No suelo hablar mucho de poesía por aquí, porque leo poca. Y no es que no me guste, pero la cabra siempre tira al monte (y mucho más aún cuando el tiempo escasea). El monte de esta cabra son las novelas, o los libros de relatos. De vez en cuando, entre una cosa y otra, cae algún poema. Y ya es pobre la excusa del tiempo, porque un soneto como «Ozymandias», de Percy Byssche Shelley ocupa lo que un microrrelato: poco más de cien palabras.
Seguro que sabes que Percy Byssche Shelley (1792-1822) fue el consorte de la gran Mary Shelley, la escritora que con solo diecinueve años concibió una de las historias de terror más célebres de la literatura: Frankenstein o el Moderno Prometeo (1818). Y también sabes que fue uno de los poetas más célebres del Romanticismo, amigo de Lord Byron y John Keats. Al igual que estos últimos, Shelley dejó un cadáver joven. Al morir con 29 años, quedó posicionado entre Keats (25) y Byron (36), si bien nuestro hombre fue el que tuvo la muerte más romántica de los tres. En lugar de sucumbir a una enfermedad, Shelley decidió salir a navegar con un par de amigos en su nuevo velero llamado Don Juan el día 8 de julio de 1822. Zarparon desde Livorno en dirección a Lerici en aguas del Golfo de la Spezia y la navegación se complicó debido a la entrada en escena de una tormenta de verano, que acabó siendo fatal dada la inexperiencia de los marineros. Su cuerpo no apareció hasta varios días más tarde, así que te puedes imaginar que lo de dejar un bonito cadáver, pese a su tierna edad, no se cumplió en el caso de Shelley.

El funeral de Shelley (1889), de Louis Edouard Fournier
Puede que todo esto te haya hecho recordar la imagen icónica del funeral de Shelley, que fue representado por el pintor francés Louis Edouard Fournier sesenta y pico años más tarde. Ahí estaba Byron, cuello de camisa al viento, junto a los amigos de ambos Edward John Trelawny y Leigh Hunt. Tras ellos, arrodillada, la viuda: Mary Shelley. El cielo nublado pone el telón de fondo que la triste escena merece.
No fue así, no. El día que incineraron a Shelley fue un caluroso 18 de julio (yo, que como Serrat nací en el Mediterráneo, te aseguro que nunca he visto a británicos con abrigo y botas en la playa en ninguno de los muchos meses de julio vividos hasta ahora). Mary Shelley no estaba presente, puesto que en la época previctoriana las mujeres no solían asistir a funerales; además, ella aún se estaba recuperando de un aborto espontáneo que el mes anterior casi le costó la vida. Lord Byron sí que fue, pero se cuenta que, alterado por el avanzado estado de descomposición del cadáver (que no tenía ya ni manos ni cara) y por el calor excesivo, acabó metiéndose en el mar y abandonó la dantesca escena a nado, en un muy byroniano gesto. Leigh Hunt también prefirió poner tierra de por medio y se quedó en su carruaje. Allí estaba solo Trelawny mientras lo que quedaba de Shelley ardía en un horno de metal que había sido arrastrado hasta la playa para la ocasión. Lo que sí es cierto es que Trelawny recuperó el corazón (o el hígado, según algunas fuentes, que al parecer resiste mejor el calor) de Shelley de las cenizas con la intención de quedárselo como recuerdo, pero al final lo convencieron para que se lo entregara a su viuda. Hígado o corazón, Mary lo conservó toda la vida.
Pero revivamos a Shelley un momento. Y llevémoslo de vuelta al Londres de 1818, cuando el poeta y su amigo Horace Smith se retaron en un concurso amistoso para ver quién escribía el mejor poema sobre unas ruinas egipcias. Y aunque Smith cumplió y escribió un poema, pasó sin pena ni gloria. Con la autoridad que nos da el paso del tiempo, podemos decir que ganó Shelley al escribir el famoso «Ozymandias», un poema breve pero contundente que retrata la arrogancia y la efímera grandeza de los líderes políticos.
¿Y por qué eligieron el tema de Egipto? Porque en aquel año circulaba noticia de la inminente llegada de una estatua de Ramsés II al Reino Unido, que había sido comprada un par de años atrás a un explorador italiano por el Museo Británico. Shelley debía estar al tanto de esto, puesto que era aficionado a la egiptología. Además, como buen romántico, era un tipo un tanto revolucionario, que no se cortaba a la hora de criticar el poder establecido. No es extraño que le atrajera la historia de esta colosal estatua del faraón Ramsés el Grande, conocido por los griegos como Ozymandias.

Ramsés el Grande (por delante y por detrás) en su residencia londinense en el Museo Británico
Y vamos a por el poema, que es un soneto político escrito en la época en que estaba llegando a su final la dominación de Napoleon en Europa, y cuando otro imperio, el de Gran Bretaña, estaba a punto de tomar el relevo:
Ozymandias (Percy Bysshe Shelley)
I met a traveller from an antique land
Who said:—Two vast and trunkless legs of stone
Stand in the desert. Near them on the sand,
Half sunk, a shatter’d visage lies, whose frown
And wrinkled lip and sneer of cold command
Tell that its sculptor well those passions read
Which yet survive, stamp’d on these lifeless things,
The hand that mock’d them and the heart that fed.
And on the pedestal these words appear:
«My name is Ozymandias, king of kings:
Look on my works, ye mighty, and despair!»
Nothing beside remains: round the decay
Of that colossal wreck, boundless and bare,
The lone and level sands stretch far away.
Ozymandias
Conocí a un viajero de tierras remotas
que me dijo: dos vastas piernas de piedra, sin torso,
se alzan en el desierto. Cerca de ellas, enterrado
en la arena, yace un rostro destrozado, cuyo ceño
y mueca en los labios, y su frío gesto de dominio
indican que su escultor sabía leer bien esas pasiones
que aún sobreviven, grabadas en estos objetos inertes,
a la mano que las imitó y al corazón que las alimentó.
Y en el pedestal estas palabras aparecen:
«Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes:
¡Contempla mi obras, poderoso, y desespera!»
Nada más queda: alrededor del declive
de esa colosal ruina, infinita y desnuda,
la solitaria y uniforme arena se extiende en la lejanía.
«Ozymandias» trata sobre la naturaleza efímera de los poderes políticos absolutos. Lo que nos dice Shelley es que todos los monarcas, dictadores, tiranos y mandamases varios se exponen a cambios antes o después, y que ninguno de ellos sobrevivirá al paso del tiempo. Ni siquiera sus obras, como ocurre con esta estatua que aún presume, en su pedestal, de todo lo que construyó, cuando ya no es más que un montón de piedras en medio de la nada.
(Inciso: sería curioso que algún poeta reescribiera «Ozymandias» desde la perspectiva actual, la de la estatua del gran rey de la antigüedad que ha acabado convertido en una atracción en un museo extranjero lleno de reliquias de otros imperios, muchas de ellas expoliadas por otro imperio ya desaparecido. No somos nada.)
Por si te lo preguntas, la inscripción mencionada en el poema no existe. La fuente de Shelley fueron los textos del historiador Diodoro Sículo (siglo I a.C.), quien afirmó que en la estatua más grande de Egipto se podía leer la siguiente inscripción: «Soy Ozymandias, rey de reyes. Si alguien quiere saber cuán grande soy y dónde yazgo, que supere alguna de mis obras».
Shelley, pese a su triste final, ha tenido más éxito que el tal rey de reyes llegando a nuestros días al estilo de los grandes de la literatura: dejando su huella no solo con sus poemas que aún tienen gran aceptación entre sus lectores y en el mundo académico, sino también como influencia para todo lo que vino después de él. «Ozymandias» sigue vivo, porque su mensaje sigue calando hoy en día, porque desgraciadamente los tiranos poderosos que quieren dominar el mundo no han dejado de existir. Y está presente en la cultura popular: no voy a detallarlo todo porque para eso ya está la Wikipedia. Pero sí que me voy a despedir con dos de las apariciones más estelares del poema en el mundo audiovisual.
La primera es el episodio «Ozymandias», de Breaking Bad. Si has visto la serie, sabrás de qué episodio te hablo y porqué el poema encaja como un guante. Si no, disfruta al menos de la inconfundible voz de Walter White (Bryan Cranston) leyendo el poema completo en este corto promocional de la serie emitido en 2013:
«Ozymandias» aparece también en La balada de Buster Scruggs (The Ballad of Buster Scruggs, 2018), un western de los Cohen que vale la pena ver. Lo componen seis historias independientes, con temática similar y el tono de humor negro característico de los hermanos de Mineápolis. En la más oscura de las historias, «Meal Ticket», conocemos a un empresario teatral ambulante (Liam Neeson) que viaja con su artista, un joven sin brazos ni piernas (Harry Melling) que recita poesía y fragmentos de Shakespeare para ganarse la vida. Melling recita, por supuesto, el «Ozymandias» de Shelley:
Más información:
- Shelley escribía los bocetos de sus poemas en unos cuadernos que llevaba siempre consigo. Abajo puedes ver la foto (fuente) del boceto de «Ozymandias», en una página con dibujos que había sido previamente utilizada para hacer unas sumas. Me encantan estas cosas, porque casi puedes ver girar los engranajes en la cabeza de los autores.

- En cuanto al «Ozymandias» de Horace Smith, aquí lo dejo por si quieres comparar las dos versiones. En mi opinión, y dejando de lado el análisis formal de la métrica, el poema de Shelley destaca por su creación de unas imágenes mucho más poderosas. No nos dice lo que tenemos que pensar, como Smith (qué practicamente le dice al lector: «imagina que ocurre lo mismo con nuestro imperio, con nuestro Londres, devorado en el futuro por la naturaleza»), sino que lo recrea con esa imagen de la colosal estatua hecha trizas en un mar de arena.
En favor de Horace Smith, hay que decir que tuvo una buena vida porque se le daban muy bien las finanzas y además sobrevivió a Shelley cuarenta años, que no está nada mal. ¿Hubiera cambiado Shelley su genio y su fama por cuarenta años más de vida? A saber, con lo suyos que eran estos Románticos.
In Egypt’s sandy silence, all alone,
Stands a gigantic Leg, which far off throws
The only shadow that the Desart knows: —
«I am great OZYMANDIAS,» saith the stone,
«The King of Kings; this mighty City shows
«The wonders of my hand.» — The City’s gone, —
Nought but the Leg remaining to disclose
The site of this forgotten Babylon.
We wonder, — and some Hunter may express
Wonder like ours, when thro’ the wilderness
Where London stood, holding the Wolf in chace,
He meets some fragments huge, and stops to guess
What powerful but unrecorded race
Once dwelt in that annihilated place.
En el silencio arenoso de Egipto, solitaria,
se alza una pierna gigante, que arroja a lo lejos
la única sombra que el desierto conoce:
«Yo soy el gran OZYMANDIAS», dice la piedra,
«El rey de reyes; esta poderosa ciudad demuestra
las maravillas de mi mano». La ciudad ha desaparecido,
Excepto la pierna, nada queda que revele
el lugar de esta Babilonia olvidada.
Nos preguntamos… y algún cazador podría expresar
una duda como la nuestra, cuando al atravesar el páramo,
donde estuvo Londres, persiguiendo al lobo,
se encuentre con enormes fragmentos y se detenga a adivinar
qué poderosa pero desconocida raza
habitó alguna vez en aquel lugar aniquilado.
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Me has recordado la película Remando al viento. Byron, Shelley, Mary, Pollidori… Me encantó cuando la vi, y ganas tengo de volverla a ver.
Saludos.
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Gracias por pasar por aquí y comentar, Aurelio. La película la vi hace muchos años, entonces me gustó pero no la he vuelto a ver. Recuerdo escenas, como la de Hugh Grant/Byron gritando su canto albanés en la barca. Y sobre todo recuerdo la música, de Ralph Vaughan Williams, que le encajaba como un guante. Habrá que volver a verla, definitivamente. Un saludo 🙂
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Un poema hermoso con una gran historia detrás que acabo de descubrir gracias a esta fantástica entrada. El cuadro de Fournier parece una revancha romántica frente a la prosaica realidad del entierro de Shelley. El tráiler de «Breaking bad» me ha traído muchos buenos recuerdos. Gracias por compartir, Cinelibrista. Saludos 🙂
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Gracias por tu comentario, Juan, me alegro de que te haya gustado la historia. Dan mucho de sí, estos románticos. Eran las estrellas de rock de la época, jugando con la vida cual Rolling Stones encaramados a cocoteros. ¡Un saludo!
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