Talking Heads, la serie

He leído esta semana la noticia de que un comprador anónimo adquirió un pequeño cuenco en un mercadillo que ha resultado ser una pieza de la dinastía Ming.

Le costó 35 dólares. Se va a subastar en Sotheby’s de Nueva York y se ha estimado que puede alcanzar los 500.000 dólares.

¿Qué es lo primero que te viene a la cabeza al leer esto? Yo solo pienso en el vendedor. En esa persona que colocó este bol en un tenderete frente a su casa (tras sacarlo de su aparador, o de su cocina, de la casa de su difunta abuela) y lo vendió por esos 35 dólares. No es una cantidad despreciable. Casi 30 € al cambio para un cuenco de segunda mano del tamaño de un bol de cereales. El tipo debió pensar que valía algo, o porque parecía antiguo y bonito, o quizás tenía valor sentimental porque lo heredó de su abuela. Porque no lo regaló. Tal vez pensó, después de coger el dinero y entregar el cuenco, que había hecho un buen negocio. Que cada vez se le daban mejor eso del mercadeo de trastos viejos.

Porque sabemos, además, que el comprador no se molestó en regatear. Pagó, se fue con su cuenco a casa, le hizo unas fotos y las envió directamente a Sotheby’s, ya que esa tinta azul y ese diseño floral le hicieron pensar que quizás había hecho la mejor compra de su vida.

El cuenco en cuestión. Tienen que ser de pulso firme, estos de Sotheby’s.

Tiempo después, cuando el vendedor ya ni debía recordar en qué había gastado esos 35 dólares, escuchó o vio la noticia por ahí. O peor, algún familiar o amigo la leyó en la pantalla de su móvil y le dijo «oye, ¿tú no tenías un cuenco como este?», señalando la foto del objeto en manos del empleado de Sotheby’s. Imagina el calor que debió sentir en la cara, la sensación de opresión en la boca del estómago. El cerebro intentando negar que fuera su cuenco—si será por cuencos en Estados Unidos—, las manos arrebatando el móvil a quien se lo enseñaba, los ojos buscando evidencias en el texto, saltando de párrafo en párrafo, hasta leer el lugar donde había sido comprado: New Haven, Connecticut. En un mercadillo de garaje: su garaje.

Lo que me hizo pensar en un capítulo de Talking Heads.

Talking Heads, escrita por Alan Bennett

Talking Heads es una serie de monólogos escritos para la TV por el dramaturgo y novelista inglés Alan Bennett (Leeds, 1934).

La serie se emitió originalmente en la BBC en 1988. Diez años más tarde, en el 98, se emitió la segunda temporada.

En 2020 se grabó y emitió la tercera temporada, diez remakes de los episodios originales y dos episodios adicionales que Bennett escribió en 2019. Parece que el confinamiento dio la idea a los productores, ya que cada episodio es un monólogo, con lo que resultaba viable rodarla cumpliendo con las restricciones impuestas por el gobierno debido a la crisis sanitaria. Cada actor o actriz rodó su episodio con un pequeño equipo de rodaje en los decorados temporalmente abandonados de la telenovela británica EastEnders.

En cada episodio, de entre 30 y 40 minutos, vemos cómo su protagonista se va dejando conocer poco a poco, a través de los detalles de su vida con los que va salpicando su narración de hechos cotidianos. En todas las historias hay toques de humor e ironía, aunque en algunas de ellas hay giros que hacen que la sonrisa se acabe retorciendo en un gesto de espanto.

El punto de partida de la serie es precisamente ese: los secretos oscuros que la gente común puede ocultar tras una fachada de lo más normalucha y respetable.

La serie ha contado con un reparto espléndido: Jodie Comer, Monica Dolan, Martin Freeman, Tasmin Greig, Sarah Lancashire, Leslie Manville, Lucian Msamati, Maxine Peake, Rochenda Sandall, Kristin Scott Thomas, Imelda Staunton y Harriet Walter.

Todos valen la pena, pero hablaré del que ya he destripado con la historia del cuenco. En «The Hand of God» («La mano de Dios», sin ninguna relación con el mundo del fútbol), Kristin Scott Thomas es Celia, una anticuaria muy pagada de sí misma que desvela sus estrategias para conseguir muebles y objetos a buen precio. Básicamente es un ave carroñera que revolotea alrededor de las casas de frágiles ancianos pudientes, haciéndose amiga de ellos con el único objetivo de estar cerca cuando mueran y ofrecer ayuda a sus herederos para vaciar su casa de muebles y enseres varios pagando por ellos un módico precio.

Sin embargo, no siempre le sale bien. La última difunta, poseedora de una colección de antigüedades que hacían babear a Celia, legó sus bienes a una pariente lejana que no quiso venderle los muebles. No obstante, en agradecimiento por el cariño que demostró por la finada, le regaló una caja con unas cuantas baratijas.

Lo que viene a continuación te lo puedes imaginar: pone las baratijas a la venta y resulta que una de ellas vale mucho. Muchísimo más de lo que la altiva, ufana y supuestamente experta anticuaria había pedido por ella.

La cara de Kristin Scott Thomas cuando se entera lo dice todo.

En resumen, la serie vale la pena. Aunque las historias originales son de los 80 y 90, creo que son temas que mantienen aún hoy el interés y, en algunos casos, la sorpresa cuando se revela el lado oculto del personaje. Volver a rescatar justo ahora—en estos tiempos de confinamiento—estas historias de personajes que hablan a la cámara desde la soledad, entre las cuatro paredes de sus casas, hace que el espectador sienta mucho más cerca las historias que nos cuentan. Todo un acierto de la BBC.

Talking Heads está disponible en España en Filmin.

PD: quizás has llegado a esta entrada creyendo que hablaría de Talking Heads, el grupo. No pensaba hacerlo, pero, para no decepcionar a nadie, dejo aquí un enlace a Reasons to be cheerful (Razones para estar contentos), la página web con buenas noticias que David Byrne (líder de Talking Heads) creo para contrarrestar el efecto negativo de las noticias a las que estamos expuestos todos los días. Y la idea se le ocurrió en septiembre de 2019, en la era precoronavirus. Un visionario. Al contrario que el tipo que vendió el cuenco chino.

Más información:

  • Imágenes detalladas del cuenco de la dinastía Ming en la web de Sotheby’s, por si quieres comprobar si tienes uno igual.
  • Imagen destacada de Talking Heads de Amazon.

3 comentarios en “Talking Heads, la serie”

  1. Pobrecillo el del cuenco. Puedo imaginarme que siente lo mismo que yo cuando compré unas botas y las vi muy rebajadas al día siguiente. Eso multiplicado por mil. Aunque pienso que el comprador fijo que entendía, porque si no ¿cómo se le iba a ocurrir mandar eso a una casa de subastas?.
    Está genial el asunto de las buenas noticias. Creo que muchos nos hemos preguntado por qué los periódicos y noticiarios se centran casi siempre en dar más noticias malas que buenas (porque no es sólo ahora con el coronavirus, es de siempre) con lo que siempre acabas con la sensación de lo mal que está el mundo (que es mejorable, pero que creo que se ha avanzado para bien en muchísimas cosas). Y ya no hablamos de las exageraciones en los titulares con palabras dramáticas. Y todo eso influye en nuestro miedo (a viajar solos, a confiar en desconocidos, etc. )

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    1. Buena comparativa esa de las rebajas, te da una idea de lo que se debe sentir 🙂 Respecto a las noticias, lo cierto es que las malas venden más y no solo ahora, como dices. Un saludo y gracias por comentar.

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