El Invencible, de Stanislaw Lem

La mayoría de lectores conocemos al escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006) por Solaris (1961), una gran novela de ciencia ficción que cuenta con tres adaptaciones al cine: las de los soviéticos Nikolái Nirenburg (1968) y Andréi Tarkovski (1972) y la del estadounidense Steven Soderbergh (2002).

Acabo de leer una obra menos popular: El Invencible (1954), del subgénero conocido como hard science fiction o ciencia ficción dura, que se caracteriza por su rigor científico a la hora de describir los elementos científicos y tecnológicos que sostienen la trama. Además de Lem, otros autores de este subgénero son Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Michael Crichton o el marciano Andy Weir. Las novelas de ciencia ficción dura pueden resultar algo densas para lectores no aficionados al género, por la cantidad de detalles que el autor aporta para dar credibilidad a la ciencia que se describe. No me ha parecido que ese sea el caso de El Invencible, una obra que en poco más de 200 páginas va bastante al grano.

Lem, mostrando una réplica exacta del protagonista de El Invencible

La novela describe el viaje de la nave El Invencible al planeta Regis III con la misión de averiguar el paradero de la Cóndor, otra nave desaparecida un año atrás junto con toda su tripulación. Lem describe de manera muy vívida el paisaje inhóspito y desolado del planeta, de características similares a la Tierra —el aire se puede llegar a respirar, la gravedad es similar—, pero aparentemente desprovisto de vida. Pronto, los tripulantes de El Invencible descubren que sí que hay vida en el océano, en el que capturan peces muy parecidos a los de nuestro mares, por lo que les sorprende no encontrar organismos en la superficie terrestre.

El Invencible es ciencia ficción pero se puede leer también como una novela de misterio en la que se van desvelando las piezas de un rompecabezas que poco a poco va cobrando sentido. Para empezar, descubren lo que parecen ser restos de vida inteligente: una ciudad formada por unas misteriosas estructuras metálicas. Después, encuentran los restos de la Condor y los cadáveres de su tripulación. No se sabe qué les ocurrió, pero parece tener relación con una extraña forma de vida alienígena con la que se tropiezan los exploradores: unas diminutas pero temibles moscas mecánicas que componen un superorganismo capaz de anular a máquinas y humanos por igual.

La novela entretiene. Y mucho. Pero Lem no se queda en el entretenimiento. Nunca lo hace, en El Invencible tampoco. El relato te conduce además a una reflexión filosófica sobre la naturaleza de la evolución y sobre el antropocentrismo tan habitual en el género. De hecho, al inicio de esta novela nos encontramos con una situación muy común en este género, tanto en literatura como en el cine: la de los humanos arrogantes que llegan a un planeta dispuestos a arrasar con todo para rescatar —o vengar— a los suyos: si hay que aniquilar a los nativos, se aniquilan. Sin embargo, a medida que Rohan, el protagonista, se va adentrando en los dominios de esos nanobots, se le van deshaciendo las gafas de conquistador y llega a una conclusión que no cree que sus compañeros compartan:

No nos está destinado todo el universo, no todo cuanto existe nos pertenece.

Una obviedad, ¿verdad? No tanto si estudiamos la historia de la humanidad y los escenarios futuros que se plantean en gran parte de la ciencia ficción.

Al parecer, 2021 será el año de Stanislaw Lem. Para conmemorar su 100 aniversario, la editorial del MIT publicará varias de sus obras, algunas inéditas en inglés. Veo también que se va a lanzar un videojuego basado en El Invencible. Si te quieres adelantar a la celebración, te animo a empezar por El Invencible, una muy buena novela de esas que se leen casi como se ve una —muy buena— película.

  • Un viaje a un planeta muy lejano, cuya geografía similar a la de la Tierra hace que sean aún más inquietantes los hallazgos de la tripulación de El Invencible.

  • Una reflexión sobre el nombre elegido para la nave y la novela: ¿qué o quién es invencible aquí?

  • La satisfacción de ver cómo evoluciona una novela que te engaña con un principio a lo película de Bruce Willis. Pero nada que ver.

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