El recuerdo de Marnie: ¿nos mudamos?

Estoy pensando en mudarme a un fondo del Studio Ghibli. No para vivir en primer plano, eso lo dejo para los que gustan de chupar cámara. Yo me veo más paseando por esos segundos planos tan detallados, cargados de objetos que complementan la historia que nos están contando.

Los segundos planos de Ghibli se van a veces por las ramas y nos narran su propia historia. Como en El recuerdo de Marnie (2014), cuando la protagonista llega a la casa unos parientes de su madre adoptiva, Setsu y Kiyomasa Oiwa Va a pasar un tiempo allí y se aloja en la habitación de su hija, de la que solo nos cuentan que vive en Tokio, donde trabaja como profesora de yoga.

Imagen: Studio Ghibli

Anna entra en la habitación. Mientras ella comenta que la casa huele diferente, a la casa de otros, la habitación empieza a describirnos en silencio a esa “otra” ausente. Mi dueña —nos dice—ama la naturaleza y elige tonos tierra y verdes, buscando replicar el paisaje aquí dentro. Habrás notado el tronco que hace de estructura de cama y de perchero a la vez. Y las fibras naturales de la lámpara de mimbre. Le gusta lo exótico: el kilim, un toque de la India en el puf. Le gusta la música, ¿ves su equipo en la estantería? No le gusta mucho leer. Tiene una pila de libros, pero no te confundas, son apuntes y libros de texto. Le gustan las velas y decorar con objetos de cristal de colores, sobre todo rosas y azules, a juego con la lámpara de vitral del escritorio.

La dueña de la habitación ha salido a sus padres, los Oiwa. Dos espíritus libres que viven en una casa en las afueras de la ciudad, rodeados de naturaleza. En cuanto recogen a Anna en la estación y la llevan a su coche, sabemos que no son personas preocupadas por las apariencias ni por las necesidades mundanas de gran parte de la sociedad moderna.

Las cuatro plazas, bien aprovechadas. Imagen: Studio Ghibli

En el coche —una de esas mini furgonetas japonesas, estrechas y altas— no cabe nada más. Anna está asustada, esto no tiene nada que ver con su vida ordenada en la gran ciudad. Pero mira la cara de los Oiwa: dos personas felices.

Imagen: Studio Ghibli

Aquí vemos a Setsu cocinando con Anna. Me encanta esa cocina, toda hecha de madera. En la imagen no se ve, pero enfrente de los fogones hay un ventanal que va de un lado a otro de la habitación. Bajo la ventana, un estante lleno de plantas y botes de cristal con especias y conservas preparadas por Setsu. Por todos los rincones hay cacharros de cocina: platos, sartenes, coladores, cubiertos, etc.

Yo también quiero pasar una temporada con los Oiwa. Imagen: Studio Ghibli

La casa refleja la personalidad de sus dueños, dos personas de vida relajada, centrados en el cuidado de su huerto y de su casa. Es una casa singular, posiblemente construida por los Oiwa, que lleva el sello de ambos en cada detalle. Sobre todo vemos la firma de Kiyomasa, una mezcla de carpintero y artista que hace de todo: desde barandillas hechas con troncos hasta el móvil de viento que nos enseña, orgulloso, en la siguiente imagen.

Si es que no se puede ser más feliz. Imagen: Studio Ghibli

Y aunque te estoy hablando sobre todo de la casa de los Oiwa (porque es a donde quiero mudarme), en El recuerdo de Marnie hay mucho más arte en segundo plano del que disfrutar.

Imagen: Studio Ghibli

Está, por supuesto, el pantano y la mansión, con el ventanal en el que Anna ve a Marnie por primera vez.

Imagen: Studio Ghibli

Más adelante en la película veremos el interior de la mansión, con un dibujo muy detallado que desvela que estamos ante unos propietarios muy diferentes de los Oiwa: aquí hay dinero y mundanidad a espuertas.

Imagen: Studio Ghibli

Marnie, no obstante, se nos muestra pronto como alguien con intereses distintos al del resto de su familia, ya que en cuanto puede se quita los lazos y los zapatos y corre con Anna por los alrededores del pantano.

Una playa desierta. No necesito nada más, me quiero mudar. Imagen: Studio Ghibli

El recuerdo de Marnie vale la pena por muchas razones. La historia de Anna, el viaje de autodescubrimiento que aquí no te estoy contando es, por supuesto, el plato fuerte de esta película del Studio Ghibli —que, cuando escribo esto, está disponible en Netflix, al menos en España—.

Pero, como ocurre con tantas otras películas de este estudio, también vale la pena solo para disfrutar del arte de esos segundos planos, tan llenos de detalle que a mí, muchas veces, me obligan a parar la película y volver atrás para apreciar mejor el mensaje complementario que trasmiten esos escenarios, tan particulares de Miyazaki y su equipo. Hay cientos de detalles que descubrir. Tantos, que cada vez que vuelves a ver una de sus películas, encontrarás alguno nuevo. Aunque la historia sea más o menos sencilla, la cantidad de información que recibes del diseño de los escenarios es densa. Y está abierta a interpretación: lo que te he contado arriba acerca de la hija ausente de los Oiwa posiblemente será diferente de lo que tú veas al recorrer la misma habitación con Anna por primera vez. Porque cada objeto, cada detalle, aporta a la historia una carga metafórica y simbólica que el espectador interpreta de acuerdo con lo que transmite el guión de la cinta pero también con su bagaje personal, de forma subjetiva.

Espero que te animes a ver El recuerdo de Marnie, si no la has visto ya. Por mi parte, como la mudanza parece difícil (salvo que consiga imitar a Morten Harket en el vídeo de Take on me), me he descargado un fondo de escritorio de las imágenes que el Studio Ghibli compartió hace unas semanas y que pueden ser descargadas y utilizadas gratis (con sentido común, nos dicen, no para fines comerciales). También descargué algunos fondos para videollamadas que el estudio compartió ya durante el confinamiento, al extenderse el uso de Zoom.

Y nada más por hoy. ¿Nos vemos un día de estos en la casa de los Oiwa?

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