El Invencible, de Stanislaw Lem

La mayoría de lectores conocemos al escritor polaco Stanislaw Lem (1921-2006) por Solaris (1961), una gran novela de ciencia ficción que cuenta con tres adaptaciones al cine: las de los soviéticos Nikolái Nirenburg (1968) y Andréi Tarkovski (1972) y la del estadounidense Steven Soderbergh (2002).

Acabo de leer una obra menos popular: El Invencible (1954), del subgénero conocido como hard science fiction o ciencia ficción dura, que se caracteriza por su rigor científico a la hora de describir los elementos científicos y tecnológicos que sostienen la trama. Además de Lem, otros autores de este subgénero son Isaac Asimov, Arthur C. Clarke, Michael Crichton o el marciano Andy Weir. Las novelas de ciencia ficción dura pueden resultar algo densas para lectores no aficionados al género, por la cantidad de detalles que el autor aporta para dar credibilidad a la ciencia que se describe. No me ha parecido que ese sea el caso de El Invencible, una obra que en poco más de 200 páginas va bastante al grano.

Lem, mostrando una réplica exacta del protagonista de El Invencible

La novela describe el viaje de la nave El Invencible al planeta Regis III con la misión de averiguar el paradero de la Cóndor, otra nave desaparecida un año atrás junto con toda su tripulación. Lem describe de manera muy vívida el paisaje inhóspito y desolado del planeta, de características similares a la Tierra —el aire se puede llegar a respirar, la gravedad es similar—, pero aparentemente desprovisto de vida. Pronto, los tripulantes de El Invencible descubren que sí que hay vida en el océano, en el que capturan peces muy parecidos a los de nuestro mares, por lo que les sorprende no encontrar organismos en la superficie terrestre.

El Invencible es ciencia ficción pero se puede leer también como una novela de misterio en la que se van desvelando las piezas de un rompecabezas que poco a poco va cobrando sentido. Para empezar, descubren lo que parecen ser restos de vida inteligente: una ciudad formada por unas misteriosas estructuras metálicas. Después, encuentran los restos de la Condor y los cadáveres de su tripulación. No se sabe qué les ocurrió, pero parece tener relación con una extraña forma de vida alienígena con la que se tropiezan los exploradores: unas diminutas pero temibles moscas mecánicas que componen un superorganismo capaz de anular a máquinas y humanos por igual.

La novela entretiene. Y mucho. Pero Lem no se queda en el entretenimiento. Nunca lo hace, en El Invencible tampoco. El relato te conduce además a una reflexión filosófica sobre la naturaleza de la evolución y sobre el antropocentrismo tan habitual en el género. De hecho, al inicio de esta novela nos encontramos con una situación muy común en este género, tanto en literatura como en el cine: la de los humanos arrogantes que llegan a un planeta dispuestos a arrasar con todo para rescatar —o vengar— a los suyos: si hay que aniquilar a los nativos, se aniquilan. Sin embargo, a medida que Rohan, el protagonista, se va adentrando en los dominios de esos nanobots, se le van deshaciendo las gafas de conquistador y llega a una conclusión que no cree que sus compañeros compartan:

No nos está destinado todo el universo, no todo cuanto existe nos pertenece.

Una obviedad, ¿verdad? No tanto si estudiamos la historia de la humanidad y los escenarios futuros que se plantean en gran parte de la ciencia ficción.

Al parecer, 2021 será el año de Stanislaw Lem. Para conmemorar su 100 aniversario, la editorial del MIT publicará varias de sus obras, algunas inéditas en inglés. Veo también que se va a lanzar un videojuego basado en El Invencible. Si te quieres adelantar a la celebración, te animo a empezar por El Invencible, una muy buena novela de esas que se leen casi como se ve una —muy buena— película.

  • Un viaje a un planeta muy lejano, cuya geografía similar a la de la Tierra hace que sean aún más inquietantes los hallazgos de la tripulación de El Invencible.

  • Una reflexión sobre el nombre elegido para la nave y la novela: ¿qué o quién es invencible aquí?

  • La satisfacción de ver cómo evoluciona una novela que te engaña con un principio a lo película de Bruce Willis. Pero nada que ver.

Inside No. 9

Esta semana se me han acabado los episodios de Inside No. 9. Me he quedado un par de días con esa sensación de vacío que queda al terminar una serie que te ha atrapado. Es como un pequeño duelo. Primero viene la negación (no puede ser, voy a ver si hay otra temporada), luego te enfadas (¿por qué esta solo tiene 5 temporadas y otras mediocres tienen 200?), después negocias (quizás podría volver a ver los capítulos que más me han gustado), luego viene la tristeza (el vacío en sí: oh, nada volverá a ser lo mismo) y, por último, la aceptación: vale, se terminó y no habrá otra igual, pero hay tantas series en las plataformas como peces en el mar.

La verdad es que ya he pescado otra: el remake de Talking Heads, con guión de Alan Bennett. Primer episodio visto y duelo casi superado. Promete.

Pero volvamos a Inside No. 9, antes de que la memoria de pez (hoy toca tema marino) que nos produce el exceso de oferta en series acabe borrando los recuerdos de esta perla (ejem) que me ha encantado, por si quedaban dudas.

Por si no la conoces: Inside No. 9 es una comedia negra británica emitida por la BBC entre 2015 y marzo de este año, 2020. En España está disponible en Filmin.

La serie está escrita y protagonizada por Steve Pemberton y Reece Shearsmith, con un formato de antología, que supone que cada episodio es una historia independiente, con un nexo en común: lo inesperado dentro de lo cotidiano. El 9 del título hace referencia al espacio en el que tiene lugar el episodio, que suele ser un espacio cerrado: la casa número 9 de la calle, el camerino número 9, el vagón de un tren número… ya lo has pillado. Esos escenarios limitados dan un toque teatral a los episodios.

Como curiosidad, la cabecera de esta serie recuerda a la de la mítica Historias para no dormir, emitida en las décadas de los 60, 70 y 80. Eso sí: el jingle de Inside No. 9 es mucho más sutil que el audio que da entrada a la serie española. Juzga tú.

Pero el referente que te viene a la cabeza cuando empiezas a ver Inside No. 9 es otra serie antológica británica: Black Mirror. Ambas coinciden en esa crítica social despiadada que ofrecen. También son similares en el tono irónico, muchas veces sarcástico, todo salpicado de toques de humor negro muy British. Sin embargo, mientras que en Black Mirror la tecnología es el desencadenante de las situaciones que se plantean, en Inside No. 9 es la propia naturaleza humana. No necesitamos máquinas para encontrar el horror en lo cotidiano.

Otros referentes son Roald Dahl y sus Relatos de lo inesperado, o la serie antológica norteamericana Alfred Hitchcock Presenta.

Ver cualquier número 9 ya me produce ansia

Inside No. 9 abarca muchos géneros, muchas veces entremezclados en un mismo episodio. Prefiero no dar ejemplos aquí porque la sorpresa final puede venir precisamente de ese salto de un género a otro, pero imagina una comedia romántica que acaba siendo una historia de horror. O al revés.

Pese a la variedad de los géneros, existe un tema recurrente en los 31 episodios: en la mayoría te van a hacer creer que estás viendo una cosa, pero prepárate para el zasca final. Porque caso seguro que es algo completamente diferente de lo que esperabas.

Y manejan bien ese factor sorpresa. Porque todo está ahí desde el principio. Te lo van contando todo. Hay maniobras de distracción y pistas falsas también, pero bien puestas. Con las palabras justas. Todo encaja tan bien, que no te sientes engañada. No. Lo que quieres es ser capaz de escribir un guión como Pemberton y Shearsmith.

Pero Inside No. 9 no solo se disfruta por el guión y sus puzles, también el trabajo de los actores es una parte destacable de esta serie. Pemberton y Shearsmith me parecieron muy creíbles en sus cambios de registro a través de los distintos géneros que se muestran en esta antología, pasando de la comedia al drama con nota, especialmente el primero. Y, además, se hacen acompañar por muchas caras conocidas del cine y las series británicas, como Fiona Shawn, Rory Kinnear, Keeley Hawes, Timothy West o Nicola Walker (coprotagonista de otra serie cuyo final me llevó de cabeza a otro duelo, River).

Aunque cada episodio te aporta algo —esa reflexión sobre lo que acabas de ver, la sorpresa, el horror, la risa sardónica—, te dejo aquí algunos de mis favoritos, aunque no contaré mucho de ellos porque es fácil destripar el final casi sin querer.

  • The 12 Days of Christine, temporada 2 episodio 2. Christine conoce a Adam en una fiesta de Nochevieja. Se enamoran, se van a vivir juntos, se casan. Una historia corriente que quizás no lo es tanto.
  • Zanzibar, temporada 4 episodio 1. Un drama shakesperiano escrito y recitado en pentámetro yámbico (o verso blanco inglés) y que, por tanto, se debe disfrutar sí o sí en versión original.
  • Once Removed, temporada 4, episodio 3. Un trabajador de una empresa de mudanzas llega a una casa y se encuentra algo más que muebles para transportar.
  • To Have and To Hold, temporada 4 episodio 4. Una pareja con problemas conyugales está planificando la renovación de sus votos matrimoniales.
  • Dead Line, episodio especial de Halloween. El episodio comienza grabándose en directo desde un estudio de grabación de la BBC.
  • Love’s Great Adventure, temporada 5 episodio 3. Una madre trata de que su familia celebre la Navidad como siempre pese a los problemas económicos que sufren.
  • Misdirection, temporada 5 episodio 4. Un popular mago es entrevistado por un joven periodista aficionado a la magia.
  • The Stakeout, temporada 5 episodio 6. Un veterano policía y su nuevo colega pasan la noche vigilando a un sospechoso.

Por si aún no te he convencido, aquí tienes un vídeo de Filmin con 5 razones para ver Inside No. 9:

Ah, y lo más importante: la BBC confirmó en marzo que tendremos dos temporadas más de Inside No. 9 🙂

Información adicional:

Una lectora nada común, de Alan Bennett

Los malditos corgis tienen la culpa. Isabel II anda persiguiendo a sus perros por las terrazas del palacio cuando se los encuentra ladrando a la furgoneta de la biblioteca pública móvil, aparcada junto a las puertas de las cocinas. Al entrar en el vehículo para disculparse por el ruido, conoce a un joven pinche de cocina que se convertirá en su mentor literario.

Una lectora nada común (The Uncommon Reader, 2007), de Alan Bennett, llevaba tiempo en mi (larga) lista de libros para leer: desde que vi la película The Lady in the Van (2015), basada en un libro autobiográfico de Bennett publicado en 1990.

Bennett, peinado a lo Redford en el 73.

Se trata de una novela corta de poco más de 120 páginas que se lee rápido pero que deja huella. Es muy divertida. La actual monarca del Reino Unido es esa lectora nada común del título que descubre los placeres de la lectura a los 79 años gracias a Norman Seakins, el pelirrojo gay y desgarbado que trabaja como pinche en las cocinas del palacio de Buckingham.

Es curiosa la relación entre estos dos personajes tan dispares. Parece una subversión del efecto Pigmalión, esa historia en la que un varón culto educa a una mujer de origen humilde hasta lograr su transformación en una persona instruida y elegante. Piensa en My Fair Lady, obra que aparece mencionada en las primeras páginas de esta novela. Ahora invierte la clase social de los protagonistas: Henry Higgins es el joven humilde y Eliza Dolittle es Isabel II.

Claro que aquí no hablamos de modales. La educación que recibe la reina libro a libro lo que consigue es humanizarla. Porque la reina que vemos al inicio del relato tiene mucho más en común con su figura de cera en Madame Tussauds que con cualquier otro ser humano. Como ya indica el título, ella es uncommon, lo opuesto a common: común, corriente, popular. Si no fuera porque se trata de una —casi— octogenaria, esta novela se podría leer como una Bildungsroman en la que la reina se va transformando en humana a golpe de libro.

La novela es una parodia muy sutil de la monarquía y de toda su maquinaria. El personal de palacio, acostumbrado a la reina de siempre, inmediatamente concluye que su repentino interés por la literatura solo puede ser un síntoma de senilidad. El primer ministro ve como un atrevimiento intolerable los intentos de la reina de recomendarle libros. Pero claro, la reina es la reina y nadie puede decirle lo que piensa sin más. Sus numerosos asistentes personales buscan la manera de hacerle ver que su nueva afición es poco popular. Sir Kevin, su secretario personal, de quien se nos informa que tiene el objetivo de hacer más popular la monarquía, se atreve a decirle que la lectura, aunque no exactamente elitista, resulta excluyente. No porque el pueblo no pueda leer, sino porque no lo hace. De ahí que no vea con buenos ojos la nueva afición de su majestad.

La reina con la sonrisa de saludar al pueblo, deseando volver al palacio con su libro.

La literatura es la gran protagonista de esta novela. Una lectora nada común es una carta de amor a la lectura y una estupenda reflexión sobre su función, que no es la misma para todos los lectores. Para algunos, retratados aquí en el personaje de Norman, es entretenimiento. Para otros, como la reina Isabel, es algo más.

I read, I think, because one has a duty to find out what people are like

La reina de Bennett no olvida su rol como soberana del Reino Unido y, con esta frase, busca la manera de que su afición encaje como una más de sus obligaciones: conocer cómo es la gente. Sin embargo, la lectura le hará cambiar la forma de ver la vida, como acabamos viendo en su última (y sorprendente) frase final.

Y ya termino —o el post acabará siendo más largo que la novela—, recomendándote este libro si te gusta el humor muy británico y muy travieso de Bennett, un autor al que sin duda seguiré leyendo y viendo —tengo pendiente la película La locura del Rey Jorge, con guión del autor basado en su obra de teatro del mismo título. Una lectora nada común viene, además, con el regalo adicional de una buena lista de referencias literarias, otro motivo para no perdérsela.

  • Un viaje a las interioridades del palacio de Buckingham.

  • Un paseo en la carroza real con el personaje más hilarante del libro pese sus pocas líneas de diálogo: el duque de Edimburgo.

  • Un buen consejo para lectores noveles: empieza por leer lo que más te gusta y luego ya irás subiendo el listón (si quieres).

  • Una sonrisa. No es un libro para reír a carcajadas, pero es difícil que no acabes con una sonrisilla, como mínimo.

Información adicional:

Podcasts en inglés sobre cine y libros

Tener un perro ayuda a aprender inglés. Lo sacas a pasear, te pones los cascos, le das play al podcast y… voilà! Tú aprendes, te distraes y haces ejercicio y tu perro es feliz. Te diría que incluso podría funcionar sin perro, pero nunca lo he probado. No te lo puedo asegurar.

Si te gustan los libros y el cine y quieres aprender inglés, estás de suerte. Hay muchos podcasts que te permitirán practicar un poco de listening comprehension a la vez que disfrutas escuchando críticas, entrevistas, consejos sobre técnicas de escritura, etc.

Aquí te cuento acerca de algunos de los que más suelo escuchar, pero hay por ahí muchos y muy buenos, sobre los temas que te interesen. ¿La gran ventaja de los podcasts frente al vídeo? Para mí, el factor tiempo: necesitas encontrar tiempo para ver un vídeo pero no para escuchar un podcast. Puedes hacerlo mientras conduces o en el transporte público, paseando, haciendo las tareas de casa, etc.

Podcast para nivel de inglés intermedio (B1)

Luke’s English Podcast

Luke es una muy buena mezcla de profesor de inglés y cómico de monólogos. Se nota que le gusta el cine y dedica varios episodios de su podcast a hablar sobre películas que le han gustado. Muchas veces dedica algún podcast a conversaciones con amigos y familiares. Con su madre, por ejemplo, suele hablar de libros.

Es fácil entender a Luke. Su acento es el que se conoce como RP (Received Pronunciation), que es el inglés conocido como el inglés de la BBC o el inglés de la Reina. No es un acento regional: es una mezcla de acentos del centro y del sur de Inglaterra, que denota una cierta clase social (de ahí lo de la Reina). Luke no habla muy despacio, pero sí se nota que se esfuerza por pronunciar bien cada palabra. Es perfecto para un B1, pero también para niveles más avanzados que quieren mejorar su vocabulario y pronunciación.

Algunos episodios para empezar (todos incluyen una transcripción en el enlace):

Podcasts para un nivel de inglés avanzado (B2-C1 o superior)

Disclaimer: hay que tener en cuenta que estos podcasts NO han sido creados para estudiantes de inglés, por tanto vamos a escuchar a hablantes nativos que conversan a un ritmo normal y que pueden resultar difíciles de entender si no tienes el oído entrenado. Aconsejo empezar por Luke antes de pasar a cualquiera de estos.

Para un nivel B2, una buena forma de empezar es el primer podcast de la lista, The Worried Writer. El resto son para niveles más avanzados u oídos más acostumbrados al inglés de hablantes de distintos países anglosajones.

The Worried Writer

La escritora Sarah Painter se identifica como worried writer: escritora temerosa, o preocupada. El subtítulo del podcast, dirigido principalmente a escritores en potencia, es for those suffering from self-doubt, fear and procrastination: para aquellos que sufren de inseguridad, miedo y procrastinación. A mí la descripción me encaja como anillo al dedo, así que le estuve siguiendo hasta que dejó de grabar nuevos episodios este verano, aunque ha comentado que es una pausa temporal y no un punto final. Ojalá.

Creative writing for the timid: la adoro

Sarah tiene un agradable acento escocés y habla despacio, con un tono de voz muy dulce y relajante. En su podcast cuenta en primera persona su experiencia como escritora novel, dando muchas ideas para personas que, como le ocurrió a ella, necesitan dejar de preocuparse y empezar a escribir ya. El podcast se puede seguir como una guía para las personas que se quieren empezar a escribir, ya que los consejos de Sarah abarcan desde técnicas de escritura hasta herramientas de marketing para vender tus libros, pasando por estrategias de publicación. También incluye entrevistas con otros autores, en su mayoría indies, que cuentan sus propias preocupaciones y soluciones.

  • The Worried Writer Episode#59: 2020 Writing Goals. Un episodio prepandemia en el que Sarah definía sus objetivos para este año que nos ha salido rana. Es un episodio sin entrevista, de los que ella define como «just me episodes». Desde el punto de vista del idioma, puede resultar más fácil de seguir que las entrevistas, que dependen de la velocidad y el acento de la persona invitada.
  • The Worried Writer Ep#64: Hayley Chewins ‘I work very intuitively’. Entrevista a Hayley Chewins, autora sudafricana de novela juvenil. Aunque no conozcas a los entrevistados (muchos de ellos no han sido traducidos al español), cada entrevista resulta muy interesante por la manera intimista en que se aborda el proceso creativo de cada uno de ellos, así como sus inicios en el mundo de la escritura. En el enlace al podcast encontrarás una transcripción del episodio, que te puede servir de ayuda si se te escapa parte del vocabulario.

The Creative Penn Podcast For Writers

Joanna Penn es una escritora y emprendedora británica que no para: ha escrito más de 30 libros, publica un podcast semanal y tiene su propia editorial. Reconozco que no he leído nada suyo, ya que el tipo de novela que escribe (por ejemplo, thrillers tipo El código Da Vinci), no es my cup of tea, no es lo mío. Pero su entusiasmo y energía son contagiosos. Te convence de que tú también puedes hacerlo.

Si vas a escuchar a Joanna, más vale que conozcas cuanto antes estas dos palabras, que identifican a los tipos de escritores según su forma de enfrentarse a la tarea de escribir:

  • Plotter: un plotter es un escritor que planea antes de empezar, que hace esquemas, anotaciones, o mapas mentales. Puede dedicar mucho tiempo a esta etapa y, cuando se pone a escribir, ya tiene claro cómo va a acabar la historia.
  • Pantser: un pantser, por el contrario, un escritor que va improvisando, dejando que la historia vaya evolucionando de forma libre, con solo algunas ideas de lo que puede ocurrir. La palabra viene de la expresión fly by the seat of your pants, que en español sería algo parecido a improvisar sobre la marcha.

Algunos episodios para empezar (incluyen transcripción):

David Tennant Does a Podcast With…

El actor escocés David Tennant (Dr. Who, Broadchurch, Jessica Jones, Good Omens, etc) tiene un podcast en el que entrevista a actores, guionistas, directores e incluso a un ex primer ministro. Tennant habla con un marcado acento escocés que te puede resultar difícil si no tienes el oído acostumbrado. Yo le podría escuchar durante horas y horas, me encanta.

Si no sabes por dónde empezar:

  • Gandalf himself, Ian McKellen: no te pierdas el momento en que McKellen reconoce que le confunden a menudo con Dumbledore (minuto 32:25), algo que él mismo ha comentado con el actor que interpreta al mago de Hogwarts, Michael Gambon.
  • Olivia Colman: una de mis actrices favoritas y protagonista junto a Tennant de la serie Broadchurch.
  • Neil Gaiman: el escritor es el autor del texto original de la serie Good Omens, protagonizada por Tennant.
El pelazo (de ambos) que te pierdes al escuchar el podcast

Writer’s Routine

Presentado por el enérgico Dan Simpson, este podcast se centra en las rutinas de los escritores: ¿dónde escriben?, ¿qué tienen sobre la mesa y en las paredes?, ¿qué horario eligen para trabajar? El podcast alimenta nuestro lado cotilla (estamos entrando en las casas de los escritores) y también resulta inspirador, porque los autores se desvelan como humanos normales y corrientes, con sus manías y sus defectos.

  • Matt Haig: el autor de Los humanos nos cuenta dónde escribe, como planifica su día e incluso qué tipo de fuente prefiere para escribir.

OnWriting: a podcast of the Writers Guild of America, East

El último podcast de la lista está centrado en la escritura de guiones.

  • Charlie Kaufman: el director y guionista habla de su último trabajo para Netflix, I’m Thinking of Ending Things.
  • Greta Gerwig: entrevista a la autora de la última adaptación de Little Women. Si tú también quisiste ser Jo March de niña —como Gerwig, como yo—, disfrutarás con esta adaptación.
  • Michael Arndt: el guionista de Pequeña Miss Sunshine comenta su vídeo Happy Endings, del que ya hablé aquí. Es una clase magistral que desvela el truco para escribir finales de los que dejan al público boquiabierto.

Podría seguir y seguir, porque llevo muchas horas de paseo perruno a mis espaldas y acabo escuchando muchos. Muchos. Pero creo que ya es bastante por hoy. Si tienes alguna recomendación para completar esta lista, por favor deja tu comentario 🙂

Estoy pensando en dejarlo – Charlie Kaufman / Iain Reid

La película de Netflix Estoy pensando en dejarlo (I’m Thinking of Ending Things, 2020) cuenta con devotos y detractores a partes iguales. Ha sido definida como rompecabezas, pedante, fascinante, desconcertante, enigmática, depresiva, hipnótica, delirante, pérdida de tiempo, críptica, impresionista, dura, triste, bella, surrealista, extraordinaria. Un crítico equipara la experiencia de verla a la de enfrentarse al montaje de un mueble —tipo IKEA— sin el manual de instrucciones.

Si la has visto y la has odiado, te informo antes de que sigas adelante: a mí me gustó. Mucho. Si no la has visto y decides seguir, más abajo hay spoilers: te avisaré antes.

Ya me gustó desde la primera imagen del póster de Netflix, con ese papel de pared que me recordó el relato The Yellow Wallpaper (El papel amarillo), de Charlotte Perkins Gilman, obra que comparte con la cinta de Kaufman tanto el retrato en primera persona de la depresión como la contraposición de elementos reales e imaginarios.

Vamos al argumento: la película está narrada desde el punto de vista de Lucy (Jessie Buckley), una joven que viaja en coche con su nuevo novio, Jake (Jesse Plemons), en una noche de invierno, camino de la granja de sus padres, a quienes aún no conoce. Desde el principio, ella nos dice que está pensando en dejarlo, en acabar con la relación con Jake, de manera que los espectadores nos preparamos para ver la historia de una relación que se rompe. Casi parece una peli navideña, con nieve y gorritos. Pero entonces recordamos que el director y guionista es Charlie Kaufman, el mismo que firmó los guiones de Cómo ser John Malkovich y ¡Olvídate de mí! (o mejor Eternal Sunshine of the Spotless Mind, que no suena a comedia de los Farrely como el título que le plantaron en España… quizás porque quien se lo puso solo sabía que salía Jim Carrey), así que nos preparamos para que sea imprevisible.

Charlie Kaufman luciendo una corbata hecha con retales de la camisa del padre de Jake

Y, pronto, se alcanzan nuestras expectativas. Ya en el coche, Lucy recibe llamadas de su propio número, llamadas que no atiende y que trata de ocultar a Jake. Pero es en la granja de los padres (Tony Collette y David Thewlis) cuando las cosas empiezan a ponerse raras de verdad. La madre no está bien, eso queda claro. Su sonrisa es como una mueca que oculta… no sabemos qué, pero nada bueno. El padre es más transparente pero peculiar también. Hay tensión, servida como el plato principal en la mesa de la cena, pero todavía no sabemos qué pasa. De repente se suceden unos inexplicables cambios escena tras escena: los personajes aparecen con una ropa distinta; los muebles cambian; los padres envejecen y rejuvenecen. Pero nadie, salvo Lucy, parece notarlo.

En este punto, la película crea una sensación de desasosiego, de terror incluso. De amenaza inminente, sin saber qué o cómo va a suceder. Fuera de la casa, el tiempo acompaña: la tormenta de nieve empeora. Al mismo tiempo, se van intercalando imágenes de una historia paralela, la del anciano y solitario conserje de un instituto que lleva a cabo sus tareas de limpieza. Todavía no sabemos qué relación tiene con la pareja protagonista.

Antes de pasar a los spoilers te diré que la película me atrapó. No estoy de acuerdo con el crítico que la compara con el montaje de un mueble sin instrucciones. En todo caso, puntualizaría que Kaufman nos da las instrucciones, todas, aunque no están ordenadas del primero al último paso. Y sigue sin ser una buena metáfora, porque desordenar las instrucciones de un mueble no nos aportaría mucho. Como mucho, la satisfacción de conseguir montarlo pese a los obstáculos. Sin embargo, un poco de desorden sí suele dar buenos resultados en el cine. Imagina El sexto sentido ordenada cronológicamente, con el personaje de Bruce Willis muriendo al principio. O una historia como Rebecca, si Maxim de Winter no hubiera ocultado información sobre su primera mujer.

Es cierto que Estoy pensando en dejarlo es mucho más oscura que las que he puesto como ejemplo. Estaría más en la línea de Lynch en Mulholland Drive. Como se define en esta estupenda crítica, es una película impresionista, que retrata la psicología de los protagonistas, con una mezcla de experiencias reales, recuerdos e imaginación. Y esta forma de relatar tiene un sentido: al retorcer la historia, Kaufman nos lleva de viaje por la mente humana, por el mundo de las emociones, algo que no es tampoco lineal en la vida real. Lo que importa es lo que sentimos y no lo que sucede de verdad, como dice el propio Kaufman:

“I’m not really big on explaining what things are. I let people have their experiences, so I don’t really have expectations about what people are going to think. I really do support anybody’s interpretation.”

Charlie Kaufman para Indiewire (ojo: hay spoilers a mansalva en el link)

(«No me gusta mucho explicar lo que es cada cosa. Dejo que la gente tenga sus propias experiencias, así que, en realidad, no tengo unas expectativas sobre lo que la gente va a pensar. Apoyo cualquier interpretación».)

Yo: ¡Lo tengo! Creo que el padre de Jake es Remus Lupin y que él mató a los corderos una noche que se transformó en lobo.
Charlie Kaufman: Claro, ¿por qué no?

Estoy pensando en dejarlo: SPOILERS

Estoy pensando en dejarlo está basada en la novela homónima del autor canadiense Iain Reid. La leí después de ver la película —sí, me quedé con ganas de más—. Es una novela corta (210 páginas) en cuya contraportada te preparan para lo que viene: «tendrás miedo y no sabrás por qué».

Como decía antes, Charlie Kaufman nos va dejando pistas de lo que pasa, solo hay que leerlas. Sin embargo, también nos coloca una trampa desde el primer minuto: la narración en primera persona de Lucy, interpretada por Jessie Buckley. Esto es igual en el libro.

[Aquí viene el SPOILER] –> En realidad, es Jake quien está viviendo la experiencia que tanto el libro como la película nos cuentan. Es un Jake anciano, el conserje del instituto, quien está recordando su juventud desde la soledad de su presente. El personaje de Lucy es solo lo que pudo ser y no fue: una novia perfecta basada en una conversación ocasional una noche en un bar con una desconocida. De ahí sus cambios de nombre y de profesión, e incluso de aspecto (en una escena es interpretada por otra actriz) a lo largo de la película. Vemos a los padres (los estupendos Collette y Thewlis) jóvenes y viejos, según el momento que esté recordando Jake. En una escena se ve junto al lecho de muerte de su madre. A base de estos recuerdos, vas reconstruyendo su vida. Es una historia triste pero también hermosa que no acabaré de destripar por si no la has visto.

No es una película para analizar hasta que todo encaje, sino para experimentar, para sentir. Para meterte en la mente de Kaufman como él nos metió en la de su Malcovich particular hace ya más de 20 años.

Aunque el estilo narrativo no tiene nada nada que ver, la sensación que me dejó la historia de Jake me recordó a Lo que queda del día (The Remains of the Day), de Kazuo Ishiguro, llevada al cine por James Ivory. Stevens, el protagonista, es el mayordomo perfecto y fiel a su señor que, al final de su vida, se da cuenta de que dejó pasar el amor y trata de recuperarlo cuando es demasiado tarde. En su vida ha triunfado el deber sobre el deseo, la dignidad sobre la honestidad respecto a sus sentimientos. Y surge el tema principal de la novela: el arrepentimiento al pensar en la vida que podría haber vivido y que perdió por dedicarse en cuerpo y alma a su profesión. En la historia de Jake veo algo parecido, un hombre que se arrepiente de las decisiones que tomó en su vida y que imagina lo que podría haber sido.

¿Mejor el libro o la película?

La respuesta corta: la película.

La respuesta larga, aquí —basada en mi opinión personal, nada neutral porque siempre me ha gustado Charlie Kaufman—. La novela de Reid está muy bien: es perfecta para una noche de invierno, mejor si es delante de una chimenea y tienes la suerte de que se pone a nevar. Y no le quitemos el mérito, que la idea fue suya. A mí me ha recordado a El resplandor de Stephen King, especialmente en las escenas finales en el instituto desierto y asilado en medio de una tormenta de nieve. Cambia el Overlook por el instituto, a Wendy por Lucy y a Jack Torrance por el conserje. La sensación de miedo es más intensa en estas páginas del libro —e imagino que debe serlo aún más si no sabes lo que va a pasar después—.

Que me aspen si esto no es un homenaje a El Resplandor

Pero la película va más lejos. Kaufman enriquece aún más los personajes, como ocurre con Jake. En el libro, sabemos que es un hombre muy leído y con formación científica. En la película, Kaufman llena sus diálogos de citas literarias y de cine que no aparecen en el texto de Reid. Esto, que ha molestado a críticos porque lo han visto pedante, creo que va como anillo al dedo en el contexto de la relación imaginaria de Jake: ya que Lucy es fruto de su imaginación, ¿por qué no hacerla perfecta y que pueda estar a su altura culturalmente? A mí me encantan. Creo que cuando conoces la referencia, la experiencia se enriquece. Y, cuando no, tienes material para llenar tu lista de «quiero leer» en Goodreads.

Otro punto a favor es el reparto. Jessie Buckley lo borda. Jesse Plemons, exhibiendo su exótica mezcla entre Matt Damon y Philip Seymour Hoffman, encaja como un guante en el rol pese a que no se parece en nada al Jake alto y desgarbado que describe Reid. Y Toni Collette y David Thewlis están perfectos en las desquiciantes escenas de la granja.

Info adicional:

Foto de Charlie Kaufman: Wikipedia. Anna Hanks de Austin, Texas, USA – Anomalisa Q&A with Charlie Kaufman Fantastic Fest 2015-0257.jpg, CC BY 2.0

Foto de figuras de Lego: Pxfuel

Ilustración de portada hecha con Canva.

El coleccionista – John Fowles

El coleccionista (The Collector) es la primera novela del escritor británico John Fowles, publicada en 1963. Frederick Clegg, Fred, es el protagonista, un joven solitario de origen humilde que trabaja como administrativo y que caza y colecciona mariposas en su tiempo libre.

A Fred le toca una fortuna en las quinielas y decide llevar a cabo un sueño: deja su trabajo y se compra una casa en medio del campo. Hasta ahí, lo mismo que haríamos muchos si nos cayera un premio gordo. Pero Fred es diferente. Nota que le falta algo para completar la vida perfecta con la que sueña. Y decide secuestrar a Miranda Grey, una estudiante de arte a la que llevaba un tiempo acechando, convencido de que lo que siente por ella es amor y de que será capaz de conseguir que ella lo entienda y le ame también.

El coleccionista es un thriller psicológico con tres partes bien diferenciadas: la primera parte está narrada por Fred en primera persona. Fowles nos mete en la mente enferma —que no sabe que está enferma— de este joven hermético, contenido, que oculta un interior turbio tras una imagen siempre impoluta aunque ordinaria pese a los trajes y corbatas. Nos cuenta cómo secuestra a Miranda y la lleva al sótano de su casa con el mismo tono que utiliza para contar cómo atrapa y mata a una mariposa para su colección. Nos deja ver un paralelismo entre el secuestro de Miranda y la necesidad de matar a las mariposas para exponerlas después: no le convence el método, pero no hay alternativa.

En la segunda parte es Miranda quien nos cuenta la historia a través de su diario. En la narración de Fred ya hemos conocido a la estudiante de arte mediante los diálogos que él traslada con estilo directo, reproduciendo sus palabras. Ella es superior a Clegg en todo: es mucho más inteligente y astuta, tiene ganas de vivir, de aprender y es una persona enérgica, con empuje. Madura para sus 20 años. Tras la conmoción inicial de verse secuestrada, busca la manera de convencer a Fred de que la libere. Intentará varias estrategias, como fingir que está enferma, empatizar con Fred conociendo más de su vida, tratar de convencerle de que ella también le aprecia, de que seguirían siendo amigos si la liberara. Llega incluso a probar con el sexo, para descubrir que no es eso lo que él está buscando.

En la tercera parte volvemos a la narración de Fred, ya con el desenlace que no desvelaré por si no has leído el libro.

John Fowles (Fuente: Wikipedia)

El coleccionista es el primer libro que he leído de John Fowles, de quien solo conocía la adaptación al cine de La mujer del teniente francés. Me ha gustado mucho el retrato de ambos personajes a través de sus diálogos. No hay grandes descripciones ni divagaciones, es una historia contada con un estilo conciso, que engancha. Frederick Clegg es el mal camuflado bajo una apariencia anodina, de maneras amables. Da miedo el tono insensible de sus diálogos, que dejan ver la maquinaria de su razonamiento, que, a su vez, tiene lógica dentro de la simplificada visión de la vida que él tiene: coge a una mujer, enciérrala en un sótano con todos los caprichos que pueda desear (porque recordemos que tiene dinero: le compra ropa, chocolate, arte, champagne, etc.), dile que la amas y ya solo queda esperar que ella sienta lo mismo por ti. ¿Que no sucede? Entonces es que algo está mal en la chica, que no es lo que parecía, que ha resultado ser caprichosa, testaruda y poco fiable.

Fred Clegg quiere imitar la vida que ha visto a su alrededor, pero no consigue ver que no es más que eso, una imitación. Por eso no es capaz de entender a Miranda, ni de apreciar el arte que no es una copia idéntica a la realidad. Su mirada es superficial. La vida idílica que imagina con Miranda consiste en instantáneas en las que ambos están tumbados en la cama, uno junto al otro pero sin tocarse; o él contemplando su colección de mariposas mientras ella le observa sentada, tomando una taza de té. Son escenas de casa de muñecas. Creo que Clegg sería más feliz en los escenarios falsos de El show de Truman que en la vida real, donde todo está controlado y no hay sitio para los imprevistos tan típicos de la condición humana. Desde fuera, él también es engañoso: parece humano, pero no lo es. Es lo que da miedo de él, porque te pones en la piel de Miranda y ves que lo que está intentando hacer es empatizar con un monstruo.

Otro aspecto de la novela que me ha gustado mucho es su intertextualidad. Miranda es un joven culta y, tanto en sus diálogos de la primera parte como en el diario de la segunda, se refiere a textos literarios para interpretar la realidad que vive. Se compara, por ejemplo, con Emma cuando reflexiona acerca de su pasado y se sorprende a sí misma con maquinaciones casamenteras dignas del personaje creado por Austen. Pero la obra que más aparece es La Tempestad, de Shakespeare. Miranda bautiza a su captor como Calibán, en honor al salvaje criado y esclavizado por el duque Próspero, el protagonista. Hijo de una bruja y de un demonio, Calibán intenta violar a la hija de Próspero, llamada Miranda. Fred, por su parte, quiere ocultar su verdadero nombre y se presenta como Ferdinand solo porque le suena distinguido, sin saber que el Ferdinand que aparece en La Tempestad es quien acaba enamorado de aquella otra Miranda. El contraste de clase social entre Calibán y Miranda se ve reflejado en El Coleccionista en la relación entre Fred y Miranda, subrayando así uno de los temas de la novela, el de las diferencias entre clases. Fred, de origen humilde, cree que nunca podría haberse acercado a Miranda, de clase media-alta, y ve el secuestro como la solución lógica para tenerla cerca.

Calibán, Próspero y Miranda (Fuente: John Hamilton Mortimer, CC0, via Wikimedia Commons)

La música se utiliza un elemento más que subraya estas diferencias. Fred compra discos a Miranda —los que ella le encarga— y ambos se sientan a escucharlos en el sótano. Él no entiende de arte, dice de Mozart que le suena «igual que el resto». Miranda, sin embargo, utiliza la música como una vía de escape de la situación que está viviendo. Una de sus piezas elegidas, las Variaciones Goldberg de Bach, la trasladan al apartamento de G.P., un pintor veinte años mayor que ella que le propuso matrimonio y con el que desea volver en cuanto consiga la libertad. No solo es uno de su clase: es una persona a la que admira, al contrario de lo que le ocurre con Fred, a quien corrige incluso su manera de hablar.

Si te gusta Fowles, aquí puedes leer una entrevista que le hicieron en 1977 en la BBC. Al parecer, compartía con Clegg su carácter solitario y su amor por la naturaleza.

 I was a lonely child, but my friend was always nature, rather than being the company of other boys.

«Fui un niño solitario, pero mi amiga siempre fue la naturaleza, la prefería antes que estar con otros chicos». En la entrevista dice que ese carácter solitario es un rasgo típico de futuro escritor. Afirma que, en una clase con muchos niños, podría identificar a los futuros novelistas entre los alumnos menos elocuentes, entre aquellos que, en un debate, dan su brazo a torcer y que luego se van inventando un nuevo escenario para la situación que acaban de vivir. Interesante punto de vista. No conozco a escritores/as para debatirlo, así que si escribes y estás de acuerdo o en desacuerdo con Fowles, comenta 🙂

Manual para mujeres de la limpieza, de Lucia Berlin

lucia berlin

Manual para mujeres de la limpieza es una colección de relatos de la escritora estadounidense Lucia Berlin. Pertenecen al género que se conoce como autoficción, que —como has adivinado— combina la narrativa de ficción con elementos autobiográficos.

Empecé a leer el libro sabiendo poco de Berlin: que había tenido una vida difícil y que fue alcohólica. Lo que no sabía es la densidad que tuvo su vida. Murió con solo 68 años, pero los años de Lucia Berlin son como los años de perro, equivalentes a siete años de un ser humano medio.

Tuve que leer su biografía, que Roland Barthes me perdone.

Hija de un ingeniero de minas, nació en un campamento minero de Alaska y creció en los distintos lugares a los que su padre iba siendo destinado: Idaho, Kentucky, Montana, Texas, Arizona, Chile. De adulta, continuó con su vida nómada: México, Arizona, Nuevo México, Nueva York y Los Ángeles. La Lucia de Texas fue una niña maltratada que sufrió abuso sexual. La de Arizona, una niña con un corsé ortopédico para tratar su doble escoliosis. La de Santiago de Chile, una adolescente de familia rica a quién le encendió su primer cigarrillo el príncipe Alí Khan. La de Nuevo México, una estudiante universitaria que tuvo como profesor a Ramón J. Sender.

Se casó tres veces —con un escultor, un pianista y un saxofonista heroinómano— y a los treinta años ya tenía cuatro hijos. Vivió en un loft frecuentado por artistas en Nueva York, en una casa victoriana de madera, en una antigua hacienda en Albuquerque, en una palapa con suelo de arena en Puerto Vallarta, en un parque de caravanas en Boulder y en el garaje reconvertido en vivienda de uno de sus hijos en Los Angeles.

Y su vida laboral fue también variada, ya que a Berlin no se le caían los anillos: trabajó en lo que pudo para mantener a flote a sus cuatro hijos. Fue telefonista, recepcionista, mujer de la limpieza, profesora de instituto, enfermera de urgencias y profesora de universidad.

En sus fotos vemos a una mujer de rasgos hollywoodenses, afortunada poseedora de ese conjunto de ojos claros y cejas tupidas y arqueadas que también tenía Elizabeth Taylor. Al contrario que la Taylor, Berlin era alta, tanto que temía que la operaran de la escoliosis, por si al enderezar su columna alcanzaba los 8 pies (unos 2,40 metros). Sí, era exagerada además de alta y guapa.

Manual para mujeres de la limpieza

Empiezas a leer Manual para mujeres de la limpieza y pronto notas la repetición de una serie de temas y de situaciones que se van haciendo familiares. Cada relato los presenta desde distintos ángulos, casi siempre desde el punto de vista de la narradora. Por nombrar algunos:

  • El alcoholismo y otras adicciones.
  • El abuso.
  • La familia.
  • La soledad.
  • La enfermedad y la muerte.

Con estos ingredientes, Berlin construye unas historias a menudo desoladoras, con un lenguaje crudo y directo, siempre dando con la palabra precisa para lo que nos quiere contar. La dureza de estos temas contrasta con las reflexiones de la narradora, cargadas de esperanza, ganas de vivir, empuje, amor, pasión, ternura y mucha mucha empatía. Porque Berlin tiene el don de meterse en la piel de otros gracias a una capacidad de observación única, que plasma en los personajes que pueblan los relatos.

Y ese humor. Es un humor ácido, irónico, aunque a veces se suaviza con algunos personajes y situaciones. Aunque con la lista de temas mencionados parece difícil, acabas sonriendo en muchos de los relatos.

Como comentaba al principio, aquí tenemos autoficción. Este término es posterior a Berlin, por lo que se puede decir que ella fue pionera en este género. ¿Cuánto tiene de auto y cuánto de ficción? Uno de los hijos de Berlin nos ayuda con esta duda:

Ma wrote true stories, not necessarily autobiographical, but close enough for horseshoes. Our family stories and memories have been slowly reshaped, embellished and edited to the extent that I’m not sure what really happened all the time. Lucia said this didn’t matter: the story is the thing.

Mark Berlin

(Mi traducción: “Mamá escribió historias reales, no necesariamente autobiográficas, pero muy aproximadas. Nuestras historias familiares y recuerdos han sido moldeados, embellecidos y editados hasta el punto de que ya no estoy seguro de lo que sucedió en realidad. Lucia decía que esto no importaba: la historia es lo que importa”).

Uno de los personajes más recurrentes en los relatos es la madre. En el relato “Mamá”, la narradora ha viajado a México para acompañar a su hermana Sally, enferma terminal de cáncer. En una especie de exorcismo de sus demonios familiares, hablan de su difunta madre. Era una bruja, dicen, porque lo sabía todo. Perspicaz como ella sola, se preguntaba cómo serían las sillas si nuestras rodillas se doblaran al revés y qué llevaríamos colgado del cuello si Jesucristo hubiera sido ejecutado en una silla eléctrica.

La historia continúa con muchas anécdotas que retratan a su madre como una persona temible, una alcohólica llena de odio y amargura, pero también inteligente y muy ingeniosa. Eso sí: incluso su humor era aterrador. Cuando se suicidó, escribió una nota a la narradora (alter ego de Lucia) diciéndole que nunca le perdonaría por cómo había arruinado su vida.

“She never wrote me a suicide note.”
(A mí nunca me escribió una nota de suicidio.)

“I don’t believe it. Sally, you’re actually jealous because I got all the suicide notes?”
(No me lo creo. Sally, ¿de verdad estás celosa porque todas las notas de suicidio fueron para mí?)

“Well, yes. I am.”
(Pues sí. Lo estoy.)

Viendo que la rabia consume a Sally en sus últimos días de vida, la narradora comienza a humanizar a la madre contando historias de cómo era antes de beber. Una infancia en la pobreza, durante la Gran Depresión. Un padre también alcohólico y déspota. La esperanza de una vida mejor al casarse con Ed, el ingeniero de minas. Su vida en Alaska. El nacimiento de la narradora. La ausencia de Ed por trabajo, ella sola con su bebé recién nacido durante unos meses. Al volver, Ed se la encontró borracha y dando tumbos con el bebé en brazos. A partir de ese día, no le permitió acercarse a la niña.

Llegó la guerra, Ed se fue al frente y la familia se mudó a Texas. Ya había nacido Sally, la pequeña, que fue criada por su abuela mientras su madre salía a beber, cada vez más. Las niñas sufrieron los abusos de dos alcohólicos, su madre y su abuelo. Al volver su padre, se mudaron a Arizona y tuvieron un paréntesis de felicidad. Sin embargo, su madre ya se había distanciado y no sabía cómo estar con las niñas. Pensaba que la odiaban y se defendía burlándose de ellas, hiriendo antes de que le hicieran daño a ella.

Luego, el viaje a Chile. Ahí vivieron en una mansión con sirvientes, pero ella les temía. Le aterrorizaba no estar a la altura. Se empezó a encerrar, en su casa, en su habitación. Ed contribuyó al encierro y a la caída definitiva, restringiendo la bebida pero sin buscarle ayuda.

¿Lo ves? —le dice la narradora a Sally—, ¿ves lo duro que fue para ella? Consigue su objetivo y Sally acaba llorando, deseando haber podido hablar con ella y decirle cuánto la quería. Pero entonces, la narradora se gira hacia el lector y confiesa:

Me… I have no mercy.

No, no se apiada de su madre. Era todo una historia más para liberar a su hermana de esa rabia.

Y no, no cuento más historias porque es absurdo intentar resumirlas aquí. Hay que leerlas. No es solo lo que cuenta Lucia Berlin, sino cómo lo cuenta. Una alumna suya de sus años como profesora universitaria recuerda su consejo: «escribe lo que ves, no lo que quieres ver. Observa. Observa de verdad”. Y esa agudeza, esa capacidad de ver y de convertir en palabras lo que captaban sus ojos, es lo que te encontrarás cuando leas este libro. Algo tan simple y tan difícil.

Leo que Almodóvar va a adaptar cinco de los cuentos que componen Manual para mujeres de la limpieza, que posiblemente empezará a rodar el próximo año. No sé cómo resultará, parece difícil trasladar a la pantalla la mirada de Berlin. En cualquier caso, tenemos tiempo de leer y releer el libro hasta que la película vea la luz.

Solo una cosa más: si tienes un nivel alto, vale la pena leerlo en inglés. Muchas de las historias tienen lugar en Chile y México y utiliza vocabulario en español mezclado con el inglés (“Sally. Dear Sal y Pimienta, Salsa, don’t be sad”; “All of a sudden, de repente“; “I teach in a pretty, fresa, mountain town now”), que forman también parte de la voz de Berlin. Eso sí, el rico vocabulario y la puntuación peculiar de la escritora hacen que sea un texto difícil, a partir de un C1, para poder disfrutarlo como merece. Si puedes, el esfuerzo valdrá la pena.

El recuerdo de Marnie: ¿nos mudamos?

Estoy pensando en mudarme a un fondo del Studio Ghibli. No para vivir en primer plano, eso lo dejo para los que gustan de chupar cámara. Yo me veo más paseando por esos segundos planos tan detallados, cargados de objetos que complementan la historia que nos están contando.

Los segundos planos de Ghibli se van a veces por las ramas y nos narran su propia historia. Como en El recuerdo de Marnie (2014), cuando la protagonista llega a la casa unos parientes de su madre adoptiva, Setsu y Kiyomasa Oiwa Va a pasar un tiempo allí y se aloja en la habitación de su hija, de la que solo nos cuentan que vive en Tokio, donde trabaja como profesora de yoga.

Imagen: Studio Ghibli

Anna entra en la habitación. Mientras ella comenta que la casa huele diferente, a la casa de otros, la habitación empieza a describirnos en silencio a esa “otra” ausente. Mi dueña —nos dice—ama la naturaleza y elige tonos tierra y verdes, buscando replicar el paisaje aquí dentro. Habrás notado el tronco que hace de estructura de cama y de perchero a la vez. Y las fibras naturales de la lámpara de mimbre. Le gusta lo exótico: el kilim, un toque de la India en el puf. Le gusta la música, ¿ves su equipo en la estantería? No le gusta mucho leer. Tiene una pila de libros, pero no te confundas, son apuntes y libros de texto. Le gustan las velas y decorar con objetos de cristal de colores, sobre todo rosas y azules, a juego con la lámpara de vitral del escritorio.

La dueña de la habitación ha salido a sus padres, los Oiwa. Dos espíritus libres que viven en una casa en las afueras de la ciudad, rodeados de naturaleza. En cuanto recogen a Anna en la estación y la llevan a su coche, sabemos que no son personas preocupadas por las apariencias ni por las necesidades mundanas de gran parte de la sociedad moderna.

Las cuatro plazas, bien aprovechadas. Imagen: Studio Ghibli

En el coche —una de esas mini furgonetas japonesas, estrechas y altas— no cabe nada más. Anna está asustada, esto no tiene nada que ver con su vida ordenada en la gran ciudad. Pero mira la cara de los Oiwa: dos personas felices.

Imagen: Studio Ghibli

Aquí vemos a Setsu cocinando con Anna. Me encanta esa cocina, toda hecha de madera. En la imagen no se ve, pero enfrente de los fogones hay un ventanal que va de un lado a otro de la habitación. Bajo la ventana, un estante lleno de plantas y botes de cristal con especias y conservas preparadas por Setsu. Por todos los rincones hay cacharros de cocina: platos, sartenes, coladores, cubiertos, etc.

Yo también quiero pasar una temporada con los Oiwa. Imagen: Studio Ghibli

La casa refleja la personalidad de sus dueños, dos personas de vida relajada, centrados en el cuidado de su huerto y de su casa. Es una casa singular, posiblemente construida por los Oiwa, que lleva el sello de ambos en cada detalle. Sobre todo vemos la firma de Kiyomasa, una mezcla de carpintero y artista que hace de todo: desde barandillas hechas con troncos hasta el móvil de viento que nos enseña, orgulloso, en la siguiente imagen.

Si es que no se puede ser más feliz. Imagen: Studio Ghibli

Y aunque te estoy hablando sobre todo de la casa de los Oiwa (porque es a donde quiero mudarme), en El recuerdo de Marnie hay mucho más arte en segundo plano del que disfrutar.

Imagen: Studio Ghibli

Está, por supuesto, el pantano y la mansión, con el ventanal en el que Anna ve a Marnie por primera vez.

Imagen: Studio Ghibli

Más adelante en la película veremos el interior de la mansión, con un dibujo muy detallado que desvela que estamos ante unos propietarios muy diferentes de los Oiwa: aquí hay dinero y mundanidad a espuertas.

Imagen: Studio Ghibli

Marnie, no obstante, se nos muestra pronto como alguien con intereses distintos al del resto de su familia, ya que en cuanto puede se quita los lazos y los zapatos y corre con Anna por los alrededores del pantano.

Una playa desierta. No necesito nada más, me quiero mudar. Imagen: Studio Ghibli

El recuerdo de Marnie vale la pena por muchas razones. La historia de Anna, el viaje de autodescubrimiento que aquí no te estoy contando es, por supuesto, el plato fuerte de esta película del Studio Ghibli —que, cuando escribo esto, está disponible en Netflix, al menos en España—.

Pero, como ocurre con tantas otras películas de este estudio, también vale la pena solo para disfrutar del arte de esos segundos planos, tan llenos de detalle que a mí, muchas veces, me obligan a parar la película y volver atrás para apreciar mejor el mensaje complementario que trasmiten esos escenarios, tan particulares de Miyazaki y su equipo. Hay cientos de detalles que descubrir. Tantos, que cada vez que vuelves a ver una de sus películas, encontrarás alguno nuevo. Aunque la historia sea más o menos sencilla, la cantidad de información que recibes del diseño de los escenarios es densa. Y está abierta a interpretación: lo que te he contado arriba acerca de la hija ausente de los Oiwa posiblemente será diferente de lo que tú veas al recorrer la misma habitación con Anna por primera vez. Porque cada objeto, cada detalle, aporta a la historia una carga metafórica y simbólica que el espectador interpreta de acuerdo con lo que transmite el guión de la cinta pero también con su bagaje personal, de forma subjetiva.

Espero que te animes a ver El recuerdo de Marnie, si no la has visto ya. Por mi parte, como la mudanza parece difícil (salvo que consiga imitar a Morten Harket en el vídeo de Take on me), me he descargado un fondo de escritorio de las imágenes que el Studio Ghibli compartió hace unas semanas y que pueden ser descargadas y utilizadas gratis (con sentido común, nos dicen, no para fines comerciales). También descargué algunos fondos para videollamadas que el estudio compartió ya durante el confinamiento, al extenderse el uso de Zoom.

Y nada más por hoy. ¿Nos vemos un día de estos en la casa de los Oiwa?

Finales felices

El cine comercial se basa en los finales felices. El público adora historias tipo Pretty Woman, en la que los protagonistas acaban felices y comiendo perdices en su limusina. Da igual si el guión tiene la credibilidad de un tuit de Trump. Salimos del cine sonriendo, eso es lo que importa, y así se refleja en la puntuación de la audiencia en Metacritic: a dos décimas del sobresaliente.

Pero, ¿qué pasa con la crítica? ¿Acaso no tienen corazón? ¡Un aprobado rascado! Parece que le ven lagunas a esta revisión de Cenicienta en la que el príncipe es un millonario que decide casarse con una prostituta veinte años más joven que él. Panda de esnobs.

Resulta que el guión original no tenía este final. Era algo más realista: el millonario acababa dejando a la prostituta donde la encontró, en la calle. Pero Disney, que compró los derechos de la historia, cambió el final para convertirlo en el cuento de hadas de los 90.

Tengo que reconocer que estoy más bien del lado de la crítica aquí. No consigo disfrutar este tipo de finales felices, porque no me los creo. Y no lo digo por el género, da igual si es romance, ciencia ficción o un thriller.

Y dirás: ¿qué hay de malo en que el cine nos dé un poco de alegría, aunque sea mentira? Porque, al fin y al cabo, toda ficción es una invención, una versión de la realidad que no tiene por qué parecerse a ella. No tiene nada de malo, es solo que no entro en la historia, no me la creo, y por tanto no veré otra película si me parece que va a seguir un patrón parecido.

Eso me ha hecho elegir películas con otro tipo de finales. No tristes necesariamente. No soy Scrooge. No es que quiera ver La tumba de las luciérnagas una y otra vez. No tengo tendencias autodestructivas. Entre mis favoritas, películas como Lo que queda del día, Olvídate de mí, El turista accidental, Little Women (la de Greta Gerwig), Whiplash, The Big Sick, Parásitos, Un lugar tranquilo, Alien, Misterioso Asesinato en Manhattan, Atrapado en el tiempo, El viaje de Chihiro, Fantastic Mr. Fox, Her… Solo por nombrar unas pocas, la lista es muy larga. Son historias de géneros muy diferentes y con finales de todo tipo: ambiguos, abiertos —sí, me gusta que me dejen libertad para interpretar el final—, tristes. Pero también felices.

¿Qué diferencia los finales felices que me gustan de los que no? Hasta hace poco, pensaba que la credibilidad. Insisto en que esto no tiene nada que ver con la credibilidad de todo lo que pasa en la película. Tomemos como ejemplo Atrapado en el tiempo (1993), conocida también como El día de la marmota. No es que sea muy verosímil que un tipo se despierte cada mañana en el mismo día y que solo él recuerde haber vivido ya ese día muchas veces. Pero el romance que vemos en esta película sí que me parece creíble, porque el protagonista se curra muchísimo lo de ir mejorando cada día, repitiendo una y otra vez sus avances para conquistar a la chica hasta que lo consigue (Harold Ramis, el director, afirmaba que eran 10 años, aunque por distintas fuentes de Internet se han calculado más de 30 años).

Me he puesto a pensar y a escribir sobre finales porque esta semana he visto un vídeo de Michael Arndt, titulado Endings: The Good, the Bad and the Insanely Great. Está disponible en Vimeo, en inglés. Arndt es el autor del guión de Pequeña Miss Sunshine (2006), por el que se llevó el Óscar al mejor guión original. También escribió el guión de Toy Story 3, que estuvo nominado al Óscar.

Los finales felices, según Michael Arndt

Endings es un regalo para cualquier aspirante a guionista o escritor. En el vídeo, Arndt destapa los secretos que se esconden tras la escritura de tres grandes películas: Star Wars: Episodio IV – Una nueva esperanza, El graduado, y Pequeña Miss Sunshine.

Endings habla de mucho más que finales, aunque Arndt destaca la importancia de un buen cierre para conseguir que los espectadores salgan satisfechos de la sala. Pero lo que cuenta es una guía con los ingredientes que tienen las películas que enganchan y que llegan a cierre satisfactorio para el espectador. Eso sí: insiste desde el principio en que no se trata de una fórmula, que no es la única forma de contar una historia. Que lo que hace es analizar cómo funcionan las tres películas y compartir sus reflexiones: describe, no prescribe.

Esto es lo que Michael Arndt cree que le pasará si su vídeo se interpreta como una fórmula. (Fuente: Vimeo)

El vídeo está disponible online. Solo lo he encontrado en inglés y sin subtítulos (si lo encuentras subtitulado, por favor añade el link en comentarios), pero tiene la estructura de una clase magistral en la que Arndt cuenta primero su teoría y luego la demuestra con una parte práctica, con muchos fragmentos de las tres películas y con texto sobreimpreso para apoyar lo que va narrando. Creo que se puede seguir la idea principal que quiere transmitir aunque tu nivel de inglés no sea avanzado, gracias al apoyo visual.

El vídeo se titula Endings porque Arndt estuvo trabajando como lector de guiones antes de ser guionista y notó que la mayoría de historias tenían muy buenos primer y segundo acto, pero que fracasaban en el tercero. Se encontraba con finales predecibles, mecánicos y otros del tipo “bueno, ¿y qué?”, los que nos dejan indiferentes.

A partir de ahí, su obsesión fue conocer mejor qué tienen los finales que funcionan, y llegó a la conclusión de que el cierre de la película tiene lugar en 2 minutos de clímax en los que se revela el significado de la historia y los valores que la sustentan, entendidos como las cosas por las que merece la pena vivir o tomar las decisiones que tomamos. Un gran final debe ser positivo pero sorprendente (imprevisible) y, a la vez, con un significado que transcienda, que nos llevemos puesto al salir del cine. Esta idea se basa en Robert McKee (autor de El Guión), que afirma que, si pudiera enviar un telegrama a los productores de cine del mundo, serían solo estas tres palabras: MEANING PRODUCES EMOTION (el significado provoca la emoción).

Los efectos de un gran final: euforia, liberación, claridad, ver el mundo con nuevos ojos, y la sensación de que la vida es maravillosa. (Fuente: Vimeo)

Para Arndt, las historias que llegan a la audiencia incluyen tres grupos de intereses en juego (intereses entendidos como lo que se puede ganar o perder en el desarrollo de la historia):

  • Intereses externos: como la supervivencia (Star Wars), ganar una competición (Carros de fuego) o conseguir un determinado estatus (Pequeña Miss Sunshine).
  • Intereses internos: muchas veces es el amor romántico (Amelie), el amor paternofilial (Buscando a Nemo), la amistad (Bridesmaids) o la autoestima (Rocky).
  • Intereses filosóficos: la comunidad frente al individualismo (Star Wars, Casablanca), la búsqueda de un ideal frente al “sé tú mismo” (Pequeña Miss Sunshine).

Estos intereses son los que se entremezclan en las tres películas que analiza.

El vídeo dura una hora y media. Yo lo vi en tres partes, una por película. Vale mucho la pena, tanto para aficionados al cine como para personas que escriben guiones o quieren hacerlo.

Y si te gusta, también puedes ver otros dos vídeos de Arndt:

  • Beginnings: solo 8 minutos esta vez, en los que el guionista cuenta cómo poner en marcha una historia.
  • Toy Story 3: Mistakes Made, Lessons Learned (Toy Story 3: errores cometidos y lecciones aprendidas): publicado este verano (junio de 2020), Arndt cuenta aquí cómo ha tenido que adaptarse a la situación de empezar con unos caracteres ya predefinidos, con un pasado que no se puede cambiar.

Personalmente, los vídeos de Arndt me han ayudado a entender mejor por qué unos finales me gustan más que otros. No acabo de comprar la necesidad de que el final sea positivo e imprevisible. Sí compro la idea del significado que, para mí, es ese algo que te llevas de la película, lo que permanece incluso cuando ya te has olvidado del argumento. Lo de imprevisible, también lo veo, porque lo opuesto es un final previsible que te da la sensación de guión poco trabajado. Pero no creo que siempre tenga que ser positivo, a menos que lo entendamos como algo general: el cambio que experimenta el protagonista, que le hace ver la vida de otra manera. Como último ejemplo, el final de Lo que queda del día (basada en la novela de Kazuo Ishiguro). Para no hacer mucho spoiler, solo diré que la lectura positiva es que al mayordomo (el protagonista) se le cae la venda que ha llevado en los ojos toda la vida, y que por fin ve la realidad tal y como es. Si eso lo podemos interpretar como positivo, pese a lo que le sucede (o no le sucede) justo antes, entonces estoy de acuerdo con Arndt.

Y para terminar, el final de Pequeña Miss Sunshine: así me doy el lujo de concluir el post con un insanely great ending.

Libros que hay que leer en un otoño de pandemia

¿Qué te apetece leer, con la que está cayendo? Aquí te recomiendo unos cuantos libros para este otoño pandémico que nos ha tocado vivir, pero antes te cuento los motivos para elegir una lista como esta.

Se podría pensar que los humanos estamos escogiendo estos días novelas agradables que nos recuerden tiempos más felices. Historias de esperanza que nos recarguen la reserva de buen rollo que se va reduciendo cada vez que escuchamos las noticias.

Pues no.

Lo que se ha vendido mucho desde marzo son novelas negras, thrillers o historias de terror. También ha pasado con el cine: Contagio, una película de 2011 sobre una pandemia mortal con parecidos razonables con la covid-19, fue una de las más vistas durante el confinamiento.

¿Por qué queremos torturarnos de esta forma? Resulta que hay varias hipótesis que explican estas preferencias:

  • Las historias de terror ayudan a reducir la ansiedad. Parece que cuando nos preocupamos mucho por la protagonista en apuros de nuestro libro o película, estamos consiguiendo ignorar otros miedos mucho más profundos. Sentimos miedo al leer a Stephen King, sí, pero es un miedo controlable (al contrario que los miedos que vivimos en la realidad), lo cual resulta gratificante.
  • Las historias de catástrofes nos sirven de entrenamiento para lo que pueda venir. Los lectores y espectadores de este género fueron más resilientes durante el confinamiento. Y más prevenidos: ¿por qué se agotó el papel higiénico? Porque los lectores y espectadores de terror sabían todo lo que te tienes que llevar al refugio antinuclear para sobrevivir al Apocalipsis.
  • Los thrillers, las novelas de terror o de crímenes son más absorbentes. Nos enganchan y es más fácil que olvidemos lo que ocurre a nuestro alrededor. Además, el desenlace suele ser reconfortante, con el bien venciendo al mal casi siempre.
  • Por último, mi (no contrastada) hipótesis: cuando terminas una historia de este tipo tienes una sensación parecida a la de despertar de una pesadilla. Qué tranquilizador es saber que los monstruos que acabas de dejar atrás no existen. Todo parece más llevadero, por duro que pueda ser.

Libros que hay que leer: 10 sugerencias

He leído algunos de estos libros este año, durante el confinamiento o después. Otros son clásicos de esos que te acompañan siempre. Espero que encuentres alguno que te ayude a sobrellevar mejor estos tiempos, en especial con la entrada del otoño, estación que a mí me encanta pero que a algunas personas les puede generar un bajón anímico.

Ensayo sobre la ceguera (1995), de José Saramago. Imagina otro tipo de virus, uno que produce una ceguera instantánea. Ese es el punto de partida de esta novela asfixiante y terrorífica, donde los monstruos son los hombres y mujeres transformados por las nuevas necesidades que surgen de una enfermedad incapacitante. El miedo al contagio primero y la lucha por la supervivencia después hacen que se pongan en evidencia las fortalezas y, sobre todo, las debilidades del ser humano. El título puede confundir, ya que se trata de una novela de ficción. Pero se puede leer también como un ensayo, una reflexión ética acerca de lo que ocurre al poner a la humanidad en una situación extrema. Vamos, que Saramago ya predijo el egoísmo de los acaparadores de papel higiénico.

El resplandor (1977), de Stephen King. No parece una buena idea aceptar un trabajo como cuidador de un hotel de montaña que se quedará completamente aislado en invierno, tras las primeras nevadas. Si eres un aspirante a escritor, no niego que puede resultar atractivo. Te imaginas a tus anchas, escribiendo tus dos mil palabras diarias en tu habitación o sala favorita, sin que nadie te moleste. Pero están contigo tu mujer y tu hijo pequeño. ¿Qué pasa si alguien se pone enfermo, si necesitas un médico? ¿Qué pasa si algo desconocido decide intentar matarte? No pintaba bien, Jack Torrance.

El diario de Anne Frank (2017), novela gráfica de Ari Folman y David Polonsky. Ya conoces la historia. Esta versión ilustra con tanto detalle cómo vivían los Frank su día a día —y cómo se fueron reduciendo sus libertades poco a poco, antes de llegar a encerrarse en su escondite de la parte trasera de su empresa— que minimizará la ansiedad que puedas sentir si confinan tu ciudad o barrio. También tiene el poder de reducir la sensación de agobio por llevar la mascarilla.

El diario de Anne Frank

La carretera (2006), de Cormac McCarthy. Un padre y su hijo avanzan por una carretera rodeada de tierras yermas. El paisaje es grisáceo, lleno de cenizas que apenas dejan pasar algo de luz solar. Estamos en un escenario post-apocalíptico, viviendo muy de cerca la historia de supervivencia de lo que queda de una familia. Lo que ha pasado, el desastre que les ha llevado a esta situación, no es importante. Ya pasó. Lo importante ahora es seguir adelante por esa carretera hacia el sur, buscando los alimentos que les permitirán sobrevivir un día más.

Siempre hemos vivido en el castillo (1962), de Shirley Jackson. Otra novela de la autora de La maldición de Hill House con una casa misteriosa, en esta ocasión el castillo del título, habitado por los supervivientes de la familia Blackwood. El aislamiento, las cosas que se saben y no se cuentan, la sensación de que algo grave está a punto de pasar, son solo algunos de los elementos que alimentan una atmósfera oprimente, asfixiante. Copio el primer párrafo de esta novela narrada en primera persona, porque me parece una genialidad el retrato de la protagonista y ese cliffhanger que espero que te anime a seguir leyendo:

Me llamo Mary Katherine Blackwood. Tengo dieciocho años y vivo con mi hermana Constance. A menudo pienso que con un poco de suerte podría haber sido una mujer lobo, porque mis dedos medio y anular son igual de largos, pero he tenido que contentarme con lo que soy. No me gusta lavarme, ni los perros, ni el ruido. Me gusta mi hermana Constance, y Ricardo Plantagenet, y la Amanita phalloides, la oronja mortal. El resto de mi familia ha muerto.

Nunca me abandones (2005), de Kazuo Ishiguro. No comentaré mucho este libro: no quiero hacer ningún spoiler por si no la has leído —o no has visto la película—. Lo que empieza como una historia de un típico internado inglés va poco a poco virando hacia una distopía gótica que te atrapará y te horrorizará por su realismo.

La habitación (2010), de Emma Donoghue. La historia, narrada desde el punto de vista de un niño que solo conoce la habitación en la que nació hace cinco años. Allí convive con su madre, que se esfuerza para que cada día sea especial para el pequeño, a pesar de lo hostil del entorno y la situación.

El hombre sonriente (1994), de Henning Mankell. No puede faltar una novela negra en esta lista. Y ya que solo hay una, qué mejor representante que Mankell, padre del noir nórdico, que aquí nos lleva al mes de octubre de 1993. Un hombre huye de algo o de alguien en su coche, aterrorizado y convencido de que le persiguen. Conduce de noche, por una carretera cubierta de niebla y mantiene un intenso monólogo interno que nos va dando pistas de cómo ha llegado a esta situación. De repente, vislumbra algo a la luz de los faros que le hace detenerse en seco. No te cuento más.

Bloodchild (1984), de Octavia S. Butler. Reconozco que no conocía a Butler hasta que leí este relato breve. Lo encontré gratis en Amazon (sigue estando disponible), pero solo está editado en inglés. No obstante, veo que existe una traducción en este blog, por si no te animas con el inglés. Este cuento narra la especial relación entre un grupo de humanos que colonizó un planeta y los seres nativos que lo pueblan. La historia te atrapa. Tengo varios libros más de esta autora en mi lista de deseos.

Haz clic en la imagen si quieres descargar el relato en inglés (asegúrate de que sigue siendo gratis cuando entres).

La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero. No, esto no es una historia de terror. Es un libro inclasificable, una mezcla de la biografía de Marie Curie con apuntes autobiográficos de Montero. Sí que se trata el tema del miedo desde un punto de vista mucho más cotidiano, con otro sentido: el del vacío que produce la pérdida de un ser querido. El libro entrecruza y relaciona partes de un diario que escribió Marie tras la muerte de Pierre Curie con la historia personal de Montero, que también perdió a su marido. Aunque me sobraron los hashtags, creo que Montero hace un gran trabajo con sus reflexiones acerca de cómo superar el duelo, algo que te puede ayudar si has perdido a algún ser querido recientemente.

Uf. Espero que sumergirte en estas historias te ayude a evadirte un poco de la situación. A mí me funciona. Pero si eres de las personas que prefieren algo más ligero y divertido, dímelo y prepararé una lista muy diferente a esta. Prometido.