Hamnet — Maggie O’Farrell

Empecé a leer Hamnet (2020), de Maggie O’Farrell, con la muestra gratuita que Amazon ofrece para Kindle. Reconozco que soy de las que abandonan libros, que no sigo leyendo si el libro no me convence. No es que lo deje después del primer capítulo, tampoco es eso. Pero si tras un 15-20% no me convence, a otra cosa mariposa. Porque lo que tengo claro es que no me quedan años para leer todo lo —mucho— que me gustaría leer, así que, ¿por qué perder el tiempo? Puede que me pierda alguna obra de esas que mejoran mucho a partir de la mitad, o que tienen un final redondo, pero prefiero correr ese riesgo.

Hamnet pasó la prueba y compré el libro en cuanto se me acabó la muestra.

Me voy por las ramas un momento: me pregunto cómo habrá afectado ese 10% de previsualización a los escritores y escritoras que venden en Amazon. Si siempre ha sido importante la primera página —el primer párrafo— para enganchar al lector, ahora también hay que poner un cariño especial en ese 10%, en las primeras 25 páginas de un libro de 250 y en lo que ocurre justo en esa página 25, para que el potencial lector haga clic y compre.

Volvemos a Hamnet: se trata de una novela histórica que se mete en la vida doméstica de la familia de Shakespeare. De la mano de O’Farrell, conocemos a su mujer, Agnes, y a sus tres hijos: Susanna y los gemelos Judith y Hamnet.

Lo que sabía de la mujer de Shakespeare antes de leer este libro se puede resumir en cinco líneas:

  • Que se llamaba Anne Hathaway (como la actriz).
  • Que era varios años mayor que Shakespeare y que se casó de penalti.
  • Que se quedó con sus hijos en Stratford mientras William se hacía famoso en Londres.
  • Que su marido le dejó en herencia su «segunda mejor cama».
  • Que los admiradores de Shakespeare la aprecian tanto como los fans de The Beatles a Yoko Ono.

Además, tenía la idea general de que no había habido mucho amor en ese matrimonio. Quizás porque la historia ha sido en general dura con las mujeres que se casaban embarazadas y que eran bastante mayores que sus maridos. Si hubiera sido él el mayor, ni se mencionaría la diferencia de edad. Y también por lo de dejarle en herencia una simple cama que ni siquiera era la mejor.

La propia O’Farrell cuenta en esta entrevista lo que se encontró:

Constantemente nos cuentan esta historia sobre ella: que era una campesina; que era analfabeta; que atrapó a este niño genio en un matrimonio. Ella era esa mujer mayor, era una ramera. Hay líneas en libros de biógrafos muy respetables que dicen que era fea. Que él la odiaba. No existe ni la más mínima prueba que confirme nada de eso.

La reconstrucción de una relación que tuvo lugar hace 439 años es un trabajo detectivesco. Un puzle cuyas piezas están incompletas: fragmentos de cartas de la pareja y de personas de su entorno, versos que pueden ser interpretados de una u otra manera, biografías con verdades sesgadas, etc.

El único retrato que se cree que representa a Anne Hathaway

O’Farrell hace que las piezas encajen de manera mucho más favorecedora para Anne Hathaway, a la que convierte en protagonista de su novela. La llama Agnes, nombre con el que aparecía mencionada en el testamento de su padre. Este cambio de nombre contribuye a borrar la imagen que tenemos de esta mujer para que O’Farrell pueda reescribir su historia: Anne Hathaway desaparece y surge esta Agnes fuerte, independiente y excéntrica, algo bruja en el mejor de los sentidos, que se enamora de un joven al que tampoco conocemos en el libro como William Shakespeare. Es el hijo de un fabricante de guantes cuyo negocio ha vivido momentos mejores. La pareja se conoce porque él da clases de latín a los hermanos de Agnes.

El embarazo de Agnes —el que conduce a un apresurado matrimonio— no se describe aquí como una trampa de esta mujer. Es otra historia, tan plausible como la que siempre nos han contado, que no desvelo para no destripar el libro. El primer bebé de la pareja fue Susanna. Poco después llegó la pareja de mellizos: Judith y Hamnet. Este último niño es el que da nombre al libro de O’Farrell, quien elabora una narrativa que vincula su nombre con el de la más famosa tragedia de Shakespeare, Hamlet. La autora no ha sido la primera en lanzar esta hipótesis. El parecido de ambos nombres ha dado siempre que hablar tanto en el mundo académico como en el de los investigadores aficionados a resolver los misterios que rodean al dramaturgo inglés, que no son pocos.

La novela está escrita en tercera persona, con un narrador omnisciente que se mete en la mente de los distintos personajes (sean humanos o animales). Está dividida en dos partes: en la primera se entrelazan dos historias en capítulos alternos, la primera centrada en la relación entre Agnes y William y la segunda en la lucha del pequeño Hamnet por encontrar ayuda para su hermana Judith, que yace en su cama sufriendo los temibles síntomas de la peste. En la segunda parte Hamnet ha muerto (imagino que no es spoiler revelar aquí un hecho histórico que, además, está en la sinopsis del libro) y en un largo capítulo vemos cómo cada miembro de la familia vive el duelo, cómo se adaptan a la ausencia del niño.

La primera parte se lee casi a ritmo de thriller. No sé si es porque sabes que Hamnet muere y quieres llegar rápido a esa parte, o por la forma en que O’Farrell estructura los capítulos: si uno acaba con Hamnet buscando desesperadamente ayuda, el siguiente empieza con Agnes y William en su primer encuentro. Va dejando cliffhangers al final de cada uno, de manera que entras en la nueva historia girando páginas a toda velocidad para retomar la anterior y saber cómo acaba. Casi a la altura de los finales de los episodios de The Walking Dead.

Aunque el libro me ha gustado (o no lo comentaría aquí), a veces me ha parecido que abusa de un tono que roza lo sensiblero. Quizás sea el precio que la novela paga por su tono lírico y evocador, o por estar tan centrada en las emociones de los personajes, especialmente de Agnes. En cambio, otras veces consigue imágenes muy potentes y acertadas (en mi opinión), como este párrafo que recuerda tanto a la imagen de ese hilo invisible que une a madres e hijos en Distancia de rescate (Samanta Schweblin). O’Farrell expresa aquí lo que pasa cuando se rompe, algo tan doloroso que el inconsciente no lo procesa, no lo puede —ni quiere— entender ni aceptar:

Ella, como todas las madres, constantemente lanza sus pensamientos hacia sus hijos, como hilos de pescar, recordándose a sí misma dónde están, qué están haciendo, cómo les va. Mientras está ahí sentada cerca de la chimenea, una parte de su mente tiene el hábito de pensar en ellos y en sus paraderos: Judith, en el piso de arriba. Susanna, en la casa de al lado. ¿Y Hamnet? Su mente inconsciente arroja el sedal, una y otra vez, desconcertada porque no pican, por la respuesta que ella misma le da: está muerto, se ha marchado. ¿Y Hamnet? La mente pregunta de nuevo. ¿En el colegio, jugando, en el río? ¿Y Hamnet? ¿Y Hamnet? ¿Dónde está?

En general me ha parecido un libro recomendable que contiene un capítulo excepcional que vale mucho la pena leer incluso si decides descartar el resto del libro. Es el capítulo 11 de la primera parte, que deja de lado (y en suspenso) las historias de Agnes y de Hamnet para llevarnos de viaje a bordo de un barco comercial que inicia su ruta en Egipto y que acaba llevando a una polizona más terrorífica que el octavo pasajero de Alien: una pulga que llevará la peste negra desde el Mediterráneo hasta Stratford. La manera en que el narrador aprovecha su omnisciencia para contar el avance de la pandemia pone los pelos de punta, como no podía ser menos en los tiempos que corren.

Ah, y por si te preguntas por ese detalle del testamento y la segunda mejor cama, esto es lo que dejó escrito Shakespeare:

Item I gyve unto my wife my second best bed with the furniture”

La palabra furniture se refería a las cortinas y a la colcha que formaban parte de la cama. The Folger Shakespeare muestra la interpretación hacia la que ha ido virando el mundo académico, que lee el testamento dentro del contexto de su época. Es decir, trata de evitar el sesgo que tenemos los lectores que no hemos vivido en la época del bardo de Avon (el 100% de los presentes, me atrevo a asegurar).

Esto no era un legado inusual, ni es probable que fuera concebido como una muestra de desprecio. La mejor cama se solía considerar como una reliquia de familia, para ser legada a los herederos y no a la esposa. Es también probable que le mejor cama se hubiera reservado para los invitados, lo que significa que la «segunda cama» sería la que William y Anne compartieron.

Además, y de acuerdo con las leyes inglesas de la época, ella tenía derecho a un tercio de sus bienes y al usufructo de la casa familiar de por vida. Anne Hathaway siguió viviendo allí hasta su muerte en 1623.

Más información:

  • Imagen destacada: casa natal de Shakespeare (Diliff – Own work, CC BY-SA 3.0).
  • Retrato de Anne Hathaway: JschneiderWiki, CC BY-SA 3.0 , via Wikimedia Commons
  • Imagen de la edición de 1605 de Hamlet: dominio público.

4 comentarios en “Hamnet — Maggie O’Farrell”

    1. Se puede leer sin haber leído mucho a (o acerca de) Shakespeare, aunque es cierto que hay algunos guiños que se disfrutan más con algún conocimiento previo (como lo de la famosa cama). Si te interesa Hamlet, la versión de 2009 de la Royal Shakespeare Company con David Tennant sujetando el cráneo (uno real, por cierto) me gustó mucho. Siempre en V.O., para no perder el ritmo de su verso blanco. 
      Muchas gracias por comentar, Juan 🙂

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  1. Es un libro que ha cosechado mucho éxito últimamente y del que he leído muy buenas críticas. Yo no lo he leído; la novela histórica no es uno de mis géneros favoritos. Eso que comentas del tono sensiblero tampoco me anima mucho a leerlo… Pero Shakespeare es una figura muy atrayente, así que tal vez lo lea en algún momento. Excelente reseña, como siempre. Un abrazo.

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    1. Te entiendo, tampoco me suele interesar la novela histórica. Pero tenía mucha curiosidad por ver cómo reconstruía la autora a esta Anne/Agnes que siempre suele salir tan malparada en las biografías de su marido, pese a lo poquísimo que se sabe de ella. Gracias por comentar Mayte, un abrazo.

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