Pompoko

Ah, Tokio. El cruce del barrio de Shibuya y los ríos de gente que se lanzan a atravesar a todas horas sus cinco pasos de cebra. A poco metros, la estatua de Hachiko, el perro fiel de Richard Gere que estuvo esperando durante años a su dueño muerto. El tren bala que te saca de la ciudad en el tiempo que te lleva recitar un haiku. Las escaleras rojas de Your Name. Los neones de las calles en Lost in Translation. Los dorayakis de Doraemon.

Lo has adivinado, no he estado en Tokio (todavía). Pero no se puede negar que es una ciudad de esas que te acaba resultando muy familiar a golpe de película y de libro, especialmente si te gustan el anime y el manga.

Pompoko (1994) es el noveno largometraje de animación del Studio Ghibli, dirigido por Isao Takahata (1935-2018). Aunque no es una de las películas que primero te vienen a la cabeza al pensar en Hayao Miyazaki (léase Chihiro, Mononoke, Totoro, Howl, etc), he pasado dos horas muy entretenidas en compañía de los tanuki, unos perros mapache japoneses que habitan las afueras del Tokio de los 90.

La película empieza como una cinta de animación de aire infantil, con los tanuki dibujados de manera realista que recorren los paisajes idílicos típicos de Ghibli, esos en los que te gustaría pasar mucho más tiempo. La vida de estos tanuki se va complicando a medida que la gran ciudad, Tokio, va creciendo y engullendo los bosques y granjas que la rodean. Los animales tienen cada vez más difícil el acceso a la comida y se van quedando sin espacio.

Es entonces cuando empezamos a conocer mejor a los tanuki, que dejan de ser realistas para convertirse en una especie de ositos antropomórficos que hablan, se reúnen en asambleas y discuten cuáles son sus opciones para tratar de paralizar la construcción de una urbanización que está acabando con sus bosques y montañas.

Pero pronto se desvanece el aire dulce (tirando a Disney) de estos animalitos. Porque su plan para detener las obras incluye provocar accidentes que acaban con la vida de varios obreros que trabajaban en la construcción. Cuando, viendo las noticias, se confirman los homicidios, intentan ponerse serios y guardar un minuto de silencio. Pero no lo consiguen. Pronto estalla la alegría: ríen y bailan y celebran sus acciones, creyendo que esas muertes servirán para cesar la urbanización.

Pero no. Los obreros muertos son reemplazados por otros y la destrucción del entorno prosigue. Sus maquinaciones y esfuerzos para conseguir detener el avance de los humanos y su cemento son el motor que impulsa la trama de Pompoko hacia adelante.

Esta fábula ecologista tiene casi 30 años, pero lamentablemente su mensaje sigue muy vivo. Cada año seguimos perdiendo muchas más hectáreas de bosque de las que se ganan con las diversas acciones de reforestación. Deberíamos seguir el ejemplo de los tanuki y tomarnos el problema de todo lo que le estamos haciendo al planeta tan en serio como ellos.

Volviendo a la película de Takahata, si algo llama la atención —y contribuye mucho a hacerla inolvidable— son los testículos de los tanuki. Sí, lo has leído bien. Hagamos una pausa para explicar esto como lo merece.

Los testículos los ves ya en cuanto los tanuki antropomórficos entran en escena. Y llaman la atención: estamos acostumbrados a que los animales animados del cine y la TV no presenten dimorfismo sexual —más allá de unas pestañas más largas y rizadas en el caso de las hembras—. Así que te fijas. E intuyes que están ahí para algo. Y, créeme, no me imaginaba que les pudieran sacar tanto partido.

Un poco de contexto antes de seguir: el título original de esta cinta es Heisei Tanuki Gassen Ponpoko: me dice Internet que significa algo así como «la batalla Pompoko de los tanuki en la era Heisei». La era Heisei se corresponde con el reinado de Akihito, el actual emperador emérito de Japón. Ya sabemos que tanuki significa perro mapache (que, por cierto, no es un mapache, sino un cánido, como los lobos, los zorros y los perros). Y ponpoko es una onomatopeya: deriva del ruido que, según las leyendas, los tanuki hacían al golpearse las barrigas para espantar a los caminantes.

Siguiendo con las leyendas y cuentos tradicionales, parece ser que los tanuki eran representados como unos seres traviesos y un poco inocentes que tenían una habilidad fantástica: la de transformarse en otros seres u objetos. El origen de este superpoder estaba en sus testículos.

¿Y por qué ahí precisamente?

Pues Internet me sigue informando: al parecer, los orfebres utilizaban pieles de tanuki para envolver el oro antes de golpearlo para conseguir láminas lo más finas posibles. La piel que necesitaban debía ser muy elástica para que pudiera estirarse lo necesario para dejar el oro fino como un papel. Y la elegida fue la piel del escroto, de la que se decía que podía llegar a extenderse metros y metros. Debido a estas propiedades elásticas y al parecido de las palabras japoneses para bola de oro (kin no tama) y testículos (kintama), la asociación de los testículos de los tanuki con la abundancia quedó establecida. Y se empezaron a vender imágenes de tanuki como amuletos de la suerte.

Grabado de 1881 (Fuente)

Eso ya derivó en la atribución superpoderes a esta parte de la anatomía de los tanuki. En Pompoko podemos apreciar la gran elasticidad de esta piel, especialmente en las escenas en que los tanuki se enfrentan a la policía y llegan a la zona volando en unos paracaídas formados con… Ya lo sabes.

Pero es su capacidad para convertirse en lo que sea lo que da poder a estos animales. Pueden convertirse en humanos y vivir entre ellos. O en fantasmas para espantarlos. En lo que ellos quieran. No todos tienen el poder, pero los que sí lo poseen son los que se enfrentan a la destrucción que provocamos los humanos.

Hace poco hablaba aquí de Wes Anderson. Viendo el cine del Studio Ghibli, no queda ninguna duda de que Anderson es fan y seguidor de Miyazaki y los suyos. Muchas escenas me han parecido muy wesandersonescas, solo que es al revés. Primero estaba Ghibli y luego llegó Wes Anderson. Isle of Dogs (2018), por ejemplo, no solo comparte el enfoque en la degradación del medio ambiente con Pompoko: tenemos también los animales antropomórficos y muchos detalles que recuerdan al director de Texas, como la atención al detalle, la visión de la naturaleza, las listas, los planos cenitales, el diálogo a veces disperso o absurdo de los personajes. Por ejemplo, en una escena de Pompoko los tanuki están hablando de un tema serio, un golpe de estado, cuando de repente la conversación deriva hacia la mejor manera de cocinar un ratón.

Sorprende que Pompoko sea del mismo director que La tumba de las luciérnagas (1988), la que siempre suele aparecer entre las listas de las películas más tristes de la historia. O que la lírica y mágica El cuento de la Princesa Kaguya (2013). Quizás no esté a la altura de esas dos, pero es una película que me ha parecido divertida y entrañable, y que te hace reflexionar sobre la necesidad de que nos pongamos de acuerdo de una vez para dejar de torturar al planeta. Que cada vez tenemos menos tiempo, cojones testículos.

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