Lord Byron y los vampiros

La semana pasada fue una de esas bien cargadas de efemérides literarias. El 23 de abril de 1616 murió Shakesperare, aunque fue un 23 de abril del calendario juliano. Con el gregoriano —el nuestro, el de ahora—, habría disfrutado de unos días más, hasta el 3 de mayo. Luego está Cervantes, que se nos fue el 22 de abril del mismo año que Shakespeare, pero fue enterrado el día 23 y nos quedamos con esa fecha para marcar el Día Internacional del Libro.

Otros dos escritores nos dejaron en una semana como esta: el poeta romántico Lord Byron, el 19 de abril de 1824. Y Bram Stoker, el 20 de abril de 1912. Hay más escritores fallecidos en estas fechas, claro. Pero hoy toca hablar de estos.

Hace 197 años que murió Lord Byron. Lo hizo, lo de morir, en Mesolongi (Grecia), a los 36 años, demasiado pronto incluso para los estándares de la época. La causa de su muerte no está clara. Sabemos que padeció unas violentas fiebres, quizás malaria, pero la sospecha es que el tratamiento elegido por sus médicos fue lo que precipitó las cosas. Porque lo que estaba de moda entonces eran las sangrías, prescritas para purgar la sangre y curar casi cualquier enfermedad, desde un simple acné hasta el cáncer. Byron se negó a que le sacaran sangre, pero al final cedió viendo que su salud no mejoraba. Y le extrajeron sangre, primero con bisturí y luego con las socorridas sanguijuelas: doce de esos bichos le acompañaron en su última noche.

La muerte de Byron dejó a sus compatriotas británicos en estado de shock. De repente, la mala fama y el odio que le habían hecho abandonar Inglaterra (debido a relaciones extramatrimoniales varias, incluyendo la sospecha de una medio incestuosa con su medio hermana Augusta) se disiparon y el cadáver de Byron fue recibido de vuelta a casa con un baño de multitudes a la altura del de Lady Di. El hecho de haber muerto luchando por la libertad de Grecia lo elevó a la categoría de héroe popular. Su féretro fue expuesto en una casa en el centro de Londres durante dos días en los que no dejaron de circular fans (conocidos —conocidas— como Byromaniacs) para darle su último adiós.

El irlandés Bram Stoker tuvo una muerte mucho más discreta. Para empezar, por la mala elección de la fecha. Porque solo cinco días antes, el 15 de abril de 1912, se había hundido el Titanic. Y la triste noticia de la muerte de Stoker (no se sabe si fue sífilis o una embolia) pasó desapercibida, en línea con el escaso reconocimiento que recibió su obra en vida.

Pero, ¿por qué estamos hablando de Byron y Stoker? Lo vemos.

Lord Byron y el Byronic hero

I awoke one morning and found myself famous.

Sí. George Gordon, Lord Byron (1788-1824) se hizo famoso de la noche a la mañana tras la publicación de Las peregrinaciones de Childe Harold, un largo poema narrativo y autobiográfico que detallaba sus experiencias durante su Grand Tour, el viaje por Europa que los jóvenes pijos aristócratas británicos realizaban como parte de su educación. Su fama fue tan grande que se dice de Byron que fue el primer rock star o celebridad de la historia. Childe Harold se publicó en cuatro partes entre 1812 y 1818. Cada vez que salía la siguiente entrega era una sensación, comparable a lo que hoy en día supone el lanzamiento de una nueva temporada de una serie muy popular, tipo Juego de Tronos.

Sin embargo, la aportación más conocida de Byron a la literatura es un tipo especial de personaje, una mezcla o aleación—porque no se distinguen las partes— compuesta de realidad y ficción, de biografía y obra. Es el Byronic hero o héroe byroniano.

Este personaje se convirtió en un éxito instantáneo. Apareció en muchas de sus obras con distintos nombres pero con rasgos recurrentes: un hombre de origen aristocrático con un pasado oscuro, distante, misterioso, inteligente, sensible, con tendencia a la melancolía y de naturaleza rebelde. Inmediatamente sus lectores asociaron estos rasgos con el autor, que se convirtió en el arquetipo de poeta romántico inglés, personificando el temperamento individualista y la subjetividad de este movimiento tanto en su poesía como en su vida.

El primer byronic hero lo encontramos en el mencionado Childe Harold (1812), pero es en Manfred (1817) cuando se muestra en todo su esplendor, con sus remordimientos, su rebeldía y su ceño muy muy fruncido.

Este personaje no surge de la nada. Sus lectores acertaban al pensar que tenía mucho del propio Byron. Se empezó a forjar en su niñez, que no fue fácil. Un defecto congénito en el tobillo derecho le produjo una cojera que le obligó a soportar muchas burlas, incluyendo las de su propia madre, que se refería a él como «lame brat» (mocoso cojo). Su padre, el capitán John Byron —conocido como “Jack el loco”— murió cuando Byron tenía solo tres años. Antes de palmarla, tuvo tiempo de influir en el desarrollo psicológico de su retoño gracias a las peleas que mantenía con su segunda esposa, Catherine Gordon. Jack se había casado por dinero, porque ella era una rica heredera escocesa, pero pronto dilapidó su fortuna en fiestas, amantes y salidas nocturnas, que es lo que le iba. Catherine no era manca. Era famosa por su temperamento, así que no se quedó callada cuando vio lo que Jack había hecho con su fortuna. Viendo el panorama, este optó por huir a Francia a seguir viviendo la vida y—aunque no debía ser su plan— también a recibir a la muerte, que se lo llevó con treinta y pocos años.

A los nueve años, Byron sufrió maltrato y abuso sexual por parte de su niñera, May Grey. Poco después, al cumplir 10 años, entra en escena el título nobiliario, ya que se convierte en el 6º Baron Byron al morir sin descendencia su tío abuelo, el quinto Barón Byron de Rochdale, conocido como «el Malvado Lord».

Todo esto fue conformando el carácter del «malo, loco y peligroso» Byron, descrito por Lady Caroline Lamb, una de sus amantes.

Sin embargo, parece que Byron creó su criatura, el byronic hero, a partir de rasgos propios, pero que también él fue adoptando rasgos de su personaje. Así lo creía Walter Scott, que en una carta decía que Byron se había «convertido en Childe Harold (Childe Harolded himself), demasiado parecido a las imágenes de su imaginación».

Hayas leído o no a Byron, seguro que conoces bien al héroe byroniano. El personaje sobrevivió a su creador y, debido a su buen recibimiento entre los lectores, fue adoptado por numerosos escritores. Aquí, algunos ejemplos:

  • Heathcliff, de Cumbres Borrascosas (Emily Brontë, 1847).
  • Edward Rochester, de Jane Eyre (Charlotte Brontë, 1847).
  • Capitan Ahab, de Moby Dick (Herman Melville, 1851).
  • Jay Gatsby, de El gran Gatsby (F. Scott Fitzgerald, 1925).

Este linaje ha continuado hasta la actualidad y lo encontramos en personajes de novelas recientes, como Severus Snape, de Harry Potter (J.K. Rowling). Siempre de negro, con un pasado oscuro que se va revelando poco a poco y sensible como él solo tras esa mirada torva.

Y, por supuesto, lo podemos ver también en la pantalla —grande o pequeña—, en versión masculina o femenina: Han Solo en Star Wars, Ellen Ripley en Alien, Deckard en Blade Runner , Batman (el de Christian Bale en El caballero oscuro el que más), Jesssica Jones o el doctor Gregory House. Este último está basado en Sherlock Holmes, dirás. Sí, pero es que Holmes encaja también en el molde de héroe byroniano. Y esa cojera…

¿Qué tendrá el héroe byroniano para que nos siga atrayendo igual que hace 200 años? Que es un ser humano imperfecto, con defectos como tú y como yo. Eso hace que lo sintamos cercano, reconocible, que entendamos sus reacciones, sus inseguridades, su miedo, sus elecciones —a veces erróneas— entre el bien y el mal.

El «Byronic look»

Lord Byron no fue siempre el tipo atractivo que hoy podemos contemplar en sus retratos. Parece que fue un poco patito feo, con tendencia a la corpulencia en su adolescencia, de acuerdo con su biógrafo Leslie Marchand. Una amiga anotó esta descripción tras verlo por primera vez en una fiesta: Byron era un «fat bashful boy, with his hair combed straight over his forehead“» Gordo, tímido y repeinado.

Byron adolescente, con cara de adolescente (fuente)

A los 18 pesaba unos 91 kilos, lo que para su estatura (1,73 m) colocaría a su señoría en una obesidad de tipo I según la OMS. Un médico le aconsejó perder peso a base de caminar a diario y de comer y beber con moderación, pero él lo llevó al extremo para acelerar el proceso. Así lo describió en una carta:

I wear seven waiscoats and a great coat, run and play cricket in this dress, till quite exhausted by excessive perspiration, use the hot bath daily […].

Siete chalecos y un abrigo. Confiemos en que de verdad se diera baños diarios como afirma, porque —leo en Google— el desodorante no se inventó hasta 1888. Su dieta consistía básicamente en patatas, vinagre y agua. Toda su vida mantuvo una relación complicada con la comida, lo que hoy llamaríamos un trastorno de la alimentación. Byron continuaba la carta orgulloso de su transformación: sus costillas eran visibles bajo la piel y le habían tenido que estrechar la ropa más de cuarenta centímetros.

Así consiguió el aspecto con el que ha pasado a la historia: delgado, con el cabello castaño rizado y la piel muy pálida, labios gruesos y bien perfilados y ojos grises. Walter Scott (sí, otra vez él) afirmó que «la belleza de Byron es tal que te hace soñar».

Byron en el retrato de Westall, el que más le hace justicia según su última amante, Teresa Guiccioli (fuente)

Los vampiros

Los vampiros: esos chupasangres poderosos e inmortales que, sin embargo, no te atacarán si estás en casa. A menos que les invites a entrar. No lo hagas y se limitarán a clavarte la mirada mientras flotan al otro lado de tu ventana, tan hambrientos como respetuosos con la propiedad privada.

Los primeros vampiros en la literatura, en el siglo XVIII, no se parecían a los actuales. Estaban basados en extraños relatos supuestamente reales, historias de campesinos oriundos de Europa Oriental que volvían de la muerte para beber la sangre de su parentela y que debían ser rematados con estacas o fuego para acabar con su maldición. Para ponerles cara, serían más parecidos a un zombi o a Nosferatu que a Lestat.

Ya en el siglo XIX, el propio Byron tocó el tema del vampirismo en su poema épico The Giaour (1813). Pero su gran contribuación al tema vino unos años más tarde, en 1816, conocido como el «año sin verano». El planeta sufrió una bajada drástica de temperaturas debido a la erupción del volcán Tambora (en Indonesia) un año antes. Las cenizas volcánicas en la estratosfera formaron una especie de velo que impedía el paso de la luz solar, enfriando y oscureciendo el hemisferio norte.

Ese verano frío y oscuro, Byron estaba en Ginebra, en una casa a orillas del lago Lemán: la Villa Diodati. El poeta había dejado Inglaterra en abril, tras el escándalo de su separación y huyendo de los rumores de su relación con su medio hermana. En junio tuvo visita, la del poeta Percy Bysshe Shelley y su novia y futura esposa, Mary Godwin, además de la hermanastra de Mary, Claire Clairmont. Byron, hipocondriaco y con tendencia a la depresión, viajaba siempre con médico personal: en esta ocasión era el Dr. John William Polidori. Los cinco estuvieron confinados en la villa durante tres días y noches de junio en los que no paró de llover. Para entretenerse, primero leyeron historias de terror y luego se les ocurrió escribirlas, en una especie de competición para ver quién escribía la historia más terrorífica. Y todo regado con generosas raciones de láudano. La obra más conocida que le debemos al Tambora es, por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Pero aquí hemos venido a hablar de vampiros: Byron empezó a escribir un cuento, el conocido como Fragment of a novel, que se publicó en 1819.

En esta historia no llegamos a ver a vampiros, pero parece ser que los habría habido en caso de que Byron hubiera acabado su obra. El protagonista, Augustus Darvell, noble y rico, muere en extrañas circunstancias en un cementerio turco y le pide a un amigo que le entierre y que siga después un misterioso ritual. Y hasta ahí puedo leer, porque no hay más.

La Villa Diodati (fuente)

Byron se negó a seguir la historia, alegando que no le interesaban los vampiros:

I have a personal dislike to “vampires”, and the little acquaintance I have with them would by no means induce me to reveal their secrets.

Pero Polidori, que además de médico era aficionado a las letras, agarró el testigo y escribió algún tiempo después El Vampiro inspirándose en la historia de Byron y, sobre todo, en el propio Byron.

La narración de Polidori se publicó en 1819, cuando el médico estaba ya de vuelta en Londres tras haber sido despedido por Byron. Su relación había sido complicada, ya que Byron —al parecer— se burlaba de las pretensiones literarias de Polidori, cosa que al médico —enamorado del poeta— le hirió en lo más profundo. Se cree que, por eso, este modeló al protagonista de su historia en Lord Byron, y no con cariño: es Lord Ruthven, un noble inglés que empieza a llamar la atención entre la alta sociedad londinense, «más notable por sus peculiaridades que por su rango». Es descrito como altivo, pálido, de ojos grises, atractivo y depravado. Es, además, un vampiro.

El nombre elegido, Ruthven, es el mismo que tiempo atrás había utilizado la ya mencionada Lady Caroline Lamb en otra venganza literaria: su novela gótica Glenarvon, protagonizada por Clarence de Ruthven, Lord Glenarvon, en quien todos sus lectores vieron un retrato de Byron.

El Vampiro se publicó en una revista, atribuido por error a Lord Byron. Tanto el poeta como Polidori se apresuraron en corregir este error, pero la historia ya estaba circulando y fue todo un éxito, impulsada por la fama de Byron y por el interés del público de la época en la novela gótica.

Y este Lord Ruthven, copia —con escaso valor literario— de aquel Augustus Darvell al que Byron no llegó a sacar de la tumba, es considerado el padre de los vampiros aristocráticos y seductores que han poblado la literatura y el cine desde entonces, incluyendo el Drácula de Stoker.

Quien sabe cómo serían los vampiros de hoy si Lord Byron no se hubiera maltratado con su dieta de patatas y vinagre, ni se hubiera empeñado en modelarse a imagen y semejanza del héroe byroniano que salió de su pluma, o si el Tambora hubiese seguido dormido aquel mes de abril de 1815.

O si no hubiera existido Hamlet, personaje que influyó mucho en la obra de Byron, incluyendo su Byronic hero. Y así volvemos al inicio, al 23 de abril de 1616.

Más información:

  • Retrato de Lord Byron con traje albanés (Thomas Philips), de la National Portrait Gallery NPG142.
  • Parece ser que se está rodando —o se va a rodar— una película basada en The Vampyre, de Polidori, prevista para 2022.
  • Aquel año sin verano, Byron escribió también Darkness, uno de sus poemas más conocidos. Aquí está traducido al español.
  • En Project Gutemberg se descargar My Recollections of Lord Byron, obra de la última mujer en la vida de Byron, la condesa Teresa Guiccioli.
  • Para quien prefiera la prosa, las cartas y diarios de Byron son una lectura muy recomendada. Muestran al Byron más de carne y hueso, al que se ocultaba tras la máscara del Byronic hero. Y es muy divertido.

The Haunting of Hill House – Shirley Jackson

Me ha pasado muy pocas veces eso de encontrarme con una película o serie de terror que no puedo seguir viendo, que tengo que parar. Supongo que es una combinación de lo que aparece en la pantalla (de casa, de momento no he parado ninguna proyección en el cine) y mi contexto. Digamos que es de noche. Que ya se han ido todos a dormir. Que el viento silba a través de alguna ventana que pide a gritos un burlete. Que se oye avanzar una tormenta, cada vez más juntos el trueno y el rayo.

Dicen que nos gusta el horror (a quienes nos gusta) porque es gratificante esa sensación de poder controlar todas esas cosas horribles que vemos en la pantalla. No son reales. Pero ver la historia de una casa encantada cuando estás en una casa a oscuras puede reducir la sensación de control. El escenario se parece demasiado. Cuando es un barco del siglo XIX o una nave espacial, queda más lejos. Está más controlado.

No sé si es esto lo que me pasó con The Haunting of Hill House, de Netflix. O si me condicionó haber leído que a Stephen King le pareció buenísima, con lo tiquismiquis que debe ser él para las cosas de terror:

O si el problema es que había leído la novela de Shirley Jackson y sabía lo que iba a venir.

El hecho es que tuve que pararla en el primer episodio, titulado «Steven ve un fantasma». Al principio, además: es de noche, estamos en la casa. La pequeña Nell llora y su hermano Steven va a ver si está bien. Cuando le pregunta qué pasa, ella dice que tiene miedo, que ha visto a la señora del cuello torcido otra vez. Aparece también su padre, que la intenta convencer de que ha sido solo una pesadilla. Poco después, vemos a Nell tumbándose para dormir de nuevo, agarrada a su peluche, mientras comienza a sonar una música aciaga que no indica nada bueno. Y ahí la paré, justo antes de los créditos —sí, muy valiente—.

Otro día de contexto más amable, sin tormenta y con humanos despiertos en los alrededores, la seguí viendo ya casi toda de un tirón. Qué buena es.

Como dice Stephen King, esta serie es una versión revisada y remodelada de La maldición de Hill House, de la extraordinaria Shirley Jackson. Es como si la novela se hubiese despedazado y luego se hubieran cogido algunas piezas para montarlas de nuevo con otra forma, como un tangram: los nombres de los personajes, la casa, las situaciones.

Otros detalles han cambiado mucho, como las relaciones entre los personajes. Pero el resultado, tan diferente de la novela, coincide en esa constante sensación de falsa calma, de que va a pasar algo terrible.

La autora: Shirley Jackson

Shirley Jackson (1916-1965), admirada por escritores de la talla de Neil Gaiman, Stephen King, Joyce Carol Oates o Richard Matheson, tuvo una vida corta e infeliz. Corta por infeliz, o eso es lo que se cuenta de ella.

Para empezar, su relación con su madre fue siempre difícil. La mujer quería una reina de la belleza y tuvo en su lugar a Shirley, una niña con sobrepeso y soñadora, interesada en los libros y la brujería. Cuando, tras la publicación de una de sus novelas recibió críticas positivas, su señora madre solo se fijó en la foto que acompañaba una de las reseñas: «si no te preocupa tu aspecto o te da igual tu apariencia, ¿por qué no haces un esfuerzo por tu marido, o por tus hijos? He pasado toda la mañana triste porque te has dejado ver con ese aspecto…».

En su propia casa tampoco vivió un ambiente sosegado. Casada con Stanley Edgar Hyman, un crítico literario y profesor universitario con tendencia a flirtear con sus alumnas, Jackson aguantó sus infidelidades durante toda su vida. Aunque la autora mantenía una actitud altiva, la procesión iba por dentro.

La pareja tuvo cuatro hijos, de los que Jackson se encargaba en exclusiva. En vida fue reconocida entre el público sobre todo por sus artículos e historias acerca de los quehaceres domésticos o la maternidad. Y mientras cuidaba de niños, casa y mascotas, encontró tiempo para escribir sus cuentos y novelas. Porque una, aclaró Jackson, no escribe solo cuando se sienta a escribir:

Paso mucho tiempo haciendo cosas que no requieren grandes capacidades imaginativas y la única forma de hacer que esas tareas mecánicas sean más apetecibles es pensar en otras cosas mientras las hago. Me cuento cuentos todo el día. . . . Y muchas veces se convierten en cuentos de verdad.

Siempre bebió, fumó y comió en exceso. Intentando controlar la ansiedad y perder peso, se enganchó a varios fármacos que le produjeron cambios de humor drásticos, hasta llegar a sufrir una crisis nerviosa que la mantuvo postrada en su habitación, sin poder ni siquiera escribir. Consiguió recuperarse gracias a un tratamiento psiquiátrico y volvió a escribir. sin embargo, esta etapa fue breve. Una noche de verano de un par de años más tarde, cuando se estaba planteando abandonar a su marido y comenzar una nueva vida, se fue a dormir y su corazón dijo basta. Solo tenía 48 años.

La maldición de Hill House

En 1948, Shirley Jackson publicó «La lotería», la siniestra historia de un sorteo con un giro inesperado entre los vecinos de un pueblo americano. Este cuento consiguió dos cosas:

  • Que la crítica colocara a Jackson entre los maestros del terror.
  • Que el cartero de Jackson estuviera muy atareado entregándole cientos de cartas de lectores indignados por el oscuro retrato de la condición humana que encontraron en el cuento.

Por suerte, la reacción de sus lectores puritanos no desanimó a la escritora, que siguió adelante con su carrera literaria. La maldición de Hill House (1959) es su quinta novela y empieza así:

Ningún organismo vivo puede mantenerse cuerdo en condiciones de realidad absoluta durante mucho tiempo; incluso las alondras y las chicharras sueñan, según creen algunos. Hill House, nada cuerda, se alzaba sola frente a sus colinas, reteniendo oscuridad en su interior; llevaba así ochenta años y así podría seguir otros ochenta. Dentro, las paredes seguían derechas, los ladrillos se unían con esmero, los suelos eran firmes y las puertas estaban sensatamente cerradas; el silencio yacía incesantemente sobre la maderas y piedras de Hill House, y lo que fuera que caminase allí, caminaba solo.

De acuerdo con The Wall Street Journal, La maldición de Hill House está reconocida como la mejor entre todas las historias de casas encantadas. Y eso que no hay fantasmas. No los típicos, al menos. Es una novela gótica, de terror más que de horror: la diferencia es que el segundo suele ser más explícito y acompañado de elementos sobrenaturales, mientras que el primero genera miedo a través de elementos reales que se comportan de manera inesperada.

¿De qué trata la novela? De un grupo de personas que participan en un experimento paranormal en una mansión supuestamente encantada:

  • El Dr. Montague, un antropólogo interesado en investigar las manifestaciones de lo sobrenatural.
  • Eleanor, una treintañera con problemas psicológicos y personales.
  • Theodora, una bohemia impulsiva y dotada de una cierta clarividencia.
  • Luke, el esquivo heredero de la mansión.

El experimento consiste en pasar unos días en la casa para observar de manera «científica» los extraños fenómenos que distintos testigos han reportado durante sus ochenta años de existencia.

Es muy probable que hayas visto la serie. Si es así, no pienses que ya no vale la pena leer el libro. Como suele ocurrir, el libro te va a aportar una experiencia diferente. Primero, por el estilo narrativo de Jackson, con lenguaje sencillo y directo y con toques de humor que refuerzan el retrato de los personajes. Y segundo, porque es una experiencia más personal, sin duda. Porque lo que habita Hill House, lo que camina a solas en la casa abandonada, lo esboza Shirley Jackson pero dejando que complete el retrato la imaginación de su lector. Y eso da mucho más miedo.

Plano de Hill House dibujado por Jackson (Library of Congress)
  • Una estancia en la que muchos críticos reconocen como la mejor entre las casas encantadas de la literatura.
  • Una historia cargada de suspense que avanza a paso lento pero firme.
  • Una vía de entrada a la obra de Jackson, que incluye la mucho menos conocida e intimista Siempre hemos vivido en el castillo, una obra maestra del terror psicológico.

Más info:

  • La maldición de Hill House (1959), Shirley Jackson.
  • Género: novela de terror, novela gótica.
  • Páginas: 246.
  • Imágenes: firma (fuente: Wikipedia) y foto de Shirley Jackson (Wikipedia). Portada de la primera edición de la novela (fuente: Wikipedia).
  • Existen dos adaptaciones cinematográficas de la novela: The Haunting (1963), con buenas críticas y The Haunting (1999), con muy malas críticas.
  • Reseña (en inglés) en The Guardian de A Rather Haunted Life, la biografía de Shirley Jackson de Ruth Franklin, otro libro en mi larga lista de lecturas pendientes.
  • En 2020 se estrenó la película Shirley, basada en la novela del mismo título de Susan Scarf Merrell, que es una obra de ficción con tintes biográficos.

Las 7 casas de Coraline

La casa de Coraline es un fantástico ejemplo de escenario de novela gótica, un personaje más con un papel central en la historia.

En este tipo de literatura la localización, el lugar donde habitan los personajes, es clave para el desarrollo de la trama. Si en los orígenes de la novela gótica los escenarios eran castillos, criptas o monasterios, poco a poco se fue viendo una evolución hacia marcos más familiares para el lector, como casas, calles, o apartamentos. 

Y quizás te preguntes qué diferencia hay entre la literatura de terror o de horror y la gótica. Sabrás que te responderé aunque no te lo hayas preguntado. La RAE nos dice que:

  • El terror es un «miedo muy intenso».
  • El horror es un «sentimiento intenso causado por algo terrible y espantoso».

En literatura, el género de terror genera miedo a través de cosas o seres reales que se comportan de manera extraña, como ocurre con Los pájaros de Daphne du Maurier. El horror incluye elementos sobrenaturales, como monstruos, vampiros, o alienígenas. Otra definición se basa en la sensación que genera en el lector, como esta definición tan gráfica que nos dejó el experto en literatura gótica Devendra Varma (The Gothic Flame):

«La diferencia entre terror y horror es la diferencia entre una aprensión terrible y la constatación repugnante: entre sentir el olor a muerte y darse de bruces con el cadáver». 

Ambos géneros se pueden entremezclar, pensemos por ejemplo en El Resplandor, de Stephen King donde se combina el terror (la locura del alcohólico y muy real Jack Torrance) con el horror (los fantasmas del Overlook). 

En la novela gótica podemos encontrar tanto terror como horror y, muchas veces, un cruce de ambos géneros. No todo el terror ni el horror es gótico. Para el gótico, es muy importante la casa: entiéndase aquí por casa un contexto sobrenatural y un escenario arquitectónico o natural, que puede ser un castillo, una abadía, una mansión, unas ruinas, un bosque oscuro, lugares que ya de por sí generan un cierto pasmo. 

La novela gótica surge en Inglaterra con El Castillo de Otranto (1764), de Horace Walpole, un autor con pedigrí: era primo del almirante Nelson (sí, el manco de Trafalgar) e hijo del primer primer ministro del Reino Unido (sí, el primer primer). Educado en Eton y en Cambridge, pronto se vio en la necesidad de tener una mansión en el campo, preferiblemente un castillo, propiedad imprescindible para no ser el hazmerreír de la aristocracia. Había comprado una casita en Twickenham, un lugar de moda entre la élite de la época por su cercanía a Londres, pero la propiedad no tenía la grandeza requerida. A Walpole le fascinaba la arquitectura medieval y reformó la propiedad hasta convertirla en Strawberry Hill, un castillo neogótico que puso de moda el estilo que se conoce como «Strawberry Hill Gothic». La villa se encuentra hoy en un barrio del sur de Londres, convertida en un museo que admite visitas presenciales o virtuales descargando su app

Walpole considerando si añadir gárgolas a su castillo. ¿No te recuerda a Fred Astaire?

Bien, ya conocemos el furor de los contemporáneos de Walpole por el gótico. En este marco, el hombre escribe la obra cuyo título original es The Castle of Otranto — A Gothic History. Y así queda inaugurado el género de la novela gótica, cuyos ingredientes incluyen una mezcla de realismo y ficción sobrenatural: ruinas, castillos tenebrosos, pasajes secretos, fantasmas, etc. Walpole tiene el mérito de haber creado una plantilla que sus descendientes literarios, los escritores del Romanticismo, llevaron a la cima del género: Matthew Lewis, Ann Radcliffe, Mary Shelley, Edgard Allan Poe, o Gustavo Adolfo Becquer. La tradición continúa después con autores como Henry James, Oscar Wilde, Bram Stoker, Hp.P. Lovecraft, Daphne du Maurier y llega hasta nuestro días con Anne Rice, Carlos Ruiz Zafón, Stephen King y Neil Gaiman, entre otros.

Y como ya hemos revisado el camino desde Otranto hasta la casa de Coraline, vamos a meternos en harina: a por Coraline (2002) de Neil Gaiman.

Coraline (2002)

Y dirás —con razón, siempre—: pero, ¿a cuento de qué viene todo este preámbulo si Coraline es literatura juvenil? 

Pues porque en Coraline confluyen dos géneros que, de entrada, parecen incompatibles. Tenemos elementos góticos (esa casa, lo sobrenatural, la soledad de la protagonista) y es literatura infantil o juvenil. Como dice el propio Gaiman, eso no es nada raro: ¿no te acuerdas de Hansel y Gretel? Sus padres los abandonan un día en medio del bosque, porque no tienen comida para los cuatro, así que mejor librarse de los niños, que tienen la mala costumbre de comer. Intentando volver a casa (sí, querían volver) encuentran una casita de lo más apetitosa, hecha de dulces, en la que vive una vieja bruja ¡que come niños! Aunque puede parecer todo muy orgánico —los niños sobran en casa porque falta alimento, pero ellos pueden servir de comida para otra persona hambrienta—, ¿le contarías esta historia a tus hijos antes de ir a dormir? Si lo haces, asegúrate de tener la nevera siempre llena.

Vamos a la casa: la novela empieza con Coraline Jones explorando su nueva vivienda, una casa grande y muy vieja que ha sido dividida en apartamentos. Tiene un desván bajo el tejado y un sótano; está rodeada de un jardín cubierto de maleza e incluye elementos que denotan una cierta grandeza en tiempos pasados, como una pista de tenis abandonada o una rosaleda con rosales raquíticos e infestados de moscas. El escenario es, sin duda, gótico.

Coraline y sus padres viven en uno de los cuatro apartamentos. Otros dos más están ocupados, mientras que el cuarto está vacío, aún en venta. Antes de la división, se accedía a ese piso desde la sala de estar de los Jones, en la que aún está la puerta que llevaba al otro lado de la casa, cerrada con llave pese a que está tapiada. 

Nadie parece hacer mucho caso a Coraline: ni sus padres, ambos teletrabajadores y siempre muy ocupados, ni los estrafalarios vecinos, que insisten en llamarla Caroline. En uno de sus recorridos por la casa buscando qué hacer para matar el tiempo, Coraline ve que la puerta tapiada está abierta y que los ladrillos han desaparecido. Al adentrarse en ese lado de la casa, descubre una vivienda amueblada y habitada por unos clones de sus padres, inquietantes ellos porque tienen botones en lugar de ojos. Pero hay que decir en su favor que parecen mucho más interesados en prestar atención a Coraline que sus verdaderos padres. Y aquí me paro por si no las has leído. ¡Léela! 

Como en cualquier narrativa gótica, la casa es mucho más que un telón de fondo de la historia. Su papel es central, tanto en la trama como en la creación de la atmósfera que necesitamos para sentir lo que siente Coraline, primero aburrida y luego fascinada por ese mundo aparentemente ideal que se encuentra al otro lado de la puerta—si te recuerda a la Alicia de Lewis Carroll, es porque tiene mucho en común: son dos niñas cansadas de la monotonía de sus vidas, curiosas y aventureras; las dos encuentran excitante el nuevo mundo que descubren, aunque pronto desearán volver a la normalidad, apreciando las cosas buenas de lo malo conocido—.

El libro está ambientado en Inglaterra, en un lugar no especificado, en el campo o en las afueras de algún pueblo. El entorno es clave para reforzar la idea de aislamiento social que percibe Coraline. Vemos contrastes también: ella es la única niña. Con 11 años, no puede conectar con los vecinos, todos tan desvencijados como la propia mansión. Las vecinas actrices, viejas glorias del teatro, viven rodeadas de perros también ancianos. Ellas, como la casa, han vivido mejores tiempos.

La inspiración para construir esta casa de ficción en la novela surge de distintas fuentes. Vamos a verlas una a una: nos sirven para ilustrar cómo funciona la mente de un escritor al construir sus escenarios.

1. Littlemead, en Sussex: la casa de la primera edición de la novela

En la introducción, Gaiman nos da detalles: ambientó el libro en el apartamento donde vivía entonces en Littlemead, una gran casa victoriana en Nutley, en el sur de Inglaterra. Empezó a escribir la historia para su hija mayor, entonces una niña, y eligió el escenario conocidos de la casa familiar. La casa estaba dividida en varios apartamentos, al igual que la de Coraline, y Gaiman y los suyos ocupaban uno de ellos.

2. La casa gótica en Mineápolis

El autor tardó varios años en escribir Coraline, porque lo hacía como un proyecto personal más que comercial. Lo empezó en Nutley para su hija mayor, y lo acabó en Estados Unidos para su hija menor, cuando toda la familia vivía en una antigua casa gótica con torre incluida, igualita —según el propio Gaiman— a la casa de la familia Adams.

3. La casa de la primera edición de la novela

Vemos una silueta muy parecida a Littlemead en la portada original del libro.

4. La casa de Coraline en la película

El Pink Palace, la casa de Coraline en la película de animación de 2009 (Los mundos de Coraline en España), es básicamente la casa real de Gaiman en Mineápolis, pero rosa.

5. La casa de la puerta tapiada

La idea de la puerta que se abre a un tabique de ladrillos procede de la casa en la que Neil Gaiman vivió de niño, que también era un apartamento en una casa grande y antigua dividida en dos viviendas.

6. La habitación de las visitas

Es esa habitación que antaño se reservaba solo para invitados, con los mejores muebles de la casa, tal y como lo había visto en casa de su abuela, y que en Coraline se convierte en el salón donde está la puerta tapiada. 

7. La casa de la novela gráfica

Esta casa se ha colado en la lista. Lo justo es ponerla aparte, porque la encontramos en la novela gráfica ilustrada por P. Craig Russell, que eligió como modelo de casa el Templo Masónico de Kent en Ohio. Aunque seguro que Gaiman le dio el visto bueno, no podemos atribuirle la idea. 

La verdadera casa de la Coraline de la novela gráfica (Imagen: Wikipedia / JonRidinger)

¿Se puede visitar? La casa de Coraline no. No existe, por si no ha quedado claro. En cuanto a Littlemead y la casa de Gaiman en Mineápolis son privadas. Respecto al templo masónico, parece que en el pasado se podía visitar, aunque lo que ves en la novela gráfica es el exterior y puedes echarle un vistazo con bastante detalle en Google Maps.

Más información:

  • Si tienes Amazon Prime, puedes leer gratis la novela gráfica de Coraline con Prime Reading. Es gratis cuando escribo esto: asegúrate de que lo sigue siendo antes de enviarla a tu Kindle, porque una novela gráfica en pantalla pequeña no es lo más cómodo de leer.
  • Banda sonora de la película en Spotify:

Anoche soñé que volvía a Manderley—¿o lo vi en Netflix?—.

La casa en la que transcurre Rebecca (1938), de Daphne du Maurier, se menciona ya en la conocida primera frase de la novela: “Anoche soñé que volvía a Manderley”. En este sueño de la protagonista vamos avanzando junto a ella por un camino serpenteante que apenas sobrevive entre la maleza, rodeado por un bosque sombrío. Al final del paseo llegamos a Manderley, grande, con almenas y ventanales góticos, casi una fortaleza, en su localización idílica junto al mar, iluminada por la luna llena —como en sus mejores tiempos. Pero esto resulta ser un espejismo, porque cuando una nube tapa la luna, la casa se muestra como el cascarón vacío que es, en el que no quieren vivir ni los fantasmas. 

Entonces, la narradora despierta y nos desvela el spoiler:  “Manderley ya no existe”.

Antes de dar más detalles sobre Manderley, casa de libro por excelencia, toca hablar de la película de Hitchcock de 1940 del mismo título, basada en el libro de Du Maurier.

Póster de la película de Hitchcock, con Manderley en la esquina inferior izquierda

Rebecca. ¿Que a qué te suena ese nombre? A una rebeca. Esa chaquetita de punto abierta y con botones hoy más conocida como cárdigan: una prenda que se puso de moda en la época porque la protagonista la lucía en la película. Pero no te líes: nuestra heroína no se llama Rebecca. Rebecca era la primera señora de Winter. La protagonista, la que llevaba la rebeca en Manderley, era la segunda esposa de Maxim de Winter, el dueño de la casa y viudo de Rebeca. La segunda esposa y narradora del libro (no te digo su nombre porque no nos lo dice) es tan modesta y humilde como su rebeca, mientras que la difunta señora de Winter (#1), era tan hermosa y fascinante como Manderley. ¿Has oído hablar del Síndrome de Rebeca? Viene de esta historia (del libro, o de la película) y consiste en experimentar celos patológicos de la (o del) ex de tu actual pareja.

La segunda señora de Winter con su rebeca en Hogwarts Manderley

Volvamos a Manderley. La casa es… guau. Grande. Imponente. Con una escalinata de esas para bajar despacio luciendo vestidazo. Simboliza la opulencia y el poder de la difunta Rebecca, que continúa viva en la memoria de la señora Danvers —la ubicua ama de llaves, en cuya relación con la primera De Winter se aprecian tintes lésbicos— y en todos los rincones de la casa. Vemos su retrato, sus ropas, su tocador con su cepillo de pelo, todo tal y como ella lo dejó.

La segunda señora de Winter con cara de usurpadora en el escritorio de Rebecca

En contraste, la segunda señora De Winter, de origen humilde y carácter apocado, deambula encogida por la mansión, casi pidiendo disculpas a cada mueble por ocupar un sitio que no le pertenece, a la vez que se muestra fascinada por Rebecca y todo su legado en Manderley. 

La Danvers suspirando en los aposentos de Rebecca

¿Existe o existió Manderley? No. Los exteriores que vemos en la película eran maquetas y los interiores se rodaron en estudios.

Pero Du Maurier se inspiró en dos casas reales para su descripción de Manderley. Una es Milton Hall, una mansión privada cerca de Cambridge que solía visitar de niña. La otra, Menabilly House. La descripción del primer capítulo de esa casa vacía junto al mar y casi oculta tras la vegetación se corresponde con este edificio georgiano situado en Cornualles. Du Maurier estaba fascinada con la casa desde que recorrió el sendero serpenteante (¿te resulta familiar?) que daba a la fachada cubierta de hiedra y no paró hasta que consiguió alquilarla en 1943, después de muchos años soñando con su Manderley particular. Un plus de esta vivienda es que, en una reforma hecha en los años 20, se encontró un esqueleto sentado en un taburete tras una pared del sótano. Era lo que quedaba de un caballero de la Guerra Civil de Inglaterra del siglo XVII y Du Maurier lo fichó como personaje de otra novela, El General del Rey.

¿Se puede visitar? Las dos casas son privadas, pero en el parque que rodea Menabilly House se pueden alquilar dos cottages independientes (aquí y aquí). Así que, si quieres, podrás pasear por las playas y acantilados que inspiraron a Daphne du Maurier.

¿Vale la pena el libro? Es la historia de una cenicienta con un giro inesperado, que empieza cuando acaban los cuentos: justo después del «vivieron felices y comieron perdices». Te gustará si lo tuyo es la novela gótica muy British, las atmósferas opresivas y los retratos psicológicos de personajes atormentados, todo ello cargado de suspense hasta el desenlace, el momento en que averiguamos qué pasó en realidad con Rebeca.

¿Y qué hay del remake de Netflix? Se ha estrenado en octubre de 2020, dirigido por Ben Wheatley, el artífice de High Rise (2015), otra película con edificio protagonista. Esta nueva versión, protagonizada por Lily James y Armie Hammer como los De Winter, es más fiel al libro de Du Maurier que la de Hitchcock, ya que el director británico decidió eliminar un asesinato de la trama, por extraño que parezca hablando del maestro del suspense.

Una vez vista, lo tengo claro: que me quedo con la de Hitch. Para empezar, no me convencen los protagonistas. La apostura californiana de Armie Hammer no encaja en el rol del gótico e inquietante De Winter. Con Lily James me pasa algo similar: alta, atractiva y muy estilosa no me la creo como la mojigata dama de compañía del principio. Su fondo de armario, eso sí, es como para ver la película y salir de compras después.

Algo mejor es Kristin Scott Thomas interpretando a la Sra. Danvers, que deja mucho más clara su relación de amor con Rebecca. Pero tenía el listón muy alto, porque si algo le debemos a Hitchcock —y a la actriz Judith Anderson— es ese personaje que creó escuela en el mundo de las amas de llaves, institutrices y gobernantas villanas del cine y de la literatura. ¿Recuerdas a Frau Blücher, aquella cuyo nombre hacía encabritar a los caballos en la genial El Jovencito Frankenstein (Mel Brooks, 1974)? Es una parodia de la Sra. Danvers de Anderson.

Por último, no hay nada gótico en la película. Creo que este es el mayor problema. El llamativo traje ocre que viste De Winter en Mónaco —¿a quién se le habrá ocurrido?—, los recurridos turísticos por la zona en su descapotable, el vestuario de la segunda señora De Winter, los días soleados en Manderley… Todo son colores vibrantes, con fotogramas que son como postales turísticas: un poco como los telefilmes alemanes comprados a kilos por Antenas 3 o TVE y que suelen emitir a la hora de la siesta. Mi madre dice que los mira por los paisajes y las casas que salen, todo taaaan bonito. Pues la misma impresión me deja esta Rebecca.

Más información:

  • Póster de Rebecca: © 1939 by United Artists Corporation. Imagen de dominio público, en Wikimedia Commons.
  • Imagen destacada de Joan Fontaine y Lawrence Olivier de dominio público, en Wikipedia.
  • Blog (en inglés) que hace un tour por Manderley con muchas fotos de la película de Hitchcock.
  • Película (la de Hitchcock) completa (VOSE).
  • Banda sonora de la película en Spotify: