Distancia de rescate — Samanta Schweblin

Advertencia: la novela Distancia de rescate (2014) de Samanta Schweblin puede doler si eres madre, especialmente de la especie mater protectoris. Y aún así, cómo engancha. Me la leí de un tirón, una noche. Son 124 páginas —letra grandota, márgenes generosos—, así que no es ninguna hazaña lectora. Pero al acabar, ya tarde, tuve que pasar por las habitaciones de mis hijos para comprobar que todo estuviera en orden. Una madre no puede cerrar este libro, dejarlo en la mesita de noche, y ponerse a dormir como si nada.

¿Y de qué trata? Mejor no contar demasiado. El libro empieza con Amanda, la madre protagonista, en diálogo con un niño cuya identidad se irá desvelando poco a poco. Ambos hablan sobre una tragedia que truncó las vacaciones en el campo de Amanda con su hija Nina.

Me ha impresionado la habilidad de Samanta Schweblin para nombrar ese sentimiento que suele traer consigo la maternidad, ese afán protector que va mucho más allá de la típica imagen de la gallina y sus polluelos. Esa distancia de rescate que da nombre al libro. No desvelo nada: es algo que se menciona ya al inicio. Se trata de esa distancia en la que una madre se siente cómoda para correr a socorrer a su hijo o hija en caso de que sea necesario. Imagina la escena en una playa. Tu hija pequeña juega en la orilla, a pocos metros de ti. Todo bien. Si se aleja, ese hilo invisible que te une a ella —un reemplazo imaginario del cordón umbilical— se estira y se estira hasta el punto en que se puede llegar a romper. Ahí ya se ha sobrepasado la distancia de rescate y ya no llegarás a tiempo si tu hija está en peligro.

Esa percepción de la distancia de rescate pasa de madres a hijas:

¿Por qué las madres hacen eso?

¿Qué cosa?

Lo de ir por delante de lo que podría ocurrir, lo de la distancia de rescate.

Es porque tarde o temprano sucederá algo terrible. Mi abuela se lo hizo saber a mi madre, toda su infancia, mi madre me lo hizo saber a mí, toda mi infancia, a mí me toca ocuparme de Nina.

Que sucederá —o ha sucedido ya— algo terrible queda patente ya al inicio del diálogo entre Amanda y el niño. Ella está enferma, en un hospital o clínica. Él quiere que ella recuerde un momento en concreto, el momento en que todo se perdió. Y vamos revisando esos días en la casa en medio del campo, rodeada de una naturaleza tan hermosa como amenazadora, adulterada por la mano humana. Ella trata de recordar pero le cuesta, quizás por su enfermedad, por el tratamiento que recibe o por el miedo que nos deja caer ya en la página tres:

Pero voy a morirme en pocas horas, va a pasar eso, ¿no? Es extraño que esté tan tranquila. Porque aunque no me lo digas, yo ya lo sé, y sin embargo es algo imposible de decirse a sí mismo.

Así, con afirmaciones como estas, Schweblin te obliga a seguir leyendo y girando páginas a toda velocidad para entender, para saber quiénes son esa mujer y ese niño que la interroga, dónde están encerrados, y por qué la mujer tiene la certeza de que le quedan unas horas de vida.

En las siguientes páginas parece que hemos salido de ese lugar cerrado y nos trasladamos al pasado, a lo que Amanda recuerda, aunque se sigue narrando en primera persona y en un tiempo verbal presente que da una textura cinematográfica a esta novela. Vemos lo que pasa, estamos ahí ahora. Pero cuando creemos que hay salida, que la distancia de rescate está todavía intacta, las preguntas del niño (escritas en una cursiva que suena casi a voz en off en la cabeza de la agonizante Amanda), nos recuerdan que lo que está pasando ya ha pasado y que, aunque parezca que hay escapatoria, no la hay.

Caballos (1904), Fernando Fader

Internet me dice que Samanta Schweblin (Buenos Aires, 1978) tuvo serias desavenencias con el lenguaje en su niñez:

A mí me frustraba mucho el lenguaje. Me fastidiaba la distancia que había entre lo que yo quería hacer, transmitir, y que finalmente llegaba al otro.

Esta especie de teléfono roto (o teléfono descompuesto, como se dice en Argentina) que percibía la Schweblin de 12 años en sus conversaciones con los otros, hizo que dejara de hablar. Por suerte para todos los amantes de los libros, la terapia y la literatura la reconciliaron con el lenguaje:


La literatura me dio la oportunidad de poder manipular el lenguaje con una pinza casi científica, aunque tome días, meses, años para decir exactamente lo que quiero decir.

Y es curiosa esta afirmación. Porque si bien es cierto que en Distancia de rescate el lenguaje es preciso, directo y minimalista, compone párrafo a párrafo una novela compacta que, sin embargo, permite interpretaciones varias. Seguro que Schweblin ha dicho lo que quería decir. Pero entra en escena la lectora, el lector: la persona que lee el texto. Que lo procesa e interpreta de acuerdo con sus propias experiencias vitales, con su bagaje cultural, con la situación anímica en la que se encuentra en el momento de la lectura, quizás haciendo la digestión de una deliciosa y especiada comida india. Y lo que entiende esa persona no tiene por qué ser lo que quería decir la autora.

Porque estés o no de acuerdo con Barthes y su teoría de la «muerte del autor», es innegable que el texto literario ya convertido en libro adquiere una independencia, una nueva vida que queda fuera de control del autor. El autor pierde la distancia de rescate, se corta el cordón umbilical: el texto es libre (libro, libre) y es una obra diferente para cada lector. Porque, afortunadamente, la literatura no viene con un manual de instrucciones en el que el autor te va explicando lo que tienes que entender o sentir en cada página.

Así que es interesante que una persona preocupada por transmitir de manera precisa un mensaje, eligiera el camino de la literatura. Se me ocurren carreras más adecuadas, hablando de precisión. Como la escritura de textos académicos. O de prospectos de medicamentos, que exigen exactitud y deben evitar la ambigüedad —en teoría: otra cosa es que lo consigan—. Pero no te confundas. El libro me ha gustado, y mucho, y me alegro de que Schweblin no se haya dedicado a describir los efectos secundarios del paracetamol. Porque hagas la lectura que hagas de este libro, seguro que te transmite ese dolor, ese desasosiego que vive la protagonista tan y como la autora quiso plasmarlo.

Es difícil enmarcar Distancia de rescate en un género: juega con el terror y la literatura fantástica. Pero da mucho más miedo, porque lo sitúa todo en un contexto real, con el tema de la maternidad y con un trasfondo de crítica medioambiental que nos toca muy de cerca. Son cosas que pueden pasar. Que están pasando. Y por eso resulta tan inquietante.

Más información:

7 comentarios en “Distancia de rescate — Samanta Schweblin”

  1. Sorprendente lo que cuentas de la autora y el lenguaje. Es verdad que hay otros campos donde la precisión del lenguaje es mayor, pero si se trata de transmitir emociones la literatura no tiene rival. Muy de acuerdo con que el sentido de un texto varía según quien lo lee, perdida la distancia de rescate con su autor como dices tan oportunamente XD Genial la entrada. Gracias por el link a mi reseña. Saludos 🙂

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  2. Excelente reseña de uno de los libros imprescindibles de la literatura contemporánea en castellano (desde mi humilde punto de vista). Me encantó este libro y al mismo tiempo me perturbó como pocos. Me pasó algo parecido a ti en mi percepción de madre. Mientras lo leía sabía que en pocos días iba a separarme de mi hijo porque era verano y se marcharía unos días con los abuelos. Esa separación, que normalmente ya llevo muy mal las pocas veces que sucede, se incrementó motivada por esta lectura. Pocos libros consiguen eso, entrar de esa manera en tu cabeza, por eso (y por otras razones) esta novela es especial. Muchas gracias por la mención a mi blog. Un abrazo.

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    1. Te entiendo perfectamente. Creo que lo que hace muy bien Samanta Schweblin es describir y señalar esos sentimientos y emociones que las madres conocemos bien. Es como cuando alguien te dice algo de ti que tú ya sabes, pero la perspectiva exterior lo refuerza y/o magnifica.
      Me he guardado un par de libros más de los que mencionas en el link, tienen muy buena pinta. Gracias a ti por esa recopilación 🙂

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  3. “Distancia de rescate”, quería decir. Es curioso observar los parques infantiles. Si los niños son muy pequeños los padres están al lado, casi agarrándolos todo el tiempo, pero conforme van creciendo ya los padres se sientan en los bancos y los observan con un poco más de distancia hasta que llega el momento, próximo a jubilarse del parque, en el que “voy a dar un paseito por aquí cerca y luego te recojo” (y la madre pasea pero por sitios desde los que puede seguir viéndolos).

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    1. Esto depende mucho de cada padre o madre, creo yo. Los hay que tienen el hilo más elástico, más flexible. Yo creo que mis hijos podrían tener 40 años y vivir en la otra punta del mundo y aún notaría los tironcitos del hilo 😉

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