Art and Craft (2014)

En Lágrimas en la lluvia (Rosa Montero, 2011), ambientada en el Madrid del año 2109, el mundo del arte es bastante peculiar. Las obras que más valor tienen son «los falsos», falsificaciones que valen más que los originales. El motivo de su alto valor es que deben ser obras tan perfectas como para engañar a todos los expertos del mundillo: galeristas, compradores, críticos de arte, etc. En la novela, los coleccionistas acuden a subasta de arte, pujando con la esperanza de que las obras adquiridas acaben revelándose como falsas.

Le irritaba el fenómeno de los falsos, que eran la última moda dentro del arte plástico. Críticos y pedantes y estetas delirantes habían decretado que la impostura era la manifestación artística más pura y radical de la modernidad, la vanguardia del siglo XXII. Los artistas más cotizados del momento eran todos los falsificadores de éxito cuyas obras pasaron por auténticas durante cierto tiempo. 

Mark Landis, el protagonista del documental Art and Craft, sería un artista admirado y millonario en el 2109.

Art and Craft (2014) sigue la historia de Landis, que se hizo famoso hace unos años por colocar una gran cantidad de falsificaciones en museos de Estados Unidos.

Pero Mark Landis no es un falsificador más, que eso no merecería tanta atención. Falsificadores existen desde que el arte se llama arte. La peculiaridad de Landis es que no cobraba un centavo por dejar las obras en los museos. Las donaba, elaborando cuidadosamente la historia tras la pintura en cuestión: cómo había llegado a manos de su familia y por qué deseaba donarla al museo.

De Art and Craft me gustaron varias cosas. La primera, conocer a Landis. Si se rodara una película sobre su vida, el actor perfecto para darle vida sería John Malkovich. Es un hombre muy pálido, con orejas de soplillo, de apariencia frágil y enfermiza, y que parece mayor de los casi sesenta que tenía durante el rodaje.

En el documental nos cuentan que Landis tuvo una infancia atípica. Su padre era oficial de la Marina estadounidense y pasaron varios años viajando por Europa. En esos viajes visitaba museos con su madre, mientras su padre trabajaba, y así entró el arte en su vida.

Ya de vuelta en Estados Unidos, su padre enfermó y murió cuando él tenía diecisiete años. El desconsolado Landis sufrió un ataque de nervios y acabó ingresado durante casi dos años en un hospital psiquiátrico, con el diagnóstico de esquizofrenia, de trastorno paranoico y de personalidad y de catatonia. Más recientemente, los especialistas apuntan a un trastorno bipolar.

Otro elemento que le marcó fue la televisión. De niño la veía muchas horas, mientras sus padres hacían vida social. Me recordó aquella serie de los 90, Dream On (Sigue soñando), en la que el protagonista crecía prácticamente criado por una TV. Ya de adulto, sus pensamientos y emociones aparecían como escenas de las películas de los 50 que le habían enseñado cómo es la vida. Algo parecido le ocurre a Landis, como veremos.

El segundo punto que me llamó la atención de Art and Craft del documental es la figura de Matthew Leininger, Jefe del Registro del Museo de Cincinatti. Fue una de las víctimas de los engaños de Landis. Leininger perdió su empleo tiempo después de aceptar una de las donaciones falsificadas de Landis, pero no fue despedido por ese error, sino porque se obsesionó con atrapar y detener al escurridizo falsificador, hasta el punto de que hacía sus pesquisas en tiempo de trabajo.

El documental deja ver la pasión que Leininger le pone a la persecución. Se nota que se ha metido —hasta las trancas— en el papel de un detective, cual Tom Hanks persiguiendo a Leonardo di Caprio en Atrápame si puedes. Si la obsesión de Leininger no hubiera entrado en escena, es posible que Landis aún siguiera recorriendo el país museo a museo, falsificación a falsificación.

El otro gran atractivo de esta cinta es, por supuesto, su foco en la motivación de Landis para hacer lo que hacía. Porque aunque estuvo entregando falsificaciones a museos, nunca cobró por ninguna de las obras. Él dibujaba desde niño, copiando lo que veía en folletos de los museos que habían visitado. Pero en la institución psiquiátrica, donde se impartía un taller de arte como parte de la terapia, descubrió que tenía un don para el dibujo. Era capaz de copiar a la perfección las obras maestras que veía en sus libros y catálogos de museos.

Tras recibir el alta, se formó en fotografía, pero le decepcionó y abandonó el curso. Después, se matriculó en el San Francisco Art Institute, aunque también acabó dejando los estudios, frustrado por el foco en el arte abstracto, que no le interesaba. En esa etapa, Landis empezó a moverse en los círculos del mercado del arte, comprando y vendiendo cuadros, hasta que llegó a montar su propia galería de arte. Pero fracasó y perdió todo su dinero, con lo que se vio obligado a volver a Laurel, Mississipi, donde vivía su madre.

Ante de mudarse, probó algo nuevo. Acudió a un museo y donó un cuadro del impresionista Maynard Dixon. Solo que era falso, un Dixon de Mark Landis. Pero coló y, al volver con su madre, le enseño la carta de agradecimiento del museo. Ella estaba orgullosa. No sabía que su hijo había falsificado el cuadro. Y lo que sintió Landis fue eléctrico, una revelación. Había encontrado su propósito en la vida: ser un filántropo. Un falso filántropo.

Have you ever been treated like royalty? Let me tell you, it’s pretty good.

Mark Landis, en Art and Craft

Le gustaba el trato que recibía en los museos, como si fuera un miembro de la realeza. Porque el acto de copiar el cuadro, de hacer una falsificación lo suficientemente buena, no era lo que más le llenaba. De hecho, pese a que Landis es un dibujante excepcional, con el tiempo llegó a simplificar el trabajo de copia con métodos que pueden sonar burdos. Hacía fotocopias, que luego coloreaba utilizando medios que no se ajustaban a la época que estaba intentando utilizar, como rotuladores para algunos detalles. Envejecía las obras acabadas con té o café. Aunque el resultado engañaba a simple vista, en cuanto surgía la duda y se realizaba algún test en la pieza, se descubría el pastel.

Pero el truco de Landis era la puesta en escena. La creación del personaje que sería al llegar al museo. Con frecuencia era un sacerdote, un jesuita de buena familia que se presentaba a la cita en su Cadillac granate, contando la historia de una hermana muerta que había decidido donar obras al museo. Falsificaba también cartas familiares y documentos del cuadro. Cuidaba los detalles. A los responsables del museo les chocaba un poco su aspecto endeble, enfermizo, y sus maneras educadas pero algo peculiares. No obstante, peculiar es una adjetivo común en el mundo del arte. Y Landis es muy inteligente y tiene un conocimiento enciclopédico de la historia del arte, con lo que sus interlocutores acababan mordiendo el anzuelo. La daban ese trato VIP que le encantaba. No cobraba nada, pero a veces le obsequiaban con una comida, o con regalos. Vamos, que se divertía muchísimo.

Landis se convirtió en adicto y estuvo haciendo estas singulares donaciones durante tres décadas. Lo hizo a lo largo y ancho de su país, llegando a colocar obras en 46 museos de veinte de los cincuenta estados. En algunos casos, los cuadros llegaron a exhibirse y no se retiraron hasta que se destapó el pastel.

Viendo el documental, entiendes por qué lo hizo. Entiendes que, aunque prometió dejar de hacerlo, le va a costar. Su madre murió en 2010 y él se quedó solo en un piso caótico, lleno de arte y enseres relacionados, con la tele en marcha incluso cuando trabaja en sus cuadros.

De la televisión, del cine, Landis aprendió todo lo necesario para llegar a ser lo que fue. De niño, admiraba la vida de los mecenas en las películas. Aprendió cómo comportarse como un cura. Aprendió a fumar, porque en las películas de antes los protagonistas fumaban cuando necesitaban calmarse. Afirma que ha vivido siempre de acuerdo con los valores de El Santo, aquella serie de los 60 protagonizada por Roger Moore en la que encarnaba a Simon Templar, un aventurero inspirado en Robin Hood.

Del cine (de una película de Charlie Chan de los 30) saca también la frase que resume su motivación:

La necesidad es la madre de la invención y, a veces, la madrastra del engaño.

La soledad, la necesidad de sentirse útil y utilizar lo que consideraba su don, de impresionar a su madre, de conseguir el respeto y el afecto de otros y de encontrar un propósito, junto con su atracción por el mundo del arte y el placer que encontró en sus montajes, le llevaron a seguir esa carrera tan particular.

Surge la pregunta de si lo que hace Landis es arte o no. Él se considera un artesano, con las habilidades necesarias para producir en cadena dibujos y cuadros. Pero acabas el documental pensando que, en realidad, Landis es un artista de la performance. Es en el acto de la entrega del cuadro en el museo donde se aprecia el resultado final: la mezcla de sus indudables habilidades artísticas, sus experiencias vitales, la influencia cultural del cine y la TV, sus conocimientos sobre el arte. No hay aplausos al final de su actuación: el resultado final, si consigue su objetivo de engañar, es el calor humano del agradecimiento, el reconocimiento.

En inglés, una palabra para denominar a un estafador o embaucador es con artist: con, palabra que viene de confidence, confianza. Es decir, un artista en el campo de ganar la confianza de los otros. Me parece muy acertado el uso de la palabra artista en este contexto, volviendo a la novela de Rosa Montero. En este sentido, Mark Landis encajaría en el molde de artista.

Otra cosa sería hablar de qué es arte y qué no lo es, tema también para la reflexión tras ver este documental. Pero no me voy a meter en ese jardín.

Más información:

  • Tras el rodaje del documental, Landis se convirtió en una celebridad local. Un grupo de amigos se encargó de crearle una página web (que, curiosamente, se llama Mark Landis Original) desde la que se le pueden encargar dibujos y cuadros, esta vez originales.
  • Imagen destacada de Wikipedia.
  • En esta web se pueden ver algunas de las obras falsas y una de las cartas que Landis enviaba a los museos.
  • Art and Craft esta disponible en España en Filmin.

4 comentarios en “Art and Craft (2014)”

  1. Que interesante historia. No conocía a este personaje tan peculiar. Con ese talento, Landis podría haber conseguido un prestigio impresionante y el reconocimiento que buscaba haciendo retratos a partir de fotografías, por ejemplo, que a mi me parece que tiene menos dificultad que copiando del natural. Para hacer lo que hacía debía dominar las distintas técnicas de forma asombrosa. Alucinante.

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    1. Es tan complicado conseguir el reconocimiento en el mundo del arte (incluso con talento), que quizás vio más fácil el camino de esa filantropía fraudulenta, quién sabe. Gracias por comentar 🙂

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    1. Los museos se quedan en evidencia en el documental. Los cuadros dan el pego a simple vista (es capaz de hacer, además de copias, buenos «originales» imitando el estilo del artista), pero no superan el análisis de un experto. El problema (o la suerte de Landis) es que la mayoría creían la historia y no analizaban la obra. En muchos casos, solo con olisquearlas habrían notado el olor al café utilizado para envejecerlas 🙂

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