vampiros, pero parece ser que los habría habido en caso de que Byron hubiera acabado su obra. El protagonista, Augustus Darvell, noble y rico, muere en extrañas circunstancias en un cementerio turco y le pide a un amigo que le entierre y que siga después un misterioso ritual. Y hasta ahí puedo leer, porque no hay más.

La Villa Diodati (fuente)

Byron se negó a seguir la historia, alegando que no le interesaban los vampiros:

I have a personal dislike to “vampires”, and the little acquaintance I have with them would by no means induce me to reveal their secrets.

Pero Polidori, que además de médico era aficionado a las letras, agarró el testigo y escribió algún tiempo después El Vampiro inspirándose en la historia de Byron y, sobre todo, en el propio Byron.

La narración de Polidori se publicó en 1819, cuando el médico estaba ya de vuelta en Londres tras haber sido despedido por Byron. Su relación había sido complicada, ya que Byron —al parecer— se burlaba de las pretensiones literarias de Polidori, cosa que al médico —enamorado del poeta— le hirió en lo más profundo. Se cree que, por eso, este modeló al protagonista de su historia en Lord Byron, y no con cariño: es Lord Ruthven, un noble inglés que empieza a llamar la atención entre la alta sociedad londinense, «más notable por sus peculiaridades que por su rango». Es descrito como altivo, pálido, de ojos grises, atractivo y depravado. Es, además, un vampiro.

El nombre elegido, Ruthven, es el mismo que tiempo atrás había utilizado la ya mencionada Lady Caroline Lamb en otra venganza literaria: su novela gótica Glenarvon, protagonizada por Clarence de Ruthven, Lord Glenarvon, en quien todos sus lectores vieron un retrato de Byron.

El Vampiro se publicó en una revista, atribuido por error a Lord Byron. Tanto el poeta como Polidori se apresuraron en corregir este error, pero la historia ya estaba circulando y fue todo un éxito, impulsada por la fama de Byron y por el interés del público de la época en la novela gótica.

Y este Lord Ruthven, copia —con escaso valor literario— de aquel Augustus Darvell al que Byron no llegó a sacar de la tumba, es considerado el padre de los vampiros aristocráticos y seductores que han poblado la literatura y el cine desde entonces, incluyendo el Drácula de Stoker.

Quien sabe cómo serían los vampiros de hoy si Lord Byron no se hubiera maltratado con su dieta de patatas y vinagre, ni se hubiera empeñado en modelarse a imagen y semejanza del héroe byroniano que salió de su pluma, o si el Tambora hubiese seguido dormido aquel mes de abril de 1815.

O si no hubiera existido Hamlet, personaje que influyó mucho en la obra de Byron, incluyendo su Byronic hero. Y así volvemos al inicio, al 23 de abril de 1616.

Más información:

  • Retrato de Lord Byron con traje albanés (Thomas Philips), de la National Portrait Gallery NPG142.
  • Parece ser que se está rodando —o se va a rodar— una película basada en The Vampyre, de Polidori, prevista para 2022.
  • Aquel año sin verano, Byron escribió también Darkness, uno de sus poemas más conocidos. Aquí está traducido al español.
  • En Project Gutemberg se descargar My Recollections of Lord Byron, obra de la última mujer en la vida de Byron, la condesa Teresa Guiccioli.
  • Para quien prefiera la prosa, las cartas y diarios de Byron son una lectura muy recomendada. Muestran al Byron más de carne y hueso, al que se ocultaba tras la máscara del Byronic hero. Y es muy divertido.

Klara y el sol — Kazuo Ishiguro

Hace un par de meses escribí aquí sobre la primera novela de Kazuo Ishiguro. Hoy toca hablar de la última, Klara y el sol (Klara and the Sun, 2021), publicada hace poco más de un mes.

Como comentaba en la entrada anterior, Ishiguro es un autor que ha dejado claro que se niega a dejarse limitar por el etiquetado que el mercado requiere para hacer llegar una novela a su público objetivo: para colocarlos en los estantes donde los encontrarán. En una entrevista en el podcast de Adam Buxton, hablaba así sobre el género de ciencia ficción en el que se encuadra Klara y el sol:

Buxton: Imagino que la gente podría asumir que te gusta mucho la tecnología, especialmente ahora que has escrito un libro que, técnicamente, es de ciencia ficción, ¿verdad? Klara y el sol.

Ishiguro: Supongo, sí, supongo que se puede llamar ciencia ficción. Nadie viaja al espacio ni nada de eso, pero… Puedes llamarlo así. Pero creo que estas categorías se han vuelto muy difusas hoy en día. La ciencia ficción se ha convertido en algo muy mainstream y probablemente hay elementos de la cultura mainstream que influyen en la ciencia ficción.

Tom Gauld dando en el clavo, como siempre.

En cualquier caso, si tenemos que ponerle una etiqueta sería la de ciencia ficción blanda (soft science fiction), porque la tecnología es importante para la trama pero Ishiguro no da detalles de cómo se ha llegado a esa tecnología ni de como funciona, cosa que sí que nos contarían si estuviéramos hablando de ciencia ficción dura (hard science fiction) género en el que destacó, por poner un ejemplo, Stanislaw Lem.

Klara y el sol nos regala otro de esos narradores poco fiables que Ishiguro construye como nadie. Esta vez es Klara quien nos narra la historia en primera persona, desde su especial punto de vista. Porque Klara es una AA, una Amiga Artificial que ha sido diseñada para cuidar y acompañar a niños. Cuando conocemos a Klara, está aún en la tienda, contemplando el trozo de mundo que puede ver desde el escaparate mientras espera a ser elegida por los niños que, acompañados de sus padres, pasan por allí.

Cuando Rosa y yo éramos nuevas, nos colocaron en la parte central de la tienda, junto a la mesa de las revistas, y eso nos permitía tener vistas a través de más de la mitad del escaparate. De modo que veíamos el exterior: los empleados de las oficinas siempre con prisas, los taxis, los corredores, los turistas, Mendigo y su perro, la parte inferior del edificio RPO.

Por lo que vamos sabiendo de ella, Klara tiene el aspecto exterior de una niña humana. Por dentro es una máquina, un robot dotado de una tecnología que le permite aprender de lo que percibe y vive cada día.

Klara podría ser algo así, pero sin los engranajes a la vista (Fuente).

Esta característica de aprendizaje continuo, hace que Klara y el sol se pueda leer como una bildungsroman o novela de formación como Jane Eyre, por poner un ejemplo. La versión de Klara que vemos al inicio de la novela es muy infantil: muy observadora, disfrutando de cada nuevo descubrimiento como lo hacen los niños pequeños. Pero en cuanto empieza a convivir con una familia su aprendizaje de lo que significa ser humano acelera su paso a una adolescencia que vendrá seguida de una etapa de madurez, en la que seguro que superaría el test de Turing.

Este aprendizaje puede chocarnos cuando vemos que Klara es una enciclopedia andante, ya que puede ayudar a los niños con los que convive con sus deberes, incluyendo los problemas más complejos de física. Pero donde tiene carencias en su estado inicial —de fábrica— es en la parte emocional, en la lectura que hace de los seres humanos.

Un detalle importante es que la narración de Klara está formada por sus recuerdos de los eventos que describe. La memoria, ese tema al que Ishiguro vuelve una y otra vez, es aquí el elemento que determina cómo se narra esta historia, cómo se van desvelando los detalles que los lectores vamos ensamblando para montar el puzle final.

Klara y el sol me ha recordado mucho a Nunca me abandones (2005) debido a que ambas comparten un transcendental tema de fondo: qué es, qué significa ser humano. Además, las dos están situadas en un punto de futuro no especificado, pero que no parece demasiado lejano, lo que hace que ambas historias nos toquen, porque lo que sucede nos parece creíble, realista. Porque en casi todas las casas tenemos ya muy cerca al embrión de Klara, ya sea Alexa, Siri, Cortana o Google.

Sin embargo, Klara y el sol tiene un tono muy distinto al de Nunca me abandones. Aunque partan de la misma cuestión, el camino que toman es muy diferente. Para empezar, por la visión sesgada de la protagonista, que mira con curiosidad a los humanos y trata de interpretar lo que ve desde ese cerebro artificial que va descifrando y comprendiendo cada vez más. Y, a la vez que aprende, nos va desvelando detalles de la trama, poco a poco, de manera que el lector hace también ese viaje con Klara.

Esta visión sesgada es otra característica de los narradores de Ishiguro, outsiders que aportan ese peculiar punto de vista, como el mayordomo con rasgos autistas en el mundo de los aristócratas nazis de Lo que queda del día, o el anciano pintor japonés de Un artista del mundo flotante, que se especializó en arte de propaganda para el Imperio y que se encuentra perdido en un Japón que se está reconstruyendo tras la guerra.

Como en el resto de su obra, en Klara y el sol podemos disfrutar de la prosa precisa y aparentemente simple de Ishiguro. La sencillez del lenguaje viene aquí casi impuesta por la trama, puesto que Klara es un robot pero es también una niña (en lo que respecta a su conocimiento de la humanidad) y su vocabulario lo demuestra. Es una novela no muy larga, de poco más de 300 páginas, que engancha desde la primera página. Como he comentado antes, no es ciencia ficción dura, al contrario. Es tan sutil que se puede leer como una alegoría o un cuento. Bebe sin duda de Pinocho y recuerda a historias más cercanas en el tiempo, como Toy Story o Wall-e. Ishiguro, en una entrevista en The Guardian, afirmó que empezó a escribirla como un cuento infantil:

Pensé que encajaría con uno de esos preciosos libros ilustrados. Se lo describí a Naomi [su hija] y me miró impertérrita y dijo: «No puedes dar a niños pequeños una historia como esa. Los traumatizarías».

Así que, por suerte para los adultos y para los niños, acabó escribiendo la historia para lectores talluditos.

Una parte de la novela, cuando las cosas se tuercen, me hizo pensar en este cuadro: El mundo de Christina (1948) de Andrew Wyeth.

Porque sí, debajo de esa aparente sencillez se encuentran temas mucho oscuros que se van revelando poco a poco. Esa oscuridad (de la que no daré detalles, hay que llegar a la novela sabiendo tan poco como Klara al inicio), esa sensación de catástrofe inminente, se hace más evidente por el contraste con la voz inocente y dulce de la narradora.

El libro, por si no ha quedado claro, me ha encantado. Todo, desde la portada —la edición en inglés de Faber, obra de Peter Adlington, es como para enmarcarla— hasta la última palabra (away, que la puedo decir sin spoilear nada). Si no has leído a Ishiguro, esta es una buena historia para empezar.

  • Leer una gran novela de esas que te hace reflexionar sobre la vida, lo que nos hace humanos, la mortalidad y la fuerza redentora del amor.

  • Conocer a Klara. Solo por eso ya vale la pena.

  • Ver el mundo a través de los ojos de un robot, que procesa lo que ve en una especie de «cajas» cuyo contenido va uniendo y descifrando.

Más información:

  • Breve entrevista (en inglés) a Kazuo Ishiguro sobre la publicación de Klara y el sol. El escritor habla aquí —con humor— del uso que hace de las categorías literarias, una estrategia le permite escribir y reescribir una y otra vez la misma novela mientras sus lectores piensan en lo valiente que es explorando nuevos géneros. Y se ve un pedazo de lo que debe ser su casa, que siempre es un plus.
  • En otra entrevista en el podcast How to Fail (inglés también), Ishiguro comenta la gran importancia de Lorna, su mujer, en su carrera literaria. Lorna es la primera lectora y editora de sus obras y, a menudo, incluso proporciona las ideas. Junto a ella, su hija Naomi (también escritora) componen el equipo que no tiene reparos en decirle al Nobel que algo no acaba de estar bien. Su crítica de la primera versión de Klara y el sol hizo que Ishiguro dedicara cuatro meses más al manuscrito antes de darlo por bueno.

Pálida luz en las colinas – Kazuo Ishiguro

Pálida luz en las colinas (A Pale View of Hills, 1982) es la ópera prima de Kazuo Ishiguro (Nagasaki, 1954) ese británico de origen japonés a quien Internet dio estopa tras la publicación de su última (hasta ahora) novela El gigante enterrado en 2015.

Con ese libro tuvo un problema con el género literario. En una entrevista, se le ocurrió decir en voz alta algo quizás demasiado abierto a interpretaciones. Eso generó una respuesta de la gran escritora de literatura fantástica Ursula K. Le Guin en su blog, a la que Ishiguro replicó en otra entrevista, a la que Le Guin replicó, etc. Lo reproduzco en forma de diálogo (con una traducción bastante libre):

ISHIGURO (acariciándose la barbilla, pensativo) ¿Me seguirán los lectores con esta obra? ¿Entenderán lo que estoy intentando hacer, o tendrán prejuicios por los elementos superficiales? ¿Van a decir que esto es fantasía?

LE GUIN (ofendida) Pues sí, probablemente lo dirán. ¿Por qué no? Suena como si le pareciera a usted un insulto la palabra fantasía.

ISHIGURO (estupefacto) Tiene usted derecho a que le guste o no mi libro, pero por lo que a mí respecta la ha tomado con la persona equivocada. Yo estoy en el bando de los ogros y las hadas.

LE GUIN (condescendiente) Lo siento si he dicho algo hiriente al responder precipitadamente a su pregunta «¿Pensarán que esto es fantasía?». Aún no consigo entender el porqué de esa pregunta.

Del lado de Le Guin, que afirmó también que leer el libro le había parecido «doloroso», se posicionaron los más fieles seguidores del género de la fantasía, que criticaron lo que veían como un desplante por parte de Ishiguro. La crítica favoreció al británico, que dos años más tarde se llevó el Premio Nobel de literatura.

La lámpara de la Academia Sueca posa junto a Kazuo Ishiguro (Fuente)

Como lectora empedernida de «cosas que me apetece leer«, desde la etiqueta de un champú en el baño hasta Anna Karenina, sin haber descartado nunca una obra por su género, estoy más bien del lado de Ishiguro, que respondía así a Neil Gaiman en una conversación con esta polémica de fondo:

No tengo ningún problema con las categorías [de los libros], pero no creo que sean útiles para nadie excepto para los editores y las librerías.

Creo que da en el clavo con el problema aquí. Si a un lector empedernido de literatura fantástica se le vende El gigante enterrado como una novela de género fantástico, se sulfurará y la tomará con el escritor, cuando—quizás— debería tomarla con la persona que decidió ponerle una etiqueta a la novela.

Ni siquiera pensaba en El gigante enterrado como una novela de fantasía. ¡Lo único que quería era que tuviera ogros!

Algo parecido podría haber pasado años antes con una de sus obras maestras, Nunca me abandones (2005), vendida como una novela distópica, de ciencia ficción. Pero parece que los lectores de ciencia ficción están (estamo) más acostumbrados a la mezcla de géneros. O que el escritor no se cuestionó en público si sus lectores le seguirían al contener su novela elementos superficiales de ciencia ficción.

Creo que las reglas de género deberían ser porosas, o no existir. Todo el debate que surgió alrededor de Nunca me abandones fue: «¿es ciencia ficción o no?»”

El caso es que en unos días se publica Klara y el sol (Klara and the Sun, 2021), un nuevo acercamiento de Ishiguro a la ciencia ficción y estoy deseando leerla. Porque otra obra de Ishiguro, The Remains of the Day (Los restos del día) está en esa nube que conforman mis novelas favoritas. Porque elegir solo una, decir que es LA favorita es difícil, pero esta novela está muy muy arriba en mi lista. Tiene el plus de contar con una versión cinematográfica que está más que a la altura, dirigida por James Ivory e interpretada por Anthony Hopkins y Emma Thompson. No sé cuántas veces he vuelto a esa historia, entre lecturas, relecturas y visionados y revisionados. Adoro a Ishiguro. Por mí, como si la siguiente es una del oeste, o una erótica, o una mezcla de géneros: un western erótico ambientando en un futuro distópico. La leeré.

Pálida luz en las colinas

Para ir calentando motores, acabo de leer Pálida luz en las colinas, su debut como novelista. Está narrada en primera persona por Etsuko, una japonesa que, como Ishiguro, nació en Nagasaki y vive en Inglaterra. Etsuko acaba de vivir el drama personal de la muerte de su hija mayor, Keiko. Recibe la visita de su hija menor, Niki, nacida en Inglaterra de su segundo matrimonio.

Cuando parece que la trama va a seguir la trágica historia de Keiko, Etsuko empieza a recordar su años en Nagasaki, cuando estaba embarazada y vivía con su primer marido, el padre de Keiko. La narración se centra en su relación con una vecina llamada Sachiko y su hija, la pequeña Mariko.

Aunque Sachiko y, sobre todo, la inquietante Mariko, son personajes dignos de recordar, no dejas de preguntarte por qué no estamos hablando de la malograda Keiko.

Uno de los temas de la novela es la falibilidad de la memoria. Ya lo dice la propia Etsuko en un pasaje del libro:

He comprendido que la memoria puede ser poco confiable; muy a menudo está intensamente coloreada por las circunstancias en las que una recuerda y sin duda esto aplica a algunos de los recuerdos que he recopilado aquí.

Otra idea que surge al leer este libro es la del viejo truco tan humano de recurrir al «a un amigo mío le pasó», cuando quieres contar algo personal que te da reparo revelar. No todo es aquí mala memoria, también puede existir un motivo para que de manera consciente o inconsciente se oculten una parte de los recuerdos.

El final de la novela nos deja con un puzle que Ishiguro ha reconocido que no es un buen desenlace:

Le tengo mucho cariño [a esta novela], pero creo que es demasiado desconcertante. El final es casi como un rompecabezas. No veo que aporte nada desde un punto de vista artístico el hecho de confundir a las personas hasta ese punto. Tan solo fue inexperiencia—no ser capaz de juzgar correctamente lo que es demasiado obvio y lo que es sutil—. Incluso en esa época el final me pareció insatisfactorio. 

A mí me gustó el final tal y como está. Es de esos en los que sigues pensando tiempo después de haber acabado el libro, intentando ensamblar las piezas. Es cierto que no encaja todo, pero hablamos de recuerdos, de culpa, del deseo de cambiar cosas que ya no se pueden cambiar. De memoria, que no es de fiar, que guarda los recuerdos pasándolos a través de filtros emocionales que distorsionan la realidad.

La memoria es, precisamente, uno de los temas a los que Ishiguro vuelve en todos sus libros. Aquí está presente también en el escenario y contexto, en la Nagasaki de los años 50 que se estaba aún reconstruyendo tras la bomba atómica —no se menciona de manera directa, pero su impacto se deja notar en la vida de los personajes.

“Me interesa la memoria porque es el filtro a través del cual vemos nuestras vidas y, como es vago e incierto, favorece el que nos engañemos a nosotros mismos. Al final, como escritor, estoy más interesado en lo que las personas se dicen a sí mismas que pasó que en lo que sucedió realmente.

Otros temas muy de Ishiguro son el arrepentimiento y la culpa, también presentes en esta primera obra en la figura de Etsuko y sus estrategias para enfrentarse al pasado.

He disfrutado leyendo Pálida luz en las colinas y te la recomiendo siempre que te gusten las novelas de temática introspectiva, centrada en esas historias que las personas nos contamos a nosotras mismas. La literatura de Ishiguro me recuerda a los paisajes o escenas que pintaba Edward Hopper, con esa calma tensa tan característica.

Detalle de Cape Cod Morning, de Edward Hopper (Fuente)

Pero en los detalles que tanto el pintor como el escritor colocan de manera discreta en sus obras, se va dejando ver una historia muy diferente. Los personajes de Ishiguro no te cuentan directamente qué les pasa, o cómo se sienten. La trama se va revelando poco a poco, en algún diálogo o recuerdo, o entre líneas, de manera que te sientes un poco detective recogiendo esas pistas para, al final, tener la satisfacción de atar los cabos.

  • Un paseo por la ciudad de Nagasaki en los años 50, en plena reconstrucción tras el bombardeo atómico.
  • Una reflexión sobre la nebulosidad y los límites de la memoria.
  • Conocer a Etsuko, la primera narradora poco fiable de Ishiguro. Son marca de la casa: al principio parecen muy competentes, luego empiezas a ver fisuras en su relato y finalmente se desvela su verdadera historia.

Más información:

Caín — José Saramago

Hacía tiempo que no leía a José Saramago (1922-2010). Aunque es uno de mis autores favoritos y he leído muchas de sus novelas, aún me queda por ahí alguna por descubrir. Otras las he leído dos veces, como Todos los nombres, que seguramente no es su obra maestra pero que a mí, por lo que sea —quizás por cómo te hace vivir la obsesión que transforma a ese funcionario anodino, o por ese toque de intriga, o porque es una historia de amor diferente— me fascina.

Esta semana he disfrutado mucho leyendo Caín (Caim, 2009), la última novela del portugués. Un buen punto final a una carrera literaria espectacular pese a su discreto arranque en 1947, cuando el joven Saramago publicó su primera novela sin éxito. Su siguiente manuscrito no recibió ni respuesta de la editorial. El muchacho debió pensar que eso no era lo suyo y durante los siguientes veinte años trabajó como funcionario, trabajador de una compañía de seguros y periodista. Así cuenta Saramago este parón literario nada más empezar:

Escrevi ainda outro romance, Clarabóia, que permanece inédito até hoje, e principiei um outro, que não passou das primeiras páginas (…). A questão ficou resolvida quando abandonei o projecto: começava a tornar-se claro para mim que não tinha para dizer algo que valesse a pena.

Afortunadamente, tras ese paréntesis de veinte años empezó a tener cosas que contar que valían mucho la pena y volvió al mundo de la literatura. Primero, trabajando como editor, traductor (de autores como Maupassant, Colette, Tolstoi, Baudelaire, etc.) y crítico literario. Y por fin, como escritor, publicando el libro de Os poemas possíveis (1966), un libro de poesía.

En 1977, con 55 años, publicó Manual de pintura y caligrafía. Y en 1980 publicó la que se considera su primera gran obra, Alzado del suelo. Y de ahí, al Nobel.

Creo que vale la pena mencionar cómo se formó Saramago, cuál fue el camino que le condujo hasta ese premio Nobel. Hijo de una familia muy humilde, iba para herrero mecánico. Sus padres no podían permitirse pagarle una carrera universitaria. Sin embargo, aquella formación profesional fue sorprendentemente amplia en el área de humanidades, incluyendo una asignatura de francés y otra de literatura. El chico se aficionó a la lectura y, más adelante, en los dos años en que trabajo en una herrería mecánica, empezó a ir por las noches a la biblioteca pública de Lisboa. Y leyó mucho. Muchísimo.

Biblioteca Palácio Galveias, la universidad de Saramago

Esas horas y horas de lectura fueron claves en su formación:

E foi aí, sem ajudas nem conselhos, apenas guiado pela curiosidade e pela vontade de aprender, que o meu gosto pela leitura se desenvolveu e apurou.

Así que si alguna vez pasas por la Biblioteca Palácio Galveias en Lisboa, recuerda darle las gracias porque puede que, si no hubiera estado ahí, con su horario nocturno, no podríamos leer hoy Caín, ni el Ensayo sobre la ceguera, ni Todos los nombres, ni El hombre duplicado, ni Las intermitencias de la muerte, etc. Obrigada!

Caín

Caín se puede leer como una segunda parte de lo que Saramago empezó con El Evangelio según Jesucristo (1991), casi 20 años antes. Mientras El Evangelio era una reinterpretación de la vida de Jesús como ser humano partiendo de los evangelios canónicos, Caín reescribe la historia del primogénito de Adan y Eva. O mejor dicho, la escribe, porque al parecer en la Biblia no se cuenta demasiado: sabemos que Caín mató a su hermano Abel. La lectura más extendida es que fue por celos, porque Dios demostró preferencia por este último. Como castigo, Dios marcó a Caín (no se define cómo, solo que le colocó una marca bien visible) para que fuera reconocible y nadie lo matara y lo condenó a llevar una vida errante.

En Caín nos encontramos con el peculiar estilo narrativo de Saramago: nombres en minúsculas, diálogos intercalados en la narración sin signos de puntuación que ayuden al lector a identificarlos y esos párrafos largos, larguísimos que, como diría Whitman (o Dylan) contienen multitudes. De vez en cuando oigo por ahí que alguna persona no quiere leer a este escritor por considerarlo denso o difícil, debido a su peculiar puntuación. Tiene mucho que perder quien descarta a Saramago por un quítame allá esos guiones. Su lenguaje choca en las primeras dos páginas como mucho, a partir de ahí ya lo asimilas y disfrutas de todo lo que tiene que contar.

El motivo de estas curiosas decisiones ortográficas era la pregunta que todos los periodistas llevaban en su lista cuando tenían la oportunidad de acercarse a Saramago. En esta entrevista lo argumentó así:

En el fondo, la puntuación es lo mismo que las señales blancas pintadas en las carreteras, que intentan impedir que el conductor tenga problemas pero, tal vez, si no existiera ningún tipo de señales, todo el mundo conduciría con mucho más cuidado. Eso es lo que quiero, que me lean con cuidado.

Por otro lado, hay muchas reflexiones intercaladas en la historia, pero siempre con un lenguaje sencillo, más bien coloquial. Veamos un ejemplo, para volver ya a Caín. Esto ocurre muy al principio del libro (y de los tiempos), cuando Dios se da cuenta de que ha olvidado ponerles lengua a Adan y a Eva y corrige su error:

[…] El señor quiso comprobar que su error había sido corregido, y así le preguntó a adán, Tú, cómo te llamas, y el hombre respondió, Soy adán, tu primogénito, señor. Después, el creador se dirigió a la mujer, Y tú, cómo te llamas tú, Soy eva, señor, la primera dama, respondió ella innecesariamente, dado que no había otra. El señor se dio por satisfecho, se despidió con un paternal Hasta luego, y se fue a su vida. Entonces, por primera vez adán le dijo a eva, Vámonos a la cama.

Caín, como todas las obras de Saramago, es ácida, divertida, con una profunda crítica social y, en este caso, a las convenciones del cristianismo. Nos presenta a un Dios caricaturizado como un ser contradictorio, vengativo, cruel y vanidoso. Como una mezcla entre Anton Chigurh y el Dr. Maligno, porque tiene una vis cómica, una tendencia a la pataleta cuando las cosas no salen como él quiere. Saramago (ateo militante) afirma que lo que hace no es una interpretación de los textos bíblicos, que es lo que hacen las religiones, sino que hace una lectura literal. Dios es cruel despreciando las ofrendas de Caín y eso causa el fratricidio. Dios manda fuego y azufre para destruir Sodoma y Gomorra, matando a los pecadores pero también a los niños inocentes. Dios le pide a Abraham, para probarlo, que sacrifique a su hijo Isaac. Como dice el portugués, no es de fiar.

Saramago era comunista, de manera que podemos hacer otra lectura del Dios que nos pinta en este libro, que se puede ver como una representación de los tiranos que han gobernado o gobiernan a los hombres. De las injusticias de la vida.

Todas las escenas bíblicas las vemos en el viaje errático al que ha sido condenado Caín. Saramago adereza la historia convirtiendo al primogénito de Adán y Eva en un viajero del tiempo, de manera que puede ir saltando de episodio bíblico en episodio bíblico sin seguir un orden cronológico: tiene sexo con Lilith (una secundaria de lujo en esta novela, mujer fatal y poderosa), evita que Abraham sacrifique a Isaac, viaja en el arca de Noé, etc.

Si ya has leído El Evangelio según Jesucristo (tan polémica cuando se publicó en Portugal que movió a un enfadado Saramago a tomar la decisión de mudarse a Lanzarote), es posible que Caín te parezca poca cosa, ni tan perturbadora ni extraordinaria como la primera. A mí me ha gustado. Salvando las distancias temáticas, me ha recordado un poco a Zelig, el falso documental de Woody Allen en el que su camaleónico personaje va chupando cámara junto a personajes históricos de todo pelaje, como Charles Lindbergh, Chaplin, Hitler, el Papa, etc.

Vamos, que la recomiendo.

  • Una profunda reflexión acerca de la condición humana, escondida bajo la superficie de una lectura amena, fácil y divertida.

Más info:

  • Textos de la autobiografía de Saramago: Fundação José Saramago
  • Foto de Saramago: Wikipedia
  • Caín (2009), José Saramago. Traducción de Pilar del Río. He leído la versión Kindle, de Alfaguara (en Amazon España cuesta solo 2,37 €). 116 páginas.

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero – Oliver Sacks

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero (1985) es una colección de casos clínicos narrados por el neurólogo y escritor británico Oliver Sacks (1933-2015).

Sacks se convirtió en un nombre muy conocido con su best-seller autobiográfico Despertares (Awakenings, 1973), adaptado al cine en los 90 con Robert de Niro y Robin Williams como protagonistas. En este libro describía cómo había dado con un tratamiento para despertar a varios pacientes aquejados de encefalitis letárgica, una terrible enfermedad que provocó una epidemia en los (otros) años veinte que mató a millones de personas y dejó en un estado casi catatónico a los que sobrevivieron.

Hace poco vi Oliver Sacks: una vida (2019), un estupendo documental biográfico que aprovecho para recomendar (en España está disponible en Filmin). En ella se repasa el caso de estos pacientes y su triste historia real de terror. Una de las enfermas, Rose R., llevaba 43 años en ese estado cercano al sueño. Se había contagiado de la encefalitis letárgica con solo 21 años.

Sacks pasó mucho tiempo con estos pacientes, conociendo en detalle cada caso y a cada persona. Probó con ellos un nuevo tratamiento: les administró L-dopa, un medicamento utilizado para el Parkinson. Tuvo un efecto asombroso, sacando de ese letargo a pacientes que empezaron a caminar, a recordar y a hablar por primera vez en décadas. Entre ellos, Rose D. Ya sexagenaria y pese a ser consciente de todo el tiempo que había pasado encerrada en su cuerpo enfermo, Rose comenzó a hablar y a comportarse como una veinteañera. Físicamente parecía incluso mucho más joven, como si realmente se hubiera quedado congelada en su época de flapper.

Es imposible imaginar la tortura que debió ser para Rose —y el resto— darse de cuenta de cómo se les habían escapado los mejores años de su vida.

Tristemente, la alegría de los resultados iniciales se enturbió por la aparición de efectos secundarios graves, que obligaron a suspender la medicación condenando a los pacientes a volver a su cárcel en vida. Para Sacks, no fue solo la medicación lo que falló: también tuvo un gran peso el sufrimiento psicológico de estos pacientes al tratar de adaptarse a un mundo que había seguido girando y girando en las décadas que ellos pasaron en blanco. Fue imposible para la mayoría.

Rose D., de nuevo convertida en estatua, aún vivió 10 años más.

Oliver Sacks

No voy a contar aquí su vida: siempre podemos googlear para saber más. Solo voy a compartir algunas impresiones tras ver Oliver Sacks: una vida. Me quedé con la imagen de tres Oliver Sacks diferentes:

  1. Oliver Sacks, el estudiante de medicina motero y levantador de pesas. Londinense de nacimiento, se fue a los Estados Unidos para completar su formación. De Inglaterra se llevó un equipaje emocional significativo: la reacción de su madre al saber que su hijo era homosexual. «Eres una abominación. Ojalá no hubieras nacido nunca». El joven Sacks, con una timidez acentuada por una prosopagnosia que le impedía reconocer rostros familiares, estaba aún intentando decidir qué hacer con su vida. Las salidas nocturnas en moto, kilos y kilos de halterofilia y la experimentación con drogas psicodélicas marcan esta etapa en la que Sacks aún no sabía quién quería ser.
  2. Oliver Sacks, el neurólogo barbudo, risueño y corpulento. Físicamente parecido a un Robin Williams caracterizado de un Papá Noel de paisano, es el Sacks de Despertares y de El hombre que confundió a su mujer con un sombrero; el neurólogo clínico y romántico que descubrió su vocación tratando a sus pacientes como personas y que escribía sus casos con un enfoque más literario que científico. Este Sacks, que eligió el celibato a los 40 años tras varias experiencias breves y negativas, había dejado ya las drogas con la ayuda de un psicoanalista. Su terapeuta fue, de acuerdo con Sacks, la persona que le enseñó a prestar atención a las personas, a escuchar más allá de lo que nos dicen las palabras.
  3. Oliver Sacks, el venerable y famoso escritor. Con aspecto de un Sigmund Freud risueño y deportista, nadaba y se desplazaba en bici siempre que podía. Es el Sacks adorado por el público y criticado por una parte de la comunidad científica. Es el Sacks que se enamoró a los 75 años, conociendo la vida en pareja por primera vez. Siguió escribiendo y publicó una autobiografía en la que hizo pública su homosexualidad en mayo de 2015, tres meses antes de su muerte por cáncer.
Sacks, Sacks y Sacks

El hombre que confundió a su mujer con un sombrero

¿Qué puedes deducir de un título como este? Seguro que algún lector despistado ha llegado a él esperando encontrar un libro de humor.

Sin embargo, este título describe literalmente un síntoma de uno de los pacientes de Sacks: tiene agnosia visual, un trastorno del cerebro que hace que no reconozca lo que se está viendo (los ojos funcionan, pero le cerebro no entiende). De ahí que, al acabar la consulta e ir a coger su sombrero del perchero, se confunda e intente coger la cara de su esposa.

Otro paciente no puede recordar nada de lo sucedido después de 1945, en la Segunda Guerra Mundial. Treinta años más tarde, su memoria no consigue retener eventos recientes, hasta el punto de que cuando el Dr. Sacks abandona la consulta y regresa unos minutos más tarde, su paciente ya ha olvidado quién es.

El libro me ha parecido muy ameno en la manera de narrar los casos, aunque hay que puntualizar que el lenguaje está algo desfasado. Lo he leído en inglés y aparecen términos como «retarded» o «idiot», que imagino que estarán también en la traducción. Para el lector de hoy, saltan de la página como puñetazos. Es como si Sacks, con toda su humanidad, de repente empezara a insultar a sus pacientes. Por supuesto, hay que entender que las lenguas evolucionan y, en estos ejemplos, son palabras que el lenguaje popular ha convertido en insultos y ya no son aceptables para referirse a casos médicos como los que aquí se describen. En otras palabras: —siempre— hay que leer situando la obra en su contexto.

Antes he mencionado que el trabajo de Sacks ha sido controvertido. Un ejemplo es el del sociólogo Tom Shakesperare (discapacitado y activista por los derechos de los discapacitados), que llamó a Sacks «el hombre que confundió a sus pacientes con una carrera literaria». En esta línea, nos encontramos con una —muy divertida— parodia de Sacks en la película The Royal Tenenbaums (Wes Anderson), interpretado por Bill Murray.

Me chifla su risa al ver los resultados del test de su paciente: otro caso raro para su colección

Pese a estas críticas, parece haber consenso en la importancia del legado de Oliver Sacks. Porque al margen de su legado científico —que no tengo la capacidad de valorar—, su obra destaca la importancia del afecto y del interés humano por el paciente más allá de los síntomas de la enfermedad.

Creo que es uno de esos casos en que el autor, tan humano e imperfecto como muchos de nosotros (con su prosopagnosia, su timidez, sus conflictos sobre su identidad sexual, la incomprensión de su familia, etc.) consigue conectar con su lector de tú a tú. Por eso, tanto si Tom Shakespeare y Wes Anderson tienen razón como si no, parece que la obra de Sacks sirve como un puente entre la ciencia y el público, entre los discapacitados y los no discapacitados. Y da visibilidad a la diversidad neurológica, abriendo la mente de sus lectores a otras posibilidades.

Todo esto (y mucho más que me dejo) coloca a Oliver Sacks entre esas personas que inspiran y seguro que sus textos están ya alimentando vocaciones de futuros neurólogos, psiquiatras, psicólogos… Y escritores.

  • Como decía el surrealista Paul Éluard: la prueba de que hay otros mundos, pero están en este.

The Haunting of Hill House – Shirley Jackson

Me ha pasado muy pocas veces eso de encontrarme con una película o serie de terror que no puedo seguir viendo, que tengo que parar. Supongo que es una combinación de lo que aparece en la pantalla (de casa, de momento no he parado ninguna proyección en el cine) y mi contexto. Digamos que es de noche. Que ya se han ido todos a dormir. Que el viento silba a través de alguna ventana que pide a gritos un burlete. Que se oye avanzar una tormenta, cada vez más juntos el trueno y el rayo.

Dicen que nos gusta el horror (a quienes nos gusta) porque es gratificante esa sensación de poder controlar todas esas cosas horribles que vemos en la pantalla. No son reales. Pero ver la historia de una casa encantada cuando estás en una casa a oscuras puede reducir la sensación de control. El escenario se parece demasiado. Cuando es un barco del siglo XIX o una nave espacial, queda más lejos. Está más controlado.

No sé si es esto lo que me pasó con The Haunting of Hill House, de Netflix. O si me condicionó haber leído que a Stephen King le pareció buenísima, con lo tiquismiquis que debe ser él para las cosas de terror:

O si el problema es que había leído la novela de Shirley Jackson y sabía lo que iba a venir.

El hecho es que tuve que pararla en el primer episodio, titulado «Steven ve un fantasma». Al principio, además: es de noche, estamos en la casa. La pequeña Nell llora y su hermano Steven va a ver si está bien. Cuando le pregunta qué pasa, ella dice que tiene miedo, que ha visto a la señora del cuello torcido otra vez. Aparece también su padre, que la intenta convencer de que ha sido solo una pesadilla. Poco después, vemos a Nell tumbándose para dormir de nuevo, agarrada a su peluche, mientras comienza a sonar una música aciaga que no indica nada bueno. Y ahí la paré, justo antes de los créditos —sí, muy valiente—.

Otro día de contexto más amable, sin tormenta y con humanos despiertos en los alrededores, la seguí viendo ya casi toda de un tirón. Qué buena es.

Como dice Stephen King, esta serie es una versión revisada y remodelada de La maldición de Hill House, de la extraordinaria Shirley Jackson. Es como si la novela se hubiese despedazado y luego se hubieran cogido algunas piezas para montarlas de nuevo con otra forma, como un tangram: los nombres de los personajes, la casa, las situaciones.

Otros detalles han cambiado mucho, como las relaciones entre los personajes. Pero el resultado, tan diferente de la novela, coincide en esa constante sensación de falsa calma, de que va a pasar algo terrible.

La autora: Shirley Jackson

Shirley Jackson (1916-1965), admirada por escritores de la talla de Neil Gaiman, Stephen King, Joyce Carol Oates o Richard Matheson, tuvo una vida corta e infeliz. Corta por infeliz, o eso es lo que se cuenta de ella.

Para empezar, su relación con su madre fue siempre difícil. La mujer quería una reina de la belleza y tuvo en su lugar a Shirley, una niña con sobrepeso y soñadora, interesada en los libros y la brujería. Cuando, tras la publicación de una de sus novelas recibió críticas positivas, su señora madre solo se fijó en la foto que acompañaba una de las reseñas: «si no te preocupa tu aspecto o te da igual tu apariencia, ¿por qué no haces un esfuerzo por tu marido, o por tus hijos? He pasado toda la mañana triste porque te has dejado ver con ese aspecto…».

En su propia casa tampoco vivió un ambiente sosegado. Casada con Stanley Edgar Hyman, un crítico literario y profesor universitario con tendencia a flirtear con sus alumnas, Jackson aguantó sus infidelidades durante toda su vida. Aunque la autora mantenía una actitud altiva, la procesión iba por dentro.

La pareja tuvo cuatro hijos, de los que Jackson se encargaba en exclusiva. En vida fue reconocida entre el público sobre todo por sus artículos e historias acerca de los quehaceres domésticos o la maternidad. Y mientras cuidaba de niños, casa y mascotas, encontró tiempo para escribir sus cuentos y novelas. Porque una, aclaró Jackson, no escribe solo cuando se sienta a escribir:

Paso mucho tiempo haciendo cosas que no requieren grandes capacidades imaginativas y la única forma de hacer que esas tareas mecánicas sean más apetecibles es pensar en otras cosas mientras las hago. Me cuento cuentos todo el día. . . . Y muchas veces se convierten en cuentos de verdad.

Siempre bebió, fumó y comió en exceso. Intentando controlar la ansiedad y perder peso, se enganchó a varios fármacos que le produjeron cambios de humor drásticos, hasta llegar a sufrir una crisis nerviosa que la mantuvo postrada en su habitación, sin poder ni siquiera escribir. Consiguió recuperarse gracias a un tratamiento psiquiátrico y volvió a escribir. sin embargo, esta etapa fue breve. Una noche de verano de un par de años más tarde, cuando se estaba planteando abandonar a su marido y comenzar una nueva vida, se fue a dormir y su corazón dijo basta. Solo tenía 48 años.

La maldición de Hill House

En 1948, Shirley Jackson publicó «La lotería», la siniestra historia de un sorteo con un giro inesperado entre los vecinos de un pueblo americano. Este cuento consiguió dos cosas:

  • Que la crítica colocara a Jackson entre los maestros del terror.
  • Que el cartero de Jackson estuviera muy atareado entregándole cientos de cartas de lectores indignados por el oscuro retrato de la condición humana que encontraron en el cuento.

Por suerte, la reacción de sus lectores puritanos no desanimó a la escritora, que siguió adelante con su carrera literaria. La maldición de Hill House (1959) es su quinta novela y empieza así:

Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo en condiciones de realidad absoluta durante mucho tiempo; incluso las alondras y las chicharras sueñan, según creen algunos. Hill House, nada cuerda, se alzaba sola frente a sus colinas, reteniendo oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría seguir otros ochenta. Dentro, las paredes seguían derechas, los ladrillos se unían con esmero, los suelos eran firmes y las puertas estaban sensatamente cerradas; el silencio yacía incesantemente sobre la maderas y piedras de Hill House, y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo.

De acuerdo con The Wall Street Journal, La maldición de Hill House está reconocida como la mejor entre todas las historias de casas encantadas. Y eso que no hay fantasmas. No los típicos, al menos. Es una novela gótica, de terror más que de horror: la diferencia es que el segundo suele ser más explícito y acompañado de elementos sobrenaturales, mientras que el primero genera miedo a través de elementos reales que se comportan de manera inesperada.

¿De qué trata la novela? De un grupo de personas que participan en un experimento paranormal en una mansión supuestamente encantada:

  • El Dr. Montague, un antropólogo interesado en investigar las manifestaciones de lo sobrenatural.
  • Eleanor, una treintañera con problemas psicológicos y personales.
  • Theodora, una bohemia impulsiva y dotada de una cierta clarividencia.
  • Luke, el esquivo heredero de la mansión.

El experimento consiste en pasar unos días en la casa para observar de manera «científica» los extraños fenómenos que distintos testigos han reportado durante sus ochenta años de existencia.

Es muy probable que hayas visto la serie. Si es así, no pienses que ya no vale la pena leer el libro. Como suele ocurrir, el libro te va a aportar una experiencia diferente. Primero, por el estilo narrativo de Jackson, con lenguaje sencillo y directo y con toques de humor que refuerzan el retrato de los personajes. Y segundo, porque es una experiencia más personal, sin duda. Porque lo que habita Hill House, lo que camina a solas en la casa abandonada, lo esboza Shirley Jackson pero dejando que complete el retrato la imaginación de su lector. Y eso da mucho más miedo.

Plano de Hill House dibujado por Jackson (Library of Congress)
  • Una estancia en la que muchos críticos reconocen como la mejor entre las casas encantadas de la literatura.
  • Una historia cargada de suspense que avanza a paso lento pero firme.
  • Una vía de entrada a la obra de Jackson, que incluye la mucho menos conocida e intimista Siempre hemos vivido en el castillo, una obra maestra del terror psicológico.

Más info:

  • La maldición de Hill House (1959), Shirley Jackson.
  • Género: novela de terror, novela gótica.
  • Páginas: 246.
  • Imágenes: firma (fuente: Wikipedia) y foto de Shirley Jackson (Wikipedia). Portada de la primera edición de la novela (fuente: Wikipedia).
  • Existen dos adaptaciones cinematográficas de la novela: The Haunting (1963), con buenas críticas y The Haunting (1999), con muy malas críticas.
  • Reseña (en inglés) en The Guardian de A Rather Haunted Life, la biografía de Shirley Jackson de Ruth Franklin, otro libro en mi larga lista de lecturas pendientes.
  • En 2020 se estrenó la película Shirley, basada en la novela del mismo título de Susan Scarf Merrell, que es una obra de ficción con tintes biográficos.

Pálido fuego, de Vladimir Nabokov

Pálido fuego (Pale Fire, 1962) es una novela de Vladimir Nabokov. Un novela atípica, con una estructura muy peculiar y con un perfecto espécimen de narrador poco fiable. A la altura, en cuanto a credibilidad, del mismísimo Humbert Humbert de Lolita.

No quiero desvelar mucho aquí, por si no la has leído. Más adelante habrá spoilers, te avisaré antes. Porque lo mejor es llegar a Pálido fuego sin mucha información previa e ir descubriendo las sorpresas que Nabokov fue dejando en el texto para que nosotros, los lectores, trabajemos nuestra propia interpretación.

Pálido fuego se presenta como la edición póstuma del poema homónimo escrito por el poeta norteamericano John Shade. En la superficie, el texto tiene la forma típica de este tipo de libros: un prólogo del autor, llamado Charles Kinbote, seguido del poema en cuatro Cantos de Shade; a continuación encontramos las notas de Kinbote sobre los versos y, por último, un índice.

Kinbote nos informa de que conocía personalmente al difunto Shade. Ambos eran colegas en la universidad de New Wye, Appalachia. Además, eran vecinos: Kinbote había alquilado una casa al otro de la calle de Shade, desde donde podía ver la casa de su admirado poeta.

Hasta aquí la capa superficial, las apariencias. No parece muy interesante, ni mucho menos una novela. A menos que te gusten los estudios académicos sobre poesía norteamericana de mediados del siglo XX, es posible que descartes este libro en este punto.

No lo descartes.

Pálido fuego se puede leer como un estudio académico del ficticio profesor Kimbote acerca del ficticio poeta Shade, pero eso sería como leer Lolita como si fuera la desgarradora historia de amor del incomprendido profesor Humbert.

Recurriendo a la manida imagen de las muñecas rusas —topicazo, hablando de un escritor ruso—, el análisis del poema es solo la primera muñeca, la más grande, la que con su sonrisita tímida oculta en su interior una serie de matrioshkas que —quizás— no tienen una cara tan amable.

Si no abres la primera matrioshka, no sabrás si las de dentro están igual de contentas.

Pálido fuego es un ejemplo de metaficción, ya que es ficción sobre otra ficción (el poema). Es también una novela hipertextual, con enlaces entre las distintas partes del texto (las abundantes notas del poema) que ofrecen distintas interpretaciones a un mismo lector si elige cambiar el orden de lectura. Pensarás en el clásico ejemplo de Rayuela, de Cortazar, publicada un año después. O en aquellos libros infantiles en los que eliges tu propia aventura. Todos son ejemplos de hipertexto, un término que puede sonar muy moderno para principios de los 60, pero que fue acuñado solo un año después. El creador del neologismo utilizó la novela de Nabokov para hacer una demostración del funcionamiento de los hipervínculos en 1969.

Pálido fuego: aquí vienen muchos spoilers

Último aviso: no sigas si aún no has leído este libro y quieres leerlo.

Una vez abierta la primera muñeca rusa, Pálido fuego se desvela como algo mucho más interesante. El narrador es Charles Kinbote, quien se define como un profesor nativo de Zembla, una nación con cierto aire soviético del norte de Europa. Inmediatamente, ya en el prólogo, vemos que él ha venido aquí a hablar de su libro. Utiliza el poema de Shade como pretexto para hablar de sí mismo, de Zembla y para contarnos la historia de su rey, Charles II el Bienamado, quien protagonizó una huida trepidante de su reino a consecuencia de una revolución.

La historia puede resultar difícil de leer al principio, puesto que hay mucha digresión sobre asuntos zémblicos y, además, está el poema íntegro de Shade. Pero vale la pena el esfuerzo porque Nabokov va recompensando con creces al lector. Su Kinbote se autorretrata a través de sus historias grandilocuentes y también mediante su descripción de las conversaciones con Shade y, sobre todo, con Sybil, la esposa del poeta. Ella tiene calado desde el principio a este personaje rimbombante y misógino, hilarante en su interpretación de una realidad de la que se siente protagonista.

Bajo la primera capa ya comentada (Pálido fuego es la edición comentada de un poema) aparece rápidamente la segunda. En esta versión, Kinbote va dejando entrever que él es el monarca expatriado de Zembla, viviendo de incógnito en Estados Unidos. Además, está convencido de que el tema principal del poema de Shade es Zembla, puesto que en sus conversaciones con el poeta él se encargó de narrarle con todo detalle las aventuras del rey fugitivo y de su perseguidor Gradus, dignas del mejor James Bond. Kinbote trata de que Shade le deje ver el poema mientras lo está componiendo, pero no lo consigue. Cuando por fin lo acaba, Kinbote le invita a tomar una copa en su casa, pero en ese momento aparece Gradus, que ha descubierto que Kinbote es en realidad Charles. Les dispara cuando se dirigen a su casa, pero falla el tiro y mata a Shade en lugar de a Kinbote.

Viendo a Shade muerto, Kinbote le arrebata el poema de las manos y lo guarda. Al leerlo, se da cuenta de que el poema no trata sobre Zembla, sino sobre Hazel, la hija de los Shade, que se suicidó un tiempo atrás. No obstante, Kinbote no cede en su empeño. En la parte de los comentarios o notas del poema, consigue leer entre líneas e interpretar todas las referencias que el poeta escondió en sus versos acerca de la nación europea y de su heroico rey exiliado.

O quizás no. Y por eso vale tanto la pena este libro. Porque convierte al lector en una especie de detective que va recogiendo las pistas y llegando a conclusiones. Nabokov cuenta con nosotros para que la historia real salga a la superficie.

Nabokov, retador.

En esta tercera capa o lectura, Kinbote está loco y Zembla y su rey existen solo en su imaginación. Gradus, su némesis, tampoco existe. El asesino de Shade era un expresidiario que confundió al poeta con el casero de Kinbote, el juez que le envió a la cárcel.

A partir de esta lectura, diversos académicos han llegado a distintas conclusiones. La que ha tenido más aceptación es que en realidad Kinbote es un pedante profesor ruso llamado Botkin, alguien a quien nadie soporta como deja claro una mujer que le espeta en una tienda:

«Es usted una persona extraordinariamente desagradable. No entiendo cómo John y Sybil pueden soportarlo— y exasperada por mi sonrisa cortés, añadió—: Y además está usted loco».

Pero ha habido otras interpretaciones. Que Shade es el narrador y que se inventó al personaje de Kinbote para comentar su obra. O que el poema está escrito por la hija muerta de Shade, Hazel.

El propio Nabokov resolvió el puzle en una entrevista en el New York Herald Tribune:

“It is jollier than the others,” he said, “and it is full of plums that I keep hoping somebody will find. For instance, the nasty commentator is not an ex-King of Zembla nor is he Professor Kinbote. He is Professor Botkin, or Botkine, a Russian and a madman. His commentary has a number of notes dealing with entomology, ornithology, and botany. The reviewers have said that I worked my favorite subjects into this novel. What they have not discovered is that Botkin knows nothing about them, and all his notes are frightfully erroneous. . .”

Aquí lo deja claro: es el loco de Botkin. Y afirma también que sus comentarios acerca de entomología, ornitología y botánica son erróneos, lo que añade textura a este personaje tan megalómano y narcisista. Yo tengo que decir que no me di cuenta de estos errores, los busqué después, al leer la entrevista, en la que se revelan más detalles de un libro muy divertido y lleno de sorpresas que no te puedes perder si disfrutas leyendo entre líneas.

  • Un estudio de una obsesión narrada en primera persona por un personaje inolvidable.
  • La experiencia de jugar a resolver un rompecabezas creado por Nabokov, nada menos.

Más información:

La brújula de Noé, de Anne Tyler

La brújula de Noé (Noah’s Compass, 2010) es una novela de Anne Tyler, la escritora ganadora de un Pulitzer que sitúa casi todas sus obras en Baltimore.

Me ha sorprendido leer que Tyler no es de Baltimore. Nació a unos 1800 kilómetros de distancia, en Mineápolis, aunque creció en una comunidad cuáquera de Raleigh, en Carolina del Norte. Abandonó la religión de sus padres ya muy pronto: a los siete años se dio cuenta de que no podía creer en Dios y ha sido atea desde entonces, definiéndose como una persona no espiritual que no tiene interés en conocer el sentido de la vida.

Tras acabar sus estudios de Filología Rusa, Tyler se casó con un psiquiatra iraní y es entonces cuando aparece en escena Baltimore, ya que su marido obtuvo una plaza en un hospital de esta ciudad. Al principio la odiaba. Poco después, ya no se veía viviendo en otro sitio y ha convertido la ciudad en el escenario de casi todas las novelas.

Baltimore (foto de Abdullah Almutairi en Pexels.com)

Descubrí a Anne Tyler hace muchos años, cuando vi El Turista Accidental (1988) de Lawrence Kasdan en una cinta VHS de videoclub. La película me encantó, pese a que estaba cargada de adultos hechos y derechos cuyas preocupaciones me quedaban aún muy lejos (luego descubrí que no tanto, no tan lejos). Qué jóvenes me parecen ahora aquellos William Hurt, Kathleen Turner, Geena Davis y Bill Pullman. Y el corgi.

Después de ver la película leí el libro y seguí leyendo libros de esta autora, incluyendo Ejercicios respiratorios, la novela con la que ganó el Pulitzer. Por el motivo que sea —¿muchos libros en la lista y poco tiempo?— llevaba ya tiempo sin adentrarme en una historia de Tyler y leer ahora La brújula de Noé me ha dado la sensación de encontrarme con un grupo de viejos amigos. De volver a esa zona de confort de la tanto se empeñan en hacernos salir los gurús expertos en desarrollo personal.

La brújula de Noé es la decimoctava novela de Anne Tyler. Su protagonista, Liam Pennywell, es un profesor de primaria que se ha quedado sin trabajo a los 61 años. Para reducir costes, decide dejar su piso y mudarse a un modesto bloque de apartamentos en las afueras de Baltimore. En el primer capítulo nos lo encontramos en plena mudanza, acompañado por un amigo y por el novio adolescente de la menor de sus hijas. Al acabar, Liam se acuesta agotado en su nueva habitación. Cuando despierta, se encuentra en otro sitio: en la habitación de un hospital, con la cabeza vendada. Y no recuerda cómo ha llegado allí.

En el hospital vamos conociendo a la familia de Liam: sus tres hijas y su exmujer, Barbara. Nos vamos enterando de que Liam es, además, viudo: la madre de su hija mayor murió cuando la niña era aún muy pequeña. También nos cuentan qué le pasó a Liam. Alguien se coló en su apartamento con la intención de robar. Liam debió despertarse e intentó impedirlo enfrentándose al ladrón y acabó con una herida en la mano y un golpe en la cabeza que le dejó inconsciente. Un vecino oyó el ruido y llamó a emergencias.

La obsesión de Liam por recuperar esos recuerdos perdidos es lo que pone en marcha la trama de esta novela. Y no porque tenga un afán de venganza por el ladrón —en paradero desconocido— ni miedo de que vuelva a suceder. Lo que le angustia es la pérdida de control que siente al no ser capaz de recordar nada de lo que pasó. En la sala de espera de un neurólogo, a quien acude para saber si hay forma de recuperar la memoria, se fija en un paciente anciano que llega acompañado por una mujer joven. Oye como la joven pronuncia un nombre femenino justo antes de que el hombre salude a la recepcionista en voz alta, utilizando el nombre que le acaban de apuntar. Liam se queda fascinado por el rol de esa mujer, a la que considera una especie de disco duro externo de memoria, una experta en el funcionamiento de los recuerdos. Y a partir de ese momento hará todo lo posible por conocerla.

He leído toda la novela poniéndole la cara de Peter Mullan a Liam Pennywell.

La brújula de Noé es una novela simple en apariencia. De esas en las que muchos dirían que no pasa nada. Con protagonistas típicos de Tyler: un hombre de mediana edad al borde de una crisis, rodeado de una familia atípica. Retrata como nadie a personas que han llevado una vida cómoda y predecible y que, por algún acontecimiento inesperado, ven su rutina alterada. Su vida patas arriba.

No la leas si El turista accidental te pareció un peñazo. Porque va en esa línea. Tyler no es una escritora de tramas a lo Grisham, Christie o Child. Sus personajes son imperfectos, a veces antipáticos o poco agradables. Pueden ser torpes, con habilidades sociales limitadas, excéntricos, irritables. Y viven situaciones cotidianas. Precisamente por todo esto, son muy creíbles. De carne y hueso: personajes con los que los lectores nos podemos identificar.

Destaca también por el humor —a veces sutil, a veces negro— con el que retrata a los personajes o las situaciones, incluso cuando son dramáticas, como el robo en casa de Liam. Y por la precisión de su lenguaje al describir las sensaciones, con las palabras justas y creando imágenes que nos permiten ponernos en la piel de los personajes, como en esta frase que describe cómo Liam intenta recordar lo sucedido, aún en el hospital y con la cabeza vendada:

His lost memory was like a physical object just beyond his grasp. He could feel the strain in his head. It made the throbbing even worse.

Me parece muy gráfica esta imagen del esfuerzo mental intentando llegar a tocar ese objeto, la memoria perdida, justo fuera de su alcance. Tyler usa un vocabulario tan sencillo que puede parecer fácil pero que no lo es. En absoluto. El proceso de escritura de la autora es laborioso: escribe varios borradores a mano, pasando a ordenador solo las partes con las que está satisfecha; después imprime el borrador y lo reescribe de nuevo a mano. Por último, lee el texto completo en voz alta y lo graba con un dictáfono, para transcribir la versión final.

Un camino en Roland Park (Baltimore), el barrio en el que vive Anne Tyler. El Turista Accidental se rodó en casas de este mismo barrio. (foto de Eli Pousson)

La brújula de Noé te gustará si disfrutas leyendo historias creíbles de personajes de carne y hueso, con esos toques de humor tan típicos de esta escritora. Anne Tyler ha sido una escritora bastante esquiva, reacia a dar entrevistas y a aparecer en eventos públicos, pero en los últimos años dice haberse relajado un poco y ha desvelado algunos de sus secretos para crear estos personajes tan particulares: las conversaciones de gente real en la calle —o en la caja del supermercado—, el trabajo del sociólogo Erving Goffman con el estudio de la interacción social, y los vídeos de Youtube cuando necesita añadir detalles acerca de la profesión de sus personajes.

  • Un retrato de Baltimore, de sus calles y de su gente.
  • La respuesta a la pregunta ¿qué tiene que ver la brújula de Noé con todo esto?
  • Un ejemplo de cómo las grandes revelaciones de la vida nos pueden pasar desapercibidas si no estamos atentos.

Más información:

  • Imagen de Peter Mullan de Andymiah en Wikipedia.

Ancho mar de los Sargazos – Jean Rhys

Ancho mar de los Sargazos (Wide Sargasso Sea) es una novela de la escritora Jean Rhys (1890-1979) publicada en 1966. Antes de hablar de este libro, una breve introducción.

Me gusta mucho la novela del siglo XIX: Mary Shelley, Jane Austen, las Brontë, Louisa May Alcott, Oscar Wilde, Henry James, etc. Pero no me gustaría haber sido una mujer en el siglo XIX.

Ni siquiera me pondría en la piel de una de las heroínas más celebradas de la época, Jane Eyre. Es un personaje admirable, no digo que no. Jane supera a golpe de tesón una niñez dickensiana —peor, porque los protagonistas de Dickens tenían mejor pronóstico solo por haber nacido hombres— y acaba convertida en la señora de Rochester. Del atormentado y byroniano Edward Rochester. Que bajo el mismo techo en el que cortejaba a Jane —casi 20 años más joven que él— mantenía a la hija de una de sus amantes y a su legítima esposa, Bertha Mason, encerrada en una habitación de la buhardilla, con la excusa de que estaba loca.

Hay que decir que Jane rechaza a Rochester cuando se destapa el pastel de su mujer y que, cuando por fin acepta casarse con él, es porque se lo encuentra ciego y desfigurado tras haber intentado de forma heroica—sin éxito, ejem— salvar a su mujer de un incendio que ella misma había provocado. Castigado por sus pecados. Hecho un cromo. Seguro que en sus años con Jane a partir de ese momento —el final de la novela— fue mucho más manso. Además, ella había conseguido la independencia económica gracias a una herencia inesperada. Así que no es una damisela en apuros, ni mucho menos.

Jane Eyre es una gran novela, un clásico que hay que leer. Jane es un personaje muy vivo, que habla contigo, lector, como lo hacemos tantos bloggers hoy en día (su famoso «Reader, I married him»). Por supuesto, hay que situarse en en el marco histórico-social victoriano en el que Charlotte Brontë escribió esta novela. No podemos juzgar las decisiones de su protagonista como si fuera una chica de 18 años de hoy. No. La novela es revolucionaria para su época (hablamos de 1847) en su exploración de la búsqueda de la libertad de una mujer, una libertad que le permitirá expresarse tal y como es y controlar sus relaciones con los otros. Es protofeminista.

Sí, pero no olvidemos el pequeño detalle de que Rochester tenía a su primera mujer encerrada en la buhardilla.

Jean Rhys (izquierda) en los 70.

Jean Rhys no lo olvidó. Porque ella, nacida en las Antillas de padre galés y madre criolla, podía ponerse en la piel de la Bertha Mason de Brontë, nativa de Jamaica. Aunque les separaba más de un siglo, Rhys vivió en sus carnes lo que era ser una criolla en Inglaterra, a donde llegó con 16 años. Se burlaron de su acento, de la condición de otredad a la que estaba sujeta por su origen, hasta el punto de que no consiguió estudiar arte dramático como se había propuesto. A partir de ahí llevó una vida digamos que intensa, para no entrar aquí en detalles.

Rhys empezó a escribir a los veintitantos, pero Ancho mar de los Sargazos la escribió después de un parón literario de casi tres décadas, cuando tenía 76 años. Esta novela es uno de los primeros libros en los que un personaje de un libro muy conocido toma el papel de protagonista y cuenta su historia. En este caso es la loca del ático, la mismísima Bertha Mason, quien nos narra su historia desde su niñez en Jamaica, entonces una colonia británica.

Bertha no es su nombre real. Se llama Antoinette, primero Cosway y luego Mason, tras el segundo matrimonio de su madre. Rochester entra en su vida a través de un matrimonio de conveniencia: por dinero, para lograr la independencia económica de su padre. Tras un breve cortejo, se casan y se trasladan a una finca de los Mason, donde ambos comenzarán a cuestionarse la relación. Un supuesto pariente de Antoinette le hace saber a Rochester que la locura corre por las venas de su nueva esposa, heredada de su madre. A partir de ahí, cada salida de tono de Antoinette hace que se confirme la sospecha de Rochester. A su vez, ella descubre que su marido no la ama, lo que no le sienta nada bien. Él va dejando clara su indiferencia hacia ella, su desprecio incluso, hasta el punto de cambiarle el nombre.

“Don’t laugh like that, Bertha.”
“My name is not Bertha. Why do you call me Bertha?”
“Because it is a name I’m particularly fond of. I think of you as Bertha.”

Ancho mar de los Sargazos no es solo una precuela de Jane Eyre. Es una novela poscolonial, en la que Rochester representa el papel de colonizador que llega a la isla tratando de arramblar con todo lo que pueda. No solo quiere el dinero y las tierras de Antoinette. Le cambia el nombre como los colonos europeos cambiaban el nombre de los territorios que ocupaban. La posee para hacer con ella lo que quiera. Anula su identidad, preparando el camino para que acabe convertida en la figura fantasmal que Brontë necesitaba para darle ese toque gótico a su historia.

Es también una novela feminista, que denuncia la opresión patriarcal sufrida por Antoinette / Bertha. Esta doble opresión, la colonial y la patriarcal, conducirá al final horrible de Bertha en Thornfield Hall que ya conocemos.

Esta breve novela (152 páginas) es muy recomendable si te gusta Jane Eyre. Algunas personas opinan que destroza la novela de Brontë, pero yo no lo veo así. Lo que hace es dar voz a un personaje que se merecía una biografía y que, con su narrativa, pone de relieve todas esas tensiones que estaban latentes en el texto original: la dominación patriarcal y colonial y las identidades mestizas. Puedes volver a leer y a disfrutar Jane Eyre después de Ancho mar de los Sargazos, encontrando nuevos significados en escenas que podían haberte pasado desapercibidas.

Por supuesto, la obra de Rhys es solo una interpretación de lo que pudo ser la vida del personaje creado por Brontë. Es una ficción sobre otra ficción. Así que, si prefieres creer la versión de Rochester, en la que él es solo la pobre víctima de una lunática, puedes hacerlo. Es la maravillosa subjetividad de la literatura: las particularidades que tenemos como lectores —como humanos— nos permiten crear y recrear el texto de manera única en cada lectura.

  • Un viaje al exuberante Caribe de 1830: el libro está lleno de descripciones muy vívidas de la naturaleza, que sirven para subrayar el contraste con la fría y gris Inglaterra representada por Thornfield Hall.
  • Un ejemplo temprano de lo que hoy conocemos como fanfiction: nuevos textos creados por y para fans a partir de un texto original.
  • Una lección sobre el punto de vista: ¿crees que conoces bien una historia? Intenta verla desde otro ángulo.

Más información:

  • Foto de Jean Rhys de Wikimedia Commons.
  • Sandra Gilbert y Susan Gubar escribieron en los 70 un ensayo clave de la crítica literaria feminista (Madwoman in the Attic: The Woman Writer and the Nineteenth-Century Literary Imagination) que analiza el significado e importancia de Bertha y de otros personajes similares como catarsis para sus autoras.