El humor de Iris Murdoch

La semana pasada retomé mi idilio con Iris Murdoch después de un tiempo de distanciamiento. Su novela El mar, el mar (1978), que leí hace ya tiempo, estaría en mi top 10 si tuviera un top 10 (qué difícil es elegir libros favoritos). Me gustó tanto que me di un atracón de varias de sus novelas de golpe. Luego paré porque, aunque disfruté cada una, algunas son bastante parecidas en cuanto a trama y personajes. Creo que la experiencia con Murdoch es más satisfactoria espaciando la lectura entre una y otra. Tengo —tenemos— la suerte de que fue una escritora prolífica y aún me quedan varias novelas por disfrutar.

La que acabo de leer es La campana (1958). Poco después de empezarla, vi la película Iris (2001) que, cuando escribo esto, está disponible en Amazon Prime Video en VOSE. Basada en el libro autobiográfico de John Bayley, el viudo de Murdoch, se centra sobre todo en los últimos años de vida de la escritora, cuando el Alzheimer destrozó uno de los cerebros más brillantes del siglo XX. A ratos, la película da la sensación de estar viendo un telefilme de esos de domingo tarde —basados en hechos reales—, pero vale la pena por el trabajo de sus actores, especialmente Jim Broadbent como el Bayley cuidador que no acepta el diagnóstico y Judi Dench como Murdoch.

Si no has leído nada suyo, Murdoch puede darte una imagen equivocada al acercarte a ella por primera vez. Su corte de pelo tazón y su aspecto casi siempre serio y cerebral en las fotos, se corresponden más con la Murdoch que enseñó filosofía en Oxford. Pero no te dejes llevar por las apariencias: sus novelas son adictivas y muy muy divertidas. En ellas encontramos personajes de clase media-alta que típicamente engañan a otros y a sí mismos. Generan situaciones que rozan el vodevil, con dilemas morales y amoríos imposibles.

La campana es su cuarta novela. Aunque —en mi opinión— no está al nivel de sus obras posteriores, encontramos en ella ya el patrón Murdoch: un reparto coral de intelectuales y gente bien británica, la búsqueda de la verdad, preocupaciones amorosas —o más bien sexuales— y espirituales, un perro, el arte, la religión, el peso del pasado, etc. Sus personajes son imperfectos —¿y quién no?— y Murdoch retrata muy bien sus maquinaciones en tiempo real. En una escena de La campana, el protagonista comete un acto del que se arrepiente y vemos cómo va cambiando de parecer respecto a cómo resolverlo, desde que se va a dormir hasta la tarde del día siguiente. A ratos se justifica, luego se flagela, después culpa a otros, luego vuelve a atormentarse. Muy humano. Sus personajes me recuerdan un poco a los del Woody Allen de la época de Hannah y sus hermanas, quizás porque tanto Allen como Murdoch beben de Shakespeare, el gran retratista de los dramas interiores de la humanidad.

En resumen: tras la apariencia de novelista sesuda, se ocultan una escritora con un gran sentido del humor, cuyos libros incluyen el valor añadido de ese punto filosófico que te dará material para seguir pensando en ellos mucho tiempo después de haberlos acabado.

Imagen: Katsushika Hokusai

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