Lord Byron y los vampiros

La semana pasada fue una de esas bien cargadas de efemérides literarias. El 23 de abril de 1616 murió Shakesperare, aunque fue un 23 de abril del calendario juliano. Con el gregoriano —el nuestro, el de ahora—, habría disfrutado de unos días más, hasta el 3 de mayo. Luego está Cervantes, que se nos fue el 22 de abril del mismo año que Shakespeare, pero fue enterrado el día 23 y nos quedamos con esa fecha para marcar el Día Internacional del Libro.

Otros dos escritores nos dejaron en una semana como esta: el poeta romántico Lord Byron, el 19 de abril de 1824. Y Bram Stoker, el 20 de abril de 1912. Hay más escritores fallecidos en estas fechas, claro. Pero hoy toca hablar de estos.

Hace 197 años que murió Lord Byron. Lo hizo, lo de morir, en Mesolongi (Grecia), a los 36 años, demasiado pronto incluso para los estándares de la época. La causa de su muerte no está clara. Sabemos que padeció unas violentas fiebres, quizás malaria, pero la sospecha es que el tratamiento elegido por sus médicos fue lo que precipitó las cosas. Porque lo que estaba de moda entonces eran las sangrías, prescritas para purgar la sangre y curar casi cualquier enfermedad, desde un simple acné hasta el cáncer. Byron se negó a que le sacaran sangre, pero al final cedió viendo que su salud no mejoraba. Y le extrajeron sangre, primero con bisturí y luego con las socorridas sanguijuelas: doce de esos bichos le acompañaron en su última noche.

La muerte de Byron dejó a sus compatriotas británicos en estado de shock. De repente, la mala fama y el odio que le habían hecho abandonar Inglaterra (debido a relaciones extramatrimoniales varias, incluyendo la sospecha de una medio incestuosa con su medio hermana Augusta) se disiparon y el cadáver de Byron fue recibido de vuelta a casa con un baño de multitudes a la altura del de Lady Di. El hecho de haber muerto luchando por la libertad de Grecia lo elevó a la categoría de héroe popular. Su féretro fue expuesto en una casa en el centro de Londres durante dos días en los que no dejaron de circular fans (conocidos —conocidas— como Byromaniacs) para darle su último adiós.

El irlandés Bram Stoker tuvo una muerte mucho más discreta. Para empezar, por la mala elección de la fecha. Porque solo cinco días antes, el 15 de abril de 1912, se había hundido el Titanic. Y la triste noticia de la muerte de Stoker (no se sabe si fue sífilis o una embolia) pasó desapercibida, en línea con el escaso reconocimiento que recibió su obra en vida.

Pero, ¿por qué estamos hablando de Byron y Stoker? Lo vemos.

Lord Byron y el Byronic hero

I awoke one morning and found myself famous.

Sí. George Gordon, Lord Byron (1788-1824) se hizo famoso de la noche a la mañana tras la publicación de Las peregrinaciones de Childe Harold, un largo poema narrativo y autobiográfico que detallaba sus experiencias durante su Grand Tour, el viaje por Europa que los jóvenes pijos aristócratas británicos realizaban como parte de su educación. Su fama fue tan grande que se dice de Byron que fue el primer rock star o celebridad de la historia. Childe Harold se publicó en cuatro partes entre 1812 y 1818. Cada vez que salía la siguiente entrega era una sensación, comparable a lo que hoy en día supone el lanzamiento de una nueva temporada de una serie muy popular, tipo Juego de Tronos.

Sin embargo, la aportación más conocida de Byron a la literatura es un tipo especial de personaje, una mezcla o aleación—porque no se distinguen las partes— compuesta de realidad y ficción, de biografía y obra. Es el Byronic hero o héroe byroniano.

Este personaje se convirtió en un éxito instantáneo. Apareció en muchas de sus obras con distintos nombres pero con rasgos recurrentes: un hombre de origen aristocrático con un pasado oscuro, distante, misterioso, inteligente, sensible, con tendencia a la melancolía y de naturaleza rebelde. Inmediatamente sus lectores asociaron estos rasgos con el autor, que se convirtió en el arquetipo de poeta romántico inglés, personificando el temperamento individualista y la subjetividad de este movimiento tanto en su poesía como en su vida.

El primer byronic hero lo encontramos en el mencionado Childe Harold (1812), pero es en Manfred (1817) cuando se muestra en todo su esplendor, con sus remordimientos, su rebeldía y su ceño muy muy fruncido.

Este personaje no surge de la nada. Sus lectores acertaban al pensar que tenía mucho del propio Byron. Se empezó a forjar en su niñez, que no fue fácil. Un defecto congénito en el tobillo derecho le produjo una cojera que le obligó a soportar muchas burlas, incluyendo las de su propia madre, que se refería a él como «lame brat» (mocoso cojo). Su padre, el capitán John Byron —conocido como “Jack el loco”— murió cuando Byron tenía solo tres años. Antes de palmarla, tuvo tiempo de influir en el desarrollo psicológico de su retoño gracias a las peleas que mantenía con su segunda esposa, Catherine Gordon. Jack se había casado por dinero, porque ella era una rica heredera escocesa, pero pronto dilapidó su fortuna en fiestas, amantes y salidas nocturnas, que es lo que le iba. Catherine no era manca. Era famosa por su temperamento, así que no se quedó callada cuando vio lo que Jack había hecho con su fortuna. Viendo el panorama, este optó por huir a Francia a seguir viviendo la vida y—aunque no debía ser su plan— también a recibir a la muerte, que se lo llevó con treinta y pocos años.

A los nueve años, Byron sufrió maltrato y abuso sexual por parte de su niñera, May Grey. Poco después, al cumplir 10 años, entra en escena el título nobiliario, ya que se convierte en el 6º Baron Byron al morir sin descendencia su tío abuelo, el quinto Barón Byron de Rochdale, conocido como «el Malvado Lord».

Todo esto fue conformando el carácter del «malo, loco y peligroso» Byron, descrito por Lady Caroline Lamb, una de sus amantes.

Sin embargo, parece que Byron creó su criatura, el byronic hero, a partir de rasgos propios, pero que también él fue adoptando rasgos de su personaje. Así lo creía Walter Scott, que en una carta decía que Byron se había «convertido en Childe Harold (Childe Harolded himself), demasiado parecido a las imágenes de su imaginación».

Hayas leído o no a Byron, seguro que conoces bien al héroe byroniano. El personaje sobrevivió a su creador y, debido a su buen recibimiento entre los lectores, fue adoptado por numerosos escritores. Aquí, algunos ejemplos:

  • Heathcliff, de Cumbres Borrascosas (Emily Brontë, 1847).
  • Edward Rochester, de Jane Eyre (Charlotte Brontë, 1847).
  • Capitan Ahab, de Moby Dick (Herman Melville, 1851).
  • Jay Gatsby, de El gran Gatsby (F. Scott Fitzgerald, 1925).

Este linaje ha continuado hasta la actualidad y lo encontramos en personajes de novelas recientes, como Severus Snape, de Harry Potter (J.K. Rowling). Siempre de negro, con un pasado oscuro que se va revelando poco a poco y sensible como él solo tras esa mirada torva.

Y, por supuesto, lo podemos ver también en la pantalla —grande o pequeña—, en versión masculina o femenina: Han Solo en Star Wars, Ellen Ripley en Alien, Deckard en Blade Runner , Batman (el de Christian Bale en El caballero oscuro el que más), Jesssica Jones o el doctor Gregory House. Este último está basado en Sherlock Holmes, dirás. Sí, pero es que Holmes encaja también en el molde de héroe byroniano. Y esa cojera…

¿Qué tendrá el héroe byroniano para que nos siga atrayendo igual que hace 200 años? Que es un ser humano imperfecto, con defectos como tú y como yo. Eso hace que lo sintamos cercano, reconocible, que entendamos sus reacciones, sus inseguridades, su miedo, sus elecciones —a veces erróneas— entre el bien y el mal.

El «Byronic look»

Lord Byron no fue siempre el tipo atractivo que hoy podemos contemplar en sus retratos. Parece que fue un poco patito feo, con tendencia a la corpulencia en su adolescencia, de acuerdo con su biógrafo Leslie Marchand. Una amiga anotó esta descripción tras verlo por primera vez en una fiesta: Byron era un «fat bashful boy, with his hair combed straight over his forehead“» Gordo, tímido y repeinado.

Byron adolescente, con cara de adolescente (fuente)

A los 18 pesaba unos 91 kilos, lo que para su estatura (1,73 m) colocaría a su señoría en una obesidad de tipo I según la OMS. Un médico le aconsejó perder peso a base de caminar a diario y de comer y beber con moderación, pero él lo llevó al extremo para acelerar el proceso. Así lo describió en una carta:

I wear seven waiscoats and a great coat, run and play cricket in this dress, till quite exhausted by excessive perspiration, use the hot bath daily […].

Siete chalecos y un abrigo. Confiemos en que de verdad se diera baños diarios como afirma, porque —leo en Google— el desodorante no se inventó hasta 1888. Su dieta consistía básicamente en patatas, vinagre y agua. Toda su vida mantuvo una relación complicada con la comida, lo que hoy llamaríamos un trastorno de la alimentación. Byron continuaba la carta orgulloso de su transformación: sus costillas eran visibles bajo la piel y le habían tenido que estrechar la ropa más de cuarenta centímetros.

Así consiguió el aspecto con el que ha pasado a la historia: delgado, con el cabello castaño rizado y la piel muy pálida, labios gruesos y bien perfilados y ojos grises. Walter Scott (sí, otra vez él) afirmó que «la belleza de Byron es tal que te hace soñar».

Byron en el retrato de Westall, el que más le hace justicia según su última amante, Teresa Guiccioli (fuente)

Los vampiros

Los vampiros: esos chupasangres poderosos e inmortales que, sin embargo, no te atacarán si estás en casa. A menos que les invites a entrar. No lo hagas y se limitarán a clavarte la mirada mientras flotan al otro lado de tu ventana, tan hambrientos como respetuosos con la propiedad privada.

Los primeros vampiros en la literatura, en el siglo XVIII, no se parecían a los actuales. Estaban basados en extraños relatos supuestamente reales, historias de campesinos oriundos de Europa Oriental que volvían de la muerte para beber la sangre de su parentela y que debían ser rematados con estacas o fuego para acabar con su maldición. Para ponerles cara, serían más parecidos a un zombi o a Nosferatu que a Lestat.

Ya en el siglo XIX, el propio Byron tocó el tema del vampirismo en su poema épico The Giaour (1813). Pero su gran contribuación al tema vino unos años más tarde, en 1816, conocido como el «año sin verano». El planeta sufrió una bajada drástica de temperaturas debido a la erupción del volcán Tambora (en Indonesia) un año antes. Las cenizas volcánicas en la estratosfera formaron una especie de velo que impedía el paso de la luz solar, enfriando y oscureciendo el hemisferio norte.

Ese verano frío y oscuro, Byron estaba en Ginebra, en una casa a orillas del lago Lemán: la Villa Diodati. El poeta había dejado Inglaterra en abril, tras el escándalo de su separación y huyendo de los rumores de su relación con su medio hermana. En junio tuvo visita, la del poeta Percy Bysshe Shelley y su novia y futura esposa, Mary Godwin, además de la hermanastra de Mary, Claire Clairmont. Byron, hipocondriaco y con tendencia a la depresión, viajaba siempre con médico personal: en esta ocasión era el Dr. John William Polidori. Los cinco estuvieron confinados en la villa durante tres días y noches de junio en los que no paró de llover. Para entretenerse, primero leyeron historias de terror y luego se les ocurrió escribirlas, en una especie de competición para ver quién escribía la historia más terrorífica. Y todo regado con generosas raciones de láudano. La obra más conocida que le debemos al Tambora es, por supuesto, Frankenstein o el moderno Prometeo, de Mary Shelley. Pero aquí hemos venido a hablar de vampiros: Byron empezó a escribir un cuento, el conocido como Fragment of a novel, que se publicó en 1819.

En esta historia no llegamos a ver a vampiros, pero parece ser que los habría habido en caso de que Byron hubiera acabado su obra. El protagonista, Augustus Darvell, noble y rico, muere en extrañas circunstancias en un cementerio turco y le pide a un amigo que le entierre y que siga después un misterioso ritual. Y hasta ahí puedo leer, porque no hay más.

La Villa Diodati (fuente)

Byron se negó a seguir la historia, alegando que no le interesaban los vampiros:

I have a personal dislike to “vampires”, and the little acquaintance I have with them would by no means induce me to reveal their secrets.

Pero Polidori, que además de médico era aficionado a las letras, agarró el testigo y escribió algún tiempo después El Vampiro inspirándose en la historia de Byron y, sobre todo, en el propio Byron.

La narración de Polidori se publicó en 1819, cuando el médico estaba ya de vuelta en Londres tras haber sido despedido por Byron. Su relación había sido complicada, ya que Byron —al parecer— se burlaba de las pretensiones literarias de Polidori, cosa que al médico —enamorado del poeta— le hirió en lo más profundo. Se cree que, por eso, este modeló al protagonista de su historia en Lord Byron, y no con cariño: es Lord Ruthven, un noble inglés que empieza a llamar la atención entre la alta sociedad londinense, «más notable por sus peculiaridades que por su rango». Es descrito como altivo, pálido, de ojos grises, atractivo y depravado. Es, además, un vampiro.

El nombre elegido, Ruthven, es el mismo que tiempo atrás había utilizado la ya mencionada Lady Caroline Lamb en otra venganza literaria: su novela gótica Glenarvon, protagonizada por Clarence de Ruthven, Lord Glenarvon, en quien todos sus lectores vieron un retrato de Byron.

El Vampiro se publicó en una revista, atribuido por error a Lord Byron. Tanto el poeta como Polidori se apresuraron en corregir este error, pero la historia ya estaba circulando y fue todo un éxito, impulsada por la fama de Byron y por el interés del público de la época en la novela gótica.

Y este Lord Ruthven, copia —con escaso valor literario— de aquel Augustus Darvell al que Byron no llegó a sacar de la tumba, es considerado el padre de los vampiros aristocráticos y seductores que han poblado la literatura y el cine desde entonces, incluyendo el Drácula de Stoker.

Quien sabe cómo serían los vampiros de hoy si Lord Byron no se hubiera maltratado con su dieta de patatas y vinagre, ni se hubiera empeñado en modelarse a imagen y semejanza del héroe byroniano que salió de su pluma, o si el Tambora hubiese seguido dormido aquel mes de abril de 1815.

O si no hubiera existido Hamlet, personaje que influyó mucho en la obra de Byron, incluyendo su Byronic hero. Y así volvemos al inicio, al 23 de abril de 1616.

Más información:

  • Retrato de Lord Byron con traje albanés (Thomas Philips), de la National Portrait Gallery NPG142.
  • Parece ser que se está rodando —o se va a rodar— una película basada en The Vampyre, de Polidori, prevista para 2022.
  • Aquel año sin verano, Byron escribió también Darkness, uno de sus poemas más conocidos. Aquí está traducido al español.
  • En Project Gutemberg se descargar My Recollections of Lord Byron, obra de la última mujer en la vida de Byron, la condesa Teresa Guiccioli.
  • Para quien prefiera la prosa, las cartas y diarios de Byron son una lectura muy recomendada. Muestran al Byron más de carne y hueso, al que se ocultaba tras la máscara del Byronic hero. Y es muy divertido.

6 comentarios en “Lord Byron y los vampiros”

    1. ¡Muchas gracias por tu comentario! Sí, lo de la dieta era terrible. A veces comía solo unas galletas y agua con gas en todo el día. Luego engordó mientras estuvo viviendo en Italia, pero seguía alimentándose fatal. Se cree que eso acabó minando su salud y que precipitó el final aquí contado.

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    1. Jejeje, has dado en el clavo. No he tenido el placer (o el dolor) de conocer a Byron, pero reconozco que el personaje me fascinó durante un tiempo. Hace muchos —muchos— años incluso visité su casa cerca de Nottingham, Newstead Abbey, un sitio que vale la pena ver. Hoy me interesa más su influencia en la literatura y en la cultura popular, que sigue muy viva. Un saludo 🙂

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